miércoles, 12 de octubre de 2016

La dama del armiño (1947)




Director: Eusebio Fernández Ardavín
España, 1947, 93 minutos



Yo también como vos estuve en Italia aunque he nacido en Creta. Viví en Venecia y allí, además de conocer el esplendor casi pagano del Renacimiento, aprendí los secretos de mi arte en la paleta de Tintoretto, Veronese y Tiziano. De aquellos maestros, fieles a la bella verdad de la naturaleza, heredé la devoción por la realidad. Y como una gota de agua es semejante a otra, quise trasladar a los lienzos la forma y el color de los seres y de las cosas. Pero me atraía España y vine a Toledo, a esta tierra de panorama ardiente y alma desnuda. Entonces, viendo el negro terciopelo de los devotos y el sayal de estameña de los monjes desfilando en las procesiones, mi espíritu se llenó de inquietud y quise pintar algo más, quise pintar las almas. Y concebí la idea de alargar las figuras como tallos de lirios, crear miembros atormentados y retorcidos bajo la luz siniestra de los relámpagos y las lívidas tormentas sobre los páramos inmensos y el Jesús en tortura de las crucifixiones iluminado por la luz redentora en el áspero calvario. No sé cuál influencia sea la que esta luz y este paisaje han ejercido sobre mí, pero nunca sentí el arte tan deshumanizado y tan dramático.



Toledo, durante el reinado de Felipe II... Sin ser exactamente un biopic, La dama del armiño (1947) tomaba la figura del Greco como pretexto para narrar la historia de una conversión religiosa: la del judío Samuel Hebraim (Jorge Mistral), capaz de renunciar a su fe con tal de ganar el amor de Catalina (Lina Yegros), hija del pintor y eternamente acompañada de la dueña Gregoria (Julia Lajos).

Una furtiva lágrima: Samuel recibe la noticia de la detención de su padre


Basándose en la obra teatral de Luis Fernández Ardavín, su hermano Eusebio dirigía una de esas grandilocuentes producciones históricas tan habituales en el cine español de los cuarenta y primeros cincuenta, con decorados de Enrique Alarcón. Aunque, desde el punto de vista técnico, es ésta una película en la que se observa una clara tendencia a utilizar la profundidad de campo, quizá para emular visualmente el estilo pictórico del cretense.

El Greco (Fernando Fernández de Córdoba) pintando
el retrato de monseñor Fernando, el Inquisidor


En realidad, ni el Greco tuvo una hija que se llamase Catalina ni está claro si fue él quien pintó el cuadro que da título al filme. En todo caso, lo de menos es el rigor histórico: lo verdaderamente crucial era servirse de su fama como reclamo para ofrecer al público una historia de amor y, lo que es más importante, la apoteosis del cristianismo frente a los infieles hebreos y moriscos. Por cierto que estos últimos aparecen representados a través de la hermosa Jarifa (Alicia Palacios), cuyo nombre pone ya de manifiesto un conocimiento certero de la tradición literaria del Siglo de Oro.

Sea como fuere, en La dama del armiño participaron también otros dos profesionales que, andando el tiempo, llegarían a ser directores de renombre: por una parte Rafael Gil como guionista y, por otra, César Fernández Ardavín, sobrino de Eusebio y ayudante de dirección junto a Luis Berraquero.

Lina Yegros (Catalina) y Jorge Mistral (Samuel)

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