Director: José María Nunes
España, 2008, 88 minutos
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| A la soledad (2008) de José María Nunes |
Un título como A la soledad (2008) se presta a uno de esos juegos de palabras a los que el siempre socarrón Nunes era tan aficionado. Así pues, los personajes de la película (amigos y colaboradores entusiastas del cineasta) invocan reiteradamente la "Edad del Sol" como una suerte de estadio idílico al que llegan quienes se han despojado ya de todo tipo de convencionalismos y pueden, por lo tanto, abrazar la VERDAD con mayúsculas. O, por lo menos, la verdad que se respira en los filmes de un autor al que le gustaba rodar sin sonido porque así luego podía reescribir los diálogos durante el doblaje.
Nunes concibe el cine como una religión sin fe y algo de eso se percibe desde la escena inicial, un gran plano general de Barcelona rodado al amanecer en el Parc Güell. Aparte del protagonismo involuntario del astro rey, que con su luz se convierte en el gran copartícipe de las imágenes filmadas, la ubicación gaudiniana remite a Biotaxia (1968), obra mítica del director portugués que también transcurría en edificios diseñados por el genial arquitecto modernista. Y allí, entre las columnas de la Sala Hipóstila, nos recibe Christiaan de Jong, flautista y guitarrista ocasional (cuando se trata de contentar a los visitantes) que se refugia en la soledad matutina para tocar la música que a él realmente le gusta.
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| Enrique Irazoqui (1944-2020) |
Pero no contento con ambientar la acción en rincones de la Ciudad Condal, Nunes visita con su cámara otros tantos enclaves del resto de provincias catalanas, ya sea el estanque de Sant Maurici en Espot (Lleida), los campos de Gandesa (Tarragona) o las playas de Cadaqués, a cuya orilla juegan una partida de ajedrez Joan Vall Karsunke y Enrique Irazoqui, el Cristo de Il vangelo secondo Matteo (1964) de Pasolini y coprotagonista, a las órdenes del propio Nunes, de Noche de vino tinto (1966).
Aun así, si hay un espacio que define a la perfección el sentido último de esta película (y de todo el imaginario nunesiano) es la sala de reuniones de la Fundación de Estudios Libertarios y Anarcosindicalistas, recinto en el que unos y otros, por ejemplo el escenógrafo Ricard Salvat, disertan a propósito de los misterios del arte y el tiempo. Precisamente al hilo de lo que expone este último se incluye un bellísimo episodio en el que el viejo profesor y una niña intercambian algunas palabras frente a la escultura "La nimfa que es pentina" (1929) de Joan Borrell i Nicolau. Así era Nunes, anárquico y poético a partes iguales, pero siempre entrañable. Por eso concluye los títulos de crédito finales con un "Salut" i "Fins sempre" que tienen un algo (o mucho) de adiós definitivo.
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