martes, 25 de agosto de 2026

Un vaso de whisky (1959)




Director: Julio Coll
España, 1959, 88 minutos

Un vaso de whisky (1959) de Julio Coll


La minuciosidad con la que Julio Coll plantea la puesta en escena de Un vaso de whisky (1959), comenzando por las fichas de dominó que aparecen en pantalla durante los títulos de crédito iniciales, demuestra el talento de un cineasta cuya forma de narrar alcanzaba con esta película una de sus cimas más sobresalientes. En efecto, la advertencia preliminar señala que "el daño que causamos a una persona se prolonga más allá de la persona dañada y sus efectos alcanzan a los demás, incluso a desconocidos", premisa que justifica la posterior reacción en cadena provocada por los actos del antojadizo Víctor (Arturo Fernández).

El particular microcosmos que dibuja el guion de Coll y José Germán Huici arroja la impronta de una Barcelona canalla cuya ajetreada vida nocturna favorece la proliferación de jóvenes ociosos que, como nuestro protagonista, viven a costa de las turistas extranjeras, siempre ávidas de aventuras románticas. Así pues, no es de extrañar que la cosa se vaya de madre a medida que Víctor involucra a más gente en sus habituales escarceos por las salas de fiesta del Barrio Chino o en alguna cala recóndita de la Costa Brava. Tal sería el caso, por ejemplo, del estudiante de medicina (Carlos Larrañaga) que coquetea y se deja seducir periódicamente por las juergas que le propone su amigo.



De todas formas, el carácter moralizante de la cinta queda sobradamente reforzado por la presencia continua de un inspector de policía (Jorge Rigaud), siempre pululando por allí, pero sin hacerse notar demasiado, que viene a ser una especie de voz de la conciencia para que los personajes no pierdan de vista que sus excesos, fruto de la amoralidad cínica de su deriva existencial, les acarrearán temibles consecuencias más pronto que tarde. Y es que por muy neonoir que sea la propuesta y por mucho que la atormentada realidad de esos individuos invite a lecturas fatalistas, lo cierto es que había que contentar, sí o sí, a la siempre avizora censura franquista.

No obstante, y en abierto contraste con los ambientes sórdidos de los combates de boxeo, las escenas rodadas en las luminosas ruinas de Ampurias, con Víctor y María (Rossana Podestà) emulando en cierta manera, por lo menos visualmente, a  los Ingrid Bergman y George Sanders de Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), contribuyen igualmente a erigir una obra de madurez dentro del cine policíaco catalán mediante este perspicaz e incómodo retrato del desencanto de la época. Julio Coll firmaba así una pieza elegante y sombría que desafió las convenciones del melodrama contemporáneo para ofrecer una mirada moderna y desgarradora sobre las consecuencias éticas de nuestros propios actos.

José Solá y su Orquesta


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