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sábado, 6 de mayo de 2023

Luna nueva (1940)




Título original: His Girl Friday
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1940, 92 minutos

Luna nueva (1940) de Howard Hawks


¿Cómo se puede hablar tan deprisa? La vis cómica de His Girl Friday (1940), adaptación un tanto libre de The Front Page, la pieza teatral que Ben Hecht y Charles MacArthur habían estrenado en 1929, hay que buscarla en esos diálogos vertiginosos que la pareja protagonista se lanza mutuamente a un promedio de 240 palabras por minuto. Técnica que no era tan habitual por aquel entonces y que, en manos de un maestro como Howard Hawks (con la ayuda inestimable del guionista Charles Lederer e incluso de los actores, que improvisaron más de una réplica), sería clave para cosechar un rotundo éxito de taquilla que el tiempo, además, ha elevado a la categoría de clásico indiscutible.

Al margen del ritmo trepidante de una impecable puesta en escena o de la crítica implícita que conlleva su visión ácida de la profesión periodística (a pesar de que los créditos iniciales advierten irónicamente que la cinta no contiene "ningún parecido con los hombres y mujeres de la prensa de hoy en día"), lo curioso es que sea el marcado carácter autorreferencial de varias de sus citas (por ejemplo, cuando, ya hacia el desenlace, Cary Grant menciona de pasada a cierto Archie Leach, nombre auténtico del actor antes de convertirse en una estrella) lo que hace de esta película un producto sumamente singular.



A diferencia de lo que ocurría en el texto original, así como en la versión llevada a cabo una década antes por Lewis Milestone, el personaje de Hildy Johnson pasaba a ser ahora una bella reportera interpretada por Rosalind Russell. Exmujer, para más inri, del liante Walter Burns (Cary Grant), editor del Morning Post y en absoluto dispuesto a perderla ni a ella ni a las brillantes crónicas que escribe para el mencionado periódico. Y es que Hildy, tras cuatro meses de ausencia, se acaba de plantar en la redacción anunciándole su inminente matrimonio con un tal Bruce Baldwin (Ralph Bellamy).

Ni que decir tiene que la trama del reo de muerte Earl Williams (John Qualen) acabará quedando en segundo plano conforme las numerosas artimañas del ladino Burns aparten al gris agente de seguros Baldwin de su prometida. En ese sentido, y sin dejar de ser otro ejemplo sobresaliente de screwball comedyHis Girl Friday (algo así como "Su esclava", donde el apelativo Viernes alude al personaje de Robinson Crusoe) se aleja de su primitivo espíritu de denuncia social (contra la corrupción política o el sensacionalismo de los mass media) en beneficio de los resortes infalibles de lo que pudiera considerarse una atípica comedia de enredo romántica.



lunes, 13 de enero de 2020

La semilla del diablo (1968)




Título original: Rosemary's Baby
Director: Roman Polanski
EE.UU., 1968, 137 minutos

La semilla del diablo (1968) de Roman Polanski


Rosemary y Guy Woodhouse habían firmado el contrato de un apartamento de cinco habitaciones, situado en una casa de líneas geométricas de la Primera Avenida, cuando recibieron recado de una tal señora Cortez, de que en la casa Bramford había quedado libre un piso de cuatro habitaciones. Vieja, negra y elefantina, la casa Bramford parece una conejera, con pisos de techos muy altos, apreciada por sus chimeneas y sus detalles ornamentales victorianos. Rosemary y Guy habían figurado en la lista de solicitantes desde que se casaron, pero al final perdieron toda esperanza.

Ira Levin
La semilla del diablo
Traducción de Enrique de Obregón

Aparte del entonado por Massiel en Eurovisión, 1968 dejó para la posteridad otro Lalalá de connotaciones mucho más perversas: el que acompaña los títulos de crédito de Rosemary's Baby. Una voz angelicalmente candorosa que no es otra sino la de la propia Mia Farrow. Y que, unida a esa majestuosa panorámica sobre la arboleda de Central Park que desemboca en un ángulo en picado sobre el edificio Dakota, nos da el tono exacto para afrontar una película de las que marcan época. Sobre todo porque se acabaría convirtiendo en el involuntario preludio del asesinato de Sharon Tate, esposa de una joven promesa de origen polaco que daba, por aquel entonces, sus primeros pasos como afamado cineasta de prestigio internacional.

Comparada con la obra de Ira Levin en la que se inspira, sorprende el enorme grado de fidelidad de la cinta respecto a un texto que podría pasar perfectamente por su novelización (más que por un relato original) si no fuera porque el libro se publicó un año antes del estreno de la película. A este respecto, su lectura esclarece detalles susceptibles de pasar inadvertidos, como la aparición en sueños de Jackie Kennedy, y que Polanski respeta incluyendo, durante la secuencia de la pesadilla de Ro, a una doble de enorme parecido físico con la ex Primera Dama.



Luego está esa vieja pareja de vecinos entrometidos, en apariencia ancianitos venerables, siempre dispuestos a acudir en auxilio del joven matrimonio del apartamento de al lado, ya sea con batidos vitamínicos para la embarazada primeriza o pastelillos blancuzcos de dudosa procedencia… Ruth Gordon (esposa en la vida real del reputado guionista Garson Kanin) se haría aquel año con el Óscar a la mejor actriz secundaria por su brillante interpretación de la metomentodo señora Castevet; en cambio, parece ser que la relación entre Polanski y su protagonista masculino, un John Cassavetes acostumbrado a dirigir sus propias películas (sufragadas con trabajos alimenticios, como el papel de Guy Woodhouse) no fue precisamente fluida.

En cualquier caso, un elemento clave de La semilla del diablo es cómo el terror irrumpe en lo cotidiano, sin necesidad de recurrir a componentes excesivamente sobrenaturales, más allá de fugaces referencias luciferinas como la pestilente raíz de tannis o los aquelarres en casa de Roman y Minnie. Nimiedades. Porque lo verdaderamente inquietante de esta historia debe leerse entre líneas: la alusión velada a la existencia de una hermandad secreta conspiradora, con ramificaciones en todas las esferas de la sociedad, capaz de acceder y hasta de influir sobre los círculos de poder, cuyos miembros, “todos brujos”, poseen la habilidad de conseguir hasta el más insólito de sus propósitos. Incluso que una mortal, en el Año Uno de la nueva era (junio del 66), alumbre al Anticristo.