jueves, 21 de diciembre de 2017

El vicari d'Olot (1981)

















Título en español: El vicario de Olot
España, 1981, 96 minutos



Es curioso hasta qué punto, en algunas ocasiones, el simple paso del tiempo es capaz de convertir lo que nació como iconoclasta gamberrada en inocente comedia de costumbres. Lo cual viene a demostrar que ni había para tanto cuando algunos se escandalizaban ni determinados preceptos, aparentemente verdades inamovibles, eran en realidad para toda la vida.

El vicari d'Olot, primer largometraje de ficción dirigido por Ventura Pons, responde a la perfección a dicha premisa. Quizá menos rompedora que el retrato intermitente que hiciese del célebre Ocaña tres años antes (Ocaña, retrat intermitent [1978]), sus personajes componen, sin embargo, un reparto coral bastante representativo de lo que podían ser por aquel entonces las fuerzas vivas en una capital de comarca de la Catalunya interior. Un microcosmos en el que aún tiene un peso notable el legado del antiguo régimen, pero al que van a llegar nuevos aires, primero en forma de atractivo párroco que solivianta las calenturientas fantasías de algunas feligresas (caso de las señoronas interpretadas por las cantantes Marina Rossell y Núria Feliu) e, inmediatamente después, por una marea de travestis, gais y mujeres de la vida procedentes de la barcelonesa calle de las Tapias que, convocada por la Ramoneta (Rosa Maria Sardà), acude al lugar en protesta contra el reaccionario Congreso de Sexología Católica.

Pere Tàpias frente a una curiosa pintada

Claro que no todos vienen de fuera: algunos, como el farmacéutico de la población (Fernando Guillén), llevan una doble vida a la espera de que la sociedad acepte su condición sexual. Cosa que no tardará en llegar, a la vista del comentario que deja ir la joven Berta (Cristina Álvarez) cuando sus mayores desprecian abiertamente a los manifestantes congregados en la Plaza Mayor:

-¡No son hombres ni mujeres ni nada! ¡No tienen dignidad ni decencia! 
-¡Son divertidos! Es como si el teatro saliera a la calle. ¡Son muy majos!

El teatro... o las Ramblas, casi nos atreveríamos a decir (las Ramblas de entonces, por supuesto). En cualquier caso, lo demás es enredo: un enredo amable, si se quiere, que ponía al descubierto mucha hipocresía y falsa moral. Y todo ello gracias a la ayuda desinteresada de muchos artistas del momento, desde Maria Aurèlia Capmany o Pere Tàpias hasta Quico Pi de la Serra o Guillermina Motta, pasando por Mary Santpere, Montserrat Carulla o la mismísima Anna Lizaran.

Rosa Maria Sardà (Ramoneta) y Rosa Novell

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