lunes, 12 de octubre de 2020

Sueño y silencio (2012)




Director: Jaime Rosales
España/Francia, 2012, 110 minutos

Sueño y silencio (2012) de Jaime Rosales


Yolanda y Oriol residen en París con sus dos hijas pequeñas. Él es arquitecto; ella, profesora de español. La vida que llevan en la capital francesa no difiere gran cosa de la de cualquier otro matrimonio de su mismo medio social: reuniones de trabajo, clases en un instituto de secundaria, apacibles veladas en el apartamento familiar... Sin embargo, un trágico accidente echará por tierra la estabilidad de la que hasta ahora habían gozado. 

Fiel a una manera muy precisa de hacer cine a lo largo de su trayectoria, el cineasta Jaime Rosales (Barcelona, 1970) posee una caligrafía perfectamente reconocible en los seis largometrajes que hasta la fecha ha dirigido. Señas de identidad que en el caso de Sueño y silencio (2012) —su obra predilecta, pero también la que le causó mayor número de quebraderos de cabeza— se concretaron en la elección del blanco y negro (salpicado por sendas notas de color en dos momentos muy puntuales del filme), sonido directo, iluminación natural y actores no profesionales filmados a toma única.



Una técnica vagamente documental, aderezada, por otra parte, con elementos artesanales, más un cierto estatismo a lo Ozu, y que, sin llegar al extremo de la polivisión (o pantalla partida), como ya hiciera en La soledad (2007), le permite adentrarse en el día a día de los protagonistas hasta convertirse en espectador privilegiado de su intimidad.

Parco en explicaciones, el relato se desarrolla con la parsimonia de la vida que fluye, sin subrayados innecesarios y dejando fuera de campo eventualidades efectistas. Las vacaciones en el Delta del Ebro, una crisis de pareja... Ni siquiera cuando la trama parece derivar momentáneamente hacia lo sobrenatural, fruto de la ofuscación que conlleva enfrentarse al duelo ocasionado por la pérdida de un ser querido, dispondremos de mayor información que lo que se ve en pantalla. Los trazos huidizos del pintor Miquel Barceló, al principio y al final de la película, nos recuerdan, por último, lo efímero de la existencia: apenas un esbozo, casi un sueño, diluido por las aguas silenciosas del olvido.



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