jueves, 25 de julio de 2019

Decálogo, siete (1990)


















Título original: Dekalog, siedem
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 55 minutos

Decálogo, siete (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No robarás..." Aunque la séptima entrega del Decálogo de Kieślowski también podría titularse "El que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón". Porque el dilema al que debe enfrentarse la joven Majka (Maja Barelkowska) pasará, forzosamente, por una drástica solución: habiéndose quedado embarazada a muy temprana edad, fue su propia madre quien le arrebató a la criatura para educarla como si fuese suya (y haciendo creer a la niña que es hija de la abuela).

Cuando finalmente Majka se lía la manta a la cabeza y decide fugarse con la pequeña, quizá ya es demasiado tarde. Sobre todo porque es muy improbable que Ania vaya a llamar "mamá" a quien ella sigue considerando su hermana mayor.

De nuevo una pizca de tragedia griega planeando sobre la trama ideada por Piesiewicz y Kieślowski. Que, una vez más, derivará en interesantes connotaciones freudianas. A título de ejemplo, baste señalar que la pobre Ania es aquejada por terribles y frecuentes pesadillas que la hacen despertarse gritando en mitad de la noche. Qué son o qué simbolizan esos lobos con los que sueña queda abierto a la especulación de los espectadores.


Siempre es domingo (1961)




Director: Fernando Palacios
España, 1961, 81 minutos

Siempre es domingo (1961) de Fernando Palacios


Fernando Palacios vivió apenas cuarenta y nueve años —pocos, si lo medimos según los parámetros actuales—, pero suficientes para dejar tras de sí una filmografía en la que sobresalen títulos como La gran familia (1962) o El día de los enamorados (1959). Todos ellos con el mismo denominador común: ensalzar una vida color de rosa que coincidiese plenamente con el discurso oficial que, desde las altas instancias del Estado, le interesaba promover al franquismo.

En ese sentido, hacer que una película se titule Siempre es domingo resulta, ya de por sí, un claro reproche hacia la conducta de la pandilla de jóvenes protagonista. Porque eso de enlazar una juerga con otra es propio de holgazanes egoístas y los individuos comme il faut (o "como Dios manda", según la versión nacionalcatólica de la célebre máxima francesa) deben obediencia ciega a sus santos padres. Amén. Por eso el barman Paco (Arturo López), experto conocedor de la fauna nocturna desde su atalaya privilegiada, acaba sentenciando: "Sin alcohol se sienten inseguros; el alcohol los hace superiores. Los agiganta. Después de unas copas se creen más fuertes..."



Sin embargo, no hay ni uno solo de estos mozos y mozas (todos ellos en edad de merecer) que no cojee de un pie o del otro. Materialista sin escrúpulos, Luis (Carlos Larrañaga) vive obsesionado con cazar a alguna rica heredera. David (Pepe Rubio) es un arquitecto ocioso, capaz de agenciarse una sortija que no es suya para jugársela a las cartas. Carlota (María Mahor) intenta por todos los medios seducir a un honesto hombre casado. Clara (Mara Cruz) desprecia a su padre porque, a pesar de ser juez, gana muy poco dinero. Y Doris (María Luisa Merlo) se las da de niña bien entre sus amigos cuando, en realidad, es la sirvienta de un matrimonio norteamericano.

Fingen lo que no son con el objetivo de llevar una existencia vacua. Y, claro: al final acabará imponiéndose la lógica del patriarcado imperante. La dulce Teresa (Susana Campos) hará entrar en razón a David. Clara logrará ver el lado poético de la realidad gracias a su matrimonio con Víctor (José Luis Pellicena). El resto tal vez no tenga remedio. Aunque es el juez Andonelli (Fernando Rey) el encargado de dictaminar el diagnóstico de los males que aquejan a la juventud: "Yo mismo he fracasado como educador. Tenemos los defectos de nuestra sociedad. Y un estado de ánimo colectivo contra el que no luchamos porque somos cobardes. Todos sabemos que la persecución del placer a la que se lanzan los jóvenes es falsa y peligrosa. Y, sin embargo, la toleramos". "Dios nos ha abandonado" puntualiza el padre de  Carlota. "No, le hemos abandonado nosotros... ¿Cómo vamos a pedirle que nos ayude si no estamos dispuestos a obedecer sus mandatos?"


miércoles, 24 de julio de 2019

Sin fin (1985)




Título original: Bez końca
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1985, 107 minutos

Sin fin (1985) de Krzysztof Kieślowski


Es axioma universalmente aceptado en los círculos cinéfilos considerar buen augurio el hecho de que una película dé comienzo siendo narrada por un difunto. Así arrancaba, por ejemplo, Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950) de Billy Wilder, por citar el paradigma de tan necrófila categoría. 

Y así es como empieza Bez końca, el filme que supondría la primera de tantísimas colaboraciones entre el cineasta Krzysztof Kieślowski y su guionista habitual, a partir de entonces, Krzysztof Piesiewicz. También fue, por cierto, el inicio de la fructífera asociación entre Kieślowski y el compositor Zbigniew Preisner. Conforman el reparto muchos de los actores habituales en las producciones del director polaco: Grazyna Szapolowska (Urszula), Aleksander Bardini (el letrado Labrador), Maria Pakulnis (Joanna), Artur Barciś (el encarcelado Darek)…

El difunto Antek (Jerzy Radziwilowicz)


Crítica con el sistema socialista en la misma medida que lo había sido, anteriormente, El azar (1981), Sin fin plantea un escenario moralmente desolador como consecuencia del estado de sitio decretado por el general Jaruzelski entre diciembre de 1981 y julio de 1983. Una drástica y sanguinaria ley marcial mediante la que se pretendió neutralizar la creciente popularidad del sindicato católico Solidarność.

He ahí el contexto histórico y social en el que se desarrolla la historia de Urszula, traductora de Orwell, madre de un hijo y viuda del abogado cuyo espíritu, ya desde la escena inicial, va a ser testigo de la mayor parte de acontecimientos. Puede que Piesiewicz y Kieślowski no albergasen la más mínima intención de valerse de símbolos en su cine —tal y como manifestara el primero de ellos, hace unos días, en su reciente visita a la Filmoteca de Catalunya—, aunque ello no impide que quien lo desee vea, en determinados momentos de Bez końca (el curandero que "sana" a sus pacientes a través de la hipnosis, la fiel esposa que aparca sus ideales para prostituirse a cambio de cincuenta míseros dólares...), una advertencia certera de lo que le esperaba a Polonia tras el comunismo.


martes, 23 de julio de 2019

Decálogo, cuatro (1990)

















Título original: Dekalog, cztery
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 55 minutos

Decálogo, cuatro (1990) de Krzysztof Kieślowski

"Honrarás a tu padre y a tu madre". Según la mayoría de comentaristas, el cuarto episodio del Decálogo aborda lo que podría calificarse de caso edípico. Y es que, como en las mejores tragedias griegas, Anka (Adrianna Biedrzynska) viola un tabú en forma de sobre cuyo contenido no debería haberse desvelado hasta después de la muerte del padre (Janusz Gajos).

A raíz de las revelaciones que desencadena dicha transgresión, la joven —quien, sintomáticamente, es estudiante de arte dramático— no dudará en confesar lo muy atraída que se siente hacia la figura paterna, con todo lo que ello conlleva.

Sin embargo, y ahí es cuando interviene el habitual toque irónico del tándem Kieślowski/Piesiewicz, las cosas no son siempre lo que parecen y una verdad o una mentira se pueden intercambiar como si nada con tal de mantener las cosas tal y como estaban... Mientras tanto, el habitual y sigiloso vecino que se pasea por el barrio a lo largo de las diez entregas (Artur Barciś), deambula tranquilamente parapetado bajo el casco de una canoa blanca.


Decálogo, tres (1990)




Título original: Dekalog, trzy
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 56 minutos

Decálogo, tres (1990) de Krzysztof Kieślowski


"Santificarás las fiestas". Puede que la nochebuena no sea el momento idóneo para ir en busca de tu antiguo amante y pedirle un favor de los gordos. Sobre todo si éste consiste en que te ayude a localizar a tu marido por los hospitales de Varsovia...

Pero Janusz (Daniel Olbrychski) ejerce como taxista, cosa que facilita enormemente los desplazamientos a través de la capital en las gélidas noches de invierno. De modo que Ewa (Maria Pakulnis) recurre a él, a pesar de que no le hubiera quedado muy buen recuerdo de la relación que un día los unió.

Y aunque dicho argumento parezca propio de una comedia negra —con el buen hombre plantando a su esposa e hijos en la vigilia de Navidad y fingiendo, para más inri, el robo de su propio vehículo— lo cierto es que todo en esta tercera entrega del Decálogo destila un innegable sabor a soledad: la de quienes un buen día renunciaron a su propia felicidad a cambio del tedioso bienestar familiar.


Génesis (2018)




Título original: Genèse
Director: Philippe Lesage
Canadá, 2018, 129 minutos

Génesis (2018) de Philippe Lesage


Puede que a más de uno le descoloque un tanto la inusual estructura de la que Philippe Lesage —autor de la muy notable Los demonios (2015), que ya tuvimos ocasión de comentar en los inicios de este blog— se ha servido en su última película, dividida en dos bloques de desigual duración y aparentemente inconexos. 

En el primero de ellos, que abarca la mayor parte del metraje, la acción se centra en los primeros escarceos amorosos de una pareja de hermanastros, Charlotte (Noée Abita) y Guillaume (Théodore Pellerin). Ella es estudiante universitaria y verá súbitamente alterada su estabilidad sentimental cuando su novio de toda la vida le proponga tener una relación abierta. El chico, en cambio, es alumno de un estricto internado masculino y, pese a ser uno de los más populares de la clase, también pasará apuros cuando su carácter díscolo le haga chocar con algunos profesores, pero, sobre todo, a partir del momento en el que empiece a sentirse atraído por un compañero de estudios.



La segunda parte, una especie de largo epílogo, transcurre en un campamento de verano en el que dos preadolescentes están a punto de descubrir el amor por vez primera... Comienza este segmento, por cierto, con la interpretación del mismo tema con el que se abría el filme: "La banqueroute", himno folk que el conjunto La bottine souriante diera a conocer en 1978. 

Las canciones son, de hecho, el principal leitmotiv de Genèse. A veces, para ambientar las habituales fiestas y guateques en los que participan los personajes (caso de "Outside", un éxito del grupo TOPS cuyos arreglos evocan remotamente los de "Take My Breathe Away", tema central de la mítica Top Gun (1986)), otras, como la clásica "Surfin' Bird" de los Trashmen, para crear la tradicional atmósfera de camaradería reinante en cualquier centro educativo.


lunes, 22 de julio de 2019

Al agua gambas (2019)



















Título original: Les crevettes pailletées
Directores: Maxime Govare y Cédric Le Gallo
Francia, 2019, 100 minutos

Al agua gambas (2019) de Govare y Le Gallo

A quien haya ido siguiendo las últimas comedias francesas que se han estrenado recientemente en las salas comerciales de nuestro país, Les crevettes pailletées le producirá, por fuerza, una enorme sensación de déjà vu. Porque después de Chacun pour tous (2018) y, sobre todo, Le grand bain (2018), la historia de un equipo amateur de waterpolo que, tras un arduo entrenamiento a las órdenes de un antiguo campeón de natación, logra clasificarse para los Gay Games está ya más que vista.

Tiene, eso sí, el aliciente de reivindicar el derecho a la visibilidad del colectivo LGBT en el mundo del deporte, aunque incurriendo en todos los tópicos habidos y por haber. Pero, claro: ya se sabe lo que ocurre con este tipo de películas, en las que, por encima de cualquier otra consideración, lo primordial es invitar al espectador a que se tome las cosas con sentido del humor.



No obstante, entre broma y broma también hay lugar para la crítica (a veces, autocrítica), como, por ejemplo, cuando Joël (Roland Menou), el jugador más veterano del equipo, se despacha a gusto insultando a las integrantes de Las Camioneras, el combinado rival, por su condición de lesbianas. Y es que, en ocasiones, y pese a que el susodicho Joël es un consumado activista en favor de los homosexuales, la intolerancia puede partir de sus propias filas.

Nada que objetar, sin embargo: Maxime Govare, quien hace un par de años nos sorprendía con Daddy Cool (2017), una comedia "familiar" bastante sui géneris, vuelve a la carga, esta vez en compañía de Cédric Le Gallo, para recordarnos, con su habitual estilo gamberro, que en el deporte, como en la vida, el respeto es la base para la convivencia.


domingo, 21 de julio de 2019

Navigator, una odisea en el tiempo (1988)




Título original: The Navigator: A Medieval Odyssey
Director: Vincent Ward
Australia/Nueva Zelanda, 1988, 92 minutos

Navigator, una odisea en el tiempo (1988)
de Vincent Ward


Tal y como sucedía en la mítica El Mago de Oz (1939), las imágenes de esta odisea medieval en el tiempo alternan el color con el blanco y negro en función de si sus personajes se hallan en uno u otro mundo. Porque, por mucho que la trama se preste a innumerables lecturas, su planteamiento es, en cambio, harto sencillo.

Inglaterra, siglo XIV: acuciados por los estragos de la peste bubónica, los habitantes de una pequeña aldea toman la determinación de excavar un corredor subterráneo que los conduzca al otro lado de la Tierra... Sólo que, cuando vean por fin la luz, además de aparecer en Nueva Zelanda se encontrarán también con que están en pleno siglo XX.



Liderados por un muchacho cuyas visiones ni él mismo es capaz de descifrar, los expedicionarios deberán hacer frente al difícil reto de forjar una cruz de acero para después plantarla en la cima de la torre de una catedral. Y todo ello en un entorno hostil poblado por extraños artefactos que parecen cosa de brujería.

El cine de los ochenta, tal vez bajo el influjo de un cierto milenarismo posmoderno, frecuentó reiteradamente la Edad Media como símbolo de un período histórico tenebroso que nos devolvía la imagen de la barbarie en la que pudiera desembocar nuestra, en teoría, confortable sociedad del bienestar. En esa línea, Excalibur (1981), Lady Halcón (1985), El nombre de la rosa (1986), La princesa prometida (1987) o Willow (1988) son sólo algunas de las cintas que conectan estilística y temáticamente con The Navigator.


sábado, 20 de julio de 2019

El mago de la muerte (1940)




Título original: Before I Hang
Director: Nick Grindé
EE.UU., 1940, 62 minutos

El mago de la muerte (1940) de Nick Grindé


Más que una de tantas películas de serie B, Before I Hang (1940) es una exquisita pieza de orfebrería al servicio del siempre inquietante Boris Karloff. Su escasa duración, apenas una hora, se explica por el hecho de que este tipo de filmes solían utilizarse como complemento de las grandes superproducciones en los programas dobles de muchos cines de la época o incluso en las sesiones matinales.

Al margen de tales consideraciones, propias de una industria que se veía obligada a fabricar continuamente y a un ritmo frenético nuevos productos que satisficieran la creciente demanda del público, lo cierto es que El mago de la muerte (anodino título español, frente al más rotundo "Antes de que cuelgue" del original) sigue planteando temas de absoluta vigencia casi ochenta años después de su estreno.



Por una parte, hay que tener en cuenta que el doctor John Garth (Karloff) —el "Asesino misericorde", como lo llaman los titulares de prensa— es juzgado y condenado a muerte por haber practicado la eutanasia. Detalle que adquiere mayor interés al escuchar la justificación que esgrime en su defensa ante el tribunal: "Es cierto que soy un asesino ante los ojos de la ley. Pero mi corazón, en mi interior, se siente inocente. […] Lo que hice, lo hice porque no encontré otra salida para solucionar el terrible problema que mi paciente padecía. Él sufría una insoportable y creciente agonía simplemente porque la vejez se apoderó de su cuerpo...".

He ahí el verdadero quid de la cuestión: fruto de sus investigaciones, Garth logra desarrollar, a partir de la sangre de un reo, un suero que permite rejuvenecer a quien lo ingiere. Pero... Pero no vamos a desvelar nada nuevo si decimos que el secreto de la eterna juventud es un tópico que el séptimo arte ha frecuentado con bastante asiduidad. Ahí está, en clave de comedia, esa delicia llamada Monkey Business (1952) de Howard Hawks. O, más recientemente, el Benjamin Button (2008) de David Fincher. Prueba fehaciente, todos esos títulos, de la eterna obsesión del ser humano por detener el inexorable paso del tiempo y sus devastadores efectos.


viernes, 19 de julio de 2019

El regreso del Capitán Invencible (1983)




Título original: The Return of Captain Invincible
Director: Philippe Mora
Australia, 1983, 96 minutos

El regreso del Capitán Invencible (1983)
de Philippe Mora


¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No! ¡Es un bodrio! Pero un bodrio hecho a conciencia, en la línea de las mejores parodias que alumbró la década de los ochenta. Títulos como, por ejemplo, ¡Aterriza como puedas! (Airplane!, 1980) o Top Secret! (1984) o incluso la mítica serie televisiva El gran héroe americano (1981-1986), con la que esta película guarda bastantes puntos en común. Hasta con el universo de nuestro Jesús Franco podría conectar, considerando la presencia en el reparto de Christopher Lee haciendo de malo.

Aunque, si tiramos un poco más atrás en el tiempo, sería posible compararla también con The Rocky Horror Picture Show (1975). De hecho, tres de las diez canciones contenidas en este musical tan sui géneris fueron compuestas por Richard O'Brien y Richard Hartley, responsables de la banda sonora del susodicho filme de culto.



Con todo, conviene señalar que tras la caricatura indisimulada de la figura del superhéroe como salvador de la humanidad se esconde una visión absolutamente agorera del futuro que nos aguarda: "¡Esto ya no hay quien lo arregle!", parece que nos digan los creadores de semejante engendro y, por eso mismo, convierten en protagonista a un "superhombre" torpe y cutre que se dio a la bebida cuando, en pleno macarthismo, el Comité de Actividades Antiamericanas lo acusó de comunista por lucir una capa roja...

Tiene guasa que fueran los australianos quienes imaginasen una historia tan disparatada, probablemente porque, dada su condición de periferia dentro del mundo anglosajón, debían de sentirse legitimados para afrontar con sentido del humor los devaneos de la Administración Reagan en el contexto (eran los últimos coletazos de la Guerra Fría) de la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocida popularmente como "Guerra de las Galaxias". Sin embargo, lo que no tiene precio es ver al ya mencionado Christopher Lee (Mr. Midnight) cantando y bailando como un descosido.


Lolita (1997)




Director: Adrian Lyne
EE.UU./Francia, 1997, 137 minutos

Lolita (1997) de Adrian Lyne


Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva. Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio.

Vladimir Nabokov
Lolita
Traducción de Enrique Tejedor

Cuando afrontó el reto de dirigir una nueva versión de la célebre novela de Nabokov, el cineasta británico Adrian Lyne (Peterborough, Inglaterra, 1941) contaba ya en su haber con una larga lista de filmes considerados polémicos por su alto contenido erótico: Zorras (1980), Nueve semanas y media (1986), Atracción fatal (1987), Una proposición indecente (1993)... Parecía, por lo tanto, lógico que fuera él el encargado de poner al día este clásico sobre un otoñal profesor de francés y su tentadora hijastra.

Y lo hizo respetando escrupulosamente el texto original, del que Kubrick, en su aclamada adaptación de comienzos de los sesenta, apenas había aprovechado la carcasa. De modo que, a diferencia de lo que ocurría en su predecesora, aquí se subrayaban aspectos que ayudan a entender mejor la compleja personalidad de Humbert Humbert (Jeremy Irons), como ese frustrado amor de juventud hacia una tal Annabel que el hombre idealiza hasta lo indecible y que marcará el resto de su vida.



Se trata, pues, de una aproximación más psicológica al verdadero conflicto que atenaza el interior de los personajes, sin los rodeos (auto)impuestos en 1962 con el objetivo de salvar el difícil escollo de la censura y demás Ligas de la Decencia. Cierto es que para 1997 el mundo había cambiado, en teoría, lo suficiente como para no escandalizarse tanto, pero, aun así, ello no impidió que la película tuviese dificultades para encontrar distribuidor en Estados Unidos.

Comparada con Sue Lyon, la Lolita a la que da vida Dominique Swain es menos icono y más persona de carne y hueso, aunque tal contraste podría dar pie a una interesante pregunta que afecta de pleno a la esencia del personaje tal y como lo concibió Nabokov: ¿es lo mismo una nínfula que una teenager? Que responda quien entienda del tema. Por de pronto, baste concluir diciendo que el trabajo de Adrian Lyne, pese a ser más que correcto, pasó sin pena ni gloria en el momento de su estreno. Le sobra, quizá, la machacona banda sonora de Ennio Morricone o la voz estridente de Melanie Griffith y le falta, tal vez, el temperamento del que rebosaban Kubrick o Peter Sellers. Cuestión de gustos.


jueves, 18 de julio de 2019

Lolita (1962)




Director: Stanley Kubrick
Reino Unido/EE.UU., 1962, 153 minutos

Lolita (1962) de Stanley Kubrick

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Vladimir Nabokov
Lolita
Traducción de Enrique Tejedor

A buen seguro, pocos títulos han suscitado tanta polémica en la historia del cine y la literatura como esta Lolita surgida de la imaginación de Nabokov y a la que Stanley Kubrick convirtió en icono erótico para toda una generación. Una de esas películas (probablemente, junto con El último tango en París) que hicieron correr ríos de tinta por la supuesta inmoralidad de su argumento y que hoy, en este siglo XXI hipersexualizado y ultraviolento, uno no puede ver sin esbozar una ligera sonrisa piadosa. Porque calificar de pornográfico el contenido de esta historia de amour fou, el caso patológico de un decrépito viudo europeo, nos da la medida exacta de hasta qué punto llegaba la represión imperante en la sociedad puritana que forjó semejante mito.

Sin embargo, el texto original, publicado originariamente por una oscura editorial parisina a mediados de la década de los cincuenta, distaba muchísimo de poderse convertir en un guion cinematográfico: concebido casi en su totalidad como un soliloquio delirante, el relato de Humbert Humbert es apenas un amasijo de recuerdos incoherentes, repleto de intraducibles juegos de palabras.



De ahí que la versión de Kubrick, pese a seguir siendo la obra de un genio (adaptada, por cierto, por el propio autor, aunque la mayor parte de su guion, editado años después en forma de libro, no se respetase), represente un claro empobrecimiento respecto a la fuente. Y es que lo que en la novela suponía un reto para el lector (intentar dilucidar qué parte de lo que se cuenta es real y qué parte son meras alucinaciones de un hombre devorado por su propia pasión) en la película pasa a ser poco más que un simple folletín morboso cuyo planteamiento, de una claridad meridiana, no deja lugar a dudas.

Cierto que la interpretación de Peter Sellers, desdoblándose en varios papeles, tal y como haría de nuevo, dos años después en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), resulta impecable, hasta el punto de robarle el protagonismo a un James Mason que no acaba de mostrarse del todo convincente en su rol de ferviente adorador de la nínfula Dolores Haze. Y ¿qué decir de la grácil Sue Lyon? Aunque no fuese la mejor actriz del mundo, su imagen quedará para siempre indisolublemente ligada a la de la adolescente seductora y provocativa que lleva de cabeza al padrastro erudito. Lástima que en la última escena, la que supone su agridulce reencuentro con Humbert, diste muchísimo de ser la mujer marchita y venida a menos que describe Nabokov en la novela.


miércoles, 17 de julio de 2019

Los hijos de la farándula (1939)




Título original: Babes in Arms
Director: Busby Berkeley
EE.UU., 1939, 94 minutos

Los hijos de la farándula (1939)
de Busby Berkeley


Constato con estupor que son muchos los "cinéfilos" de nueva hornada (de ésos que luego alardean de saberlo todo) que no han oído hablar jamás de Busby Berkeley (1895–1976). Lo cual es tan extraño como preocupante, considerando que se trata de uno de los grandes genios de la época dorada de Hollywood, creador de coreografías inolvidables —para La calle 42 (1933), por ejemplo— que, en épocas mucho más recientes, han inspirado a cineastas de la talla de los hermanos Coen: la escena de El gran Lebowski (1998) en la que El Notas (Jeff Bridges) sueña que desfila por entre las piernas de una hilera interminable de chicas es un claro homenaje al estilo que, en su día, acuñara este director y coreógrafo.

Estrenada apenas unos meses después de El Mago de Oz, uno de los títulos míticos de la historia del cine, Babes in Arms no sólo fue producida por el mismo ejecutivo de la Metro (Arthur Freed), sino que contaba también con dos actrices que ya habían coincidido en el reparto de dicha película: Judy Garland (que aquí forma pareja con el histriónico Mickey Rooney) y Margaret Hamilton (la severa Miss Gulch y Bruja Mala del Oeste, de nuevo en un papel calcado de estricta institutriz).

Bajo el betún que embadurna sus rostros se encuentran
Mickey Rooney y Judy Garland


Los verdaderos cinéfilos (y no los que desconocen a Busby Berkeley...) disfrutarán al descubrir que Babes in Arms contiene el célebre número musical "Good Morning", recuperado años más tarde por otro clásico, Cantando bajo la lluvia (1952): de hecho, la mayoría de canciones que integraban el filme de Stanley Donen, incluido el celebérrimo tema que le da título, eran viejos éxitos que el buen hacer de Gene Kelly contribuyó a inmortalizar definitivamente.

Y en lo que al contenido de Babes in Arms se refiere (rebautizada en España con el impagable Los hijos de la farándula) son tres subtramas las que en ella se dan cita: por una parte, la decadencia de los viejos artistas de vodevil, que ven cómo el cine sonoro les arrebata el favor del público; en segundo lugar, la irrupción de jóvenes valores, deseosos de renovar el repertorio de sus padres mediante innovaciones escénicas que atraigan de nuevo a los espectadores y, por último, una cierta dosis de propaganda patriótica, bastante premonitoria, por cierto, de lo que iba a suponer el auge del fascismo en Europa.

Los susodichos, ahora sin betún y compartiendo una Coca-Cola

martes, 16 de julio de 2019

Decálogo, dos (1990)
















Título original: Dekalog, dwa
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1990, 57 minutos

Decálogo, dos (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No tomarás el nombre de Dios en vano." Arduo dilema el que planteaba la segunda entrega del Decálogo de Kieślowski. Una mujer, violinista de la orquesta filarmónica, acude a la consulta de un veterano doctor aquejada por una disyuntiva de muy difícil solución: su marido está en coma y ella embarazada de otro hombre. ¿Qué puede hacer? Si el facultativo le asegura que el esposo carece de opciones de salvarse, ella tendría el niño; pero en caso de que aquél sobreviviera, no le quedaría más remedio que abortar.

Sin comerlo ni beberlo, el médico se siente forzado, en cierta manera, a actuar como Dios, puesto que de su respuesta dependerá el que se salve una vida humana o no. Con el añadido, nada desdeñable, por otra parte, de la carga de conciencia que ello representa en un país de fuerte tradición católica como es el caso de Polonia.

Y es que, independientemente de lo que decidan, tanto el uno como la otra arrastran el peso de su propio pasado, cada cual con sus respectivos fantasmas (el viejo galeno, sin ir más lejos, se sincera a menudo con su asistenta mientras toman el té en la cocina de su apartamento). Sea como fuere, a Kieślowski lo que le gusta filmar de cerca son esas pequeñas filigranas que actúan como paralelismo sutil del estado anímico de sus personajes. Así, por ejemplo, cuando Andrzej despierte de su largo letargo, se insertará el primer plano de una avispa que, casi ahogada en el interior de un vaso, logra en el último instante librarse de una muerte que parecía segura.


Decálogo, uno (1989)




Título original: Dekalog, jeden
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1989, 53 minutos

Decálogo, Uno (1989) de Krzysztof Kieślowski


"Amarás a Dios sobre todas las cosas". En esta primera entrega de su particular Decálogo, Kieślowski y el guionista Krzysztof Piesiewicz plantean la situación límite que debe afrontar un padre cuyo hijo fallece como consecuencia de haberse roto el hielo sobre el que patinaba el niño. Fatalidad aún más dolorosa si se tiene en cuenta que es el hombre quien, fiándose de la supuesta infalibilidad de sus propios cálculos matemáticos, envía a la criatura al fatídico destino que le aguarda sobre la superficie helada del lago.

Pese a llamarse Krzysztof, no se puede decir que este individuo sea particularmente cristiano: profesor universitario en la Facultad de Lingüística, mantiene una actitud vital basada, ante todo, en la confianza ciega en la razón. De ahí su pasión por los ordenadores, la aritmética o el ajedrez, aficiones, todas ellas, que ha ido inculcándole al pequeño Pawel (otro nombre irónico, por cierto, teniendo en cuenta que este último no se cae de un caballo para ganar la fe, sino que cae al agua para perder la vida).

Kieślowski, pesimista confeso e irredento, parece que haga gala de un especial gusto por el sarcasmo al colocar al padre en semejante tesitura, ya que, falto de todo fervor religioso, el hombre no puede hallar ni respuesta ni consuelo frente al altar que, desesperado, termina por derribar: tirado por el suelo, sobre un icono de la Virgen caerán algunas gotas de cera que, procedentes de los cirios que lo alumbraban, semejan lágrimas.


lunes, 15 de julio de 2019

Un amor imposible (2018)




Título original: Un amour impossible
Directora: Catherine Corsini
Francia/Bélgica, 2018, 135 minutos

Un amor imposible (2018) de Catherine Corsini


Mon père et ma mère se sont rencontrés à Châteauroux, près de l’avenue de la Gare, dans la cantine qu’elle fréquentait, à 26 ans elle était déjà à la Sécurité sociale depuis plusieurs années, elle a commencé à travailler à 17 ans comme dactylo dans un garage, lui, après de longues études, à 30 ans, c’était son premier poste. Il était traducteur à la base américaine de La Martinerie.

Christine Angot
Un amour impossible
Flammarion

Más que Un amor imposible, el último trabajo de la realizadora francesa Catherine Corsini debería haberse titulado "Una película imposible". Porque adaptar las alrededor de doscientas páginas de la novela de Christine Angot (publicada en 2015 por Anagrama y recientemente llevada a los escenarios por Bulle Ogier y Maria de Medeiros en su versión teatral) no parece tarea sencilla a la vista del resultado final. Y es que Corsini (Dreux, Eure-et-Loir, 1956) sucumbe al recurso fácil de la voz en off para explicar la historia de una madre y una hija traumatizadas por el mismo hombre.

Ciertamente, el tema abordado es lo suficientemente duro como para que suscite de inmediato el interés del público y de ahí que tanto la novela como la obra de teatro y el filme hayan gozado de una cierta repercusión. Sin embargo, el reparto elegido para la adaptación cinematográfica no contribuye, precisamente, a dotar de verosimilitud a la trama. Sobre todo en el caso de Virginie Efira y Niels Schneider. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que una mujer de bandera como Rachel caiga perdidamente enamorada de Philippe? Puede que en la novela él sea un encantador de serpientes irresistible, pero lo que es en la pantalla...



Mucho más meritorio, en cambio, es el tratamiento que, a nivel formal, se le da a la imagen para recrear un lapso temporal que va desde 1958 hasta prácticamente la actualidad. En ese sentido, la fotografía de Jeanne Lapoirie y la dirección artística de Toma Baqueni son dos de las bazas principales de un filme cuyo eje temático gira en torno a elementos relacionados con el choque generacional entre padres e hijos, el estigma de las madres solteras o los abusos sexuales en el seno familiar.

Esto último marca de un modo considerable el tramo final de Un amour impossible. Sobre todo porque Chantal —la adolescente (Estelle Lescure) y la adulta (interpretada por la cantante Jehnny Beth)— acabará pidiéndole cuentas a una madre (la ya mencionada Efira, quien, por cierto, realiza un esfuerzo considerable para meterse en la piel de una mujer que envejece conforme avanza la acción), la cual antepuso la ceguera de su pasión amorosa al incesto que se estaba cometiendo en sus propias narices y que no quiso o no supo ver.


domingo, 14 de julio de 2019

Seven (1995)




Título original: Se7en
Director: David Fincher
EE.UU., 1995, 127 minutos

Seven (1995) de David Fincher


Aunque cueste trabajo aceptarlo, Seven ya es una película "antigua". Y no tanto en el sentido peyorativo del término, puesto que el guion de Andrew Kevin Walker sigue manteniendo intacta su frescura, sino porque el mundo que aparece en ella reflejado hace mucho tiempo que dejó de existir. Por ejemplo: los personajes no usan teléfono móvil; el detective interpretado por Morgan Freeman tiene que desplazarse hasta una biblioteca pública para consultar obras que, como la Divina comedia de Dante o el Paraíso perdido de Milton, hoy se encuentran disponibles en la red con sólo apretar un botón... Y, para colmo, ¡hace fotocopias de los pasajes que le interesan!

Evidentemente, una observación como la anterior es propia de alguien que pasa de los cuarenta y peina canas, así que más vale centrarse en los aspectos que han hecho de este thriller, con toda justicia, uno de los títulos de culto del cine de los noventa. David Fincher tenía apenas treinta y tres años cuando la dirigió, pese a que llevaba una década rodando videoclips. Y antes ya había estrenado Alien³ (1992). De modo que basta con ver los títulos de crédito iniciales (que luego han sido tan aclamados) para darse cuenta de que el tipo sabía lo que se traía entre manos.



Del casting de actores, aparte de la pareja protagonista (Brad Pitt encarnando al poli novato y el mencionado Freeman en la piel de un veterano agente a punto de jubilarse), Gwyneth Paltrow en el papel de esposa inocente o Kevin Spacey haciendo de malo malísimo, merece la pena destacar la presencia de R. Lee Ermey (quien diera vida al inolvidable sargento Hartman en La chaqueta metálica) como capitán de la policía. Asimismo, también es curioso, en uno de esos guiños que, a veces, tienen los guionistas, que el personaje de Morgan Freeman se llame William Somerset, en clara alusión al escritor W. Somerset Maugham (1874-1965), máxime cuando él y su ayudante hacen referencia, mientras revisan en el coche la lista de libros susceptibles de haber inspirado al asesino, a Servidumbre humana, una de las novelas más célebres del autor británico.

En términos estrictamente cinematográficos, Seven es una película oscura, digna heredera del Hitchcock más mordaz y ambientada en un Nueva York inhóspito en el que no para de llover a cántaros. Se diría que Blade Runner (1982), con aquel futuro distópico habitado por replicantes, se hubiera, al fin, hecho realidad con el único afán de castigar a los habitantes de la nueva Gomorra, acusados de cometer, a diario, los siete pecados capitales.


sábado, 13 de julio de 2019

El azar (1981)




Título original: Przypadek
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1981, 118 minutos

El azar (1981) de Krzysztof Kieślowski


Una acción tan sencilla como tomar un tren a tiempo o perderlo puede cambiar radicalmente el destino de una persona. Ésta es la premisa de la que partió el polaco Krzysztof Kieślowski para crear una de sus obras maestras más redondas: El azar. 

Rodada en 1981 y secuestrada durante seis años por las autoridades comunistas, Przypadek viene a ser una suerte de ejercicio de estilo, muy crítico con el opresivo régimen estatal, que se articula en tres episodios y un prólogo en torno a las posibles vidas del joven Witek (Boguslaw Linda).



Héroe o villano; elemento subversivo o ciudadano modélico: todas las opciones son posibles dependiendo de qué lado caiga la bola. Woody Allen, al que, por cierto, una de las amantes del protagonista menciona explícitamente, ahondaría, décadas después, en esa misma idea en Match Point (2005).

Aunque es en el último plano de la película —un avión despegando de la pista del aeropuerto— donde se aporta la clave definitiva para comprender las verdaderas intenciones del cineasta: puede que el azar sea caprichoso y juegue con nosotros de una y mil maneras, pero, al final, resulta del todo gratuito hacerse ilusiones, puesto que la fatalidad, esa fiera terrible que acecha en la sombra, siempre termina por imponerse.


viernes, 12 de julio de 2019

Hadewijch (2009)




Director: Bruno Dumont
Francia, 2009, 105 minutos

Hadewijch (2009) de Bruno Dumont


Iconoclasta y provocador, Bruno Dumont concibe en Hadewijch (2009) uno de sus habituales escenarios improbables: tras su estancia como novicia en un convento de monjas, la hija de unos acaudalados parisinos de porte aristocrático se hace amiga íntima de unos yihadistas de la banlieu. Y se queda tan ancho el hombre... A ver quién es el guapo que se atreve a decir que su cine no es valiente.

Y, sin embargo, lejos de resultar disparatado, dicho planteamiento termina siendo perturbador a más no poder. Sobre todo a partir del momento en el que la cándida Céline (Julie Sokolowski) se preste a participar en un atentado suicida en el metro. ¡Y pensar que estamos hablando de un filme que se estrenó hace diez años! Desde luego, este Dumont, además de heterodoxo, es un visionario.



Aun así, la película también pone encima de la mesa el tema de la inestabilidad política y social que se vive en los países árabes, a menudo castigados por conflictos bélicos que se eternizan mientras la población civil paga las consecuencias. En ese sentido, la visita fugaz de Céline a lo que parece ser el Líbano, en cuyas calles ve morir a un niño a consecuencia de un bombardeo, no hace sino añadir leña al fuego tratándose de una cuestión ya de por sí espinosa.

Lo cual nos lleva a la noción de invisibilidad que, según sostiene Nassir (Karl Sarafidis) en uno de sus seminarios clandestinos para captar adeptos, parece connatural a las religiones reveladas, pero que, en el contexto ideado por Dumont, se puede entender como la indiferencia de Occidente respecto al mundo islámico o, incluso, de los propios franceses hacia los musulmanes que viven en aquel país.