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martes, 28 de agosto de 2018

Rodin (2017)




Director: Jacques Doillon
Francia/Bélgica, 2017, 119 minutos

Rodin (2017) de Jacques Doillon


Lo que, en un principio, debía ser un documental sobre Auguste Rodin (1840-1917), con motivo del centenario de la muerte del artista, ha terminado siendo un biopic protagonizado por Vincent Lindon. Y compruebo, no sin cierto estupor, que en IMDB, tras haberla valorado 745 usuarios, apenas recibe un mísero 4,7. Vamos a ver: ya se sabe que en este tipo de cintas se corre el riesgo de que lo histórico acabe fagocitando lo cinematográfico; que Lindon no es un intérprete que despierte excesivas simpatías entre ciertos sectores del público y de la crítica; que la puesta en escena que ha llevado a cabo el realizador Jacques Doillon resulta, como suelen decir los que siempre tienen prisa, lenta... Pero de ahí a cargársela sin contemplaciones hay (o debería haber) una gran diferencia.

En cualquier caso, y a pesar de que su recepción esté siendo tan pésima, merece la pena destacar dos aspectos de Rodin: uno sería la fotografía de Christophe Beaucarne, opaca y algo melancólica, pero precisamente por ello capaz de transmitir el estado anímico de los personajes; el otro es la banda sonora compuesta por Philippe Sarde, una partitura de cámara que es la idónea para cierta idea de austeridad que flota en el ambiente.



Le sobrará, es verdad, el enfoque un tanto morboso de la relación que el escultor mantuvo con Camille Claudel (Izïa Higelin), de las disputas con su compañera (Séverine Caneele) o de ciertos escarceos sexuales con sus modelos. Tal vez se pase de puntillas sobre la amistad que le unió al poeta Rilke o la presencia de otras personalidades (Mirbeau, Monet, Cézanne...) queda, a lo mejor, un poco diluida.

Pero, en cambio, Doillon, cineasta veterano y sensible, acierta de lleno cuando muestra al protagonista en plena naturaleza, palpando la corteza de los árboles, abrazando su tronco, en busca de la inspiración que sólo la tierra podía brindarle. Poco a poco, las obras maestras de Rodin irán cobrando vida: La puerta del Infierno, Los burgueses de Calais, el Monumento a Balzac... ¿Por qué acabar la película en Japón, en el Museo al aire libre de Hakone, donde grupos de escolares juegan a los pies de una de sus esculturas? Pues quizá para remarcar la trascendencia de un legado cuya magnitud pervive en todo el mundo, aunque es probable que, también en esto, los detractores de la película verán un añadido gratuito.


viernes, 4 de mayo de 2018

Una pareja perfecta (2005)




Título original: Un couple parfait
Director: Nobuhiro Suwa
Japón/Francia, 2005, 104 minutos

Una pareja perfecta (2005) de Nobuhiro Suwa


Si en H Story (2001) los personajes de Nobuhiro Suwa recreaban el universo de Hiroshima mon amour (1959), Un couple parfait representó una suerte de puesta al día en clave zen del rosselliniano Viaggio in Italia (1954). Así pues, al igual que sucedía con Ingrid Bergman y George Sanders en las ruinas de Pompeya, Valeria Bruni Tedeschi y Bruno Todeschini viven su progresivo distanciamiento con las esculturas del Museo Rodin como telón de fondo.

Aun así, y a pesar de la ambientación parisina y de la nacionalidad de los intérpretes, la contemplativa puesta en escena elegida por Suwa resulta profundamente oriental, con largos silencios en los que la cámara permanece estática mientras se da rienda suelta a la improvisación de los actores. Hay, por tanto, algo de Ozu en la forma de rodar, pero también del John Cassavetes que gustaba de alargar eternamente las escenas, lo cual demuestra la confluencia de modelos que se dan cita en el personal estilo de este cineasta japonés afincado en Francia.



¿Es irónico el título de la película? En esto, como suele ocurrir cuando entran en juego los sentimientos, ni es posible ponerse de acuerdo ni tampoco Suwa parece dispuesto a dar una respuesta taxativa. Porque si bien Marie y Nicolas son vistos por su entorno más inmediato como el arquetipo de pareja feliz ("Non ! Pas vous !", responde horrorizado Vincent al conocer la noticia de que van a divorciarse), el espectador juega, en cambio, con la ventaja de asistir a los continuos reproches que ambos se dedican en la intimidad.

¿Significa, entonces, que la relación ideal es la que se establece entre personas que discuten por un sí o por un no? Mal síntoma si una pareja no riñe de vez en cuando, desde luego. Aunque, al respecto, la propuesta y frase memorable de Un couple parfait es aquella de que el matrimonio, un poco como ocurre con el permiso de conducir en algunos países, debería ser revisable cada cinco o diez años. Tal vez de este modo las crisis cíclicas que genera toda convivencia pasarían a ser vistas como una oportunidad y no como una vivencia traumática.


sábado, 30 de mayo de 2015

Mis escenas de lucha (2013)




Título original: Mes séances de lutte
Director: Jacques Doillon
Francia, 2013, 99 minutos

Mis escenas de lucha (2013) de Jacques Doillon


Jacques Doillon dirigió en 1979 La mujer que llora: trataba, efectivamente, de una mujer que lloraba (y mucho). Ahora presenta Mis escenas de lucha: trata, el título vuelve a ser inequívoco, de una pareja que se tira los trastos a la cabeza. Con muy buen criterio, el realizador ha elegido como banda sonora la pieza pianística de Claude Debussy "Golliwogg's Cakewalk", extraída de su obra Children's corner. Y eso es precisamente lo que son los dos jóvenes que integran la pareja protagonista de esta película: dos "niños" traviesos a los que les gusta comprobar a través de la violencia física si es amor lo que sienten el uno por el otro. Y que conste que no es exactamente sadomasoquismo lo que practican. Tal y como muestra el cartel promocional que adjuntamos, sería más bien una especie de Amour fou o pasión salvaje (no en vano, los amantes en el fango recuerdan por su aspecto al niño salvaje de François Truffaut).



Habrá quien dirá que, con el aluvión de casos de violencia sexista que continuamente padecemos, una película como Mis escenas de lucha parece hacer apología de lo que realmente es una lacra a la que debería ponerse freno de una vez por todas. Aunque no es menos cierto que sin provocación no hay arte: la violencia del filme es consentida tanto por él como por ella y, por lo que parece, no sólo no acaba en lesiones de consideración, sino que es fuente de placer para ambos. Otra cosa es si quien mira se lo pasa igual de bien...