Título original: Being John Malkovich
Director: Spike Jonze
EE.UU., 1999, 113 minutos
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| Cómo ser John Malkovich (1999) de Spike Jonze |
Introducirse en el cuerpo de un prestigioso actor a través de un túnel secreto puede parecer tan improbable como trabajar en la planta siete y medio de un edificio de oficinas cuyos ocupantes deben caminar siempre encorvados, compartir las estrecheces del apartamento familiar con un chimpancé, una iguana y una cacatúa o escenificar mediante marionetas los amores de Abelardo y Eloísa en las calles de Nueva York. Sin embargo, todo es posible cuando se trata de un guion escrito por Charlie Kaufman, ese genio de imaginación desbordante, autor de títulos memorables como Anomalisa (2015) o la recién estrenada Estoy pensando en dejarlo (I'm Thinking of Ending Things, 2020), que aquí daba sus primeros pasos de la mano del también debutante Spike Jonze.
¿Drama o comedia? A juzgar por lo estrambótico del planteamiento y las risas que muchas de las situaciones provocan en el espectador, casi habría que decantarse por lo segundo, si bien la soberbia banda sonora de Carter Burwell subraya en todo momento la verdadera desdicha que aqueja al titiritero Craig. Porque no cabe duda de que el personaje al que da vida John Cusack es un auténtico fracasado, incapaz de encontrarle sentido a una existencia que para él carece de todo aliciente. De ahí su afán por meterse en la piel de otros, ya sean títeres o un célebre intérprete. Ni siquiera tendrá suerte a la hora de seducir a Maxine (Catherine Keener), la arisca compañera de trabajo que, para más inri, acaba sintiéndose atraída por su esposa Lotte (Cameron Diaz).
La azarosa trayectoria que siguió el guion de Kaufman hasta que el director Spike Jonze terminó convirtiéndolo en la película que hoy conocemos hizo que, en algún momento de la preproducción, se barajase la posibilidad de que ésta fuese protagonizada por Tom Cruise, lo cual habría supuesto una aproximación totalmente distinta al tema de fondo, tal vez más caricaturesca y mucho menos profunda en su puesta en escena.
Y es que Being John Malkovich tiene algo kafkiano e incluso de realismo mágico en su forma de abordar cuestiones tan diversas como el paso del tiempo, los pros y contras del estrellato o la tragedia personal de un hombre sin atributos. A este respecto, es quizá el doctor Lester (Orson Bean) el personaje que mejor encarna el afán de inmortalidad de unos seres que van en busca de recipientes corpóreos capaces de garantizar la eternidad del alma. Asuntos de índole metafísica que hacen de este filme, producido, entre otros, por Michael Stipe (vocalista de R.E.M.), una de las cintas más extravagantes de finales de los noventa.
¿Drama o comedia? A juzgar por lo estrambótico del planteamiento y las risas que muchas de las situaciones provocan en el espectador, casi habría que decantarse por lo segundo, si bien la soberbia banda sonora de Carter Burwell subraya en todo momento la verdadera desdicha que aqueja al titiritero Craig. Porque no cabe duda de que el personaje al que da vida John Cusack es un auténtico fracasado, incapaz de encontrarle sentido a una existencia que para él carece de todo aliciente. De ahí su afán por meterse en la piel de otros, ya sean títeres o un célebre intérprete. Ni siquiera tendrá suerte a la hora de seducir a Maxine (Catherine Keener), la arisca compañera de trabajo que, para más inri, acaba sintiéndose atraída por su esposa Lotte (Cameron Diaz).
La azarosa trayectoria que siguió el guion de Kaufman hasta que el director Spike Jonze terminó convirtiéndolo en la película que hoy conocemos hizo que, en algún momento de la preproducción, se barajase la posibilidad de que ésta fuese protagonizada por Tom Cruise, lo cual habría supuesto una aproximación totalmente distinta al tema de fondo, tal vez más caricaturesca y mucho menos profunda en su puesta en escena.
Y es que Being John Malkovich tiene algo kafkiano e incluso de realismo mágico en su forma de abordar cuestiones tan diversas como el paso del tiempo, los pros y contras del estrellato o la tragedia personal de un hombre sin atributos. A este respecto, es quizá el doctor Lester (Orson Bean) el personaje que mejor encarna el afán de inmortalidad de unos seres que van en busca de recipientes corpóreos capaces de garantizar la eternidad del alma. Asuntos de índole metafísica que hacen de este filme, producido, entre otros, por Michael Stipe (vocalista de R.E.M.), una de las cintas más extravagantes de finales de los noventa.


















































