domingo, 14 de junio de 2026

Calvario (2004)




Título original: Calvaire
Director: Fabrice du Welz
Bélgica/Francia/Luxemburgo, 2004, 88 minutos

Calvario (2004) de Fabrice du Welz


Un modesto cantante de variedades, de nombre artístico Marc Stevens y cuyo repertorio hace las delicias de las jubiladas que acuden a sus recitales en centros cívicos y salas de fiesta de pueblo, termina recalando con su destartalada furgoneta en las profundidades de una remota aldea perdida en medio del bosque. Lo que no imagina el bueno de Marc es que bajo la aparente calma del lugar le aguardan los más crueles suplicios...

Ópera prima del belga Fabrice du Welz, en Calvaire (2004) se daban ya cita una serie de elementos que el director de la misma iría reutilizando a partir de entonces una y otra vez, obsesivamente, a lo largo de los veinte años que, de momento, abarca su filmografía. Por ejemplo nombres como Gloria y Bartel, en esta ocasión aplicados al extraño dueño de la pensión local (Jackie Berroyer) y a la esposa que un buen día decidió abandonarlo, o la presencia de Laurent Lucas encabezando el reparto en la que supuso la primera colaboración del cineasta con su actor fetiche.



Valiéndose de una puesta en escena que pudiera recordar remotamente a clásicos como Deliverance (1972), du Welz construye, sin embargo, una pesadilla en la que no escatima emociones fuertes de todo tipo, no aptas para paladares sensibles y, al mismo tiempo, idóneas para los habituales del Festival de Sitges, adonde la película obtuvo en su momento un sonado éxito. Y es que el verdadero horror de Calvaire radica no sólo en la violencia física, sino en la aniquilación del yo. Marc vive de su imagen, de seducir (aunque sea a un público anciano) y de su voz. Pero al ser atrapado por Bartel es obligado a transformarse físicamente en Gloria. Du Welz filma este proceso no como un fetiche, sino como una violación psicológica absoluta en la que el protagonista se convierte en un lienzo en blanco sobre el que un hombre desquiciado proyecta sus traumas de abandono.

Por otra parte, el paisaje de las Ardenas no es un entorno natural precisamente hermoso, sino que se trata más bien de una trampa claustrofóbica, un limbo del que es imposible escapar. En ese sentido, si hay una secuencia que define la genialidad retorcida de la película, es la memorable escena de la taberna del pueblo. En un lugar habitado exclusivamente por hombres embrutecidos, uno de ellos comienza a tocar un piano desafinado mientras los demás bailan en un trance casi hipnótico. Una escena carente de diálogos que destila, no obstante, una tensión insoportable, capturando a la perfección la demencia colectiva de una comunidad endogámica y olvidada por el mundo. No se trata, pues, de una película cómoda, sino de un viaje en el que se subvierten las expectativas del cine de terror comercial sustituyendo los sustos fáciles por una atmósfera de degradación constante. Y es que a través de la figura de su protagonista se muestra un calvario en el sentido más bíblico de la palabra: la crucifixión de la dignidad humana en un rincón del mundo donde la cordura murió hace mucho tiempo.



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