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sábado, 29 de diciembre de 2018

Atolladero (1995)




Director: Óscar Aibar
España, 1997, 96 minutos

Atolladero (1997) de Óscar Aibar


La ópera prima de Óscar Aibar (Barcelona, 1967) se inscribe en la misma línea que los filmes de Álex de la Iglesia o Juanma Bajo Ulloa. No en vano, los tres cineastas pertenecen a una misma generación y comparten orígenes, intereses y trayectorias muy similares. En el caso concreto de Atolladero, rodada en el paraje semidesértico de las Bárdenas Reales de Navarra, se hecha de ver enseguida la influencia del cómic, por ejemplo, así como de un determinado cine independiente americano (el David Lynch de Wild at Heart, el Jim Jarmusch de Dead Man...)

Con la última de las anteriores, comparte precisamente esta película la presencia estelar en su reparto del cantante Iggy Pop, que aquí interpreta a Madden: un personaje repulsivo y sanguinario que trabaja a sueldo para el inquietante juez Wedley.



En realidad, Atolladero es una mezcla de géneros que lo mismo bebe del wéstern crepuscular que de la ciencia ficción distópica, aunque, como decíamos más arriba, siguiendo la senda marcada por títulos como Acción mutante (1993), que supuso, no hay que olvidarlo, otro debut: en este caso, el del ya mencionado Álex de la Iglesia. Junto con Airbag (también de 1997 y dirigida por el tercero en liza: Bajo Ulloa) conforman un panorama del cine español de aquella década cuyo rasgo más destacable sería, quizá, el carácter coral de la trama, amén de un gusto por la acción y la violencia casi inédito por estos pagos.

Nada es, sin embargo, lo que parece en esta película: ni las Bárdenas Reales son el desierto de Sonora en el 2048 ni Joaquín Hinojosa es Nicolas Cage, pero lo importante es que, tanto lo uno como el otro, dan absolutamente el pego. Es más: puede que hasta resulte incluso más convincente y todo que lo que de la Iglesia se propuso hacer, aquel mismo año, con la costosa (y fallida) Perdita Durango, rodada, ésta sí, en los escenarios reales del sur de los Estados Unidos que pretendía simular Atolladero.


martes, 6 de noviembre de 2018

Platillos volantes (2003)




Director: Óscar Aibar
España, 2003, 99 minutos

Platillos volantes (2003) de Óscar Aibar


A diferencia de lo que ocurre con determinados espacios televisivos de la noche del domingo (atención, por cierto, al cameo de Íker Jiménez hacia el minuto cincuenta de esta película), la cutrez de los ambientes y personajes reflejados en Platillos volantes no los convierte en involuntariamente cómicos, sino que, muy al contrario, nos muestra la cara más conmovedora de una realidad cotidiana a menudo desprovista de excesivos alicientes.

Porque tanto el corpulento José (Ángel de Andrés López) como el escuálido Juan (Jordi Vilches) han terminado refugiándose en la parafernalia estrambótica y seudocientífica de la ufología en busca de los encantos que difícilmente podría aportarles la existencia en un sórdido suburbio del cinturón industrial de Barcelona a principios de la década de los setenta.



En años de insoportable mediocridad monótona y gris, la pareja protagonista (inspirada, como suele decirse en estos casos, en un hecho real acaecido en Terrassa entre 1971 y 1972) sobrelleva los sinsabores de la desesperante cotidianeidad tardofranquista imaginando mundos de ideal alborozo más allá de nuestro sistema solar. Se ven, pues, a sí mismos como la avanzadilla de una civilización superior a quienes los extraterrestres han encomendado la ardua empresa de transmitir un mensaje trascendental que redima definitivamente a sus congéneres.

Conviene, por tanto, saber leer entre líneas cuál es la verdadera intencionalidad a la que obedece una película cuyos personajes tienen más de víctimas de un entorno represor que no de frikis excéntricos. De ahí que Óscar Aibar y su guionista Jorge Guerricaechevarría apostasen, con muy buen criterio, por incidir en el contexto obrero de lucha clandestina en el que se desarrollan los hechos.