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sábado, 24 de agosto de 2024

La niña de tus ojos (1998)




Director: Fernando Trueba
España, 1998, 121 minutos

La niña de tus ojos (1998) de Fernando Trueba


La abundancia de apellidos checos en los títulos de crédito de La niña de tus ojos (1998) delata el lugar donde se rodó realmente una película que, sin embargo, situaba su acción en la Alemania nazi. Episodio verídico, como todo el mundo sabe, en el que se recrea la producción, auspiciada por el mismísimo Goebbels, de un filme folclórico de temática andaluza, Carmen la de Triana (1938), en los estudios UFA y en doble versión hispanogermana, mientras en España continuaba la contienda civil. Huelga decir que el personaje de Macarena Granada, interpretado por Penélope Cruz, se inspiró en Imperio Argentina, mientras que el director Blas Fontiveros (Antonio Resines) sería el trasunto de Florián Rey.

Con guion de, entre otros, Rafael Azcona y David Trueba, la cinta se desarrolla según los parámetros de una comedia coral cuyos papeles principales recaen sobre una nutrida selección de intérpretes en la que destacan nombres de la talla de Jorge Sanz, dando vida al galán y "herido" de guerra Julián Torralba, Rosa Maria Sardà, Santiago Segura, Loles León, Jesús Bonilla o Neus Asensi. También en papeles secundarios, más esporádicos, intervienen María Barranco, como la fogosa señora del embajador franquista (Juan Luis Galiardo) y hasta la mítica Hanna Schygulla haciendo de esposa del influyente ministro Goebbels (Johannes Silberschneider).



Tanto el tono general como el trasfondo de la trama pudieran recordar en determinados momentos a los de la italiana La vita è bella (1997), de Roberto Benigni, que un año antes había arrasado en la edición de los Óscar y cuya comicidad encubría también acontecimientos tristemente dramáticos. Así, por ejemplo, los extras que participan en el rodaje de la película son, en realidad, famélicos prisioneros judíos procedentes de un campo de exterminio, lo cual dará pie a alguna que otra situación tensa, sobre todo a medida que la temperamental Macarena se sienta atraída por un apuesto recluso de nacionalidad rusa (Karel Dobrý).

Por lo demás, la acción se desarrolla según los parámetros de lo que constituye un sentido homenaje al mundo de la farándula, y en especial a una generación de artistas españoles, pero en el que también tienen cabida guiños al cine clásico, como ese desenlace en la pista de un aeropuerto que tanto recuerda al final de Casablanca (1942). Siete premios Goya, de un total de dieciocho nominaciones, coronaron el éxito de un filme que, años después, sería objeto de su propia secuela con prácticamente el mismo elenco protagonista y bajo el título de La reina de España (2016).



jueves, 11 de julio de 2024

No tocar a la mujer blanca (1974)




Título original: Touche pas à la femme blanche !
Director: Marco Ferreri
Francia/Italia, 1974, 108 minutos

No tocar a la mujer blanca (1974) de Marco Ferreri


Tras el escándalo suscitado por La grande bouffe (1973), el italiano Marco Ferreri volvía de nuevo a la carga con Touche pas à la femme blanche ! (1974), un disparate premeditadamente anacrónico que sitúa la batalla de Little Bighorn en pleno centro de un París en obras. Sin duda, la película de un anarquista. Pero, precisamente por eso, un alegato muchísimo menos absurdo de lo que a simple vista pudiera parecer.

Y es que en el 74 la guerra de Vietnam estaba a punto de acabar, un conflicto en el que las tropas norteamericanas, como en los días del general Custer, terminarían siendo derrotadas por un rival a priori inferior. En ese sentido, Ferreri (y su guionista Rafael Azcona) no dan puntada sin hilo, de ahí las continuas alusiones al presidente Nixon, de cuyo retrato omnipresente se destaca una y otra vez su "mirada magnética".



Por otra parte, la solemnidad con la que los miembros del reparto interpretan sus respectivos papeles, pese a lo disparatado de la trama, remite al género de la farsa, en el que cuanto más trascendente se pone el actor más histriónica resulta su interpretación. Por ejemplo en el caso de Mastroianni, ataviado con una ridícula cabellera, o en el de Michel Piccoli haciendo de Buffalo Bill.

Queda meridianamente clara, pues, la intencionalidad crítica de una cinta que, más allá de parodiar el wéstern clásico, aspiraba sobre todo a burlarse de lo absurdo que es cualquier conflicto bélico, máxime si éste se produce como consecuencia del imperialismo yanqui. A este respecto, los estereotipos del salvaje Oeste que aquí se ridiculizan —la bella mujer blanca (Catherine Deneuve), el obtuso indígena asimilado (Ugo Tognazzi)— promueven una crítica implícita contra un cierto tipo de racismo estructural en el seno de la sociedad estadounidense, así como contra las actitudes colonialistas que definen la política internacional de la Gran Potencia.



lunes, 8 de julio de 2024

Adiós al macho (1978)




Título original: Ciao maschio
Director: Marco Ferreri
Italia/Francia, 1978, 114 minutos

Adiós al macho (1978) de Marco Ferreri


Ahora que tanto se habla de la nueva masculinidad, cobra especial relevancia lo que el siempre lúcido Ferreri expuso en Ciao maschio (1978), película íntegramente rodada en Nueva York y en inglés. De entrada, conviene puntualizar que el cineasta italiano, tan dado al sarcasmo y a una visión desencantada de la realidad, se rodeó de dos guionistas de excepción (Gérard Brach y Rafael Azcona) para darle forma a su idea de cómo la decadencia de la sociedad capitalista conlleva, al mismo tiempo, un mundo en el que lo viril ha entrado en crisis. No cabe duda de que el resultado, como suele ser habitual con la mayor parte de títulos que conforman su filmografía, se presta a muy diversas interpretaciones, casi todas controvertidas, cuando no ambiguas.

Para empezar, el hecho de que un grupo teatral compuesto íntegramente por mujeres promueva que una de las integrantes viole a Lafayette (Gérard Depardieu) delante de las otras, como si de una especie de ritual se tratase, pudiera dar pie a una lectura un tanto feroz de lo que supone el feminismo militante, si bien ello ofrece también una visión avant la lettre de un cierto tipo de empoderamiento femenino. Circunstancia que contrasta enormemente con la actitud un tanto indecisa de algunos personajes masculinos, como por ejemplo la del viejo y asmático Luigi (Marcello Mastroianni).

"¿Por qué?"


Por otra parte, la cinta es rica en una simbología de carácter animalesco cuyo detalle más llamativo consiste en el descomunal cuerpo sin vida de King Kong que yace a los pies de las Torres Gemelas. Que haya que ver en dicho monstruo una metáfora del ocaso de la virilidad masculina queda a criterio de cada espectador. Sin embargo, la cría de chimpancé que aparece entre esos restos y que Lafayette adoptará como si de un hijo se tratase (dándole, además, el nada original nombre de Cornelius, en alusión a El planeta de los simios) pone de manifiesto un instinto paternal que apunta en la dirección de una clara inversión de los roles tradicionales.

En última instancia, la plaga de ratas que devoran cuanto se encuentra a su alcance, así como el singular museo de cera temático a propósito del antiguo Imperio Romano, aluden a una constante idea de hundimiento, de civilización al borde del colapso cuyo declive es inminente. Un poco en esa misma línea ridículamente pitopáusica de lo que un par de años más tarde propondría Fellini, compatriota y compañero de generación de Ferreri, en La città delle donne (1980).



domingo, 7 de julio de 2024

La gran comilona (1973)




Título original: La grande bouffe
Director: Marco Ferreri
Francia/Italia, 1973, 130 minutos

La gran comilona (1973) de Marco Ferreri


Enfrentarse a cualquier película de Marco Ferreri supone abordar la obra de un visionario. Buena prueba de ello es, sin duda, La grande bouffe (1973), uno de esos títulos míticos de la historia del cine. Y que tiene, por cierto, muchísima más enjundia aparte de la simple bacanal autodestructiva de cuatro tipos que se reúnen un fin de semana para comer hasta reventar.

Pantagruélica y desagradablemente escatológica, esta alegoría del mundo moderno, concebida hace más de medio siglo en colaboración con el no menos genial Rafael Azcona, prefigura con muchos años de antelación la cultura del empacho en la que hoy vivimos inmersos. A este respecto, los protagonistas, bautizados con los mismos nombres de pila que los actores que los interpretan, responden, además, a muy distintos perfiles, si bien todos ellos comparten un idéntico afán sibarita por la gastronomía y el sexo.



Marcello (Mastroianni) es el típico latin lover maduro, amante de las mujeres y de los coches. De ahí que aproveche sus conocimientos de mecánica, como piloto de Alitalia, para restaurar un antiguo Bugatti. Ugo (Tognazzi), en cambio, posee un restaurante y, pese a las reticencias de su desconfiada esposa, se planta en el cónclave con una variada colección de cuchillos. Michel (Piccoli) es un sofisticado productor televisivo que, sin embargo, padece molestas y continuas flatulencias. Por último, Philippe (Noiret) es un reputado jurista, pero también el más romántico del grupo...

De la relación de todos esos hombres con la comida y las mujeres, a las que tratan como meros objetos, se desprende un enorme vacío existencial, que es, por otra parte, el tema central sobre el que se sustenta la filmografía de Ferreri. Circunstancia que, en este filme en concreto, especie de orgía macabra, parece apuntar en la línea de una crítica velada contra la sociedad de consumo o, según una lectura más profunda, de la propia decadencia de la civilización occidental.



domingo, 9 de julio de 2023

Un rincón para querernos (1965)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1965, 79 minutos

Un rincón para querernos (1965) de Iquino


La inconfundible huella de Azcona está presente en no pocos detalles de Un rincón para querernos (1965) de cuyo guion se hizo cargo junto con el propio Iquino. A priori se diría que ambos formaban una pareja insólita, el uno prácticamente un literato de prestigio, el otro obsesionado por hacer dinero con un tipo de cine concebido para su explotación comercial. Y, sin embargo, tal vez porque los polos opuestos se atraen (y aun se complementan), el caso es que el resultado fue una película bastante más interesante de lo que en un principio cabría suponer.

De entrada, el carácter documental de las escenas rodadas en plena calle durante los encierros del año 64 muestra una Pamplona sensiblemente distinta a la de la masificada celebración de hoy en día. Testimonio que, a fuerza de situar al matrimonio protagonista en un contexto tan poco favorable para unos recién casados como son los sanfermines, acaba por adquirir un gracioso aire cómico: la imagen de Vicen (Olga Omar) corriendo entre los toros con su maleta a cuestas representa el mejor ejemplo al respecto.



Pero es en la secuencia de la pensión, cuando el conde (Jorge Rigaud) y el resto de huéspedes organizan una fiesta de padre y muy señor mío, donde más a las claras se percibe la mano de Rafael Azcona. Por lo disparatada que llega a ser la situación, incluso con la persecución y sacrificio de un gorrino que corretea entre los muebles, resulta factible pensar que los guionistas tomaron como modelo al Mihura de Tres sombreros de copa. De hecho, una nota subversiva flota en el ambiente debido a determinados personajes como el susodicho conde, el señor Claudio (Gustavo Re) y, sobre todo, la inefable Annuska (Lili Muráti), la dueña de la hospedería.

Antes de eso, la escena del tren posee asimismo un cierto toque delirante, con todos esos viajeros, a cuál más peculiar, atosigando a los jóvenes esposos en lo que supone el preludio de las muchas incomodidades a las que deberán hacer frente durante su accidentada luna de miel. Toda una odisea a la que, por cierto, ya se alude en la animación de los divertidos créditos iniciales, confeccionados en los estudios de Francisco Macián.



martes, 25 de abril de 2023

Las secretas intenciones (1970)




Director: Antonio Eceiza
España, 1970, 83 minutos

Las secretas intenciones (1970)


Haciendo honor a su título, Las secretas intenciones (1970) vendría a ser una extraña aproximación al tema del suicidio o, mejor aún, a lo que pudiera calificarse de relación autodestructiva. Porque, si bien es cierto que tanto Blanca (Haydée Politoff) como Miguel (Jean-Louis Trintignant) se influyen mutuamente en sus continuos arrebatos de amor-odio, al final será este último quien terminará llevando al extremo dicha obsesión por la muerte.

El guion de Rafael Azcona, lo mismo que la fotografía de Luis Cuadrado o la vanguardista música de Luis de Pablo, se enmarcan en el estilo aséptico que el productor Elías Querejeta solía transmitir por aquel entonces a todas sus películas: una forma de hacer cine que aspiraba a ser moderna (moderna para la España caduca del tardofranquismo, se entiende), pero que, en realidad, denota una cierta vacuidad no exenta de diletantismo.



Como no falta tampoco la habitual dosis de devaneos amatorios, todo un atrevimiento tratándose de una cinta española de finales de los sesenta. De modo que Miguel, un individuo casado y padre de familia numerosa, bebe los vientos por la susodicha Blanca, a la que sigue y persigue con su descapotable a lo largo y ancho de Madrid, pese a que ya es amante de Pepa (Teresa del Río), la mujer de su amigo Ernesto (Julio Núñez).

Sea como fuere, la presencia al frente del reparto de dos intérpretes franceses (él, consagrado tras el éxito internacional de Un homme et une femme; ella, musa de Rohmer) aporta la dosis necesaria de sofisticación para que la trama parezca más profunda de lo que realmente es. En ese aspecto, y sin llegar a ser tan críptico como, por ejemplo, un Carlos Saura, el siempre fascinante Antxon Eceiza (1935-2011) se recrea, sin embargo, en mostrar a gente sangrando, tal vez con la esperanza de incomodar al espectador.



domingo, 19 de junio de 2022

El poder del deseo (1975)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1975, 107 minutos

El poder del deseo (1975) de J.A. Bardem


Ara el cor em corria amb un rebombori terrible. Se m’escapava per la boca, m’ofegava. Vaig haver de repensar-me contra el muntant, vençut per un pànic insensat, cerval, que no havia sabut preveure. No havia sabut preveure res. Perquè fins ara, fins aquest moment precís, aquell acte proper no abandonava la meva imaginació per convertir-se en realitat. Havia assentit als projectes de la Juna, havia realitzat tots els preparatius a consciència, havia penetrat clandestinament a la casa… Però tot havia estat un somni. I ara em despertava. Dins d’uns moments, mataria un home…

Manuel de Pedrolo
Joc brut

Por segunda vez, Juan Antonio Bardem recurría a Marisol como reclamo comercial para una de sus películas "alimenticias". Adaptación de la novela Joc brut ('Juego sucio') de Manuel de Pedrolo, El poder del deseo (1975) transita por los cauces habituales del thriller y el drama policíaco. En ese sentido, el personaje de Juna (Marisol) responde a los parámetros de lo que vendría a ser una moderna femme fatale, siempre dispuesta a sacar provecho de sus encantos (y de su amplia colección de pelucas) con tal de arrastrar al crédulo Javier (interpretado por el cantante británico Murray Head) hacia una espiral sin retorno.



Según parece, Pedrolo (que había escrito la novela, una década antes, en apenas nueve días) no quedó, sin embargo, muy satisfecho con el enfoque más bien erotizante que Bardem y Azcona le dieron al guion. Disconformidad que se agravaría cuando el escritor tuvo noticia de la cantidad irrisoria que iba a percibir en concepto de derechos de autor. Y, por si ello no fuera poco, la propia Marisol denunció al productor, Serafín García Trueba, por no haber percibido la totalidad de los dos millones y medio de pesetas de la época a los que ascendía su salario.

Por lo demás, la cinta contó con la participación de un elenco de intérpretes entre los que destacan José María Prada, en el papel de Sorribes, y Lola Gaos como madre de Javier. Los exteriores se rodaron a caballo entre Madrid y Barcelona. Y la banda sonora, uno de los pocos elementos salvables de la película, corrió a cargo del compositor José Nieto.



viernes, 31 de diciembre de 2021

Mi hija Hildegart (1977)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1977, 109 minutos

Mi hija Hildegart (1977) de F. Fernán-Gómez


Los terribles hechos en los que se basa Mi hija Hildegart (1977) constituyen una muestra conmovedora de hasta dónde puede llegar el fanatismo por más que éste se disfrace bajo etiquetas de apariencia tan avanzada como la eugenesia o la lucha feminista. A Aurora Rodríguez Carballeira (1879-1955) —quien, pese a sus orígenes humildes, contaba con una cierta formación autodidacta, fruto de sus lecturas— le obsesionaban los derechos de la mujer hasta el extremo de que decidió concebir una niña (con la colaboración, como progenitor, de un párroco castrense) para educarla según los principios del socialismo utópico y así hacer de ella "una escultura de carne" que fuese "modelo de mujer del futuro".

Y a fe que doña Aurora se salió con la suya, ya que Hildegart Rodríguez Carballeira (1914-1933) dio muestras, desde muy temprana edad, de una inteligencia fuera de lo común: licenciada brillantemente en derecho, con apenas catorce años la joven publicaba artículos en revistas y diarios de ámbito nacional, lo que le valió ser elegida secretaria de la Liga Española para la Reforma Sexual. Trayectoria fulgurante que acabaría suscitando los recelos de la madre, aquejada de delirios paranoides y autora confesa (jamás se retractó) de los cuatro disparos que pusieron fin a la vida de la muchacha mientras dormía.



Para abordar una tragedia de tamañas proporciones, el director Fernando Fernán-Gómez y su guionista Rafael Azcona tomaron como base el libro Aurora de sangre (1972) del anarquista Eduardo de Guzmán (1908-1991). De hecho, de Guzmán (interpretado por Manuel Galiana) es uno de los personajes principales de la película, puesto que, además de visitar en la cárcel a la homicida, rememora los hechos, años después, desde la barra de un club de alterne.

En cualquier caso, la cinta —correcta, aunque tal vez un tanto ceremoniosa en su puesta en escena— contiene una de las actuaciones más memorables que se hayan visto de Amparo Soler Leal, digna en su complejo papel, a medio camino entre la locura y la tenacidad, de una idealista dispuesta a sostener sus convicciones hasta las últimas consecuencias, más allá de lo que dicten la sociedad y los tribunales. De ahí que, al conocer el alcance de su sentencia, responda ufana: "Me han dado veintiséis años de vida".



martes, 7 de diciembre de 2021

Pintadas (1997)




Director: Juan Estelrich Jr.
España, 1997, 94 minutos

Pintadas (1997) de Juan Estelrich Jr.


Si al francés Jean-Pierre Jeunet le hubiese dado en alguna ocasión por hacer un remake de La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) es muy probable que le hubiese salido algo similar a Pintadas (1997), segunda incursión como director de largometrajes del cineasta Juan Estelrich Jr., hijo, a su vez, del no menos inclasificable Juan Estelrich sénior (1927–1993), afamado ayudante de dirección de, entre otros, Luis García Berlanga y autor de una única película: la muy estimable El anacoreta (1976). Claro que, por vía materna, Estelrich Jr. es nieto del productor Tíbor Reves. Y, por si no fuera poco, estuvo casado durante cinco años con la actriz Emma Suárez, protagonista femenina del filme que nos ocupa.

Partiendo de un relato de Azcona, la cinta se adentra en los pormenores de una relación de pareja un tanto atípica: la que entablan Diego (Adolfo Fernández) y Clara (Emma Suárez). Ella ejerce la prostitución para pagarse la carrera de arqueología; él es un dibujante obsesionado con desvelar el misterio que encierran las paredes de la casa en la que se instalan. Porque el matrimonio que les precedió tenía la rara costumbre de comunicarse mediante multitud de mensajes que dejaron estampados sobre los muros de la vivienda.



Extraño argumento para una obra singular que oscila entre el drama y el cine de terror, rodada, en las escenas de interior, con la ayuda de una steadicam que permite captar el caos que rodea a los personajes, aparentemente condenados a revivir la desdicha que persiguió a los antiguos moradores del edificio. Incluso la posibilidad de que la finca se convierta en una comuna libertaria amenaza con repetirse tal y como ya ocurriera años atrás.

Atento al devenir de los acontecimientos, el ojo avizor del viejo José (Fernando Fernán-Gómez) controla todos y cada uno de los rincones de un inmueble cuya aura enigmática pudiera hacer creer que algún tipo de maldición pesa sobre quienes lo habitan. Aunque, a la hora de la verdad, la explicación a cuanto allí ocurre sea mucho más prosaica de lo que en un principio cabría esperar.



sábado, 4 de diciembre de 2021

Tranvía a la Malvarrosa (1996)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1996, 107 minutos

Tranvía a la Malvarrosa (1996) de J.L. García Sánchez


Cogimos el último tranvía de la Malvarrosa que iba a Valencia. En la jardinera volvía la gente llena de sol, muy cansada. Marisa al final del viaje había reclinado la cabeza en mi hombro y se había quedado dormida con la bolsa y el cartapacio de las acuarelas a los pies. Al día siguiente me examiné de Filosofía del Derecho. Me preguntaron algo sobre Luis Vives. Hablé de la armonía vital que yo había subrayado con lápiz rojo. Saqué un notable y con eso me convertí en un licenciado.

Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa

Aparte de adaptación cinematográfica de una conocida novela de Manuel Vicent a propósito de sus recuerdos de juventud, Tranvía a la Malvarrosa (1996) es, sobre todo, uno de esos filmes repletos de colaboraciones estelares con las que se pretende contrarrestar la escasa relevancia del elenco protagonista. En ese sentido, ni Liberto Rabal ni ninguno de los actores que interpretan al grupo de amigos del joven Manuel alcanzaban en aquel entonces el renombre de, pongamos por caso, Fernando Fernán-Gómez (en un breve papel de rancio catedrático de derecho), Juan Luis Galiardo (un fanático ultracatólico llamado Arsenio) o Vicente Parra, quien, poco antes de morir, cerraba su filmografía interpretando a un cura confesor.

Igualmente episódica es la participación de Ariadna Gil dando vida a La China, prostituta obsesionada con el recuerdo de su difunto novio, al que identifica con Manuel, y Antonio Resines como el Semo, reo de muerte acusado de haber asesinado a una niña cuya ejecución en el garrote vil alentará la vocación literaria del futuro escritor.



Película, ya desde su propio título, de inequívoca ambientación levantina, se beneficia de una espléndida dirección de fotografía, a cargo de José Luis Alcaine, en la que se intuye la luminosidad de la pintura de Sorolla, mientras que la banda sonora, obra del francés Antoine Duhamel (1925–2014), fue compuesta, según rezan explícitamente los títulos de crédito iniciales, "en homenaje a Isaac Albéniz".

La Valencia de los años cincuenta, tal y como la recrean Rafael Azcona y José Luis García Sánchez, aparece retratada como una sórdida ciudad de parroquias y prostíbulos en la que los universitarios de primer curso, ávidos de ritos iniciáticos que los liberen del ambiente opresor que se respira por todas partes, sacian sus bajas pasiones al ritmo de las caderas de Silvana Mangano o bien en compañía de peculiares maestros de ceremonias como Pepín El Bola (Jorge Merino), orondo cantamañanas, obsesionado con la comida y el sexo, que lo mismo se hace pasar por el secretario del Gobernador que pasea su rolliza figura a lomos de una frágil vespa.



martes, 30 de noviembre de 2021

Belle Epoque (1992)




Director: Fernando Trueba
España/Portugal/Francia, 1992, 109 minutos

Belle Epoque (1992) de Fernando Trueba


¿Quién no ha visto alguna vez a Fernando Trueba, tras recoger el Óscar a Mejor Película de Habla no Inglesa, diciendo aquello tan ocurrente de "Me gustaría creer en Dios para agradecerle este premio, pero sólo creo en Billy Wilder. Así que gracias, Míster Wilder"? El filme en cuestión, Belle Epoque (1992), hacía historia al alzarse con una estatuilla que, hasta aquel entonces, únicamente en otra ocasión había ido a parar a una cinta española: Volver a empezar (1982) de José Luis Garci.

Comedia coral ambientada en los días previos a la proclamación de la Segunda República, su argumento, escrito por Rafael Azcona, nos habla de un tiempo de promesas y esperanzas en el que todo parecía posible. Por ejemplo, que un desertor, antiguo seminarista y cocinero notable (Jorge Sanz), se instale en casa de un viejo pintor algo liberal y bastante bonachón (Fernando Fernán-Gómez) a cuyas cuatro hijas irá sucesivamente seduciendo en las más variadas circunstancias.

"¡Oye! ¡Que éste nos la desvirga!"


De entre el resto de secundarios que pululan por aquella aldea imaginaria (los exteriores se rodaron en Portugal) destacan el meapilas Juanito (genial Gabino Diego), indeciso sobre si seguir pegado a las faldas de su madre (Chus Lampreave) o bien renegar de sus convicciones carlistas para que Rocío (Maribel Verdú) lo acepte como novio; o el ácido don Luis (Agustín González), un cura amigo de Unamuno que tiene más de filósofo que de sacerdote.

Aparte de su ya mencionada ascendencia wilderiana, parece ser que Trueba tuvo también en mente el universo de otro gran cineasta: el Jean Renoir de títulos como Une partie de campagne (1946) o La règle du jeu (1939), obras maestras que comparten con Belle Epoque ese carácter de retrato a propósito de una burguesía progresista cuyas costumbres licenciosas no son sino el preámbulo de la represión que acarrearía el posterior advenimiento del fascismo.



domingo, 28 de noviembre de 2021

Chechu y familia (1992)




Director: Álvaro Sáenz de Heredia
España, 1992, 81 minutos

Chechu y familia (1992) de Álvaro Sáenz de Heredia


Álvaro, el sobrino de Sáenz de Heredia, dirigió esta insulsa comedia gamberra a propósito de un adolescente que se queda solo en casa con su abuelo, las chicas del servicio, el jardinero y un tío solterón que no piensa más que en comer. Nadie lo diría a juzgar por lo mediocre del resultado final, pero el guion de semejante bodrio corrió a cargo nada menos que de Rafael Azcona, quien adoptó un relato propio titulado "Casete".

Además de mal estudiante, el tal Chechu (César Lucendo) es un pájaro de mucho cuidado que, con apenas catorce años, lo graba todo con su cámara de vídeo para chantajear a propios y extraños y, por si no fuera poco, vive obsesionado con las curvas de Pauli (Neus Asensi), despampanante asistenta doméstica a la que el chaval mete mano siempre que puede (y ella se deja). Apego por las faldas que debe de ser genético, toda vez que don José, el abuelo (Fernando Fernán-Gómez), viudo, antiguo maestro de escuela y aficionado a darle a la botella, bebe los vientos por la gallega Maruxa (Amparo Moreno), la otra sirvienta.



Y claro, cuando los padres se ausentan con motivo de un banquete de boda al que son invitados, se arma la de Dios es Cristo: el tío Teddy (Emilio Mellado) no sólo se dedica a apuntar en una libreta todas las travesuras que comete el abuelo, sino que él mismo se salta el estricto régimen que le ha impuesto su hermana (Esperanza Roy); Pauli y Maruxa se meten en la piscina con el pretexto de que Chechu les enseñe a nadar; Florito (Luis Lorenzo), un amigo de la familia bastante afeminado y aficionado al tenis, se presenta de improviso; lo mismo que Cosme (Antonio Flores), el celoso y violento novio de Pauli...

Rodada en un lujoso chalé de La Moraleja, Chechu y familia (1992) tiene más de sitcom televisiva al estilo de Aquí no hay quien viva que no de película cinematográfica destinada a ser exhibida en salas comerciales. Probablemente porque fue concebida en una época de transición en la que determinados productos, como las astracanadas de Pajares y Esteso, ya no estaban de moda, mientras que las recién creadas cadenas de televisión privada, en plena fiebre de las Mama Chicho, todavía no contemplaban este tipo de humor para sus series de ficción.



sábado, 6 de noviembre de 2021

Moros y cristianos (1987)




Director: Luis García Berlanga
España, 1987, 116 minutos

Moros y cristianos (1987) de Luis García Berlanga


La que había de ser última colaboración entre Azcona y Berlanga narraba el accidentado periplo de un clan de turroneros alicantinos que, procedentes de Jijona, se dirigen rumbo a Madrid con la intención de promocionar sus productos en la capital del reino. Lo cual suponía, en realidad, un mero pretexto, ya que la película se plantea como la típica comedia coral, marca de la casa, con la mira puesta a satirizar aquella España de mediados de los ochenta, gobernada desde hacía un lustro por los socialistas, ya miembro de pleno de la Comunidad Económica Europea y obsesionada, para más inri, por modernizarse a marchas forzadas.

Frente a tanto desbarajuste, Moros y cristianos (1987) supuso una enésima vuelta de tuerca al circo patrio, encarnado esta vez, como sucediera con los Leguineche en anteriores títulos de la filmografía Berlanguiana, por los no menos delirantes Planchadell y Calabuig. Sólo que ahora los dardos se dirigen contra los asesores de imagen y demás gurús de la mercadotecnia. Modernillos con coleta que, al igual que Jacinto López (José Luis López Vázquez), lo mismo prometen ganar unas elecciones al político de turno que incrementar las ventas de una marca de turrón o incluso elevar a los altares a un fraile benedictino.



Son muchos los intérpretes que intervienen en semejante astracanada (así le gustaba definirla a su director), desde figuras consagradas como Fernando Fernán-Gómez, María Luisa Ponte o Agustín González hasta valores en alza como Rosa Maria Sardà o Pedro Ruiz. También Andrés Pajares o Antonio Resines: nombres en apariencia dispares, pero que bajo la dirección del maestro Berlanga encajan a la perfección en el universo histriónico del hoy centenario cineasta valenciano.

Con todo y con eso, y a pesar de que su papel de voluptuosa secretaria argentina le valió a Verónica Forqué el Goya a Mejor Actriz de Reparto, la cinta apenas logró atraer el favor de la crítica, encandilada todavía por el reciente éxito, un par de años antes, de La vaquilla (1985). Y es que, a decir verdad, le falta una pizca de frescura a una fórmula de cuya genialidad nadie duda, pero que, aun así, empezaba por aquel entonces a dar sus primeras muestras de agotamiento.



miércoles, 13 de octubre de 2021

Bésame, tonta (1982)




Director: Fernando González de Canales
España, 1982, 90 minutos

Bésame, tonta (1982) de F. González de Canales


A juzgar por las desmesuradas dotes teatrales de las que solía hacer gala en sus conciertos, al frente de la Orquesta Mondragón, era inevitable que un tipo tan histriónico como Javier Gurruchaga acabase protagonizando una película. Debut cinematográfico que finalmente tuvo lugar con el inaudito musical Bésame, tonta (1982), título inequívocamente wilderiano, a la par que producto hecho a medida del cantante.

Según rezan los créditos, fue responsable del guion Rafael Azcona, si bien el “argumento” de la película, basado en una idea del propio Gurruchaga y el director Fernando González de Canales, no pasa de ser un simple pretexto para ir engarzando, una tras otra, las divertidas canciones del grupo donostiarra. A este respecto, el resultado final se asemeja más a un entretenido videoclip de hora y media que no a otra cosa, pese a contar con la participación de un excelente reparto en el que sobresalen los nombres de Esperanza Roy, Manolo Gómez Bur o Fernando Fernán-Gómez.



Y, como no podía ser de otra manera, el siempre mudo Popocho Ayestarán pulula por aquí y por allá derrochando simpatía con un papel que oscila entre la sobriedad de un Buster Keaton y el carácter efusivo de Harpo Marx. Por cierto que la imagen del cómico junto a Javier (Gurruchaga) a lomos de una moto con sidecar se anticipa en varios años a una similar estampa de Resines y Luis Ciges en Amanece, que no es poco (1989).

En cualquier caso, la anodina existencia de un insignificante empleado de Bancobank al que sus superiores, temerosos de que el peculiar estilo del joven pudiese ahuyentar a los clientes, trasladan a una sucursal más acorde con su estrafalaria personalidad, dará gradualmente paso a la metamorfosis del protagonista hasta convertirse en el prometedor Tony Volante: estrella en potencia que, liberado del lastre de una madre posesiva, volará a Hollywood en busca del éxito.



martes, 12 de octubre de 2021

127 millones libres de impuestos (1981)




Director: Pedro Masó
España, 1981, 104 minutos

127 millones libres de impuestos (1981)


La labor de Rafael Azcona como coguionista de 127 millones libres de impuestos (1981) se advierte enseguida por el tono coral de una puesta en escena que pudiera recordar a las del maestro Berlanga. No obstante, fue Pedro Masó el responsable de producir y dirigir esta sátira a propósito de un empresario de la construcción que, abrumado por las deudas, planea el falso secuestro de su abuela en connivencia con el resto de miembros de la familia.

Máximo accionista de la deficitaria Valgañón e Hijos, don Arturo (José Luis López Vázquez) carga con la responsabilidad de urdir un tinglado capaz de alejar a los acreedores y, al mismo tiempo, convencer a las autoridades policiales de la veracidad de los hechos. Contará para ello con la ayuda inestimable de su mujer (María Silva), su futuro cuñado (Agustín González), un hermano medio idiota (Julián Navarro), sus hermanas Celia (Amparo Soler Leal) y Pity (Amparo Baró) y hasta de su propio padre (Fernando Fernán-Gómez).



A decir verdad, la complicidad de todos ellos en semejante chapuza resulta por completo interesada, ya que quien más quien menos depende económicamente del dinero que les pasa Arturo. Razón de más para colaborar en una iniciativa que, si sale bien, les garantizaría seguir viviendo indefinidamente de gorra. Incluso la anciana doña Concha (Amelia de la Torre) se deja secuestrar con tal de percibir las dos mil pesetas que se juega a diario en el bingo.

Ni que decir tiene que hacerse pasar por los raptores y cobrar el cuantioso rescate dará pie a las situaciones más hilarantes, si bien el trasfondo particular que se trasluce tras tanto despropósito es el de una sociedad corrupta cuyos líderes empresariales, adeptos a la cultura del pelotazo, son los que peor ejemplo dan cuando se trata de hacer frente a sus obligaciones fiscales.



jueves, 9 de septiembre de 2021

Ana y los lobos (1973)




Director: Carlos Saura
España, 1973, 100 minutos

Ana y los lobos (1973) de Carlos Saura


Uno de los títulos que marcarían el punto de inflexión definitivo en la carrera como actor de Fernando Fernán-Gómez, tras haber malgastado su talento durante muchos años en insulsas comedias populares, fue, sin duda, Ana y los lobos (1973). Película en apariencia críptica, pero cuya simbología giraba en torno a los poderes fácticos de la sociedad franquista. Así pues, si la casa donde se desarrolla la acción representa el Estado, los personajes que en ella habitan son metáfora de sus distintos estamentos. En ese sentido, los tres hermanos encarnan, respectivamente, al ejército (José María Prada), la Iglesia (Fernán-Gómez) y una población civil alienada por el sexo (José Vivó). La madre patria (Rafaela Aparicio) es una ancianita decrépita a la que pasean en volandas aquellos mismos que saquean su patrimonio.

La llegada a ese contexto tan hermético de una joven institutriz extranjera (Geraldine Chaplin) pondrá en jaque a los miembros de la extraña familia, recelosos de que la presencia en el lugar de alguien ajeno a sus intereses pueda enturbiar, de algún modo, el seguir disfrutando de sus privilegios de clase. De ahí que el guion de Rafael Azcona y Carlos Saura pusiera el acento en satirizar los aspectos más reconocibles de cada grupo de poder, desde la irrisoria marcialidad del autodenominado Pater familias (Prada) hasta el carácter místico de Fernando (Fernán-Gómez), encerrado en una cueva como si de un eremita medieval se tratase.



El aire tragicómico que desprenden los personajes y las situaciones queda patente, ya desde antes de que arranque la acción, a través de los atronadores compases de El dos de mayo de Federico Chueca con los que se acompañan los títulos de crédito iniciales: subrepticia declaración de intenciones por parte de Saura, quien está colocando al frente del filme las notas de un "pasodoble militar dedicado al Ejército español" que va a marcar el tono general del relato (obsérvese que pasodoble y militar son dos conceptos hasta cierto punto antagónicos, festivo el primero y bélico el segundo). Al fin y al cabo, el régimen político sobre el que aquí se ironiza no dejaba de ser una dictadura de opereta.

Sin embargo, y por más decadentes que resulten las estructuras de dicho microcosmos, el fascismo sigue acechando, latente en las sombras. Hasta el extremo de que, anticipándose en dos años a la agonía del Caudillo, que murió firmando sentencias de muerte, la película culmina con una ejecución sumarísima que no hace sino confirmar la crueldad de los lobos frente al cordero indefenso que nada les ha hecho.



domingo, 21 de febrero de 2021

El año de las luces (1986)




Director: Fernando Trueba
España, 1986, 105 minutos

El año de las luces (1986) de F. Trueba


Aparte de alzarse con un meritorio Oso de Plata en la Berlinale, El año de las luces supuso la primera colaboración entre Fernando Trueba y Rafael Azcona. Encuentro trascendental en la carrera de ambos, tanto por lo fructífero de sus posteriores trabajos juntos como por ser la antesala de la oscarizada Belle époque (1992), película con la que el filme que nos ocupa guarda no pocos paralelismos. Así, por ejemplo, la relación paternofilial que aquí se establece entre el viejo Emilio (Manuel Alexandre) y el adolescente Manolo (Jorge Sanz) preludia la que protagonizarán el mismo actor y Fernando Fernán Gómez en la ya mencionada cinta.

Sin embargo, dicha afinidad no sólo supone un rito iniciático que comporta el intercambio de lecturas (Verlaine, Thomas Mann...) y experiencias, sino, sobre todo, el reflejo fiel de la amistad que unió, en la vida real, a Trueba con su suegro, Manolo Huete (1922-1999), verdadero inspirador de ésta y otras historias dirigidas por el yerno. De ahí la dedicatoria inicial, "A Manolo", que figura al frente de El año de las luces.



Que una película cuya acción transcurre en 1940 contenga en su título la palabra luces constituye un sarcasmo considerable. Más si se tiene en cuenta que no alude tanto a una iluminación intelectual, sino a la iniciación sentimental y sexual de un chaval de diecisiete años que se halla interno, junto a su hermano menor, en un sanatorio para tuberculosos donde la enfermera jefe Irene (Verónica Forqué) les procurará cuidados y adoctrinamiento.

Allí conoce a María Jesús (Maribel Verdú), su primer amor, pero también los mecanismos represivos de un régimen, encarnado por la severa doña Tránsito (Chus Lampreave), para el que todo lo relacionado con el placer se convierte, de inmediato, en materia pecaminosa.