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domingo, 4 de diciembre de 2022

Un tesoro en el cielo (1957)




Director: Miguel Iglesias
España, 1957, 98 minutos

Un tesoro en el cielo (1957) de Miguel Iglesias


A juzgar por la cantidad de manos que intervinieron en la escritura del guion de Un tesoro en el cielo (1957), donde, entre otros, destacan los nombres de Josep Maria Forn, Mariano Ozores y Alfonso Paso, merece la pena analizar con detenimiento una historia que, sin duda, tiene su miga. 

Ante la posibilidad de que fallezcan durante el parto su esposa y el hijo que esperan, un hombre desesperado (Alberto Closas) jura frente al altar de una iglesia que dará cuanto posee a cambio de que la madre y el niño se salven. Promesa que, cuando ambos estén ya fuera de peligro, caerá un tanto en el olvido. Aunque una serie de percances que se van a ir sucediendo a su alrededor pondrán en guardia al individuo en cuestión, quien, en lo sucesivo y pese a la oposición de su familia, se obsesiona con la idea de desprenderse de su patrimonio a base de donativos y obras de caridad.



Luego está el elemento misterioso que sobrevuela determinados momentos de la trama. Como la presencia de ese mendigo, dotado con el don de la ubicuidad, que se le aparece a Aguilar (Closas) en las situaciones más insospechadas y que casi se convierte en la voz de su conciencia. Lo cual no impide, sin embargo, que también la comedia se cuele en algunas escenas, en especial aquellas en las que interviene el suegro del protagonista, un señor entrometido y fatigoso al que da vida Luis Orduña.

El caso es que el asunto llegará incluso a los tribunales, dándose la paradoja de que el acusado, precisamente por haber querido salvar a su mujer y a su hijo, se arriesga a perderlos para siempre. De hecho, y así lo señala su defensa, el único delito de Ernesto Aguilar consiste en "haber sido fiel a su fe, entregarse por completo a su familia y creer realmente en la existencia de Dios hasta el punto de ligarse a él con una promesa".



viernes, 28 de mayo de 2021

El fugitivo de Amberes (1955)




Director: Miguel Iglesias
España/Francia, 1955, 67 minutos

El fugitivo de Amberes (1955) de Miguel Iglesias


Calles mojadas, ambiente nocturno y el rostro patibulario de Howard Vernon: he ahí algunas de las singularidades que definen visualmente el arranque de El fugitivo de Amberes (1955), filme policíaco en la estela del mejor cine negro americano y cuya puesta en escena deja entrever una cierta vocación expresionista. Aunque, a decir verdad, dichas constantes pertenecen a una fórmula local, genuinamente barcelonesa, que ya había sido esbozada con anterioridad, a comienzos de aquella misma década, en títulos fundacionales como Brigada criminal (1950) o Apartado de correos 1001 (1950) y que el director Miguel Iglesias quiso acabar de perfilar aquí, tal vez sin conseguirlo del todo.

El motor o Macguffin de la trama es el célebre diamante Woosley, que un tipo llamado Bell (Howard Vernon) ha robado en París tras hacerse pasar por ayuda de cámara de la sofisticada princesa Ahmaru. En realidad, toda esta información nos es revelada mediante titulares de prensa que aparecen insertos en pantalla durante los primeros compases, mientras los habitantes de la capital francesa se afanan en comprar los periódicos del día para saber más sobre la noticia. La última de esas portadas apunta la posibilidad de que Bell habría huido de Francia.



Apenas han transcurrido tres minutos de metraje y el fugitivo ya se encuentra en la ciudad belga de Amberes, el mayor centro comercial de diamantes del mundo desde hace cinco siglos, intentando colocar la preciada gema. Algo que no le va a resultar nada fácil, teniendo en cuenta que Alex (Luis Induni) y su banda pretenden pagarle una cantidad irrisoria por semejante alhaja. Pero Bell Fermer es un individuo que no se rinde así como así, de modo que se las ingenia para zafarse de Alex y los suyos y recalar, no sin dificultades y con la ayuda inestimable del capitán Max (Joan Capri), en Barcelona, donde un oscuro empresario del ocio (Alfonso Estela) requerirá sus servicios.

A partir de ese momento, y siempre fiel a la voluntad aleccionadora de este tipo de películas, la acción se centra en las pesquisas que un hombre y una mujer van a llevar a cabo. Son el agente Jordán (José Marco) y la señorita Gisèle (Anouk Ferjac), inspectora de la Compañía Suiza de Seguros. Ni que decir tiene que, pese a algún que otro desencuentro inicial, se intuye que entre ambos acabará naciendo algo más que una mera relación profesional. Sin embargo, tal y como suele suceder con estas viejas cintas policíacas, el atractivo principal de El fugitivo de Amberes reside no tanto en la historia que cuenta, sino en las localizaciones barcelonesas donde transcurren los hechos: el parque del Tibidabo, la plaza de toros Monumental, el funicular del puerto, un par de números folclóricos en un tablao flamenco y, sobre todo, el Túnel Fantasma que se haya bajo el suelo de La Bola de Oro, nombre con el que son rebautizadas en la ficción las célebres Atracciones Apolo.



domingo, 9 de mayo de 2021

El cerco (1955)




Director: Miguel Iglesias
España, 1955, 77 minutos

El cerco (1955) de Miguel Iglesias


Los hechos que a continuación se relatan han sucedido realmente. Son cinco sucesos que tuvieron lugar en Barcelona y que en su día fueron publicados en la prensa. Sólo han variado los nombres y las circunstancias. El presente film no tiene otro objeto que recordar que el crimen no escapa jamás a su justo castigo.

La advertencia que precede a los títulos de crédito del El cerco (1955) tiene algo de aviso para navegantes: una prevención no exenta de cierto tono amenazador dando a entender el poder omnímodo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. No obstante, el hecho de convertir a una banda de atracadores en protagonista de una película era ya bastante atrevimiento en la España de mediados de los cincuenta, por lo que hay que ver en ese rótulo una justificación ante los posibles reproches de la censura. De ahí que se anuncie de entrada, y sin demasiados reparos, cuál va a ser el desenlace de la historia que está a punto de ser contada.

Un atraco a las oficinas de una fábrica de la zona portuaria se complica más de la cuenta y los asaltantes, tras abrir fuego y dejar varios muertos a su paso, se ven obligados a salir huyendo no sin que uno de ellos quede gravemente herido a consecuencia de caerle encima una caldera de acero fundido. A partir de ese momento, dispersos en distintos puntos de la ciudad y sus alrededores, el cerco policial se irá estrechando sobre los forajidos hasta darles caza uno a uno.



Independientemente de su valor cinematográfico, la cinta posee el aliciente añadido de su ambientación barcelonesa. Comprobar, por ejemplo, que la fuente de Plaza España no siempre ha estado rodeada de césped y que los transeúntes de aquel entonces podían sentarse plácidamente a los pies del conjunto escultórico (hoy relegado a mero elemento ornamental en el centro de una horrenda rotonda); o saber que los autobuses de Alsina Graells ya conectaban la capital catalana con Igualada o Lleida. Incluso, en una de las persecuciones a través de la ciudad, se ve de refilón la fachada de los míticos almacenes El Águila.

Con todo y con eso, el verdadero mérito del filme reside en una puesta en escena que nada tiene que envidiar a la de títulos del cine americano como Atraco perfecto (The Killing, 1956) de Kubrick o La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston. A fin de cuentas, aquí también había tipos duros y lo mismo José Guardiola (Conrado) que Luis Induni (Martín) dan la talla en sus respectivos papeles de fieras acorraladas. Con el contrapunto de Ángel Jordán (Emilio) o Francisco Piquer (José), más en la línea de galanes elegantes y sofisticados capaces, respectivamente, de enamorar a la cándida Teresa (Carmen de Ronda) o recibir los cuidados de una sutil femme fatale llamada Ana (interpretada por la portuguesa Isabel de Castro). En cualquier caso, conviene recordar que Miguel Iglesias contó con Paco Pérez-Dolz como ayudante de dirección, célebre por ser el responsable, ya en la década siguiente, de una película hasta cierto punto deudora de ésta: la legendaria A tiro limpio (1963).



sábado, 24 de diciembre de 2016

Muerte en primavera (1965)




Director: Miguel Iglesias

España, 1965, 76 minutos

Muerte en primavera (1965) de Miguel Iglesias


Se terminó 2015 (y a punto está de acabar 2016) sin que nadie se acordase del centenario del cineasta barcelonés Miguel Iglesias. Quizá porque su fallecimiento en 2012, a los 96 años de edad, aún estaba reciente; quizá porque nunca pasó de dirigir películas que podrían catalogarse como de Serie-B; quizá porque en este país se nos da muy bien ningunear a propios y a extraños. Vaya usted a saber...

Lo cierto es que el azar nos ha llevado hasta una de las películas que Iglesias filmó a mediados de los sesenta: el policíaco Muerte en primavera (1965). Por el título parece una peli de los hermanos Cohen, aunque en realidad se rodó a medio camino entre Palamós, Arenys y Sant Pol de Mar y contó con Paco Morán (cuando aún era Francisco) y Mónica Randall como pareja protagonista. El resto del reparto lo completaban Carlos Lemos en el papel de teniente de la policía portuaria, Óscar Pellicer como Carlos, el atractivo joven de vida disoluta que muere acribillado en el interior de su yate en la primera escena, y la rusa Yelena Samarina haciendo de italiana alcoholizada.

La estructura de Muerte en primavera (cuyos diálogos fueron escritos por el dramaturgo Jaime Salom) es la típica de filmes ya clásicos como Con las horas contadas (D.O.A., 1950) de Rudolph Maté: se comienza con un crimen y el resto de la historia consiste en un largo flashback para intentar averiguar sus causas. Sólo que aquí las digresiones son dos: una a cargo de Miguel (Morán) y la segunda en boca de Isabel (Randall). Y en ambos casos reconstruyendo los hechos día a día, entre el 21 y el 25 de marzo. Hasta llegar finalmente al desenlace el día 26, coincidiendo con los últimos diez minutos de metraje.

Sucesivamente se irá pasando del punto de vista de uno a otro, con los cambios y sorpresas que ello conlleva, pues, pese a que Miguel comience acusándose de la muerte de Carlos, será necesario que el teniente Ruiz prosiga con los interrogatorios y demás pesquisas hasta saber quién apretó realmente el gatillo.