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sábado, 3 de diciembre de 2022

Sucedió en mi aldea (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 88 minutos

Sucedió en mi aldea (1956) de A. Santillán


Nenes mofletudos, curas con sotana... Y doctrina, mucha doctrina. La fórmula a la que se recurre en Sucedió en mi aldea (1956) pone de manifiesto un cine de sacristía y niños prodigio por aquel entonces muy en boga. Ya en el prólogo, la voz en off de Juan Manuel Soriano anuncia "una historia ingenua y sencilla" no sin antes cantar las excelencias de una vida campestre más idílica que real. Entre otras cosas porque los hechos narrados dejan traslucir un regusto milagrero que los hace especialmente propicios para aleccionar al personal.

Lloreda, el lugar donde arranca la acción, es una pequeña localidad de "casas pequeñas y apretujadas" con su río, su campanario (que, "como un símbolo, apunta al firmamento") y, repicando desde las alturas, una campana sobre cuyo bronce puede leerse inscrito: "Cuando yo deje de tañer, ¿quién recordará la Fe?" El caso es que, una noche de tormenta, un rayo cae sobre la susodicha, dejando mudo al pueblo y a sus feligreses.

El 'Ratón' (Xavier Rocasalbas) y el 'Chispa'


Pero se da la circunstancia de que don Dimas, el viejo párroco (Ernesto Vilches), tiene a su servicio a un par de acólitos, mitad monaguillos mitad pícaros, que no se arredran ante nada. Sobre todo el mayor de ellos, apodado el 'Chispa' (Pepito Moratalla), quien, aparte de beberse a escondidas el vino de misa, hará lo imposible para recaudar los fondos que permitan la adquisición de una nueva campana.

Que dos niños pequeños se planten ellos solos en Madrid y que, tras varias peripecias, obtengan el dinero gracias a un premio de la lotería solamente ocurre en los cuentos de hadas. Aunque el éxito, por aquellas mismas fechas, de Marcelino, pan y vino (1955) corrobora que el nacionalcatolicismo auspiciaba este tipo de fábulas amables con la mira puesta en propagar su propio ideario. Consideraciones de sobras conocidas que no impiden esbozar una sonrisa al ver, en una misma película y en papeles secundarios, a Gila, como pregonero, o al siempre entrañable Pepe Isbert ocupándose de las barcas del Parque del Retiro.

El de la trompeta es Gila

martes, 24 de agosto de 2021

¿Dónde pongo este muerto? (1962)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1962, 83 minutos

¿Dónde pongo este muerto? (1962)


Mucho antes de que el Hollywood de finales de los años ochenta produjese éxitos comerciales como Este muerto está muy vivo (Weekend at Bernie's, 1989), el cine español de los sesenta ya había explorado por su cuenta el género de la comedia luctuosa. ¿Dónde pongo este muerto? (1962), hilarante producto elaborado en los barceloneses Estudios IFI, pertenece, precisamente, a dicha categoría. La dirección corrió a cargo del almeriense Pedro L. Ramírez (1919–1993), un habitual de este tipo de películas entre lo humorístico y lo macabro, que, el año anterior, había estrenado la no menos divertida Fantasmas en la casa (1961).

Independientemente de sus cualidades artísticas (que algunos pondrán en tela de juicio), lo cierto es que el filme que nos ocupa fue concebido como vehículo para el lucimiento de Miguel Gila y Fernando Fernán Gómez, dos figuras de contrastada vis cómica que aquí unían sus respectivos talentos con objeto de atrapar a ese escurridizo "fiambre juguetón" al que hace referencia el cartel de la película y cuyo mérito en vida había sido el diseño de un impreciso artilugio que lo mismo "podía dar la felicidad al ser humano o bien destruirlo, según el uso que de él se hiciera".



A este respecto, el hieratismo que irradian Cartier (Gustavo Re) y sus acólitos pretende pasar por vagamente soviético, en clara referencia a las redes de espionaje y contraespionaje tan frecuentes durante la Guerra Fría. Un telón de fondo perfectamente reconocible por los espectadores de la época y sobre el que, por tanto, no era necesario entrar en detalles.

No obstante, y al margen del contexto sociopolítico nacional e internacional de aquel entonces, ésta fue, por encima de todo, una cinta concebida con el firme propósito de hacer reír al público. De ahí que la naturaleza de sus personajes, lineales y candorosos, esté muy próxima a la de los dibujos animados. En ese sentido, bastaría echar un vistazo a su cartel y demás materiales promocionales para corroborar que se trata de un filme de naturaleza cercana al cómic o al cartoon. Deudor, asimismo, del lenguaje publicitario. No en vano, Ramón (Gila) y Elisa (Claude Arnold) son, como los recién casados de Esa pareja feliz (1951) de Bardem y Berlanga, los ganadores de un concurso patrocinado por una marca de detergente, en este caso Espumín.



jueves, 6 de mayo de 2021

El presidio (1954)




Director: Antonio Santillán
España, 1954, 95 minutos

El presidio (1954) de Antonio Santillán


Arranque contundente para un filme de título no menos rotundo: los primeros seis minutos de El presidio (1954) transcurren en el interior de la cárcel Modelo de Barcelona sin que se deje oír ni una sola frase. Desfile de los internos a última hora de la noche bajo la atenta mirada de los guardias que vigilan la galería antes de clausurar las celdas. Y, sin embargo, están a punto de saltar todas las alarmas cuando se percaten de que un preso acaba de escaparse. Huida del prófugo campo a través mientras los civiles le pisan los talones: "Es inútil buscar una salida..." —comenta su voz en off. Acto seguido, da comienzo uno de los varios flashbacks que contiene la película, en este caso para hacernos saber que Pablo Jiménez Roca (ése es su nombre completo) dio con los huesos en prisión por culpa de una mujer.



Ana (Isabel de Castro) es una femme fatale un tanto sui géneris, ya que irá paulatinamente evolucionando hasta abominar de su pasado: curiosa transformación por parte de la misma persona que había sido capaz de involucrar en un atraco —a una industria química— al ingenuo individuo que bebía los vientos por ella. Pero Pablo (Carlos Otero) tiene ahora otros problemas a los que hacer frente en su día a día. Por ejemplo, eludir el acoso al que le someten sus antiguos compinches, hoy cautivos en la misma sección del penal que él. Liderados por el astuto Pedro Ramírez Pacheco, malhechor erudito (al que da vida el húngaro Barta Barri) que lo mismo sabe de leyes que de lenguas románicas y que además es profesor de educación física.



La cotidianidad carcelaria se rige por unos parámetros que hacen de la penitenciaría un microcosmos en el que cada cual desempeña su papel. Así pues, Casimiro (Gila) es el loco o gracioso, siempre a vueltas con remedios medicinales a base de limón (cuando no pensando en si debería casarse con su novia). En cambio, el padre Santiago (Manuel Gas), enfundado de contino en su sempiterno hábito monacal, representa la cara amable de las fuerzas vivas, cuyo lado más oscuro se concreta, simbólicamente, en el retrato al óleo de Franco que preside el despacho del director.

El parecido físico entre el inspector y el Caudillo parece deliberado


De hecho, no deja de ser enormemente llamativo el modo en que son caracterizados los personajes, hasta el extremo de que los reos acaban resultando más simpáticos que los propios dirigentes del presidio. Es el caso, sin ir más lejos, de Pablo, que delinquió por amor y, sobre todo, del fornido Martín (Luis Induni), ese padrazo que se desvive por su hijito Jorge y que se ganará el corazón del espectador en la secuencia en que, vestido de Rey Melchor, se ve obligado a consolar al niño sin que éste sea consciente de la verdadera identidad del monarca. En definitiva, y a pesar de tratarse de un panfleto a mayor gloria de la Dirección General de Prisiones, lo cierto es que son muchas las virtudes de una puesta en escena que denota la pericia de su director, el siempre reivindicable Antonio Santillán.



sábado, 12 de mayo de 2018

Aventuras del barbero de Sevilla (1954)




Director: Ladislao Vajda
España/Francia, 1954, 89 minutos



¡Ay, barbero, barbero, barbero...!
Fígaro me puso un Monsieur no sé qué... 
Y al nacer un primero de enero 
mi padrino quiso ponerme Manuel.

Retomando el espíritu de las coproducciones hispanoalemanas de los años treinta, en Aventuras del barbero de Sevilla el productor Benito Perojo quiso llevar a cabo una comedia musical cuyo pintoresquismo estuviese por encima de la acción y los diálogos. A tal efecto, el guionista Jesús María de Arozamena (a la sazón en los inicios de su carrera: ésta fue su tercera película) concibió un batiburrillo de tópicos de inspiración dieciochesca hecho a medida del cantante Luis Mariano.

Este último, nacido en Irún y naturalizado francés tras la guerra civil, volvía a trabajar con el compositor Francis López, con quien formó un exitoso tándem a lo largo de su carrera. Y para acentuar el elemento folclórico de lo que estaba llamado a ser una superproducción Cifesa, el protagonismo femenino recayó sobre Lolita Sevilla, que venía de participar, un año antes, en la mítica ¡Bienvenido, Míster Marshall!



Decir que los decorados fueron obra del siempre excelente Burmann no hace sino añadirle interés a un filme en el que lo trivial del tema contrasta vivamente con la calidad de los profesionales del apartado técnico que en él trabajaron y de las estrellas de su reparto.

Por último, el director Ladislao Vajda supo darle al conjunto ese toque cosmopolita tan habitual en su filmografía, subrayado esta vez por el hecho de que la acción se traslada momentáneamente a Puerto Rico, donde un grupo de bandoleros redime su condena luchando contra los ingleses. Se trata, en general, de situaciones que tienen su origen en el wéstern hollywoodense (el asalto a la diligencia, la toma del fuerte o presidio...), pero que, debidamente adaptadas al imaginario local, harían fortuna hasta desembocar, ya a mediados de los setenta y en el medio televisivo, en productos de consumo masivo como la serie Curro Jiménez.


martes, 2 de enero de 2018

¡Viva lo imposible! (1958)

















Director: Rafael Gil
España, 1958, 98 minutos



Una obra de Joaquín Calvo Sotelo adaptada por Miguel Mihura dio pie a esta entrañable comedia del prolífico Rafael Gil. Y es curioso, pero, como sucede en tantísimas películas de la época, fue Fernando Rey el encargado de poner su voz como narrador. No es el único dato digno de resaltar: la banda sonora corrió a cargo del compositor vasco Jesús Guridi y la fotografía, de Alfredo Fraile, se realizó en un magnífico Eastmancolor.

El planteamiento de ¡Viva lo imposible! responde a una premisa tan simple como universal: nadie está del todo contento con la vida que le ha tocado en suerte. El funcionario envidia la existencia nómada y bohemia del artista de circo, mientras que el domador de leones anhela formar una familia y tener casa propia y sueldo fijo.



Así que haciendo alarde de un planteamiento genuinamente mihurino (si se nos permite el palabro), don Sabino López (Manolo Morán) decidirá liarse un día la manta a la cabeza y cambiar la gris oficina del ministerio por la siempre más atractiva carpa de un circo, donde él y sus dos hijos pasarán a ser el trío ilusionista Nagasaki. Adriani (Miguel Gila) no tardará en conectar con ellos, aunque Eusebio (Julio Núñez) preferirá abandonar a su padre y hermana para retomar las oposiciones, lo mismo que Palmira (Paquita Rico) cuando la reclame su antiguo y estricto novio Vicente (José María Rodero). Pero el padre, firme en sus convicciones, decide seguir adelante hasta alcanzar el éxito a escala internacional.

La concepción del mundo que subyace bajo tan singular historia es, en esencia, calcada a la expuesta por Mihura en Tres sombreros de copa (estrenada en 1952, aunque escrita en 1932). En ambos casos, el protagonista siente un pavor similar ante la perspectiva de dejarse atrapar por la monotonía de una realidad en apariencia segura, pero exenta de todo aliciente. Eterno dilema del hombre moderno, a menudo atrapado en las convenciones de una sociedad que pone freno a la imaginación y que coarta nuestra libertad individual.


viernes, 6 de octubre de 2017

El diablo toca la flauta (1953)




Director: José María Forqué
España, 1953, 88 minutos

El diablo toca la flauta (1953) de Forqué


Angélicos o diabólicos, los enviados del más allá han constituido, desde los orígenes del cinematógrafo, un nutrido grupo. Filmes como Les quatre cents farces du diable (1906) de Méliès o La maison ensorcelée (1907) de Segundo de Chomón, en el caso de los pioneros, El diablo y yo (1946) de Archie Mayo en el Hollywood clásico o, en la facción opuesta, ¡Qué bello es vivir! (1946) de Capra dan buena fe de ello.

También el cine español ha tenido su lado mefistofélico: por ejemplo Faustina (1957), de Sáenz de Heredia, presentaba a un Fernando Fernán Gómez transfigurado en demonio con la misión de tentar a la ya de por sí tentadora María Félix. Curiosa aproximación humorística a los temas luciferinos que no era, sin embargo, nueva, puesto que cuatro años antes Noel Clarasó y José María Forqué habían coescrito El diablo toca la flauta (1953).



Un diablo, en este caso, más bien torpe y obtuso, magistralmente interpretado por José Luis Ozores y cuya suerte va ligada a la estatuilla de un fauno, que irá sucesivamente prestando sus nulos servicios a un acaudalado y ambicioso inventor que pagará un alto precio por su vanidad (Félix Dafauce), un arrogante paisajista (Luis Prendes), un matrimonio en horas bajas y el heroico hijo de un jardinero agasajado y luego ignorado por la solemne UFI (Unión Filantrópica Internacional).

Con una fotografía magnífica de Cecilio Paniagua, los exteriores de la película fueron rodados en Sitges.

"Un diablo torpe da más trabajo que un hombre bueno"

domingo, 26 de febrero de 2017

El hombre que viajaba despacito (1957)




Director: Joaquín Luis Romero Marchent
España, 1957, 80 minutos

El hombre que viajaba despacito (1957)


No se puede decir que haya envejecido muy bien esta comedia protagonizada por el sin par Miguel Gila (1919-2001). En todo caso, él sí que guardaba un grato recuerdo de ella, siendo prácticamente la única, de las veintiséis películas en las que participó, de la que solía hablar en términos positivos al cabo de los años. En fin, algo debía de tener cuando hasta el NO-DO (Nº 738 B, Año XV) se hizo eco del rodaje de sus exteriores en Móstoles.

Los créditos iniciales daban fe de otra de las habilidades del humorista, quizá menos conocida hoy en día: la de dibujante. Suyas son las caricaturas que acompañan a los nombres del reparto mientras suena la banda sonora compuesta por Jesús Franco, quien también ejerció como ayudante de dirección de Joaquín L. Romero Marchent.

Además de humorista, Gila fue también un notable dibujante

Es indudable que Gila borda el papel de pueblerino (lo interpretó, de hecho, toda la vida en sus célebres monólogos televisivos pegado al teléfono), aunque el problema en El hombre que viajaba despacito tal vez estriba en el hecho de que el guion carece totalmente de fundamento. La historia de un paisano que se casa mientras hace la mili y luego es padre, seguida del extraño periplo que debe recorrer hasta reunirse con su esposa Marta (Licia Calderón) para conocer al bebé carece totalmente de fundamento. Se podría objetar que ello es debido a que el humor de Gila tuvo siempre un componente surrealista considerable, pero aun así hay que reconocer que, cinematográficamente hablando, lo que le funcionaba a las mil maravillas sobre el escenario de una sala de fiestas o en los platós de televisión no resulta igual de convincente en pantalla. ¿Era Gila un artista que ganaba en las distancias cortas? Pues probablemente. Tal vez el cine no era el formato ideal para su humor, como tampoco puede decirse que sean hoy asumibles sus bromas sobre gitanos.

De todos modos, sí que conviene señalar algunos aciertos contenidos en el filme. Como esa escena inicial, en la que Gila se halla encaramado en el cañón de un tanque y que tanto recuerda a El gran dictador de Chaplin. O aquel payaso que interpreta en la plaza de un pueblo y que tiene algo de felliniano. Eso es lo bueno del cine: que, si uno escarba un poco, siempre salen a relucir referencias cinéfilas. Aunque estén pilladas por los pelos y sea en una película teóricamente menor.


sábado, 18 de febrero de 2017

Mi tío Jacinto (1956)




Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1956, 87 minutos

Mi tío Jacinto (1956) de Ladislao Vajda


Se ha comparado muy a menudo el ambiente de miseria reflejado en Mi tío Jacinto con el neorrealismo italiano y, aunque no sea exactamente lo mismo, sí que es cierto que hay más de una semejanza. Para empezar, porque la pareja formada por Antonio Vico (Jacinto) y Pablito Calvo (Pepote) es idéntica a la que ocho años antes habían encarnado los italianos Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola en Ladrón de bicicletas.

Con todo, no fue ése el único referente del que se sirvió el húngaro Ladislao Vajda: también es fácil acordarse de Chaplin y Jackie Coogan en El chico (The Kid, 1921), por no hablar del parecido físico entre Antonio Vico y Buster Keaton, aunque esto último pueda ser más casual. De todos modos, de lo que se trataba era de explotar el filón del éxito comercial que previamente había tenido Marcelino pan y vino, otra coproducción hispanoitaliana con Vajda a la cabeza y protagonizada igualmente por el mismo niño con cara de querubín.



Entroncando con la más pura tradición picaresca, de tipos que sobreviven como pueden en el Rastro madrileño, aunque sea recogiendo colillas, hay en Mi tío Jacinto no pocos momentos estelares. Uno de ellos es el interrogatorio en comisaría, donde, al mismo tiempo que se les toma declaración a los implicados en la compraventa de relojes de dudosa procedencia, el comisario y sus subordinados van redactando en paralelo un escrito de queja dirigido a sus superiores para trasladarles su malestar por el lamentable estado en el que se encuentran las dependencias policiales. Otro es, qué duda cabe, la escena en la que de repente se pone a llover durante la corrida de toros y Tip evita que se le moje el traje de luces a Jacinto: ese paraguas es el mismo con el que el torero había tachado antes su nombre del cartel de la charlotada y con el que dará una última estocada sobre un árbol al acabar la película.



Faltaría, para terminar, un breve recuerdo de otros títulos en los que se note que haya influido éste. El caso más evidente sería, tal vez, el de El monosabio (1978) de Ray Rivas, en el que el Juanito que interpreta José Luis López Vázquez también hará lo imposible para reunir el dinero que le permita ver cumplido su sueño de torear en una novillada. Menos patético, pero igualmente marcado por la picaresca, es el caso del joven Juan interpretado por Óscar Cruz en Los golfos (1960) de Carlos Saura: de nuevo una historia de sacrificio y astucia para sufragar un debut taurino que el destino se empeña, sin embargo, en hacer fracasar.