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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Jurado Nº 2 (2024)




Título original: Juror #2
Director: Clint Eastwood
EE.UU., 2024, 114 minutos

Jurado Nº 2 (2024) de Clint Eastwood


Una de juicios. Que presumiblemente pudiera ser, además, la última dirigida por un ya nonagenario Clint Eastwood. Sea como fuere, lo cierto es que Juror #2 (2024) ha sido comparada con clásicos de la talla de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) o Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957). En el primer caso, porque la reconstrucción de unos hechos desde distintos puntos de vista permite mostrar la "verdad" de cada testigo, con lo que se da pie a que el espectador extraiga sus propias conclusiones. La segunda de dichas películas, en cambio, remite a las complejas deliberaciones de un jurado popular que, reunido a puerta cerrada, porfía en el empeño de dilucidar si un acusado es o no culpable.

Asimismo, el guion de Jonathan A. Abrams plantea un delicado caso de conciencia en el que uno de los miembros del jurado, interpretado por el británico Nicholas Hoult, es, al mismo tiempo, el presunto causante de los daños que se juzgan. Circunstancia aún más peliaguda considerando que el interfecto, joven esposo de apariencia modélica cuyos antiguos problemas con el alcohol parecen haber quedado atrás, está a punto de ser padre de su primer hijo.



Queda claro, pues, que el veterano director opta por tocarnos la fibra mediante recursos tirando a trillados y más propios de un folletín decimonónico que no del testamento fílmico de un gran cineasta a punto de retirarse. Pero, con todo y con eso, quien tuvo retuvo y la trama mantiene su interés hasta el final, siempre con ese sentimiento de culpa flotando en el ambiente en torno al protagonista, si bien la fiscal Killebrew (Toni Collette) percibe igualmente los resquicios de una justicia que no siempre es tan ecuánime como pretende el sistema.

Y es que las implicaciones de lo expuesto en estas casi dos horas de metraje alcanzan no sólo al ámbito de lo estrictamente judicial, sino que, al mismo tiempo, aluden al silencio cómplice de quienes miran hacia otro lado cuando todos los indicios incriminan al ciudadano supuestamente ejemplar que parece que nunca haya roto un plato, pero se prefiere condenar a un inocente de aspecto más fiero. Moralina conservadora, en definitiva, que cuestiona el sistema procesal de una democracia en horas bajas.



domingo, 28 de mayo de 2023

Hereditary (2018)




Director: Ari Aster
EE.UU., 2018, 128 minutos

Hereditary (2018) de Ari Aster


El haber revisado con pocos días de diferencia los tres largometrajes dirigidos hasta la fecha por Ari Aster permite hacerse una idea de la gran cantidad de autocitas que conforman el particular universo de un cineasta obsesionado con la toxicidad de ciertos lazos familiares. Lugares comunes, como esa escalera desplegable que conecta con un desván repleto de verdades incómodas, que ya estaban presentes en su ópera prima, Hereditary (2018), y a los que paulatinamente ha ido volviendo en las sucesivas Midsommar (2019) y Beau is afraid (2023).

Así pues, la presencia del fuego como elemento climácico, las pesadillas recurrentes o la explicitud a la hora de mostrar los maltrechos cadáveres de varios personajes, generalmente a consecuencia de algún ritual macabro, revelan una honda fascinación por cuestiones de tipo esotérico. Lo cual quedaba confirmado, en ésta su primera película, por las facultades de varias mujeres de una misma familia para ejercer como médium.



En realidad, el culto satánico que se oculta tras las muchas desgracias que aquejan a los miembros de dicho clan no es más que un homenaje indisimulado a títulos clásicos del género como La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968), con la que comparte un similar gusto por urdir pactos secretos con el demonio a cambio de inconfesables sacrificios.

Añádase, además, la presencia de ectoplasmas, tumbas profanadas, cuerpos decapitados y la manía de Annie (Toni Collette) por construir réplicas exactas en miniatura de cuanto le rodea, en especial de las estancias de una casa, heredada de su difunta madre, que encierra más secretos de lo que a priori cabría esperar.



viernes, 26 de julio de 2019

Velvet Goldmine (1998)




Director: Todd Haynes
Reino Unido/EE.UU., 1998, 118 minutos

Velvet Goldmine (1998) de Todd Haynes


La estructura de Ciudadano Kane más el universo creativo de David Bowie y hasta el espíritu errante de Oscar Wilde: con semejantes referentes, Velvet Goldmine reúne las condiciones necesarias para convertirse en película de culto, si es que no lo es ya. Un homenaje profundo e inteligente a la escena musical británica underground mediante el que el director Todd Haynes presentaba sus credenciales como fiel devoto de la estética andrógina del glam-rock de los setenta.

Para encabezar tan soberbio proyecto, se eligió al actor y modelo irlandés Jonathan Rhys Meyers, quien encarna al excéntrico Brian Slade, artista iconoclasta cuyo alter ego Maxwell Demon transita por la estela de aquel mítico Ziggy Stardust de pelo rojizo en el que Bowie solía metamorfosearse para deleite de sus legiones de fans.



Ewan McGregor —ese intérprete que posee la rara habilidad de estar siempre presente en los filmes más rompedores, aquéllos que marcan época— es Curt Wild. Por su aspecto (melena rubia, voz aguardentosa, carácter autodestructivo) se le ha comparado con Kurt Cobain, cosa que Haynes desmiente, porque el modelo en el que se inspira no es otro sino Iggy Pop.

Christian Bale, por último, da vida a Arthur, un periodista empeñado en desvelar qué fue de su ídolo de juventud, el mismo Brian Slade cuya estrella se apagaría tras ser acusado de haber fingido su propio asesinato. A tal efecto, el reportero se dedicará a ir entrevistando a quienes lo conocieron para así, a partir de muy diversos testimonios, reconstruir los acontecimientos que marcaron su misteriosa desaparición.