Mostrando entradas con la etiqueta Raoul Coutard. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raoul Coutard. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de enero de 2026

Nouvelle Vague (2025)




Título en español: Nueva Ola
Director: Richard Linklater
Francia/EE.UU., 2025, 106 minutos

Nouvelle Vague (2025) de Richard Linklater


Cuando aún tenemos muy reciente el estreno de Blue Moon (2025), nos llega ahora una nueva película de Richard Linklater, ésta precedida de mayor expectación, si cabe, considerando que es la recreación de un movimiento cinematográfico que marcó toda una época. En efecto, Nouvelle Vague (2025) se hace eco del rodaje de la mítica À bout de souffle (1960) y de cómo los enfants terribles de Cahiers du Cinéma (los Godard, Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer y compañía) dieron el salto definitivo a la dirección.

Al mismo tiempo, también se homenajea a los jóvenes actores que pusieron su frescura a disposición de aquellos críticos reconvertidos en cineastas. Es el caso de la malograda Jean Seberg, a quien da vida Zoey Deutch, y de un Belmondo para cuya reencarnación fílmica se ha recurrido al debutante (y de enorme parecido físico con él) Aubry Dullin. Promesas de la interpretación que, a las órdenes del insolente Godard (Guillaume Marbeck), reinventaron las reglas del cine para devolverle la audacia de sus orígenes.



Sin embargo, por más que la cinta se haya filmado en francés y en fidedigno blanco y negro, y por mucho que capte el espíritu que alentaba en todos aquellos ilustres artistas, lo cierto es que peca un tanto de superficial al concebir dicho período desde la óptica del admirador incondicional. En ese sentido, Linklater no oculta su fascinación hacia los hechos que recrea, con el consiguiente riesgo (como por desgracia acaba ocurriendo) de idealizarlos.

Inconvenientes que no impiden que la propuesta mantenga, a pesar de todo, su atractivo. A fin de cuentas, no están los tiempos como para tirar cohetes, por lo que reivindicar referentes de este calibre debe ser saludado, sí o sí, como una gran noticia. Aunque el encargado de hacerlo sea un director norteamericano que comete la osadía de intentar emular a aquellos tótems...



martes, 21 de julio de 2020

Jules y Jim (1962)




Título original: Jules et Jim
Director: François Truffaut
Francia, 1962, 105 minutos

Jules y Jim (1962) de François Truffaut


Tanto ha cambiado el mundo desde que Truffaut rodase Jules et Jim (y no digamos con respecto al tiempo en el que Henri-Pierre Roché publicó su novela) que hoy a muchos les costará trabajo percibir el carácter subversivo de una película tan audaz en su temática como en lo formal. Pero hablar explícitamente (y sin prejuicios) de triángulos amorosos y relaciones abiertas representaba, a principios de los sesenta, toda una osadía. Que, bastantes años después, el recientemente desaparecido Luis Eduardo Aute también contribuiría a banalizar cuando cantaba aquello de: "Una de dos, / o me llevo a esa mujer / o entre los tres nos organizamos, / si puede ser..."

Bromas al margen, lo cierto es que se comprende a la perfección el entusiasmo que la cinta despertó en un cineasta como Renoir, habida cuenta de las similitudes estilísticas y de espíritu que ésta comparte con Une partie de campagne (1946). De hecho, ya sea verídica o espuria, la anécdota de que Truffaut llevó varios años en el bolsillo de su americana la elogiosa carta que le dedicó el maestro explica bien a las claras la admiración mutua que ambos se profesaban.



Tercer largometraje de su director, Jules et Jim supuso la consagración definitiva de quienes participaron en él: Henri Serre (Jim), el austriaco Oskar Werner (Jules), que volvería a trabajar a las órdenes del realizador en Fahrenheit 451 (1966) y que, casualidades del destino, fallecería tan sólo dos días después que el propio Truffaut (el 23 de octubre del 84) víctima de un infarto.

Fresca, desinhibida, Catherine (Jeanne Moreau) es, paradójicamente, la verdadera protagonista de un filme cuyo título alude a los dos hombres que comparten con ella su amor y su vida a lo largo de varios decenios. Un retrato muy Nouvelle vague en el que la persistente voz en off, unida a la fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard y la estridente banda sonora de Georges Delerue (con permiso de Bassiak, seudónimo de Serge Rezvani, quien interviene puntualmente para interpretar, junto a Moreau, "Le Tourbillon") conforman la esencia de una obra maestra tan personal como irrepetible.


jueves, 9 de julio de 2020

Dos o tres cosas que sé de ella (1967)




Título original: 2 ou 3 choses que je sais d'elle...
Director: Jean-Luc Godard
Francia, 1967, 87 minutos

Dos o tres cosas que sé de ella (1967)
de Jean-Luc Godard

Una película susurrada por la voz en off del propio director (el recurso, aunque sin musitar las palabras, ya lo había utilizado en Bande à part), dedicada a un ama de casa aburrida que accederá a prostituirse ocasionalmente con tal de ahorrar dinero y, de paso, huir de la monotonía. Otro collage. Otro film-encuesta. Otro alegato contra el capitalismo salvaje y la alienación del individuo en las "confortables" sociedades urbanas.

Se dice que Godard, inmerso en uno de sus momentos de mayor efervescencia creativa, rodó 2 ou 3 choses que je sais d'elle... al mismo tiempo que Made in U.S.A. (1966). A fin de cuentas, lo único que diferencia entre sí la mayor parte de cintas de aquel período es su título, considerando el sobrio sistema de trabajo en cadena (sin guion, sin decorados, con luz natural, sonido directo y cámara al hombro) del que sistemáticamente se sirvió el cineasta en todas ellas.

« Si, par hasard, vous n'avez pas de quoi acheter du LSD,
achetez donc la télévision en couleurs... »

En realidad, el pronombre femenino elle no sólo alude al personaje central (interpretado por Marina Vlady), sino que se refiere también a la región parisina, con sus mastodónticas barriadas de bloques de pisos y un entorno inhóspitamente frío cuya arquitectura deshumanizada y ultramoderna conectaría de pleno con la mostrada aquel mismo año por Tati en Playtime (1967).

Sin embargo, y a diferencia del humor amable que desprenden las andanzas de Monsieur Hulot, la visión del siempre lúcido Godard, mucho más crítica (fruto de una profunda reflexión intelectual), transmite un hondo pesimismo pese al colorido despampanante de sus imágenes. Tonalidades en las que, por cierto, predominan los colores de la bandera francesa, como si se quisiera dar a entender que el triunfo del American way of life y el consiguiente consumismo desatado por éste conllevan la amnesia colectiva frente a las injusticias del mundo: el desgaste de las esencias jacobinas de la República, diluidas (en una audaz metáfora visual) bajo el efecto de la amplia gama de productos de limpieza que se muestran en el plano que cierra la película.


martes, 7 de julio de 2020

Banda aparte (1964)




Título original: Bande à part
Director: Jean-Luc Godard
Francia, 1964, 95 minutos

Banda aparte (1964) de Jean-Luc Godard


Dos son las escenas que todo el mundo recuerda de esta película: por una parte, la del trío protagonista bailando acompasadamente el Madison (una coreografía de moda); por otra, la de estos mismos individuos corriendo a toda velocidad a través de las salas del museo del Louvre. Lo cual da una idea del espíritu burlón con el que Godard, enfant terrible de la Nouvelle Vague, afrontó el rodaje de uno de los títulos más emblemáticos de la primera etapa de su filmografía.

Ante todo, Bande à part es un homenaje a la literatura de quiosco en su vertiente noir, como lo atestigua el hecho de que Franz (Sami Frey) y Arthur (Claude Brasseur) se propongan dar un golpe según los parámetros de las novelitas que tanto les gusta leer. Aunque tampoco faltan, como es habitual en toda la obra de su director, referencias continuas a Rimbaud, Poe, Queneau, Shakespeare, Louis Aragon (autor de la letra de la canción que Odile canta en el metro) y otros poetas de la cultura con mayúsculas.



También la secuencia en la academia de inglés forma parte de los momentos memorables del filme, no sólo porque supone la entrada en contacto de Odile (Anna Karina) con los que van a ser sus compañeros de correrías, sino por aquello que, parafraseando a T. S. Eliot, escribe la profesora en la pizarra: clásico es igual a moderno, puesto que todo lo nuevo se convierte de inmediato en tradición.

La música de Michel Legrand y la fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard son algunos de los ingredientes que contribuyen a crear la inconfundible atmósfera de una cinta que, como tantas veces en Godard, oscila entre lo cómico y lo profundo, entre la boutade aparentemente absurda (como el "minuto" de silencio de los tres protagonistas en un café) y las citas trascendentalmente solemnes en boca de unos seres que parecen ir a la deriva sin tomarse demasiado en serio a sí mismos.