Director: Zach Cregger
EE.UU./República Checa/Alemania/Australia/Canadá/Nueva Zelanda/Francia, 2026, 94 minutos
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| Resident Evil (2026) de Zach Cregger |
Tras haberse dedicado durante decenios a la producción de videojuegos, Play Station auspicia ahora esta versión cinematográfica de Resident Evil (2026) que dirige el siempre efectivo Zach Cregger. Sabia elección, considerando que el director estadounidense posee en su haber títulos sobradamente conseguidos como Barbarian (2022) o la sensacional Weapons (2025). En sus manos, la típica historia de un virus maligno que convierte en un amasijo de brazos y piernas a quien se contagia adquiere tintes distópicos, casi apocalípticos, en consonancia con los pronósticos más agoreros de estos tiempos tan pesimistas que vivimos. Lo cual no impide que su protagonista, interpretado por Austin Abrams, deje entrever un rayo de esperanza cuando, a través de las sucesivas llamadas telefónicas que mantiene con su pareja, da a entender que, pese a sus reticencias, será padre en un futuro inmediato.
En cuanto al guion, escrito conjuntamente entre Shay Hatten y el propio Cregger, responde al esquema habitual de tener que ir superando obstáculos (como las pantallas de los videojuegos), a cuál más difícil, hasta culminar la misión, en este caso hacer llegar el preciado antídoto hasta la planta 28 del hospital donde un grupo de investigadores están a punto de lograr la ansiada vacuna contra el avance del virus. La hazaña, por supuesto, tiene más mérito por llevarse a cabo bajo condiciones atmosféricas adversas, con persecuciones nocturnas bajo la nieve incluidas. Planteamiento, dicho sea de paso, que permite algún que otro guiño cinéfilo, ya se trate de Fargo (1996), Jungla de cristal (Die Hard, 1988) o del accidentado periplo de Jo, ¡qué noche! (After Hours, 1985).
Rodada mayoritariamente en República Checa, la puesta en escena de Zach Cregger no sólo redefine lo que pudo representar en su origen la franquicia, sino que demuestra cómo revitalizar un género desgastado mediante el control formidable de la tensión y la atmósfera. Al desprenderse de las superheroínas invulnerables y reubicar la narrativa en un escenario claustrofóbico con un protagonista civil (un mensajero médico con un encargo aparentemente rutinario), la propuesta se consolida como una de las aproximaciones más frescas, viscerales y efectivas del terror de supervivencia cinemático de los últimos años.
En última instancia, su mayor acierto radica tal vez en saber equilibrar las habituales truculencias en la lucha cuerpo a cuerpo contra los "zombis" con un afilado e impredecible sentido del humor negro. Así pues, lejos de romper la inmersión (gracias, sobre todo, a la perspectiva de cámara sobre el hombro), este tono macabro alivia estratégicamente la asfixiante presión del entorno, convirtiendo la desesperada lucha por la supervivencia en una experiencia tan aterradora como rabiosamente entretenida que se prolonga, durante los créditos finales, al ritmo frenético de "Animal Farm" de los Kinks.


