Mostrando entradas con la etiqueta Leo McCarey. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leo McCarey. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de julio de 2025

Un marido en apuros (1958)




Título original: Rally 'Round the Flag, Boys!
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1958, 106 minutos

Un marido en apuros (1958) de Leo McCarey


Comedia bobalicona en clave patriótica al servicio de la pareja del momento, unos Paul Newman y Joanne Woodward que se habían casado no hacía mucho y que (sobre todo él) tenían por delante una brillante y dilatada carrera. Sin embargo, si se prestaron a protagonizar Rally 'Round the Flag, Boys! (1958) fue más por obligaciones contractuales con los estudios que no porque el guion, a partir de una novela de Max Shulman, fuese nada del otro mundo.

Aun así, no cabe duda de que la presencia explosiva de Joan Collins como secundaria aporta una chispa que salva, por momentos, la química de no pocas escenas. Su papel consiste básicamente en intentar seducir al marido en teoría ideal que interpreta Newman, un oficial en la reserva que ve con estupor cómo su esposa (la susodicha Woodward) se compromete una y otra vez en mil causas benéficas que la alejan del idílico retiro que la pareja ansía disfrutar en un hotel.



Pese a lo intrascendente del argumento, la película dibuja un telón de fondo en el que está muy presente la carrera armamentista en plena guerra fría, así como el temor de los vecinos de una pequeña y apacible localidad de provincias, Putnam's Landing, de que el ejército instale en sus inmediaciones una base donde tiene previsto ensayar un programa secreto con misiles nucleares.

El resto, el enredo que dora la píldora, por así decirlo, se basa en las discusiones matrimoniales de unos cónyuges que ven cómo su estabilidad familiar se está yendo al traste por culpa de las interferencias de un entorno más tóxico de lo que a priori cabía pensar. El ultraconservador y ultracatólico Leo McCarey, por cierto, aprovecha así para hacer apología de la familia, la educación de los hijos y el ejército estadounidense, cuyos altos mandos aparecen retratados con candor y simpatía.



jueves, 3 de septiembre de 2015

Las campanas de Santa María (1945)




Título original: The Bells of St. Mary's
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1945, 126 minutos

Las campanas de Santa María (1945) de Leo McCarey


Dado el éxito obtenido por Siguiendo mi camino, al año siguiente se intentó repetir la jugada con una secuela que de nuevo protagonizaría Bing Crosby como Padre O'Malley: Las campanas de Santa María. En esta ocasión tuvo como partenaire nada menos que a Ingrid Bergman, interpretando a la Hermana Mary Benedict. La película fue igualmente nominada a los Óscar, pero solo ganó uno: el correspondiente a Mejor Sonido.

En la misma línea de proselitismo indisimulado que puede observarse en toda la filmografía de McCarey, el film muestra a un sacerdote y a una superiora muy enrollados: él canta y es partidario de aprobar a todos los alumnos; ella juega al béisbol y se interesa por el boxeo. Y además son guapos, con lo que su alianza resultará irresistible para que el cascarrabias Horace P. Bogardus (Henry Travers) se acabe ablandando y dé marcha atrás en sus planes de construir aparcamientos en los terrenos que ocupa la escuela parroquial.



El otro frente que acometen ambos es velar por la joven Patricia Gallagher, aunque no logran ponerse de acuerdo en el método a seguir: mientras que la Hermana Benedict es partidaria de ser exigente con 'Patsy' y suspenderla por no haber estudiado lo suficiente, el Padre O'Malley, en cambio, considera que merece una oportunidad para que no se venga abajo, al tiempo que hace lo posible para que los padres de la chica se reconcilien.

Sabedora de su influencia sobre las masas, la industria cinematográfica ensayó con notable éxito este tipo de comedias amables con mensaje evangelizador protagonizadas por religiosos. En España, los intentos más célebres de aclimatar el género durante el periodo franquista fueron Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951, protagonizada por Fernando Fernán Gómez), El padre Manolo (Ramón Torrado, 1966, para el lucimiento de Manolo Escobar) y Sor Citroen (Pedro Lazaga, 1967, con la pareja formada por Gracita Morales y José Luis López Vázquez).

El Padre O'Malley y la Hermana Benedict


viernes, 28 de agosto de 2015

Mi hijo John (1952)




Título original: My Son John
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1952, 122 minutos

Mi hijo John (1952) de Leo McCarey


Si preguntáramos a día de hoy a cualquier padre de familia cuál sería la revelación más preocupante o incluso más decepcionante que podría recibir procedente de un hijo, casi con toda seguridad respondería algo relacionado o bien con su salud o bien con su conducta. Sin embargo, formulando la misma cuestión en Estados Unidos durante los años cincuenta a buen seguro que habría que prever otra contestación: que fuera comunista. Comunista... y, por supuesto, espía, porque al parecer una cosa era indisociable de la otra en el imaginario colectivo.

Quienes acuñaron la expresión "Caza de brujas" para referirse al macarthismo no exageraban un ápice, tal era el terror que suscitaba el más mínimo atisbo de ideología izquierdista en la América de la Guerra Fría. Más allá de lo que pensaran o defendieran sus partidarios, el Comunismo se demonizó hasta tal punto que la visión que de él se ofrecía en los medios de comunicación y de propaganda rayaba en lo esperpéntico. Y el cine no fue una excepción.

Uno de los mejores ejemplos que ilustran este periodo es Mi hijo John, dirigida en 1952 por Leo McCarey y con el malogrado Robert Walker como protagonista (de hecho, el actor murió con apenas 32 años durante el rodaje de esta película, lo cual obligó a rehacer algunas escenas insertando planos procedentes de Extraños en un tren de Hitchcock, estrenada un año antes).

Robert Walker (John) y Helen Hayes (Lucille)


Los Jefferson representan la típica familia tradicional de la América profunda, católicos practicantes y fervientes patriotas. Herederos de los valores que les han sido inculcados, dos de sus tres hijos se han marchado a luchar al frente. Pero el descastado John, el tercer hermano, es harina de otro costal: el "intelectual" de la familia, parece haberse distanciado de la manera de pensar de sus padres desde que se fue a vivir a Washington.

Hasta aquí todo más o menos normal. Lo llamativo del caso es cómo afrontan los Jefferson la situación y, por ende, la visión que de los personajes nos ofrece la película. De entrada, John es mostrado como un tipo raro, extremadamente cínico en sus comentarios y reacciones. Se diría, incluso, que parece más bien un desequilibrado convaleciente de algún tipo de trastorno. Su padre (Dean Jagger), a su vez, pierde la paciencia y hasta los papeles a medida que constata la diferencia de criterios que lo separa de su hijo. A fin de cuentas, él es un hombre poco inteligente que presume de su fe ciega hasta en las partes de la Biblia que no entiende.

Undécimo mandamiento: "No golpearás la cabeza de tu hijo con una biblia"


La madre (Helen Hayes) es menos temperamental y en un principio parece comprender mejor a John, ejerciendo de mediadora entre él y su padre. De hecho, Lucille es todo corazón y posee, además, un peculiar sentido del humor: por ejemplo, recibe al agente Stedman del FBI (Van Heflin) ataviada con unas plumas de indio o bromea por teléfono con uno de sus hijos: "¡He recibido el quimono que me mandaste, pero echo en falta la pipa para fumar opio!" Hay un momento en el que incluso parece por fin conectar con John a raíz del precepto bíblico de amor al prójimo y ayuda al necesitado, pero se trata tan solo de un espejismo que muy pronto se desvanece y la buena mujer se irá desmoronando conforme las evidencias confirmen sus recelos.

La madre interponiéndose entre su hijo y el agente Stedman (Van Heflin)


En todo caso, las reacciones de unos y de otros ponen de manifiesto la incomodidad que suscita un tema tabú, la palabra impronunciable que nadie se atreve a emplear porque en ella se condensan todos los males habidos y por haber: Comunismo.

"¿Qué dirá la gente...?"


Respecto a la reaccionaria diatriba final, con abjuración de ultratumba incluida, no hay palabras: el calificativo más oportuno para definirla sería quizá el de antítesis del discurso de Chaplin en El gran dictador. Sólo el contexto político e histórico del momento disculpan hasta cierto punto semejante desvarío, cuya finalidad última no parece tanto convencer a los indecisos sino el regocijo de los ya persuadidos.

Helen Hayes y Leo McCarey durante un descanso del rodaje

domingo, 23 de agosto de 2015

El buen Sam (1948)




Título original: Good Sam
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1948, 114 minutos

El buen Sam (1948) de Leo McCarey


El batacazo que se metió Frank Capra con ¡Qué bello es vivir! fue de los que hacen historia, lo cual no es óbice para que, con el tiempo y una caña, la película remontase hasta convertirse en uno de los clásicos indiscutibles de la historia del cine. Ahora bien: lo que es en el momento de su estreno, gustar lo que se dice gustar no le gustó a casi nadie.

Pues, lo que son las cosas, un par de años más tarde Leo McCarey se atrevía con un film de similares características, aunque esta vez sin la mediación de ángeles celestiales en la trama. Se trata de El buen Sam, que cuenta la historia de Sam Clayton (Gary Cooper), un hombre tan tan pero tan generoso que es incapaz de negar un favor a nadie, aunque para ello tenga que privarse él de cubrir sus propias necesidades y las de su familia. Y claro: su mujer está tan hasta el gorro de la prodigalidad del esposo que un poco más y lo manda a freír espárragos o lo que se tercie, cosa que no llega a suceder porque la historia acaba en Navidad (otro paralelismo con ¡Qué bello es vivir!) y sus deudores devuelven a Sam el dinero que se les había prestado y con el que el matrimonio Clayton, unido al crédito que a última hora les concede un banquero caritativo, podrá al fin pagar la casa de sus sueños.

"Te tengo dicho que no me seas tan dadivoso"


¿Dónde radica el fracaso comercial de ambos films? Probablemente en el hecho de que el lema implícito de la sociedad americana es "Búscate la vida" (aunque ellos prefieran denominarlo mediante el más sugestivo eufemismo de Self-made man...). De ahí que las historias de samaritanos (buenos o malos) no acaben de cuajar por aquellos lares (ni entonces ni ahora). Si a ello le sumamos, en el caso de El buen Sam, un sentido del humor más bien cínico y la cargante risa impostada de Ann Sheridan, quizá nos resulte más fácil comprender los motivos del fiasco.

Sea como fuere, lo que está claro es que McCarey (dadas sus firmes convicciones católicas, tan a menudo presentes en su filmografía) era el candidato adecuado para dirigir una película basada en el supuesto de qué sucedería si alguien se tomase al pie de la letra el consabido mandamiento de amarás al prójimo más que a ti mismo.

Duro que gana, duro que presta