sábado, 9 de septiembre de 2017

Y la nave va (1983)















Título original: E la nave va
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1983, 132 minutos

Y la nave va (1983)

Una película que fluye, surcando las olas de un mar de plástico recreado en los estudios Cinecittà. Su destino: la isla de Érimo, idílico enclave del mar Egeo al que son trasladadas las cenizas de la diva Edmea Tetua. Evidentemente, ni el barco ni el pasaje son lo que cuenta. Porque en esta fábula ambientada en 1914 y que comienza como un reportaje de la época del cine mudo lo primordial es el valor simbólico de las cosas.

Por ejemplo el retrato de la vacua alta sociedad europea que está a punto de irse a pique y que, ajena al inminente declive, se embarca en un fastuoso crucero embriagada por los oropeles de su propio refinamiento. Un sibaritismo del que no tardará en despertar cuando, ya en pleno periplo, explote el conflicto y, a consecuencia del mismo, el capitán de la nave se vea obligado al rescate en altamar de un cuantioso grupo de empobrecidos serbios a la deriva. He ahí una muestra de la modernidad de un filme que sabe extraer el valor universal de lo particular, prefigurando, en este caso, el drama de los refugiados (triste y eternamente de actualidad).

Orlando (Freddie Jones) es el cronista que nos guiará a lo largo del viaje

Aunque antes de la debacle y apoteosis operística, habremos tenido tiempo de asistir a dos de las escenas que ponen de manifiesto la maestría de un Fellini en plena madurez: una es aquella en la que algunos expedicionarios interpretan en la cocina una pieza de Schubert con la única ayuda de los bordes mojados de numerosas copas y demás recipientes de vidrio. La otra, y quizá la más célebre, es la del improvisado tour de force entre los presuntuosos tenores, sopranos y barítonos que rivalizan, en la sala de calderas, por dar el do de pecho más sobrecogedor. Ambas tienen en común el hecho de que un grupo de distinguidos pasajeros, en curiosa representación alegórica del orden social establecido antes de la Gran Guerra, desciendan hasta las interioridades del buque para regalar su arte a las clases subalternas con cuyo esfuerzo el navío tira adelante. La segunda, además, pone de manifiesto las rivalidades subyacentes entre los cantantes de ópera, quienes en teoría viajan juntos para honrar la memoria de la difunta Tetua, pero que, en realidad, no pueden ni verse. 

Claro que si algún elemento de E la nave va tiene un evidente valor metafórico ése es el rinoceronte. Al margen de las muchas interpretaciones más o menos veladas que pueda sugerir un animal tan imponente (al que ya Ionesco dedicara una de las piezas clave del teatro del absurdo), lo cierto es que visualmente pone de manifiesto las dimensiones mastodónticas de un mundo que hará aguas tras la contienda recién comenzada, pese a que, curiosamente, el perisodáctilo sea de los pocos que se salvan del hundimiento.


2 comentarios:

  1. Un buen análisis del componente metafórico de uno de los films más singulares del maestro italiano.

    Saludos.

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    1. Y similar, en parte, a Buñuel por la causticidad latente en su retrato de la aristocracia. Gracias por comentar.

      Saludos,
      Juan

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