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viernes, 26 de enero de 2024

Entre copas (2004)




Título original: Sideways
Director: Alexander Payne
EE.UU., 2004, 127 minutos

Sideways (2004) de Alexander Payne


Algo de apego debe de tener Alexander Payne por las road movies cuando una y otra vez recurre al mismo planteamiento en sus propias películas. En el caso de Sideways (2004), la acción giraba en torno a dos amigos, a cuál más distinto entre sí, que deciden llevar a cabo una ruta vinícola por los valles californianos. A grandes rasgos, Miles (Paul Giamatti) sería el intelectual frustrado, mientras que Jack (Thomas Haden Church) encarna al prototipo de guaperas caradura. El hecho de que ambos, cada uno con sus respectivas asignaturas vitales pendientes, estén ya algo entrados en años los convierte, además, en complementarios y, al mismo tiempo, en personajes un tanto patéticos.

La pasión de Miles, rayana en lo obsesivo, por las variedades más selectas de uva, y en especial la pinot noir, revela al sibarita escrupuloso (y un tanto pueril) cuya vasta erudición esconde, sin embargo, a un tipo inseguro que aún sigue enamorado de su ex mujer. Circunstancia agravada, para más inri, por esa voluminosa novela, vagamente autobiográfica, que tiene pendiente de publicar. Jack, en cambio, concibe el viaje como una especie de despedida de soltero, si bien su afán por echar un polvo a toda costa pone de manifiesto la inestabilidad de un actor venido a menos que, en vísperas de su boda con una rica y sofisticada heredera, ansía aferrarse a los placeres más básicos de la existencia.




La réplica femenina a este par de elementos viene dada por Maya (Virginia Madsen) y Stephanie (Sandra Oh). La primera, divorciada desde hace un año de un profesor universitario, trabaja como camarera en el mismo restaurante al que suele acudir Miles, mientras que la segunda sirve copas en una bodega. Durante un breve lapso de tiempo se establecerá una fuerte conexión entre los cuatro, con Miles prendado del buen gusto de Maya en materia de caldos y los otros dos retozando desaforadamente a todas horas. Aunque al final la triste realidad se acaba imponiendo y los hechos se precipitan hasta poner las cosas en su sitio.

El particular toque de comedia que impregna buena parte de los diálogos no impide que, aun así, lo más vulnerable de cada protagonista quede al descubierto. Una insatisfacción, afectiva en la mayor parte de los casos, que los convierte en perdedores entrañables a pesar de las mentiras, piadosas o ridículas, pero siempre humanamente comprensibles, que han ido construyendo en su desesperado anhelo de sentirse realizados.



viernes, 15 de mayo de 2020

Dune (1984)




Director: David Lynch
EE.UU./Méjico, 1984, 137 minutos

Dune (1984) de David Lynch


Probablemente, Dune estaría mucho mejor considerada si su director, un David Lynch que prefirió renunciar a El retorno del Jedi (1983) para embarcarse en este proyecto mastodóntico, hubiese quedado satisfecho de lo que él considera una experiencia traumática y el único fracaso de su carrera. El caso es que salió tan escaldado que apenas suele hablar de ello y, a pesar del tiempo transcurrido, ni siquiera se ha prestado a participar en ninguna edición especial para DVD.

Fallido o no, lo cierto es que Dune ha terminado convirtiéndose en un título de culto con todas las de la ley, envuelto en esa aureola de misterio en la que no se acaba de saber muy bien qué parte es verídica y qué elementos son fruto de la exageración o de la leyenda. En todo caso, Lynch no fue ni el primero ni el último en estrellarse contra semejante escollo. A este respecto, resulta sumamente interesante el documental Jodorowsky's Dune (2013) a propósito de lo que el inclasificable chileno habría llegado a engendrar de haberse materializado su adaptación de la novela de Frank Herbert (1920–1986).



En todo caso, un relato de lombrices gigantes que se deslizan bajo las arenas de un planeta desértico no tiene nada que envidiar al universo Star Wars si no es su rentabilidad en taquilla. Pequeño gran detalle (¡con el vil metal hemos topado!) que, en resumidas cuentas, vendría a explicar por qué una empresa se convierte en saga, mientras que la otra naufraga en las procelosas (y caprichosas) aguas de ese juez implacable llamado público.

Veremos a ver qué tal le va al inminente remake de Dune cuya posproducción está ultimando el canadiense Denis Villeneuve. De momento, la actual situación de pandemia, con el sector del ocio paralizado y abocado a un futuro incierto, no parece el mejor de los augurios para una historia que se podría llegar a pensar si no estará gafada por alguna extraña maldición procedente de los confines de Arrakis.