lunes, 27 de noviembre de 2017

Ninette y un señor de Murcia (1966)















Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1966, 103 minutos



Amparándose en el éxito cosechado dos años antes por la comedia homónima de Miguel Mihura en el Teatro de la Comedia de Madrid, la adaptación cinematográfica de Ninette y un señor de Murcia mantenía el mismo plantel de actores, a excepción de la pareja protagonista: Juanjo Menéndez y Paula Martel serían reemplazados por Fernando Fernán Gómez y la mejicana Rosenda Monteros, respectivamente. Él, intérprete consagrado y tal vez maduro en exceso para el papel de Andrés (un joven apocado en la pieza teatral), también dirigió la película; a ella, no muy convincente en su rol de parisina desinhibida, la veíamos hace algunas semanas en Los cuervos (1961) de Julio Coll.

Don Miguel, dramaturgo notable, se había valido en la obra de no pocos lugares comunes, arrojando una imagen de la vida en la capital del país vecino trufada de los tópicos habituales (sobre todo en lo concerniente a libertades políticas y de costumbres, en especial el sexo). Debía ser así, puesto que el tema de fondo no es Francia sino España y sus reprimidos habitantes. Hábil jugada que Fernán Gómez acierta a mantener en el filme y que, años después, daría pie a títulos de similar planteamiento, aunque mucho más comerciales, como Lo verde empieza en los Pirineos (1973) de Vicente Escrivá o Vente a Alemania, Pepe (1971) de Pedro Lazaga.



La cohibición del españolito provinciano frente a la impudicia de las jóvenes francesas cosmopolitas. O lo que es lo mismo: de cómo el cine y la literatura ponen al descubierto nuestro complejo de inferioridad. Andrés Martínez Segura llega a París con la intención de tener una aventura que le haga olvidar, durante quince días, su monótona vida como propietario de una modesta librería. En realidad, lo que anhela es poderlo contar después, ya de regreso en su pueblo, por lo que, pese a llegar y besar el santo, no deja de ser un suplicio el que Ninette lo retenga en el apartamento.

Aparentemente, el filme, como el texto de Mihura, plantea temas de un cierto atrevimiento, caso de la pareja de exiliados republicanos que alojan en su casa a Andrés y que tienen colgados en el salón familiar los retratos de Lenin, Lerroux y del fundador del PSOE, Pablo Iglesias. Osadía que queda atenuada cuando monsieur Pierre Sánchez (Rafael López Somoza) comenta su interés en regresar a España: "En esto de la política, como en todo, lo que hay que hacer es aguantarse. Hay que olvidar la política cuando se trata de una hija. Sí, señor." Aunque minutos antes, un conciliábulo de expatriados reunido en ese mismo salón, hablaba abiertamente de tomar represalias contra Andrés y su amigo Armando (Alfredo Landa): apunte destinado a agradar a la censura franquista, para quien los militantes de izquierda seguían siendo peligrosos agentes de la subversión.


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