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martes, 14 de julio de 2026

Incontrolable (2025)




Título original: I Swear
Director: Kirk Jones
Reino Unido, 2025, 120 minutos

Incontrolable (2025) de Kirk Jones 


La vida de John Davidson, adolescente británico de clase obrera, da un giro inesperado cuando, en plena adolescencia, comienza a manifestar los primeros síntomas de lo que años más tarde sabrá que se llama Síndrome de Tourette. Espasmos, tics y exabruptos involuntarios que provocan de inmediato el rechazo frontal de un entorno que confunde con mala conducta lo que en realidad es un trastorno neurológico hereditario.

I Swear (2025), drama bienintencionado y hasta cierto punto tendencioso, peca de excesivamente pedagógico en su afán por concienciar al espectador a propósito de la necesidad de ser comprensivos (e inclusivos) con aquellos que se encuentran en la misma situación que el protagonista. Aun así, no cabe la menor duda de que la actuación de Robert Aramayo, el actor que interpreta al personaje en su edad adulta, se encuentra entre lo más destacable de una película que, pese a la dureza de su temática, logra arrancar las carcajadas del público (y alguna que otra lágrima).



Luego está la cuestión social, el desolador panorama (estamos en la Inglaterra de los noventa) que apenas se apunta y que sirve de telón de fondo de una historia repleta de momentos dramáticamente intensos. Entre otras cosas porque, aparte de cómo reaccionan unos y otros ante las salidas de tono de John (o precisamente a causa de ello), la cinta dirigida por Kirk Jones aborda también el ámbito doméstico y hasta qué punto la familia de adopción llega a cumplir un rol más decisivo que el de la biológica.

En última instancia, I Swear explora la complejidad de las relaciones humanas con una mezcla perfecta de sensibilidad, humor y honestidad emocional. Le sobra, quizá, toda esa moralina que se desprende hacia el final, con las charlas de la policía y los talleres motivacionales de John, si bien la película conecta de manera íntima con el espectador al ofrecerle un poderoso comentario sobre la importancia de la empatía en una época de constante ruido y desconexión. Y es que la relevancia de esta producción radica precisamente en su facultad para recordarnos que, más allá de nuestros errores, la vulnerabilidad compartida sigue siendo el puente más sólido hacia la auténtica comprensión mutua.



lunes, 8 de septiembre de 2025

April (2024)




Título original: აპრილი
Directora: Déa Kulumbegashvili
Georgia/Italia/Francia, 2024, 134 minutos

April (2024) de Déa Kulumbegashvili


Ardua tarea la de abordar el siempre controvertido tema de la interrupción voluntaria del embarazo en un país de profundas convicciones cristianas como es la Georgia postcomunista. Reto que la cineasta Déa Kulumbegashvili (Oriol, Rusia, 1986) afronta con entereza no exenta de atrevimiento. A este respecto, los planos fijos larguísimos, los silencios de los personajes mirando fijamente a cámara o las acciones y diálogos que quedan fuera de campo constituyen los recursos más notables de una caligrafía concebida para captar la tensión que flota en el ambiente.

Consciente de la trascendencia de su oficio y pese a la presión ambiental, Nina (Ia Sukhitashvili) ejerce la obstetricia con la firme voluntad de garantizar los derechos reproductivos de unas mujeres que acuden a ella a través de la consulta del hospital o, sobre todo, visitándolas a domicilio y de forma fraudulenta, en las condiciones más sórdidas imaginables.



El peligro al que unas y otra se exponen entraña consecuencias para su salud, por supuesto, pero también para su propia integridad física, teniendo en cuenta que tanto las autoridades civiles como las religiosas consideran un delito gravísimo el hecho de atreverse a abortar. Tal vez por ello, la efigie deforme de un ser monstruoso pulula parsimoniosamente en la penumbra de algunas escenas, quién sabe si en alusión a los fetos malogrados o al sentimiento de culpa que arrastran algunos personajes.

Aunque, según parece, es Nina la que, a juzgar por la crudeza de su comportamiento en materia sexual (proponiendo a desconocidos que encuentra en su camino que mantengan relaciones con ella), quien manifiesta mayores remordimientos de conciencia. A fin de cuentas sus superiores, todos hombres, la someten a un continuo juicio sumarísimo que de algún modo termina haciendo mella sobre su autoestima. Aun así, ella no cede en su empeño, de la misma manera, curioso paralelismo visual, que los campesinos que lanzan cohetes para dispersar las nubes de tormenta.



miércoles, 30 de abril de 2025

El último suspiro (2024)




Título original: Le dernier souffle
Director: Costa-Gavras
Francia, 2024, 97 minutos

El último suspiro (2024) de Costa-Gavras


Un insistente aroma a despedida flota de principio a fin en Le dernier souffle (2024), título de resonancias buñuelianas con el que el veterano Costa-Gavras pudiera estar cerrando su ya extensa filmografía. Circunstancia que, por otra parte, se hace aún más evidente con la obsesión por la muerte que demuestran los personajes de un filme absolutamente crepuscular, aunque en absoluto pomposo.

A este respecto, el fallo positivo que anuncian las pruebas médicas a las que Fabrice Toussaint (Denis Podalydès) es sometido da lugar a una serie de reflexiones entre el filósofo y el equipo de cuidados paliativos que lo atiende, encabezado por el doctor Augustin Masset (Kad Merad), generalmente ilustradas con antiguos casos en forma de flashback procedentes de la experiencia profesional de los galenos, un poco al estilo de las digresiones en los ensayos freudianos.

Charlotte Rampling en un breve papel de enferma terminal


Sin embargo, la certeza ante el final de la vida no se traduce, ni mucho menos, en una actitud pesimista, sino todo lo contrario, como lo demuestra el halo mágico que desprende la secuencia en la que una niña gitana ameniza el séquito de Estrella (Ángela Molina) entonando la canción "Deux escargots s'en vont à l'enterrement d'une feuille morte" de Prévert y Kosma.

Asimismo, y pese a la acritud mostrada por Sidonie (Charlotte Rampling), el tono general de la cinta resulta optimista más que otra cosa (o por lo menos dulcemente resignado), como lo demuestra el hecho de que la última palabra que se pronuncia, en boca de la oncóloga Eléonore (Karin Viard), sea "futuro".



jueves, 22 de agosto de 2024

El olvido que seremos (2020)




Director: Fernando Trueba
Colombia, 2020, 137 minutos

El olvido que seremos (2020) de Fernando Trueba


La superproducción colombiana El olvido que seremos (2020) recrea la vida del doctor y profesor universitario Héctor Abad Gómez (1921-1987), interpretado magistralmente por Javier Cámara, quien, además de meterse en la piel de tan insigne personaje, reproduce a la perfección el acento de Medellín. Y es que en dicha ciudad, precisamente, transcurre la mayor parte de la trama, que la cámara capta en color o en blanco y negro dependiendo de si los hechos narrados pertenecen a un pasado feliz o a la crispación del presente.

Años convulsos, por lo tanto, en el seno de una sociedad marcada por continuos atentados terroristas y donde la integridad personal y profesional de un honesto padre de familia y excelente médico entra en conflicto con los intereses de la oligarquía local. Situación que, sin embargo, no hará en absoluto mella sobre los principios inquebrantables del hombre.



Tal vez porque el guion de Fernando Trueba se basa en la novela autobiográfica del hijo de Abad, la película se centra especialmente en su faceta más familiar, ofreciendo un retrato entrañable (y a ratos, por qué no decirlo, un tanto sensiblero) del día a día entre el protagonista y su numerosa prole, formada por la esposa (Patricia Tamayo), cinco chicas y un varón. La mirada de este último, por cierto, tanto la del niño (Nicolás Reyes Cano) como la del adulto (Juan Pablo Urrego), resultará crucial a lo largo del relato.

Así pues, los valores humanistas que encarna el doctor Abad le hacen acreedor de una especial trascendencia en la transformación del mundo que le rodea, ya sea por su obsesión en implementar medidas higiénicas que redunden en mejores condiciones sanitarias para los sectores más desfavorecidos de la población o inculcando esos mismos valores a los suyos y a sus alumnos.



viernes, 9 de agosto de 2024

La peste (1992)




Título original: The Plague
Director: Luis Puenzo
Argentina/Francia/Reino Unido, 1992, 145 minutos

La peste (1992) de Luis Puenzo


La palabra «peste» acababa de ser pronunciada por primera vez. [...] Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. [...] Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido». Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo habrían podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres, y nadie será libre mientras haya plagas.

Albert Camus
La peste
Traducción de Rosa Chacel

El argentino Luis Puenzo dirige su particular adaptación de La peste (1992) trasladando la acción desde el norte de África a la Sudamérica de los noventa. Encabezaba el reparto William Hurt, quien interpreta al doctor Rieux, responsable, como máxima autoridad sanitaria, de controlar la epidemia que asola la ciudad de Orán y, al mismo tiempo, cronista encargado de dejar constancia de los cruentos estragos que el virus deja a su paso.

Completaron el elenco Robert Duvall, Sandrine Bonnaire, Raúl Julia y Jean-Marc Barr. Todos ellos componentes del núcleo duro de personajes y dispuestos a hacer frente de muy diversas maneras a la emergencia médica en la que se hallan inmersos. A algunos, como Grand (Duvall), les da por la literatura, si bien reescribe continuamente el mismo párrafo. Otros, caso de los periodistas Tarrou (Barr) y Rambert (Bonnaire), que además son pareja sentimental, intentan llevar a cabo su labor informativa pese a la separación impuesta por la cuarentena. Por último, Cottard (Julia) responde a un perfil de tendencias suicidas que finalmente se atrinchera en su casa y la emprende a tiros con los transeúntes que pasean bajo su balcón.



A grandes rasgos, el guion y puesta en escena de Puenzo mantiene intacto el mensaje del texto del premio Nobel Albert Camus (1913-1960) para recordarnos que la plaga, con toda su carga metafórica que poco o nada tiene que ver con el castigo bíblico que predica desde el púlpito el padre Paneloux (Lautaro Murúa), pudiera rebrotar en el futuro con renovadas fuerzas. Lección no sólo aplicable al germen de la peste, sino a cualquier movimiento ideológico (verbigracia, el fascismo) que, después de haber sido derrotado en apariencia, continúa sin embargo latente en las sociedades modernas.

Lectura que, en lo concerniente a Argentina, adonde se rodó la película, adquiere una dimensión aún más trágica si cabe, toda vez que la población infectada y recluida en el estadio, así como los continuos disturbios en las calles, remiten a una cruda realidad que el país ha vivido de forma recurrente en no pocas ocasiones a lo largo de su historia, desde el golpe militar de Videla hasta el posterior corralito.



domingo, 17 de septiembre de 2023

La consagración de la primavera (2022)




Director: Fernando Franco
España, 2022, 109 minutos

La consagración de la primavera (2022)


Cuando aún resuenan las emotivas palabras de Telmo Irureta al recoger hace unos meses el Goya al Actor Revelación, reivindicando el derecho de las personas discapacitadas a disfrutar plenamente de su propia sexualidad, nos ha parecido oportuno volver a una película que afronta con ternura, pero también con valentía, cuestiones de hondo calado ético.

Por varios motivos, La consagración de la primavera (2022) representa un enfoque radicalmente necesario de una circunstancia que rara vez ha sido abordada por nuestra cinematografía. En ese sentido, el trabajo de Fernando Franco se suma a propuestas anteriores como, por ejemplo, Yo, también (2009) de Antonio Naharro y Álvaro Pastor, en la que un muchacho con síndrome de Down se enamoraba de una compañera de trabajo.



El caso es que el director Fernando Franco (Sevilla, 1976) y su guionista Bego Arostegui construyen una historia que va más allá de las necesidades fisiológicas de David (Irureta) para centrarse en una universitaria, estudiante de primero de química, cuya incapacidad para relacionarse satisfactoriamente con los demás termina por unirla durante un tiempo con alguien aquejado por la misma necesidad de afecto.

Aunque el bloqueo de Laura (Valèria Sorolla) obedece a razones principalmente madurativas, ligadas a la educación religiosa que le inculcaron sus padres y al hecho de lo difícil que le resulta desenvolverse en una gran ciudad, lejos de su Manacor natal. De tal modo que, una vez superada esa incertidumbre, comenzará a sentir que su relación con David y con la madre de éste (Emma Suárez) la ha convertido en una especie de "prostituta" por culpa de los setenta euros semanales que percibe a cambio de sus servicios como asistente sexual. Se habrá cumplido entonces un ciclo, un rito iniciático, y la joven emprenderá el vuelo definitivo, rumbo hacia la vida adulta.



miércoles, 28 de abril de 2021

Hospital de urgencia (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 86 minutos

Hospital de urgencia (1956) de Antonio Santillán


Hasta ocho personas diferentes intervinieron en la escritura de Hospital de urgencia (1956), entre ellas José Antonio de la Loma, que por aquel entonces era un afamado guionista a las órdenes de Iquino en Producciones IFI. Otros nombres ilustres que también participaron en su rodaje fueron el portugués José María Nunes como ayudante de dirección y el compositor Ricardo Lamotte de Grignón (1889–1962) en la banda sonora. Un equipo de colaboradores que es esencialmente el mismo que en El ojo de cristal (1955), la anterior película dirigida por Antonio Santillán, con la salvedad de que ahora la temática noir quedaba relegada a un segundo plano en beneficio del protagonismo concedido a un grupo de médicos.

Como su propio título indica, ésta es una de aquellas cintas concebida para despertar vocaciones: las de los futuros facultativos que, como los personajes de la clínica del doctor Villanueva (Daniel Clérice), se entregarán en cuerpo y alma a la profesión para salvar a los niños del mañana de gravísimas y aparatosas dolencias. Se trata, por tanto, de una obra coral, en la que el verdadero protagonista, además de los abnegados doctores, es el propio centro hospitalario.



Tres son las líneas argumentales que pueden rastrearse: por una parte, la crisis matrimonial entre el mencionado Villanueva y su esposa Aurelia (Claude Godard), como consecuencia de la irrupción de un nuevo cirujano (Armando Moreno), formado en Alemania y que en el pasado había sido pareja de la mujer; en segundo lugar, un grupo de atracadores, liderados por un tal Andrés ('Saza'), planean asaltar una plaza de toros para hacerse con la recaudación; por último, el día a día en el propio hospital, con sus pacientes (caso de la huerfanita a la que deben operar a vida o muerte) y demás personas que allí trabajan: don Hipólito (Fernando Vallejo), el viejo y entrañable celador a punto de jubilarse, o un caradura llamado Santos (Tony Leblanc) que vive de dar el sablazo y se pasa el día galanteando con las enfermeras.

Mezcla de géneros (drama, comedia, acción...), Hospital de urgencia podría considerarse un producto típico de la factoría Iquino, repleto de pequeñas historias en las que los personajes deben enfrentarse a algún dilema de difícil solución: el profesional sanitario que sacrifica su vida familiar en aras de la ayuda al prójimo; la esposa que, al sentirse ignorada, casi comete adulterio; el villano que se debate entre la paternidad y el crimen organizado; la rivalidad entre dos profesionales que a punto están de llegar a las manos...



domingo, 23 de agosto de 2020

Nuts! (2016)




Directora: Penny Lane
EE.UU., 2016, 79 minutos

Nuts! (2016) de Penny Lane

Aparte de una canción de los Beatles, Penny Lane es el nombre de la directora de Nuts! (2016), documental que recrea la trayectoria vital y profesional del doctor John Romulus Brinkley (1885-1942), visionario que, partiendo de unos orígenes muy humildes, fue capaz de levantar todo un imperio médico que incluía diversos hospitales y una potente emisora de radio. El secreto de su celebridad: haber dado con un remedio infalible contra la impotencia. O eso, al menos, es lo que creyeron los miles de hombres, aquejados de esterilidad y otros males por el estilo, que, tras acudir a su consulta, se dejaron implantar, con aparente éxito, testículos de macho cabrío.

Valiéndose de imágenes de archivo, declaraciones de diversos especialistas y, sobre todo, animaciones un tanto caricaturescas, la cinta reconstruye, en seis capítulos y un epílogo, el ascenso y posterior caída de Brinkley. Porque una vez consolidada la empresa familiar, junto a su esposa y su hijo (el pequeño Johnny Boy), fueron muchos los ataques que recibió por parte de la medicina convencional, así como procedentes de la máxima autoridad radiofónica (la temible Federal Radio Commission), temerosa del enorme predicamento que los programas del galeno ejercían sobre la abundante legión de oyentes que la KFKB tenía a lo largo y ancho del país.



Genio para unos, charlatán excéntrico para otros, el caso de Brinkley resulta paradigmático de la propia esencia de lo que la sociedad estadounidense, tan devota del carácter emprendedor, ha dado en denominar self made man: el hombre que se hace a sí mismo vendiendo humo o patentes milagrosas para que luego su fortuna se malogre con la misma facilidad con la que sube o baja la espuma.

Llegados al momento culminante del juicio sumarísimo al que se ve sometido, sorprendentes revelaciones vendrán a demostrar que no es oro todo lo que reluce. Ni John Romulus Brinkley ese talento científico que, desde la modesta localidad de Milford (Kansas), a punto estuvo de conquistar el mundo según la biografía autorizada en la que se basa el filme.


miércoles, 13 de mayo de 2020

El hombre elefante (1980)




Título original: The Elephant Man
Director: David Lynch
Reino Unido/EE.UU., 1980, 124 minutos

El hombre elefante (1980) de David Lynch

Unir dos nombres a priori tan antitéticos como los de David Lynch, que tres años antes había debutado, en lo que a dirección de largometrajes se refiere, con la críptica Eraser Head (1977), y Mel Brooks dio como resultado un filme excepcional, a ratos inquietante y en todo momento entrañable. Poco importa si explica una historia real o si su protagonista debía someterse a arduas sesiones de maquillaje que se podían prolongar durante siete y hasta ocho horas. Porque lo esencial en The Elephant Man es, sin duda, su carácter alegórico. ¿Quién no se ha sentido tratado alguna vez como John Merrick? ¿Pudo Lynch, cineasta underground y, hasta cierto punto, incomprendido, identificarse con él?

De rodarse hoy en día un remake es más que probable que se lo encargaran a Tim Burton, otro director que ha demostrado una especial predilección por los seres inadaptados y aun deformes. Aunque si hay una referencia cuya sombra planea de principio a fin sobre la película ésa es, por supuesto, La parada de los monstruos (Freaks, 1932) de Tod Browning: clásico indiscutible, del que la cinta que nos ocupa vendría a ser una especie de puesta al día oficiosa.



De hecho, hay un momento en el que el propio doctor Treves (Anthony Hopkins), visiblemente preocupado, se pregunta si, en el fondo, no estará actuando él mismo como el cruel Bytes (Freddie Jones), convirtiendo a su protegido en una sofisticada atracción para la alta sociedad victoriana, de igual modo que su rostro desfigurado había sido antes exhibido en las inmundas ferias de los suburbios londinenses.

En la línea del Jean Itard de L'enfant sauvage (1970), Treves luchará contra los escrúpulos de quienes únicamente juzgan a Merrick por su apariencia, procurando demostrar, ante todo, que se trata de un ser inteligente y sensible en extremo. Algo que no siempre parece factible en un mundo en el que, como dice Merrick, "la mayoría de la gente siente pánico de lo que no es capaz de entender".


jueves, 24 de octubre de 2019

Minamata: las víctimas y su mundo (1971)




Título original: Minamata: Kanja-san to sono sekai
Director: Noriaki Tsuchimoto
Japón, 1971, 120 minutos

Minamata: las víctimas y su mundo (1971)
de Noriaki Tsuchimoto


Minamata, ciudad japonesa perteneciente a la prefectura de Kumamoto, ha dado nombre a un síndrome neurológico de extrema gravedad causado por la ingesta, a través de la cadena trófica, de metilmercurio. Los síntomas incluyen desde ataxia (descoordinación en el movimiento de las partes del cuerpo) o alteración sensorial, tanto en manos como pies, hasta daños irreversibles en la vista y el oído e incluso, en casos extremos, parálisis o muerte.

El documental de Noriaki Tsuchimoto (1928–2008), repleto de imágenes y testimonios impactantes, certifica, sin ambages, la implicación directa de la petroquímica Chisso en los sucesivos brotes de la enfermedad, a partir de la década de los cincuenta, como consecuencia de los vertidos que dicha empresa llevara a cabo, reiteradamente, en la bahía de Minamata. 



Truculento o no, lo cierto es que el material contenido en este filme da una idea precisa de la responsabilidad social que habría que reclamarle a la industria con respecto a la preservación del medio ambiente y, por ende, en materia de salud pública. Exigencia que, en el caso de un país fatalmente marcado por los desastres nucleares, adquiere una dimensión aún más trágica si cabe.

Sin embargo, lo verdaderamente conmovedor de esta película no es sólo el testimonio visual de tantas víctimas inocentes sino, sobre todo, las protestas de sus familiares frente a los dirigentes de la compañía culpable de tan tremendo envenenamiento masivo: manifestaciones, a veces marcadas por la crispación, pero también por el sobrio ceremonial sintoísta, que no obtendrían reparación económica por parte de las autoridades estatales hasta 1996.


domingo, 29 de septiembre de 2019

Salto a la gloria (1959)




Director: León Klimovsky
España, 1959, 103 minutos

Salto a la gloria (1959) de León Klimovsky


Muchos años antes de que encarnara al célebre premio Nobel en una serie de televisión, Adolfo Marsillach ya había interpretado a Ramón y Cajal (1852-1934) en este biopic patrio que dirigió el argentino León Klimovsky. Y, como solía suceder en una época y un país ávidos de mitos, el rigor histórico de la película pasa a un segundo plano en beneficio de la exaltación del personaje protagonista, al que se muestra, sucesivamente, como valeroso soldado en Cuba (aquejado por la malaria), aprendiz de zapatero durante su niñez, tenaz investigador y, por último, eminencia científica cuyo mérito se resistirán a admitir propios y extraños.

En este sentido, una de las escenas más significativas de Salto a la gloria es la que tiene lugar en el Congreso Internacional de Anatomía celebrado en Berlín, adonde acude don Santiago con la esperanza de dar a conocer sus revolucionarios descubrimientos a propósito de las células nerviosas. Sin embargo, los sabios de todo el mundo que allí se han dado cita ningunean al modesto ponente español hasta que éste, en un arrebato de furia, agarra por el brazo al insigne profesor Skelliger para obligarlo a que compruebe él mismo, a través del microscopio, la validez de sus afirmaciones.



Y es que la propaganda franquista no perdía ocasión de recalcar aquello de: "En el extranjero nos tienen manía". Estupidez supina que entra de pleno en contradicción con la secuencia final, en la que el docto descubridor de las neuronas recoge el prestigioso galardón de manos del rey de Suecia mientras, entre aplausos, se lee la retahíla de distinciones que le han sido concedidas por las principales universidades del planeta. Es como si se quisiera concluir el filme dando a entender algo así como: "Nos tienen manía, sí; pero no les queda más remedio que reconocer la valía de nuestra más brillante lumbrera".

Del italiano Camilo Golgi, por cierto, con quien Cajal compartió la máxima distinción en Fisiología de 1906, no se dice absolutamente nada. Ni tampoco de Luis Simarro (1851-1921), en cuyo laboratorio se inició el futuro padre de la neurociencia. Sí se incluyen, en cambio (quizá para atenuar el excesivo tono hagiográfico del guion, obra de Vicente Escrivá), las reticencias mostradas por el doctor Ferrán y el resto del gabinete de crisis con respecto a las sugerencias de Cajal a la hora de detener el brote de cólera que asoló Valencia en 1885. Y es que nadie es profeta en su patria. Ni siquiera un Premio Nobel.


martes, 9 de abril de 2019

Mentes brillantes (2018)




Título original: Première année
Director: Thomas Lilti
Francia, 2018, 92 minutos

Mentes brillantes (2018) de Thomas Lilti


Thomas Lilti, el cineasta que iba para galeno, tiene nueva película. Que, como ya viene siendo habitual en él, gira en torno a un tema que conoce al dedillo: en este caso, el de la ardua preparación a la que deben someterse quienes aspiran a cursar la carrera de Medicina (de hecho, ése es el título original en francés del filme: Première année). A este paso, y tras haber dirigido Hipócrates (2014), convertida después en serie de televisión, y Un doctor en la campiña (2016), Lilti va camino de aburrir a propios y extraños a base de estrujar hasta el empalago siempre el mismo asunto.

En el caso particular de Mentes brillantes (absurdo título con el que el filme ha sido rebautizado aquí en España) la historia se centra en dos estudiantes, Antoine (Vincent Lacoste) y Benjamin (William Lebghil), cuyas respectivas capacidades de aprendizaje son tan opuestas como complementarias. El primero, inseguro y taciturno, pretende compensar su indecisión empollando a todas horas; el otro, en cambio, afronta con mayor serenidad el reto de superar el examen de ingreso. Resultado: mientras que Benjamin sale más o menos airoso del lance, Antoine quedará expuesto a sucesivas crisis de ansiedad al no ver recompensado con buenas notas su ingente esfuerzo.



Que Thomas Lilti tira de experiencias autobiográficas a la hora de escribir sus guiones queda fuera de dudas, toda vez que tanto el protagonista de la ya mencionada Hipócrates así como el de la película que nos ocupa se llaman igual, lo cual llevaría a pensar que Benjamin bien pudiera ser una especie de trasunto del propio director.

Sea como fuere, el tal Lilti hace gala de una similar caligrafía en todos sus trabajos. Algo que puede apreciarse desde la elección de los actores (Lacoste es la segunda vez que trabaja a sus órdenes) hasta en las canciones que incluye en la banda sonora: si Médecin de campagne contenía la desgarradora "Wild Is The Wind" interpretada por Nina Simone, en Première année se sirve de un hit pachanguero de Donna Hightower ("This World Today Is A Mess") para subrayar la idea de que ni la vida ni los estudios conviene tomárselos excesivamente en serio.


jueves, 24 de noviembre de 2016

La doctora de Brest (2016)




Título original: La fille de Brest
Directora: Emmanuelle Bercot
Francia, 2016, 128 minutos

La doctora de Brest (2016)


Como quien no quiere la cosa, la actriz Emmanuelle Bercot se está labrando también una interesante carrera paralela como directora, contando ya en su haber con cinco largometrajes. En dos de ellos tuvo ocasión de contar con la presencia de Catherine Deneuve: Elle s'en va (El viaje de Bettie, estrenada en 2013), y La tête haute (La cabeza alta, 2015). Pero para su último proyecto ha preferido centrarse en el caso real de una modesta doctora que, desde la pequeña localidad bretona de Brest, fue capaz de poner en jaque a todo el sistema sanitario francés.

En términos comerciales, podríamos decir que La fille de Brest es una mezcla a medio camino entre Hippocrate (Hipócrates, 2014) y Médécin de campagne (Un doctor en la campiña, 2016), dirigidas ambas por el galeno galo Thomas Lilti. Sólo que la protagonista (interpretada por la danesa Sidse Babett Knudsen) es, además de miembro de la sanidad pública que ejerce sus labores profesionales en una ciudad de provincias, una obstinada madre coraje que jamás se da por vencida. En ese sentido, casi podría decirse que la tenacidad de Irène Frachon es uno de los temas centrales de la película, ya que es gracias a su incansable empeño que el dañino Mediator acaba siendo retirado del mercado.

Sidse Babett Knudsen y Benoît Magimel


De hecho, el filme no es más que la adaptación cinematográfica del laborioso proceso relatado en el libro autobiográfico Mediator 150 mg: combien de morts ? De ahí la insistencia de ir consignando en pantalla el día, mes y año de unos acontecimientos que se remontan a 2009. Libro que, en realidad, suscitaría las iras de los laboratorios, quienes denunciaron el subtítulo ("¿Cuántos muertos?") por difamación.

Otro de los alicientes de la película es la trasformación física de la que ha sido capaz el habitualmente apolíneo Benoît Magimel, aquí capaz de meterse en la piel de un panzudo doctor mucho mayor que él. Aunque el taciturno Antoine Le Bihan es mucho más que eso: se trata del contrapunto necesario para que la perseverancia de Irène destaque aún más. Una luchadora que cuenta en todo momento con el apoyo incondicional de su marido e hijos y cuyo aguijón serán las víctimas inocentes de la industria farmacéutica, muchas de ellas mujeres que sólo aspiraban a mejorar su autoestima perdiendo peso.

La verdadera Irène Frachon

lunes, 30 de mayo de 2016

Un doctor en la campiña (2016)




Título original: Médecin de campagne
Director: Thomas Lilti
Francia, 2016, 102 minutos

Un doctor en la campiña (2016) de Thomas Lilti


Como ya hiciera en su anterior filme (Hipócrates, 2014), el director Thomas Lilti ha vuelto a inspirarse en su pasado profesional ligado a la medicina para ambientar su nueva película. Y en Un doctor en la campiña se suma, además de contar con el actor de moda François Cluzet, a esa tendencia tan habitual del cine francés de hoy en día de trasladar la acción a las provincias, huyendo del excesivamente manido París.

El resultado es más bien previsible, con algún toque tan efectista como innecesario: la enfermedad teóricamente irreversible del protagonista, los frustrados embarazos de Ninon o la fuga del hospital con el anciano señor Sorlin serían sólo algunos ejemplos de ello.



En ese sentido, el pique entre el médico veterano y la recién-llegada-joven-doctora-parisina (Marianne Denicourt) que, en principio, podría rivalizar con él sólo añade más leña al fuego de los lugares comunes. Lo cual no es óbice para que Médecin de campagne logre recrear por momentos una convincente atmósfera de lo que debe de suponer ejercer la profesión en el actual medio rural francés. Dicho verismo se logra, por otra parte, gracias a la participación de actores no profesionales que aportan el necesario toque de frescura a un título concebido con la evidente intención de reivindicar la tarea llevada a cabo por dichos facultativos.

De ahí que, y a pesar de sus evidentes aspectos mejorables, valga la pena salvar una película hecha por alguien que conoce a la perfección el contexto del que habla: puede que, en esta ocasión, Thomas Lilti no supere la prueba cinematográficamente hablando (a fin de cuentas, Un médico en la campiña no deja de ser un producto para todos los públicos, con lo que eso comporta), pero siempre aprobará con nota el test de las buenas intenciones.

Doctora novata parisina perseguida por una bandada de ocas furiosas

domingo, 18 de octubre de 2015

Un rayo de luz (1950)




Título original: No Way Out
Director: Joseph L. Mankiewicz
EE.UU., 1950, 106 minutos

Un rayo de luz (1950) de Joseph L. Mankiewicz


Nominada al Oscar al mejor guion, Un rayo de luz (1950) supuso el debut oficial de Sidney Poitier. Con apenas 22 años interpreta a Luther Brooks, un joven médico residente que debe enfrentarse a los prejuicios raciales de su entorno, comenzando por la pareja de delincuentes convalecientes tras un tiroteo a los que se ve obligado a atender. Richard Widmark encarna a Ray Biddle, el intolerante hermano superviviente e instigador de los disturbios contra Brooks. Y todo porque Ray cree erróneamente que es el tratamiento aplicado por el doctor el que ha matado a su hermano.



El resto del reparto lo completan Linda Darnell como Edie Johnson (la cuñada de Ray), Stephen McNally (el doctor Wharton, verdadero valedor de Luther) y Harry Bellaver (miembro mudo y bastante rudo del clan Biddle).



Tal y como ya habían hecho previamente cintas del tipo La barrera invisible de Elia Kazan (1947, Gentleman's Agreement) o años después Adivina quién viene esta noche de Stanley Kramer y de nuevo con Poitier como protagonista (1967, Guess Who's Coming to Dinner), Un rayo de luz pretende hacer reflexionar al espectador americano de la época hasta qué punto puede ser racista sin saberlo una sociedad teóricamente basada en el principio democrático de igualdad de todos sus ciudadanos.


Mankiewicz (centro) dirigiendo a Poitier y a McNally

miércoles, 13 de mayo de 2015

Hipócrates (2014)




Título original: Hippocrate
Director: Thomas Lilti
Francia, 2014, 102 minutos

"Ce n'est pas un métier, médecin, c'est une espèce de malédiction"

Hipócrates (2014) de Thomas Lilti


Hemos visto tantas series americanas de médicos guaperas, desde Urgencias hasta House, con sus sofisticados quirófanos tan alejados de nuestra realidad cotidiana que, de repente, sorprende que una película como Hipócrates nos recuerde sin ambages lo cutres que suelen ser por aquí los hospitales de la sanidad pública.

No en vano, su director (el francés Thomas Lilti, 1976) es también médico generalista a la par que director de cine. Sabe, por tanto, de qué habla. Curiosamente, es asimismo (al igual que Benjamin, el protagonista de su segundo largometraje) hijo de un doctor. Que nadie se extrañe, pues, si Hipócrates (2014) está plagada de referencias autobiográficas, a las que a menudo habrá que sumar las ligadas (¿cómo no?) a los consabidos recortes que este y otros sectores han venido padeciendo en los últimos tiempos.

A este respecto, es interesante el tándem que forman Benjamin (Vincent Lacoste) y Abdel (Reda Kateb), ambos médicos residentes aunque con formas de ser y origen social sensiblemente distintos. De todas formas, ello no es óbice para que acaben conectando e incluso influyéndose mutuamente. Les une, a pesar de sus diferencias, una vocación sincera que les obliga a implicarse en su trabajo más allá de lo estrictamente profesional, a veces hasta salir perjudicados, sabedores de que sus pacientes son personas que sufren y por las que vale la pena luchar.

Abdel (Reda Kateb) y el Profesor Barois (Jacques Gamblin)


Así pues, la escena en la que el personal sanitario prácticamente se amotina contra los gerentes del hospital reivindicando una mejora en sus condiciones de trabajo es sencillamente admirable. En este sentido, el film pretende homenajear a algunos miembros de este colectivo. Thomas Lilti ha dicho: "Al principio no quería centrarme en Benjamin sino rendir homenaje a los médicos extranjeros que conocí durante mi trabajo en el hospital. Ellos son los que me enseñaron Medicina. Ellos son los que cubren los turnos de noche, los que están ahí cuando las cosas se ponen feas. Son extranjeros  de entre 35 y 45 años con mucha experiencia y con los que estableces vínculos de amistad y fraternidad". Y eso mismo es lo que ya hemos dicho que le acabará sucediendo al novato Benjamin con el argelino Abdel.

El médico griego del siglo V antes de Cristo que da título a la película nos legó un juramento público que hacen los que van a empezar sus prácticas con pacientes o se gradúan en medicina. De eso trata precisamente Hipócrates: de la ética como único camino para sacar a la medicina del marasmo en el que se encuentra en Francia y en tantos otros países del, en teoría, primer mundo europeo.

Benjamin (Vincent Lacoste)