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jueves, 11 de septiembre de 2025

El hombre de Mackintosh (1973)




Título original: The MacKintosh Man
Director: John Huston
Reino Unido/EE.UU./Irlanda, 1973, 98 minutos

El hombre de Mackintosh (1973) de John Huston


Son varios los motivos que hicieron de The MacKintosh Man (1973) un filme fallido. Digamos, para empezar, que se trata de una película un tanto extraña, que hay algo en ella que no termina de encajar. De entrada por lo confuso de su argumento, en el que Paul Newman, un actor estadounidense, interpreta a un agente británico que se hace pasar por un ladrón australiano para vigilar de cerca a un espía ruso y finalmente terminar en Irlanda y luego Malta, donde la actriz francesa Dominique Sanda le da un pasaporte canadiense falso.

Se rumorea que el propio Walter Hill, único guionista oficial de entre la maraña de manos que intervinieron en la escritura del libreto, se avergonzaba un poco del engendro que había acabado siendo lo que en un principio estaba previsto que fuese la adaptación de una novela de Desmond Bagley, The Freedom Trap. De hecho, ni siquiera parece que el viejo Huston demostrase excesivo interés por el proyecto durante un rodaje en el que Newman, a pesar de la admiración que le profesaba, llegó a sentirse decepcionado ante la desidia del cineasta.



Aun así, dentro de lo poco que se salva de semejante despropósito cabe mencionar la interpretación de James Mason, metido en la piel de un lord británico que, aparte de gran orador, resulta que es también un agente a las órdenes de Moscú. Desde su primera aparición, de hecho, el actor eleva cada escena con su sola presencia y, aunque su personaje carezca de momentos espectaculares o monólogos dramáticos, es la clase de intérprete que podía sugerir de todo con un simple parpadeo, algo que aquí demuestra con creces.

Gestada en plena Guerra Fría, en un momento en el que el cine británico de espionaje buscaba reflejar el desencanto y la ambigüedad moral propios de aquel conflicto ideológico entre bloques, la cinta se inscribe en la tradición gris y cínica del realismo a lo John le Carré, donde los agentes secretos no son héroes, sino piezas prescindibles en un tablero político opaco. Estrenada en el contexto de un Reino Unido marcado por crisis económicas, tensiones internas y el descrédito institucional, expresa ese clima de sospecha y desgaste, mostrando un mundo donde la traición no es una anomalía, sino una herramienta más del sistema. Así pues, la trama, enredada y pesimista, encaja perfectamente con la atmósfera de desilusión que marcó el fin de la era del espionaje romántico y el inicio de una visión mucho más turbia y burocrática del poder.



domingo, 7 de septiembre de 2025

El juez de la horca (1972)




Título original: The Life and Times of Judge Roy Bean
Director: John Huston
EE.UU., 1972, 120 minutos

El juez de la horca (1972) de John Huston


The Life and Times of Judge Roy Bean (1972) ejemplifica hasta qué punto el Hollywood de principios de los setenta había dejado de tomarse en serio a sí mismo. De ahí ese aire caricaturesco que impregna la puesta en escena de John Huston de principio a fin de una película que es al wéstern lo que el vodevil a la tragedia clásica. Efectivamente, los códigos del género quedan aquí revertidos en aras de una comicidad que no es sino la cara amable de eso que comúnmente se ha denominado "tono crepuscular".

Por otra parte, la particular forma que tiene el protagonista de aplicar la ley en sus dominios refleja, a su vez, el carácter excéntrico de un cineasta, el mismo Huston que previamente había dirigido El tesoro de Sierra Madre (1948) o Vidas rebeldes (1961), que para aquel entonces ya estaba de vuelta de todo. En ese sentido, la cinta que nos ocupa no sólo desafía las convenciones establecidas, sino que las deconstruye con un lenguaje visual y narrativo cargado de ironía, lirismo y una nostalgia profundamente ambigua.



Aun así, lo que resulta realmente innovador del guion de John Milius no es sólo su capacidad para mezclar lo épico con lo absurdo, sino su osadía al estructurar la historia como una serie de viñetas que se sienten casi como capítulos de una leyenda contada por un borracho lúcido. Por consiguiente, el juez Roy Bean, interpretado con una mezcla de brutalidad encantadora y socarronería extravagante por Paul Newman, no es tanto una figura legendaria como un símbolo mutable: juez, forajido, mártir, tirano y, finalmente, un eco romántico de un mundo que nunca existió tal como se cuenta.

En realidad, lo más fascinante del personaje es que parece celebrar y ridiculizar el mito del wéstern en la misma jugada. No se trata de una parodia ni de un homenaje ciego: es más bien una meditación excéntrica sobre cómo los mitos fundacionales de Estados Unidos fueron construidos a partir de excesos, errores y versiones altamente idealizadas de la realidad. Por eso Roy Bean no es tanto un héroe trágico ni un villano redimido, sino más bien una invención viva del tipo de historia que el cine ha solido contar para autolegitimarse.



viernes, 3 de enero de 2025

La caída de los dioses (1969)




Título original: La caduta degli dei (Götterdämmerung)
Director: Luchino Visconti
Italia/Alemania/Suiza, 1969, 158 minutos

La caída de los dioses (1969) de Luchino Visconti


Con La caduta degli dei (1969) Visconti iniciaba lo que acabaría siendo su trilogía alemana, completada posteriormente por Muerte en Venecia (1971) y la monumental Luis II de Baviera (1973). Sin embargo, en el momento de su estreno, a finales de los sesenta, la película fue objeto de bastante controversia, hasta el extremo de que en Estados Unidos la clasificaron X a consecuencia de una escena incestuosa entre madre e hijo.

A decir verdad, la decadencia de la familia Essenbeck, propietaria de una lucrativa compañía siderúrgica por cuyo control todos se pelean, sirve de pretexto para establecer un evidente paralelismo con la Alemania nazi. Son los años treinta y el ambiente de descomposición social que se respira tanto en casa como en la calle preludia la debacle sin remedio que en breve se consumaría a todos los niveles.



De todos modos, algo profundamente personal se intuye en el fondo de un filme que arremete contra la institución familiar con la misma virulencia que cuestiona la moral hipócrita de la alta burguesía. Parece como si su director y guionista, surgido de la aristocracia, hubiese querido llevar a cabo algún ajuste de cuentas que, en puridad, ya estaba presente en Vaghe stelle dell'Orsa... (1965) y sobre el que volverá años más tarde en Confidencias (1974).

En ese sentido, la depravación y ambigüedad de los personajes, ya se trate de Friedrich (Dirk Bogarde), de Sophie (Ingrid Thulin) o del sibilino Martin (Helmut Berger), deja entrever la complicidad de la élite industrial alemana con el auge del nuevo régimen, en cuyo ascenso ven una oportunidad para mantener y aumentar su propio poder. Hasta el punto de que la ambición desmedida de dicha clase social, tan corrupta como caduca, terminará traduciéndose en la práctica autodestrucción de sus miembros y de todo un país.



lunes, 4 de mayo de 2020

Ghost (Más allá del amor) (1990)




Título original: Ghost
Director: Jerry Zucker
EE.UU., 1990, 127 minutos

Ghost (Más allá del amor) (1990) de Jerry Zucker

Otro de esos títulos míticos que forman parte de la educación sentimental de tantísimos espectadores. Una historia de amor más allá de la muerte, que acertó a aunar elementos a priori tan dispares como el drama romántico, una dosis de suspense, lo sobrenatural e incluso la comedia de situación. Su guionista, Bruce Joel Rubin, fue merecedor de un Óscar, al igual que Whoopi Goldberg como mejor actriz secundaria por su papel de la entrañable Oda Mae Brown.



Sin embargo, y a pesar de haber sido milimétricamente diseñada para captar nuestro interés de principio a fin (aunque ya conozcamos el argumento y hayamos visto la peli miles de veces), lo cierto es que la trama de Ghost se presta a alguna de esas objeciones que difícilmente nos planteamos mientras estamos pendientes de la acción. Pero, por ejemplo: si Sam (Patrick Swayze) es un espíritu, ¿cómo es que lleva ropa? Aunque, bien mirado, la Historia del Arte aparece repleta de incongruencias similares y también Espinete, aquel erizo rosa que marcó/traumatizó nuestra infancia, iba siempre desnudo y, en cambio, se ponía  el pijama para dormir y bañador para ir a la playa... ¿Y el tema de atravesar puertas y paredes? ¿Por qué no ocurre lo mismo con el suelo que pisa Sam y, empujado por la fuerza de la gravedad, no se cuela hacia abajo? Interrogantes, todos ellos, a los que tal vez dé respuesta algún día Íker Jiménez en su programa, pero que, por lo pronto, poco o nada tienen que ver con la capacidad del cine para generar y transmitir emociones.



Y es que todo el proceso que lleva al protagonista, mediante la ayuda inestimable de una charlatana con más poderes de los que ni ella misma habría imaginado para contactar con almas en pena, hasta su novia escultora (Demi Moore), a quien habrá de convencer, con mil y un argumentos, de la veracidad de lo que está ocurriendo, responde a la imperiosa necesidad que tiene la especie humana de creer en algo, aferrándose a la esperanza más remota con tal de darle algún sentido a la existencia.

En ese orden de cosas, la venganza de Sam contra quienes truncaron su destino sirve, al mismo tiempo, para que el espectador logre también desquitarse al sentir que existe una especie de justicia divina capaz, pese a lo vulnerable de nuestra propia condición, de poner las cosas en su sitio.


domingo, 3 de mayo de 2020

El Club de los Poetas Muertos (1989)




Título original: Dead Poets Society
Director: Peter Weir
EE.UU., 1989, 128 minutos

El Club de los Poetas Muertos (1989)
de Peter Weir

Se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque se es parte de la humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La medicina, el derecho, el comercio, son nobles actividades, necesarias para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser...

N. H. Kleinbaum
El Club de los Poetas Muertos
Traducción de Manuel M. Escrivá de Romaní

Revisar Dead Poets Society cuando ya se ha rebasado la barrera psicológica de los cuarenta entraña el riesgo de que se nos caiga uno de los mitos que marcaron nuestra adolescencia. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez viendo a todos esos alumnos encaramarse sobre sus pupitres para despedir al desdichado señor Keating? Y, sin embargo, la misma película que nos flipaba siendo quinceañeros resulta, a ojos del adulto descreído, poco más que un producto Disney para lucimiento del histriónico Robin Williams.

Lo cual no debiera restarle mérito al magnífico trabajo llevado a cabo por el australiano Peter Weir a partir de un guion, obra de Tom Schulman, que la Academia de Hollywood recompensó con la preciada estatuilla. De hecho, quienes trabajaron a sus órdenes lo siguen recordando como un director excelente, capaz de extraer lo mejor de un puñado de jóvenes intérpretes, entre ellos Ethan Hawke, por aquel entonces en el inicio de sus respectivas carreras.



Invitar a gozar del momento, como lo hace este filme, es, sin duda, una sugerencia tan antigua como eficaz, mientras que su sabia expresión latina, el célebre carpe diem horaciano, se convierte en una especie de mantra recurrente que los internos de Welton no paran de repetir a todas horas. Evidentemente, un planteamiento de tales características, para que surja efecto entre el respetable, requiere de unos personajes que sean mojigatamente maniqueos en sus convicciones. Así pues, el decano Nolan (Norman Lloyd) o el padre de Neil Perry (Kurtwood Smith) tienen que observar una intransigencia sin fisuras para que la rebeldía de los Poetas Muertos, en su afán por "sorberle todo su jugo a la vida", resalte aún más, si cabe. 

Y es que Keating, ese profe guay que se sube a lo alto de las mesas para motivar a sus pupilos, ha traído consigo nuevos métodos que van a calar muy hondo en la rancia institución: puede que a él lo expulsen, pero, cuando poco antes del desenlace, veamos al profesor de latín impartir su clase al aire libre, paseando sobre la nieve, quedará patente que, a pesar de todo, algo está empezando a cambiar en aquel colegio.


martes, 29 de agosto de 2017

La hija de Ryan (1970)




Título original: Ryan's Daughter
Director: David Lean
Reino Unido, 1970, 195 minutos

La hija de Ryan (1970) de David Lean


Peliculón donde los haya, con sus más de tres horas de duración, Ryan's Daughter, bellamente filmada en Super-Panavision y Metrocolor para la Metro-Goldwyn-Mayer, fue, sin embargo, un estrepitoso fracaso de crítica y de público. Hasta el extremo de que su director, el británico David Lean, tardaría catorce años en volver a estrenar otra película: Pasaje a la India, en 1984, con la que pondría el punto y final a su carrera.

Se llevó dos Oscar, eso sí: a la mejor fotografía y al mejor actor secundario para John Mills, quien interpreta a Michael, un entrañable disminuido, objeto de las burlas de los habitantes de la pequeña aldea de Kirrary en la que transcurre la acción, cuya fisonomía y conducta evocan un tanto al Quasimodo de Nuestra Señora de París. No es ésta la única fuente de inspiración literaria que puede rastrearse con nitidez en la trama. De hecho, en un principio estaba previsto que el guion de Robert Bolt fuese una adaptación de Madame Bovary, por lo que no tiene nada de extraño que Rosy (Sarah Miles) pueda recordar en más de un aspecto al personaje creado por Gustave Flaubert.

John Mills ganó el Oscar por su papel de Michael


El marco elegido fue una Irlanda abrupta e indómita en vísperas del Alzamiento de Pascua de 1916, si bien, dadas las adversas condiciones meteorológicas, algunas escenas hubo que filmarlas en las playas de la más benigna Sudáfrica. Y como ya hiciera su compatriota John Wayne en The Quiet Man, ahora fue Robert Mitchum quien quiso probar fortuna rodando en Europa una historia de infidelidades con trasfondo político. Pero Lean no era John Ford, de modo que en La hija de Ryan no encontramos aquella recreación idílica de la tierra de sus antepasados que tan grata resultaba al director americano. Aquí, por contra, asistimos a la descripción de un ambiente hostil, en el que los lugareños dan muestras de su zafiedad al repudiar, primero, a Rosy por el romance que mantiene con un oficial inglés y acusarla injustamente, después, de delatora. Tal vez por haberse rodado en una época convulsa, en la que los atentados del IRA estaban a la orden del día en el Ulster, lo cierto es que la película se mueve en un terreno ideológicamente ambiguo para acabar decantándose, en apariencia, por la causa unionista.

En cuanto al complejo proceso de rodaje (con más de un año de duración), estuvo plagado de anécdotas y contratiempos. Parece ser que Robert Mitchum se entretenía plantando marihuana y distribuyéndola entre el equipo. El papel de Mayor Doryan estuvo muy cerca de ir a parar a Marlon Brando, aunque finalmente fue el enclenque (dentro y fuera de la pantalla) Christopher Jones quien acertó a darle al personaje ese aire de delicado muchacho desvalido con el que la película sale, sin duda, beneficiada. Pero exquisitez, sobre todo, la de David Lean en su forma de filmar unas huellas sobre la playa, un encuentro furtivo en el bosque, una despedida o hasta las amonestaciones del Padre Collins (Trevor Howard). Detalles que dan fe de su maestría y que convierten a La hija de Ryan en una monumental obra de arte.

Christopher Jones (Doryan) Y Sarah Miles (Rosy)

sábado, 20 de junio de 2015

El tren (1964)











Título original: The Train
Director: John Frankenheimer
Francia/Italia/EE.UU., 1964, 133 minutos



El bueno de John Frankenheimer (1930-2002) empezó y acabó su carrera en la televisión, aunque realizaría, entre tanto, un puñado de largometrajes notables para la gran pantalla. Uno de ellos fue El tren, rodado en 1964 y protagonizado por Burt Lancaster, con quien ya había colaborado dos años antes en El hombre de Alcatraz.

Michel Simon (Papa Boule) y Burt Lancaster (Labiche)

Sería precisamente el actor (que ejercía a la vez de productor) quien lo contratase, ya que Arthur Penn comenzó estando al frente del proyecto, pero tras el primer día de rodaje fue despedido.

Un grupo de ferroviarios de la resistencia francesa (los legendarios cheminot) liderados por Labiche (Lancaster) debe conducir en agosto de 1944 un tren cargado de valiosísimos cuadros procedentes del Museo del Jeu de Paume con el objetivo de preservarlos del espolio nazi. Paul Scofield (Coronel von Waldheim) y Jeanne Moreau (Christine) completan el reparto.

Paul Scofield (a la derecha) como coronel von Waldheim

Aunque quizá no posea el brío ni la emotividad de La bataille du rail (1946) de René Clément, El tren de Frankenheimer logra mantener el pulso narrativo de la historia con efectividad, incluyendo no pocas escenas de acción con bombardeos, descarrilamientos y colisiones.

La Resistencia basó su estrategia en el sabotaje