sábado, 5 de septiembre de 2020

Cómo ser John Malkovich (1999)




Título original: Being John Malkovich
Director: Spike Jonze
EE.UU., 1999, 113 minutos

Cómo ser John Malkovich (1999) de Spike Jonze


Introducirse en el cuerpo de un prestigioso actor a través de un túnel secreto puede parecer tan improbable como trabajar en la planta siete y medio de un edificio de oficinas cuyos ocupantes deben caminar siempre encorvados, compartir las estrecheces del apartamento familiar con un chimpancé, una iguana y una cacatúa o escenificar mediante marionetas los amores de Abelardo y Eloísa en las calles de Nueva York. Sin embargo, todo es posible cuando se trata de un guion escrito por Charlie Kaufman, ese genio de imaginación desbordante, autor de títulos memorables como Anomalisa (2015) o la recién estrenada Estoy pensando en dejarlo (I'm Thinking of Ending Things, 2020), que aquí daba sus primeros pasos de la mano del también debutante Spike Jonze.

¿Drama o comedia? A juzgar por lo estrambótico del planteamiento y las risas que muchas de las situaciones provocan en el espectador, casi habría que decantarse por lo segundo, si bien la soberbia banda sonora de Carter Burwell subraya en todo momento la verdadera desdicha que aqueja al titiritero Craig. Porque no cabe duda de que el personaje al que da vida John Cusack es un auténtico fracasado, incapaz de encontrarle sentido a una existencia que para él carece de todo aliciente. De ahí su afán por meterse en la piel de otros, ya sean títeres o un célebre intérprete. Ni siquiera tendrá suerte a la hora de seducir a Maxine (Catherine Keener), la arisca compañera de trabajo que, para más inri, acaba sintiéndose atraída por su esposa Lotte (Cameron Diaz).



La azarosa trayectoria que siguió el guion de Kaufman hasta que el director Spike Jonze terminó convirtiéndolo en la película que hoy conocemos hizo que, en algún momento de la preproducción, se barajase la posibilidad de que ésta fuese protagonizada por Tom Cruise, lo cual habría supuesto una aproximación totalmente distinta al tema de fondo, tal vez más caricaturesca y mucho menos profunda en su puesta en escena.

Y es que Being John Malkovich tiene algo kafkiano e incluso de realismo mágico en su forma de abordar cuestiones tan diversas como el paso del tiempo, los pros y contras del estrellato o la tragedia personal de un hombre sin atributos. A este respecto, es quizá el doctor Lester (Orson Bean) el personaje que mejor encarna el afán de inmortalidad de unos seres que van en busca de recipientes corpóreos capaces de garantizar la eternidad del alma. Asuntos de índole metafísica que hacen de este filme, producido, entre otros, por Michael Stipe (vocalista de R.E.M.), una de las cintas más extravagantes de finales de los noventa.


viernes, 4 de septiembre de 2020

Magnolia (1999)




Director: Paul Thomas Anderson
EE.UU., 1999, 188 minutos

Magnolia (1999) de Paul Thomas Anderson

Los seis minutos iniciales de Magnolia (1999) constituyen un preámbulo perfecto para determinar el tono de lo que va a ser este puzle vertiginoso de tres horas de duración en el que los destinos de un puñado de personajes se irán entrecruzando hasta completar y dar sentido a tan complejo mosaico. Y es que, guiado por una sensibilidad de inspiración barroca, el director Paul Thomas Anderson emprendía la ingente tarea de dar forma a un proyecto que comienza con una antología de extrañas coincidencias y termina con una insólita lluvia de ranas.

Aunque para sorprendente, el papel de experto en seducción femenina que interpreta Tom Cruise: un tal Frank T.J. Mackey cuyos simposios son todo un recital de misoginia a los que una masa de garrulos enardecidos acude en tropel con la finalidad de hallar consuelo a sus complejos gracias al verbo sin tapujos de semejante gurú.



Del resto, integrado por individuos tan peculiares como neuróticos, destaca una joven cocainómana que padeció abusos sexuales durante su infancia (Melora Walters); un agente de policía un tanto inepto (John C. Reilly); un antiguo niño prodigio que hoy es apenas un adulto frustrado (William H. Macy); otro (superdotado) que arrasa en los concursos televisivos de cultura general; un presentador (Philip Baker) aquejado por problemas de salud y familiares; un anciano en estado terminal (Jason Robards) que aguarda su último suspiro, postrado en la cama de su propio domicilio, bajo la atenta mirada de un enfermero (Philip Seymour Hoffman).

Paul Thomas Anderson era, por aquel entonces, un joven y ambicioso director dispuesto a dejar huella. Talento, huelga decir, cuya posterior y exitosa trayectoria no ha hecho sino confirmar con creces. En todo caso, es posible que en Magnolia vertiese alguna que otra vivencia personal, encubierta bajo la abundancia de flecos de una trama coral que recuerda a la urdida por Robert Altman en Short Cuts (1993), y de ahí la espinosa relación con la figura paterna que atormenta a no pocos de los protagonistas.



P. D.: Para las similitudes entre Magnolia y Vidas cruzadas véase la excelente comparativa que el amigo Ricard, de Clàssics de cinema, llevaba a cabo en dicho blog hace unos días.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Una historia verdadera (1999)




Título original: The Straight Story
Director: David Lynch
EE.UU./Francia/Reino Unido, 1999, 112 minutos

Una historia verdadera (1999) de David Lynch


Asociar el universo de un cineasta tan iconoclasta como David Lynch con los productos convencionalmente familiares de la factoría Disney no parece que, a priori, pudiera dar como resultado una película de las proporciones de The Straight Story (1999). Y, sin embargo, el periplo del anciano protagonista a lomos de una destartalada cortadora de césped que lo llevará desde Laurens (Iowa) hasta Mount Zion (Wisconsin) acaba adquiriendo una trascendencia cercana, en su patetismo, a las andanzas de un don Quijote moderno.

Porque las reflexiones del susodicho Alvin (Richard Farnsworth), lento y cachazudo como un veterano cowboy, en nada desmerecen a las de aquel Alonso Quijano que un buen día se echó a los caminos emprendiendo una empresa no menos descabellada que la suya. "¿Qué es lo peor de la vejez, Alvin?", le pregunta un mozalbete imberbe cargado de cinismo. Y el interfecto, que será septuagenario pero no tonto, le suelta sin inmutarse: "Lo peor de ser viejo es que te acuerdas de cuando eras joven…" Memento mori, como dirían los clásicos, que deja sin palabras al curioso impertinente y, de paso, al propio espectador.



Resulta, asimismo, admirable el motivo por el que semejante testarudo se empeña en llevar a cabo tamaña proeza. Una demostración de amor fraternal cuyo mérito es aún mayor si se tiene en cuenta que ambos hermanos llevaban una década sin dirigirse la palabra. De modo que el hecho de que el pobre Lyle (Harry Dean Stanton) haya padecido un infarto será la ocasión propicia para que Alvin se arme de valor y decida ponerse en marcha pese a sus evidentes problemas de movilidad.

Ni que decir tiene que serán cuantiosos los obstáculos que le vayan surgiendo a lo largo del trayecto, aunque no faltarán almas caritativas que lo acojan y ayuden con suma amabilidad y comprensión (caso del matrimonio en cuyo jardín acampa durante varias noches). Otras veces, en cambio, será el propio Alvin quien logre iluminar, gracias a la sabiduría que dan los años, a alguna autoestopista en horas bajas. Y como en todo filme lyncheano no podía faltar lo enigmáticamente inexplicable, como aquella infeliz conductora predestinada a atropellar a todos los ciervos que se le crucen por delante.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

El luchador (2008)




Título original: The Wrestler
Director: Darren Aronofsky
EE.UU./Francia, 2008, 109 minutos

El luchador (2008) de Darren Aronofsky


Rock duro y recortes de prensa de una vieja gloria de la lucha libre presiden los créditos iniciales de The Wrestler recreando la euforia propia de los combates más memorables. Que, una vez finalizados, contrastan con el silencio imperante en un vestuario de mala muerte y la efigie sentada, de espaldas, de su único ocupante. Veinte años después de su época gloriosa, Randy "The Ram" es apenas una ruina humana, un adicto a los esteroides que arrastra lo que queda de él por los cuadriláteros de segunda de la América profunda.

Pocas veces en la historia del cine se ha dado una simbiosis tan exacta entre actor y personaje, hasta el extremo de que pudiera considerarse que muchos de los aspectos abordados en esta película, y que le valieron a Mickey Rourke la candidatura al Óscar a mejor actor, son o podrían pasar por autobiográficos.



Volviendo a la crudeza que tan buenos resultados le diera en Requiem for a Dream (2000), Darren Aronofsky planteaba, con su habitual maestría, el lado humano que se oculta tras la fiereza del luchador profesional, entrañablemente patético en su actual condición de juguete roto. Y lo mismo podría decirse de la stripper exuberante, ya de una cierta edad (Marisa Tomei, también candidata a la preciada estatuilla por su papel), tras cuyas curvas de vértigo se esconde una madre soltera que planea dejar las contorsiones sobre la barra y las bromas groseras de los clientes para retirarse a una idílica hacienda en compañía de su hijo de nueve años.

A pesar de la sordidez que preside el día a día de los personajes, y es ahí posiblemente donde reside el principal atractivo de la cinta, lo que acaba por imponerse, sin embargo, es la ternura del hombre que lucha por recuperar la faceta de padre que nunca supo ejercer. O el cariño que se demuestran entre ellos los en apariencia brutales combatientes mientras ensayan sus números antes de saltar a la palestra. Detalles de humanidad, habitualmente eclipsada por los focos de un estrellato pasajero, que muestran el reverso más cálido de su burda imagen pública.


martes, 1 de septiembre de 2020

La fuente de la vida (2006)




Título original: The Fountain
Director: Darren Aronofsky
EE.UU./Canadá, 2006, 97 minutos

La fuente de la vida (2006)
de Darren Aronofsky

Puede que The Fountain sea una película desmesuradamente ambiciosa y hasta cierto punto fallida, pero ello no debería ser óbice para que suscite la admiración de cualquier cinéfilo que se precie. Como los delirios apocalípticos de Terry Gilliam o las divagaciones metafísicas de Terrence Malick, el filme de Aronofsky se adentra en las profundidades del tiempo y del espacio entrelazando tres historias unidas por el denominador común del afán de inmortalidad.

Un conquistador español del siglo XVI que viaja al interior de la jungla en busca de la Fuente de la eterna juventud; un investigador médico empeñado en salvar a su mujer de la enfermedad terminal que ésta padece; una especie de yogui bajo el Árbol de la vida al que hostigan sus propios fantasmas antes de partir rumbo a los confines del cosmos.



Abordar una empresa de tal magnitud en la era del mainstream supone, sin lugar a dudas, una proeza digna de encomio. Sobre todo a partir del momento en que el millonario proyecto inicial, que debían haber protagonizado Brad Pitt y Cate Blanchett, es cancelado por la Warner para retomarlo, pocos años después, ya con un presupuesto mucho más ajustado y Hugh Jackman y Rachel Weisz en los roles principales.

Un periplo desbordante desde la oscuridad hasta la luz cuyo significado último conecta el pasado remoto de los mayas con los arcanos recónditos del universo. Filigranas, estas últimas, para las que, en lugar de costosos efectos especiales, se prefirió la belleza microscópica de una reacción química provocada en la probeta de un laboratorio.


lunes, 31 de agosto de 2020

Cuando llegue septiembre (1961)




Título original: Come September
Director: Robert Mulligan
EE.UU., 1961, 112 minutos

Cuando llegue septiembre (1961)
de Robert Mulligan


Nadie diría que el mismo director que apenas un año después brindó la magnífica To Kill a Mockingbird (1962) fuese el responsable de esta intrascendente comedia romántica ambientada en Italia. Pero así son las cosas en la lucrativa meca del cine, hasta el extremo de que, aparte del mencionado Mulligan, todo un tótem de la relevancia de Raoul Walsh se ocupara de las labores de producción.

La historia no puede ser más bobalicona: un apolíneo hombre de negocios estadounidense llamado Robert Talbot (Rock Hudson) se desplaza, como cada mes de septiembre, hasta su lujosa mansión romana. Pero una vez allí descubrirá, para su asombro, que el mayordomo se ha tomado la licencia, a espaldas de su legítimo propietario, de convertirla en hotel durante el resto del año. Por si no fuera poco, su prometida, la alocada Lisa (Gina Lollobrigida), amenaza con casarse con un aburrido inglés que no se separa nunca de sus adustas hermanas.



Aun así, el encanto de Talbot hará que las aguas vuelvan a su cauce hasta que el grupo de jóvenes turistas norteamericanas que se alojan en casa del magnate entren en contacto con una pandilla de veinteañeros de la misma nacionalidad, ávidos de entablar amistad con sus bellas compatriotas y, de paso, rivalizar en galanura con el mismísimo anfitrión, al que los muchachos consideran un vejestorio engreído (y algo de razón no les falta, más por lo segundo que por lo primero).

Factura impecable (en CinemaScope, Technicolor y espectacular Panavisión), un reparto de atractivos intérpretes (con unos jovencísimos Sandra Dee y Bobby Darin enamorándose a uno y otro lado de la pantalla), canciones y algún que otro número de baile son varios de los elementos de una película en la estela de Roman Holiday (1953) o los enredos acaramelados a lo Doris Day y con Rock Hudson explotando descaradamente su faceta de heredero de Cary Grant, cuya vis cómica intenta emular por todos los medios, aunque sin brillar a la misma altura.


domingo, 30 de agosto de 2020

Blade Runner (1982)




Director: Ridley Scott
EE.UU., 1982, 117 minutos

MORE HUMAN THAN HUMAN

Blade Runner (1982) de Ridley Scott

Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie...

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Traducción de César Terrón

Más que de una novela, Blade Runner fue la adaptación de una idea. Porque al trasladar a la pantalla el personalísimo universo que Philip K. Dick (1928-1982) forjara en su mente no quedó ni rastro de Iran, la fiel esposa de Deckard, ni de ese sucedáneo de culto religioso llamado mercerismo o de la eterna retransmisión televisiva del Amigo Buster. Tampoco hay codiciadas ovejas o cabras eléctricas, aunque, en su lugar, aparecen serpientes, palomas y hasta unicornios con parecida o, incluso, superior carga simbólica.

Las diferentes versiones que, a lo largo de los años, han ido enriqueciendo el ya de por sí abigarrado acervo visual de uno de los títulos más venerados de la historia del cine no han hecho sino incrementar el mito en torno a la figura del aguerrido cazador de bonificaciones (Harrison Ford) y su lucha sin cuartel contra los temibles replicantes de la serie Nexus-6.



Filme oscuro y críptico donde los haya, Blade Runner inauguraba el género futurista en su vertiente más posmoderna (o, por lo menos, en la definitiva), sentando las bases de posteriores y abrumadores delirios distópicos susceptibles de mil y una interpretaciones. A este respecto, el conmovedor plano inicial de un Los Ángeles convertido en inhóspita megalópolis de rascacielos y llamaradas quedará para los restos como la estampa nada halagüeña de un porvenir que hoy sería para nosotros el pasado (en la novela, la acción transcurre en 1992 y, en el filme, en 2019) siempre susceptible de convertirse en amenazador presente.

Que, como en toda obra maestra que se precie, ha acabado generando su propia leyenda. Aquélla según la cual la mítica escena en la que la luz del iracundo Roy Batty se apaga irremediablemente bajo una lluvia torrencial fue, en realidad, el resultado de una genial improvisación a cargo del desaparecido Rutger Hauer. Bellas y profundas palabras que, lejos de perderse en el tiempo, siguen y seguirán resonando perennemente en el imaginario colectivo de la cinefilia.


viernes, 28 de agosto de 2020

El próximo otoño (1963)




Director: Antonio Eceiza
España, 1963, 85 minutos

Un verano con Monique...

El próximo otoño (1963) de Antxon Eceiza


El mito erótico de la francesita adorable que subyace en el argumento de El próximo otoño (1963) acabaría degenerando, ya en la década de los setenta y en color, en las suecas despampanantes de las comedias del landismo. Sin embargo, Antxon Eceiza y su equipo de guionistas (entre los que figuraba Víctor Erice) optaron por relatar una historia mucho más profunda que coincide, hasta cierto punto, con lo que ese mismo año expondría Bardem en Nunca pasa nada (1963). Sólo que trasladando la acción al litoral granadino, cuando la localidad de Almuñécar era aún una aldea de pescadores con tapias enjalbegadas y callejas sin asfaltar.

Vecino del pueblo, Juan (Manuel Manzaneque) es un antiguo seminarista que tuvo que dejar los estudios para ayudar económicamente a su madre (María Luisa Ponte) y su abuelo. Por eso trabaja al servicio de una acomodada familia de veraneantes cuyos hijos no cesan de tratarlo con la habitual displicencia de los señoritos. Monique, en cambio, una joven francesa que pasa con ellos las vacaciones, se sentirá atraída por la timidez de Juan, con quien vive un idilio tan intenso como efímero.



A este respecto, la siempre grácil Sonia Bruno interpreta con solvencia el papel de turista ávida de jarana en compañía de los lugareños antes de instalarse en París, después del verano, para iniciar sus estudios universitarios. De ahí que, pertrechada con su cámara Rolleiflex, se dedique a inmortalizar los rincones más pintorescos de la geografía local, desde las procesiones religiosas hasta el viejo cementerio de nichos medio derruidos.

Sin llegar a plantear abiertamente un conflicto de clases como el mostrado algo después, en el terreno novelístico, por un compañero de viaje y generación como el Juan Marsé de Últimas tarde con Teresa (1966), El próximo otoño fue la primera película producida por Elías Querejeta. Lo cual queda patente en una factura visual marcada por la fotografía en blanco y negro de Luis Enrique Torán en la que Luis Cuadrado ya ejercía labores de ayudante. Y, sobre todo, en ese afán tan característico por captar la esencia de una España profunda frente a la que estos nuevos realizadores adoptan una mirada que intentaba ser crítica.


jueves, 27 de agosto de 2020

Canción de Nueva York (2017)




Título original: The Only Living Boy in New York
Director: Marc Webb
EE.UU., 2017, 89 minutos

Canción de Nueva York (2017) de Marc Webb

Aspiraba a ser un drama edípico con un cierto toque indie y, sin embargo, se quedó en insulso folletín con ínfulas sofisticadas, un filme "pasable" rebosante de postureo intelectualoide a lo Woody Allen, aunque desprovista por completo de sus agudezas (si no fuera por aquello de que "el barrio más animado de Nueva York es Filadelfia…").

Lo confieso: como más de uno, me dejé seducir por el título. Que coincide con el de una de mis canciones preferidas de Simon & Garfunkel. Pero "The Only Living Boy in New York" (película) no es tan buena como su homónimo musical. Y aunque el tema original se escuche de fondo durante algunos segundos, lo cierto es que la cinta del director de videoclips Marc Webb dista mucho de ser una obra maestra.



Para empezar, ni Jeff Bridges transmite la más mínima credibilidad en su papel de novelista alcohólico ni las interpretaciones del resto de actores van mucho más allá a la hora de dar vida a los burgueses ilustrados que protagonizan el filme. De entre los que destaca Pierce Brosnan, quien encarna a un reputado editor neoyorquino cuya crisis matrimonial amenaza con afectar a su ya de por sí inestable hijo Thomas (Callum Turner). Sobre todo cuando éste, perdidamente enamorado de la librera Mimi (Kiersey Clemons) y siempre inquieto por las tendencias depresivas de una madre bipolar (Cynthia Nixon), descubre que su padre tiene una amante (Kate Beckinsale) por la que el muchacho se sentirá fatalmente atraído.

Al margen de su inverosímil trasfondo literario, vagamente freudiano, el tema de fondo que planea en todo momento a lo largo del filme es la gradual pérdida de identidad de la propia ciudad de Nueva York a consecuencia del voraz proceso de gentrificación al que durante decenios se ha visto sometida. Una esencia añorada por buena parte de los personajes, ya desde las palabras introductorias de W.F. Gerald (Bridges), en el transcurso de veladas eruditas en las que unos y otros se lamentan de la desaparición de tal librería, reconvertida en gimnasio donde practicar spinning, o de aquel afable charcutero de la esquina cuyo local ocupa ahora un Starbucks.


miércoles, 26 de agosto de 2020

Réquiem por un sueño (2000)




Título original: Requiem for a Dream
Director: Darren Aronofsky
EE.UU., 2000, 102 minutos

Réquiem por un sueño (2000)
de Darren Aronofsky

Por razones que llevaría largo rato dilucidar, los cambios de década, de siglo y hasta de milenio suelen comportar nuevas modas que, en el terreno artístico, se traducen en obras icónicas. Y Réquiem por un sueño —estrenada, al igual que Memento de Christopher Nolan, en el año 2000— es de las que marcan época. Algunos de sus logros expresivos o de puesta en escena los hemos visto después en títulos bastante recientes y tan exitosos como Joker (2019) o Clímax (2018). La primera (y oscarizada) cinta toma prestada de ésta la fantasía de alguien que, como consuelo frente a una realidad degradada, se imagina participando en un espacio televisivo del que es la estrella; en cambio, la cinta francesa de Gaspar Noé coincide con su modelo hollywoodense en mostrar, desde un punto de vista subjetivo, lo que pasa por la cabeza de un consumidor de sustancias estupefacientes.

En esto último, precisamente, reside el mayor logro cinematográfico del lenguaje empleado por Darren Aronofsky en la película que nos ocupa. A este respecto, Requiem for a dream es un recital de creatividad expresiva a la hora de sugerir las cosas sin enseñarlas abiertamente, sobre todo cuando se trata de los efectos secundarios ocasionados por la ingesta de drogas: primerísimos y fugaces planos del elemento fluyendo por las venas, un algodón absorbiendo el preciado líquido, una pupila que se dilata… Toda una exhibición estilística cuyo objetivo primordial se resume en transmitir el progresivo deterioro físico y mental de los protagonistas.



Y lo mismo podría decirse de dividir la pantalla en dos o de la frenética ejecución de la banda sonora que las cuerdas del Kronos Quartet llevan a cabo: por descabelladas que fuesen, las ilusiones de Harry (Jared Leto), Marion (Jennifer Connelly), Ty (Marlon Wayans) y hasta la frustrada señora Goldfarb (Ellen Burstyn) merecieron esta oración fúnebre en formato fílmico alucinógeno que es ya hoy un clásico moderno.

Y es que el afán por perder peso de la madre, aunque sea tomando anfetaminas, junto a su obsesiva dependencia de la telebasura, acabará dando pie a un insólito paralelismo intergeneracional: lejos de oponerse, padres e hijos comparten en este caso una misma insatisfacción vital de fatales consecuencias. La constatación de que el sueño americano, si es que alguna vez fue real, produce monstruos antes de saltar pulverizado por los aires.


martes, 25 de agosto de 2020

La leyenda del tambor (1981)




Título original: El timbaler del Bruc
Director: Jorge Grau
España/Méjico, 1981, 98 minutos

La leyenda del tambor (1981) de Jorge Grau


Hay quien asegura que esta historia no es cierta y que el niño del tambor jamás existió, pero es ésta y no otra la leyenda que el pueblo ha querido tener. Y no hay que olvidar que los pueblos suelen escribir la historia con su propia sangre...

No fue ésta la primera ni tampoco la última vez en que la celebérrima figura del niño héroe, capaz de amedrentar él solo a las tropas napoleónicas con el único auxilio de su tambor, servía de base para la realización de una película. Mucho antes que Jorge Grau, el también catalán Iquino ya tuvo ocasión de recrear el mito en El tambor del Bruch (1948) y, en fechas más recientes, fue el actor Juan José Ballesta quien se metió en la piel del aguerrido tamborilero en Bruc: El desafío (2010).

Dotada de la presencia de una voz en off que abre y cierra el relato, la versión que nos ocupa adolece de un cierto toque didáctico en forma de pincelada aclaratoria que ayude al espectador a situarse en el contexto histórico de la Guerra de Independencia. Conflicto cuyo origen obedeció a muy diversas causas, pero que en esta coproducción hispanomejicana quedaba restringido a la consabida proeza de los somatenes que, en 1808, decidieron levantarse en armas contra la presencia del invasor francés en suelo patrio.



El honor de interpretar a tan insigne personaje le correspondió a Jorge Sanz, otro niño prodigio que, por aquel entonces, se hallaba en los inicios de su carrera, mientras que en el papel de abuelo encontramos nada menos que a un veterano Alfredo Mayo con barretina, estampa insólita tratándose del mismo intérprete que, en su día, dio comienzo a su andadura profesional encarnando al prototipo de héroe franquista en cintas de exaltación militar.

La presencia en el reparto de otros ilustres actores como Vicente Parra (o de flamantes "promesas", hoy no menos consagradas, caso de una jovencísima Mercè Sampietro) le da más empaque que calidad a una cinta correcta, a ratos emotiva, pero que dista de encontrarse entre las mejores de su director a pesar de lo entrañable del tema abordado.


domingo, 23 de agosto de 2020

Nuts! (2016)




Directora: Penny Lane
EE.UU., 2016, 79 minutos

Nuts! (2016) de Penny Lane

Aparte de una canción de los Beatles, Penny Lane es el nombre de la directora de Nuts! (2016), documental que recrea la trayectoria vital y profesional del doctor John Romulus Brinkley (1885-1942), visionario que, partiendo de unos orígenes muy humildes, fue capaz de levantar todo un imperio médico que incluía diversos hospitales y una potente emisora de radio. El secreto de su celebridad: haber dado con un remedio infalible contra la impotencia. O eso, al menos, es lo que creyeron los miles de hombres, aquejados de esterilidad y otros males por el estilo, que, tras acudir a su consulta, se dejaron implantar, con aparente éxito, testículos de macho cabrío.

Valiéndose de imágenes de archivo, declaraciones de diversos especialistas y, sobre todo, animaciones un tanto caricaturescas, la cinta reconstruye, en seis capítulos y un epílogo, el ascenso y posterior caída de Brinkley. Porque una vez consolidada la empresa familiar, junto a su esposa y su hijo (el pequeño Johnny Boy), fueron muchos los ataques que recibió por parte de la medicina convencional, así como procedentes de la máxima autoridad radiofónica (la temible Federal Radio Commission), temerosa del enorme predicamento que los programas del galeno ejercían sobre la abundante legión de oyentes que la KFKB tenía a lo largo y ancho del país.



Genio para unos, charlatán excéntrico para otros, el caso de Brinkley resulta paradigmático de la propia esencia de lo que la sociedad estadounidense, tan devota del carácter emprendedor, ha dado en denominar self made man: el hombre que se hace a sí mismo vendiendo humo o patentes milagrosas para que luego su fortuna se malogre con la misma facilidad con la que sube o baja la espuma.

Llegados al momento culminante del juicio sumarísimo al que se ve sometido, sorprendentes revelaciones vendrán a demostrar que no es oro todo lo que reluce. Ni John Romulus Brinkley ese talento científico que, desde la modesta localidad de Milford (Kansas), a punto estuvo de conquistar el mundo según la biografía autorizada en la que se basa el filme.


viernes, 21 de agosto de 2020

Cateto a babor (1970)




Director: Ramón Fernández
España, 1970, 83 minutos

Cateto a babor (1970) de Ramón Fernández

Cateto a babor es ya de por sí un título lo suficientemente explícito como para no detenerse en los pormenores de una historia que había conocido el éxito catorce años antes en su primera versión, en blanco y negro. Sólo que Recluta con niño (1956) resultaba todavía más meridiano si cabe. Porque el hecho de que un pueblerino se presente en el cuartel con un crío de la mano supone un punto de partida que se presta a innumerables situaciones cómicas, a cuál más delirante.

En cualquier caso, el remake que nos ocupa fue concebido con una descarada finalidad propagandística cuyo objetivo primordial no era otro sino captar el mayor número posible de incautos para que se alistasen en la armada. De ahí la presencia (e insistencia) en mostrar el cartel que el tremendo sargento Canales (José Gálvez) tiene colgado en la pared de su gabinete: "¡Muchacho: la Marina te llama!" Visión paternalista e idealizadora del estamento militar como si se tratase del mejor de los destinos posibles e incluso de una universidad de la vida encargada de instruir a los paletos. 



Lo demás (los múltiples apuros del protagonista en su penosa adaptación a la disciplina castrense) será apenas un pretexto para hacer alarde de la moderna flota de portaaviones del ejército nacional y demás ventajas que conlleva la pertenencia a tan insigne cuerpo. Por eso subraya uno de los cadetes (Pepe Sacristán) los diez días de permiso de que gozarán los voluntarios tras unas maniobras en alta mar o se enfatiza el carácter benévolo del comandante (José Suárez) frente a los métodos expeditivos del susodicho Canales.

Sin embargo, y gracias a la cariñosa acogida que entre todos dispensan al dicharachero Quique, la magnánima familia del "Tigre de San Fernando" desmiente que el sargento sea tan severo como lo pintan. Es más: al final se acabará demostrando que su obstinación en pulir catetos ha valido la pena, puesto que el tal Miguel Cañete Moste (Alfredo Landa) no sólo saca a relucir unas inesperadas dotes para el ejercicio de la carrera naval, sino que, una vez que la invidente Julia (Enriqueta Carballeira) recupera milagrosamente la vista, es muy probable que el hombre haya ganado también un yerno.


miércoles, 19 de agosto de 2020

Mi tío (1958)




Título original: Mon oncle
Director: Jacques Tati
Francia/Italia, 1958, 116 minutos

Mi tío (1958) de Jacques Tati

El inolvidable tema central de la banda sonora de Mon oncle (1958) —sintonía, años más tarde, del no menos mítico espacio televisivo "Cineclub"— posee la extraña facultad de infundir optimismo a todo aquel que decida pasarse un rato por los dominios del espigado Monsieur Hulot. Que en esta cinta, parodia avant la lettre de la diseñitis y el afán ostentoso, hacía las delicias de un sobrinito cuyos padres parecen más preocupados por alardear de su futurista mansión ultramoderna que no en darle al chaval el afecto necesario.

Visión irónica de la modernidad (en abierto contraste con el ambiente popular e idealmente parisino en el que vive el protagonista), Tati volvería a incidir sobre el mismo asunto una década después, ya al final de su carrera, para caricaturizar los avances del progreso alienante en Playtime (1967). A este respecto, el arrogante matrimonio Arpel habita un espacio caracterizado por una rectitud de líneas y estridentes notas de color que se acaba traduciendo en la fría rigidez de un entorno tan artificial como aséptico. 



En cambio, el barrio de Monsieur Hulot, con sus golfillos revoltosos haciendo siempre las mil y una y el animado bullicio de unas calles repletas de perros vagabundos y tipos entrañables (como ese barrendero que no barre), bien pudiera servir de marco para alguna historieta de tebeo. De hecho, el edificio en cuya buhardilla reside Hulot recuerda vagamente, con el intrincado recorrido que hay que seguir hasta alcanzar el último piso, a la comunidad donde transcurrían las azarosas anécdotas de 13, Rue del Percebe.

Sus torpes e inconfundibles ademanes de gentleman, sempiternamente ataviado con sombrero, pipa y gabardina, hacen del cuasi mudo Monsieur Hulot el eslabón francófono entre los británicos Charlot y Mr. Bean. En ese sentido, resulta difícil contemplar los estropicios ocasionados por éste en la fábrica de mangueras de su cuñado sin acordarse de las andanzas industriales que previamente protagonizara Chaplin en Modern Times (1936).


viernes, 14 de agosto de 2020

In memoriam (1977)




Director: Enrique Brasó
España, 1977, 100 minutos

In memoriam (1977) de Enrique Brasó

Con un cierto toque viscontiniano y un tratamiento argumental que a ratos parece anunciar lo que una década más tarde sería la serie televisiva La huella del crimen, In memoriam (1977) supuso la única incursión como director de largometrajes del guionista Enrique Brasó (1948-2009). La historia que plantea, un triángulo amoroso de fatales consecuencias a partir del relato homónimo de Adolfo Bioy Casares, narra las vicisitudes de Luis Bosch (Eusebio Poncela), escritor modernista que cultiva el ensayo desde una vertiente poética, y que vive atormentado por el recuerdo de Paulina (Geraldine Chaplin), la mujer a la que amó y a la que no supo retener a su lado.

El tercero en discordia es Julio Montero (José Luis Gómez), un tipo sombrío, aspirante a dramaturgo, arribista y melifluo, cuyo afán por hacerse amigo de Bosch oculta oscuras intenciones que terminarán concretándose en torno a la figura de la deseada muchacha inglesa. Tal vez por ello, la wagneriana "Muerte de amor" del Tristán e Isolda se convierte en leitmotiv de una banda sonora, a cargo de Luis Eduardo Aute, que es, ya de por sí, una más que notable partitura.



La mayor parte de lo que vemos en pantalla obedece a una reconstrucción, a partir de las respectivas remembranzas de ambos hombres, de hechos acaecidos años atrás y de ahí un título tan evocador (In memoriam) que quiere ser, al mismo tiempo, sentido homenaje en honor de la malograda Paulina Arévalo.

Jugando, pues, con los distintos puntos de vista de cada personaje se irá entretejiendo una compleja red de medias verdades y medias mentiras en la que incluso tienen cabida apariciones fantasmales en noches lluviosas. Delirios que no son más que la proyección de los deseos más recónditos por parte de un individuo que prefirió marcharse a Inglaterra en pos de la gloria literaria y que regresará a la vivienda decrépita, hoy pasto del polvo, que un día fue testigo de los amores truncados de los protagonistas.


Al otro lado del túnel (1994)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1994, 105 minutos

Al otro lado del túnel (1994) de Jaime de Armiñán


Dos guionistas se instalan en un vetusto monasterio oscense con la intención de escribir una historia romántica ambientada en la brumosa Escocia. Pero a medida que vayan transcurriendo los días, se darán cuenta de que la delgada línea que separa la realidad de la ficción puede deparar innumerables sorpresas. Para empezar, porque un monje metomentodo (Rafael Alonso) no para de inmiscuirse en sus asuntos. Aunque va a ser una joven panadera (Maribel Verdú) la que los lleve de  cabeza con sus argucias, hasta el extremo de que ambos queden prendados de los encantos de la moza.

El viejo Miguel Marcos (Fernando Rey), escritor consagrado y cascarrabias irredento, representa al olmo hendido por el rayo al que, sin embargo, la presencia inesperada de la joven Mariana sumirá en una especie de letargo melancólico de pasión reverdecida que no es sino la antesala de su particular canto de cisne: la última vez que se enamora, cautivo en las redes de una circe rural cuyas maquinaciones contribuyen a certificar la impotencia del hombre antes de que éste se adentre en las profundidades tenebrosas de un viaje definitivo que lo conduzca "al otro lado del túnel".



Amparándose en el vigor de su juventud, el mejicano Aurelio (Gonzalo Vega) constituye el tercer vértice de este particular triángulo. Hijo de exiliados republicanos, su indiscreción propicia que todo el pueblo ande al corriente del desarrollo argumental que proyecta junto a su colaborador en la soledad del convento-hotel. Y aunque carezca de la destreza que permite a su socio arrancar dulces melodías del órgano monástico, Aurelio se deja seducir por el hechizo de Mariana, dando así pie a que la personalidad de ésta, con la ayuda subrepticia de su madre (Amparo Baró), se inmiscuya en la trama hasta suplantar a la heroína original. 

Porque este divertimento de Jaime de Armiñán, personal homenaje en clave satírica, con ribetes de work in progress, a sus muchos años de labor cinematográfica, tiene algo de juego cervantino: la caricatura con la que el experimentado (y cabe suponer que también, y sobre todo, escarmentado) hombre de cine se dispone a hacer mutis por el foro con un sutil corte de mangas que bien pudiera ser la certificación, repleta de sarcasmo o de una profunda sabiduría senequista (vaya usted a saber) del célebre verso de Gil de Biedma: "Envejecer, morir, es el único argumento de la obra…"


martes, 11 de agosto de 2020

Ladrón de bicicletas (1948)




Título original: Ladri di biciclette
Director: Vittorio De Sica
Italia, 1948, 89 minutos

Ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio De Sica

A pesar de las muchas penalidades que atosigan a Antonio Ricci y a su familia, un rayo de esperanza parece iluminar su aciago destino cuando el hombre obtiene el ansiado empleo (enganchando carteles por las calles) y, lo que es más importante, la bicicleta que es condición sine qua non para que pueda ejercerlo. En esto último juega un papel providencial el buen hacer de su esposa Maria, quien no duda en empeñar las sábanas de su propio ajuar para poder retirar el vehículo de dos ruedas de la casa de empréstitos que momentáneamente se lo había quedado.

Pero nunca dura demasiado la alegría en casa del pobre y, ya en su primera jornada de trabajo, Antonio ve con impotencia cómo le roban ante sus mismas narices el preciado medio de transporte. Comienza entonces una odisea de Antonio y su hijito Bruno a lo largo y ancho de la ciudad que es el verdadero intríngulis de la película, amén de pretexto mediante el que el guionista Zavattini aprovecha para mostrar la cara más desoladora de los ambientes humildes de la capital italiana en plena posguerra.



Contundente y entrañable, Ladri di biciclette (1948) ocupa por derecho propio un lugar destacado entre los títulos más representativos del neorrealismo y aun de la historia del cine. Y lo hace con la sencillez de un relato clásico en cuyo desarrollo intervienen elementos procedentes de la picaresca, con ribetes de episodio homérico y hasta cervantino, mezclados con la denuncia social propia de una coyuntura en la que el PCI aglutinaba las voces más críticas contra la miseria imperante entre las clases subalternas.

Una fórmula que hace de la necesidad virtud, siendo la intervención de actores no profesionales y el rodaje en plena calle sus principales señas de identidad, y a la que De Sica volvería a recurrir en años sucesivos para la realización de obras maestras de la trascendencia de Umberto D (1952). Sin embargo, la amenaza de indigencia a la que, a falta de la ansiada bicicleta, se ven abocados padre e hijo pone de manifiesto la profunda injusticia de un sistema en el que, con tal de sobrevivir, los obreros se ven obligados a robarse los unos a los otros.