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miércoles, 1 de julio de 2026

El día de la revelación (2026)




Título original: Disclosure Day
Director: Steven Spielberg
EE.UU./Canadá/Nueva Zelanda/Japón, 2026, 145 minutos

El día de la revelación (2026)


Un ya casi octogenerio Spielberg vuelve a la carga con otra de sus historias de alienígenas, Disclosure Day (2026), repleta en esta ocasión de elementos extremadamente fantasiosos e incluso conspiranoicos, pero que no está a la altura, sin embargo, de Encuentros en la tercera fase (1977) o ET (1982), ni siquiera de La guerra de los mundos (2005), por citar sólo algunos precedentes ilustres de una filmografía en la que abundan los títulos relacionados, de una u otra forma, con dicha temática. Coescrita junto a su viejo colaborador David Koepp (Parque Jurásico), la película es un thriller político y de ciencia ficción electrizante, a ratos inverosímil, que funciona como compendio de las obsesiones intergalácticas del director estadounidense, pero adaptado a la era de la desinformación masiva en la que actualmente vivimos inmersos.

En efecto, la historia arranca en un clima de creciente tensión geopolítica a escala planetaria. En ese contexto, el especialista en ciberseguridad Daniel Kellner (Josh O'Connor) roba información clasificada, relativa a evidencias de vida extraterrestre, de la Corporación Wardex, una entidad secreta del gobierno federal. En paralelo, seguimos a la presentadora de televisión Margaret Fairchild (Emily Blunt) quien, tras entrar en contacto con un pájaro de colores que se cuela en su cocina, comienza a manifestar una serie de extrañas habilidades como intuir los pensamientos ajenos y hablar lenguas que jamás estudió. Pronto, Daniel y Margaret se verán arrastrados hacia Hugo Wakefield (Colman Domingo), el líder de una red de antiguos colaboradores gubernamentales obsesionados con el objetivo de forzar el "Día de la Revelación" para que todo el mundo conozca las pruebas definitivas de que no estamos solos en el universo.



Lo sorprendente del caso es que tanto Margaret como Daniel habrían sido abducidos por los alienígenas durante su niñez. Sin embargo, para recuperar los recuerdos reprimidos de Margaret, el equipo de Wakefield llega a reconstruir milimétricamente la casa de su infancia, convirtiendo la memoria de la periodista en una suerte de fría herramienta de desclasificación militar. Asimismo, la apariencia de los extraterrestres da también un giro sorprendente, ya que los visitantes se camuflan como animales inofensivos (ciervos, zorros...) para observarnos sin levantar sospechas. Así pues, Spielberg cambia el asombro infantil por una atmósfera de vigilancia constante cuyo máximo exponente sería el malévolo Noah Scanlon (Colin Firth), todopoderoso antagonista del relato, que posee la facultad de incluso infiltrarse en la conciencia de los demás.
A pesar de sus innegables virtudes técnicas y de la espectacularidad de las secuencias con persecuciones policiales, la película flaquea, sin embargo, en su recta final. Y es que a medida que los protagonistas se adentran en los estudios de televisión para hackear la señal global y emitir la verdad, el tono se vuelve excesivamente discursivo, como si el guion de Koepp, rindiéndose ante la alegoría política, pretendiese sermonearnos. De modo que la urgencia por insistir en un mensaje sobre los peligros del secretismo gubernamental termina por aplanar a los personajes secundarios, que por momentos se convierten en meros portavoces de las tesis del director. Circunstancia que, en definitiva, dificulta la catarsis emocional que el espectador tal vez esperaba, al verse ésta diluida por un desenlace que prioriza el impacto del thriller conspiranoico sobre la magia de la pura ciencia ficción.



miércoles, 25 de febrero de 2026

Hamnet (2025)




Directora: Chloé Zhao
Reino Unido/EE.UU., 2025, 125 minutos

Hamnet (2025) de Chloé Zhao


El ruido mediático previo a la ceremonia de entrega de los Óscar propicia que determinadas películas, candidatas a hacerse con la preciada estatuilla, estén en boca de todo el mundo. Tal es el caso de Hamnet (2025), recreación de algunos episodios de la vida doméstica de William Shakespeare, a partir de la novela homónima de Maggie O'Farrell, que dirige con solvencia la cineasta de origen chino Chloé Zhao y que ha contado con la producción de, entre otros, Spielberg y Sam Mendes.

Según esta particular visión de las circunstancias que rodearon la génesis de una de las obras cumbre del teatro universal, el principal motor para que el bardo de Stratford-upon-Avon compusiese, a principios del XVII, la tragedia del príncipe de Dinamarca no fue otra sino la muerte prematura, víctima de la peste, de su hijo varón (Jacobi Jupe), cuyo nombre de pila auguraba el del futuro Hamlet. Hecho luctuoso que, además de explicar la fuerza de sus célebres monólogos, da pie a no pocos paralelismos entre ficción y realidad.

Escenario del Globe Theatre


Sin embargo, el verdadero foco de atención de la trama no sería tanto el inmortal poeta inglés, interpretado por Paul Mescal, sino su esposa, una mujer de extracción social humilde, aficionada a la cetrería y a los conjuros, que responde al nombre de Agnes (Jessie Buckley). Así pues, el desgarrador proceso de duelo en el que se ve inmersa la madre da pie a una profunda reflexión en torno a la idea de que la literatura es, a menudo, la única forma que tenemos de mantener vivos a quienes la desgracia se llevó demasiado pronto.

Mientras que la historia oficial suele recordar a Shakespeare por sus palabras, la visión de Zhao, en cambio, se queda con el vacío que las precede: el eco de un niño que fallece para que un personaje de ficción viva eternamente. En ese sentido, la cinta encierra una lectura rotunda y devastadora: la de que Hamlet no nació de la ambición de un genio, sino más bien de la necesidad desesperada de un padre y una madre por preservar del olvido el nombre de su hijo.



viernes, 7 de junio de 2024

El diablo sobre ruedas (1971)




Título original: Duel
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1971, 90 minutos

El diablo sobre ruedas (1971) de Spielberg


Dicen que las ideas más simples suelen ser también las más fructíferas, por lo menos en lo que a tensión narrativa se refiere. Buena prueba de ello serían los noventa minutos (apenas 74 en su inicial montaje televisivo) de Duel (1971), intensa road movie, hoy película de culto, de un joven Spielberg cuyo dominio del suspense en el sentido hitchcockiano del término quedaba patente en este primer título relevante de su extensa filmografía. Partiendo de una premisa tan básica como la persecución por carretera de un camión de gran tonelaje que se dedica a acosar, sin motivo aparente, a un modesto conductor que circula a bordo de su turismo por las vías secundarias del desierto de Nuevo Méjico, se genera, sin embargo, una intriga de grandes proporciones que preludia lo que el mismo director llegaría a conseguir, con el tiempo y muchos más medios a su alcance, en títulos hoy ya míticos como Tiburón (1975).

De hecho, se podría decir que el camión cisterna (un Peterbilt, modelo 281, de 1955) tiene más de bestia fabulosa a lo Godzilla que no de máquina. Quizá por ello el guion de Richard Matheson, a partir de su propio relato, opta por un tratamiento alejado de la espectacularidad basada en explosiones y centra su trama en un enfrentamiento donde lo que prima es la superioridad física del atacante sobre la insignificancia del individuo anónimo, un magnífico Dennis Weaver (1924-2006) en el papel más recordado de su carrera. Por supuesto, dicho efecto quedaba reforzado por el hecho de que nunca llegamos a ver la cara del conductor del tráiler, de modo que el protagonismo recae plenamente sobre la mastodóntica "criatura" (según parece, Spielberg eligió este modelo y no otro porque la cabina, con la disposición de los faros y demás elementos, recuerda vagamente una cara).



No han faltado, a lo largo del tiempo, múltiples interpretaciones a propósito del sentido último de una historia que, como La cabina (1972) de Mercero, convierte lo cotidiano y aparentemente inofensivo en terrorífico. Se ha dicho que el personaje de David Mann (Weaver) simboliza la lucha del hombre contra la mecanización de un mundo cada vez más deshumanizado o incluso el empeño de un típico ciudadano de clase media sin atributos por demostrar su virilidad frente a la imponente reciedumbre de un atacante infinitamente superior. Cábalas, tal vez fruto de la mera especulación, que, tratándose de un modesto telefilme rodado en doce días cuyo éxito rebasó con creces las expectativas iniciales de sus creadores, pudieran parecer exageradas.

Cabría destacar, eso sí, la pericia a nivel técnico de un cineasta que, ya desde la escena inicial, hace un uso portentoso de recursos como el plano secuencia y la cámara subjetiva, permitiendo, por otra parte, que el espectador sea testigo en diversas ocasiones del diálogo interno del protagonista mientras éste trata de afrontar una situación que lo desborda. Detalles de maestro en ciernes (como las placas de matrícula, quizá de anteriores víctimas, que recubren la parte frontal del camión o el color rojo, símbolo de un destino sangriento, del indefenso Plymouth Valiant fustigado sin tregua sobre el asfalto) que denotan el talento de quien estaba llamado a ser uno de los puntales de la futura industria cinematográfica.

Cuesta reconocerlo, pero ese tipo de las gafas es Steven Spielberg


domingo, 10 de mayo de 2020

E.T. El extraterrestre (1982)




Título original: E.T. the Extra-Terrestrial
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1982, 115 minutos

E.T. El extraterrestre (1982)
de Steven Spielberg


Independientemente de las reticencias que su cine pueda suscitar entre algunos sectores, de lo que no cabe la menor duda es del buen olfato de Steven Spielberg para llegar al público. Sobre todo en un período en el que la industria necesitaba reinventarse continuamente. Con E.T., por ejemplo, ponía sobre la mesa una evidencia que, a principios de los ochenta, era ya ineludible: ¿a quién hay que atraer a las salas? ¿Al público adulto...? Por supuesto que no, si se tiene en cuenta que esa franja de edad llevaba mucho tiempo, para entonces, prefiriendo la pequeña a la gran pantalla.

A este respecto, el filme que nos ocupa está concebido, de principio a fin, para agradar a los niños (y, de paso, a los mayores que los acompañarán de la mano o, más tarde, alquilarán el vídeo para verlo en familia). Así pues, no sólo sus protagonistas son menores, sino que ni siquiera se muestra el rostro de los pocos adultos (el profesor, el agente de policía...) que intervienen (fugazmente) en la trama. Excepción que rompen la madre (Dee Wallace) y el personaje de Peter Coyote para cumplir una norma que, por lo demás, se sigue bastante a rajatabla.



De ahí la importancia que adquiere la escena en la que la madre, a fin de cuentas tan vulnerable como sus hijos, dada su condición de mujer abandonada por el marido, le está leyendo a Gertie (Drew Barrymore) un pasaje de Peter Pan antes de ir a dormir. O la apariencia aniñada, tanto en estatura como en ademanes, del propio extraterrestre. Detalles que el celebérrimo paseo aéreo en bicicleta, rumbo a un indeterminado Nunca Jamás cósmico, no hace sino subrayar aun con mayor énfasis.

"¡Mi casa!", "¡Teléfono!" son hoy coletillas que han pasado a la posteridad hasta alcanzar la categoría de fenómeno sociológico. No quedó nadie por ver una película sobre un alienígena extraviado que más parece una mascota y un niño llamado Elliott (Henry Thomas) que lo acoge en su casa para protegerlo del deshumanizado equipo de científicos que pretende analizarlo. Una popularidad que los subsiguientes reestrenos conmemorativos no han hecho sino acrecentar hasta convertir a E.T. en un clásico moderno: mainstream y sin aristas, como casi todo lo que hace Spielberg, pero clásico al fin y al cabo.


sábado, 9 de mayo de 2020

Tiburón (1975)




Título original: Jaws
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1975, 124 minutos

Tiburón (1975) de Steven Spielberg


El gran pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola en forma de media luna. La boca estaba lo suficientemente abierta como para permitir que un chorro de agua atravesase las branquias. Apenas sí se notaba ningún otro movimiento: alguna que otra corrección de su trayectoria, aparentemente sin rumbo, elevando o bajando un poco una de sus aletas pectorales, tal como un pájaro cambia de dirección hundiendo un ala y alzando la otra.

Peter Benchley
Tiburón
Traducción de Sebastián Martínez y Luis Vigil

A veces no es necesario romperse demasiado la cabeza para lograr que el público salga aterrorizado de la sala de proyección. De hecho, suelen ser las emociones más primarias las que producen un mayor impacto. El viejo Hitchcock sabía mucho de ello, pero también el primer Spielberg, aquel avispado niño prodigio que ya en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) había convertido un simple camión de gran tonelaje en símbolo de todos los males.

El planteamiento de Jaws no dista excesivamente de aquella persecución de carretera, con la salvedad de que el mar sustituye al asfalto. Pero es que, además, buena parte de los elementos aquí presentes pueden rastrearse con suma facilidad en no pocos clásicos del género, desde Moby Dick, donde la aversión del capitán Ahab hacia la ballena blanca es idéntica al odio que siente Quint (Robert Shaw) por los tiburones, hasta la lucha del pescador por doblegar a su presa en El viejo y el mar. Incluso The Birds (1963) se prestaría al paralelismo si cambiamos las aves por escualos: a fin de cuentas, la apacible isla de Amity no difiere gran cosa de Bodega Bay.



Queda claro, por tanto, que la película partía de unos ingredientes, tanto literarios como cinematográficos, de sobras conocidos, lo cual no fue impedimento, unido a una eficaz campaña de promoción, para que ésta arrasara en taquilla como pocas veces se ha visto en la historia del cine. Y, sin embargo, el rodaje no fue precisamente agradable, sobre todo porque los tres prototipos que se construyeron del bicharraco (apodado Bruce, como el abogado de Spielberg) dieron bastantes problemas técnicos a la hora de zambullirlos en las aguas de Martha's Vineyard.

Pero Spielberg, que ya apuntaba maneras de genio, solucionó magistralmente dichos contratiempos insinuando la presencia de la fiera en lugar de mostrar una y otra vez sus fauces: una aleta por aquí, unos bidones amarillos por allá, el cuerpo de una nadadora que desaparece súbitamente bajo la superficie y... el espectador se imagina el resto. Añádanse, para acabar de aderezar el conjunto, las notas del tema de John Williams (saqueado de La consagración de la primavera de Stravinski, dicho sea de paso) y tendremos uno de los títulos clave del cine de terror en su vertiente marítima.

Shaw, Scheider & Dreyfuss

sábado, 21 de diciembre de 2019

Gremlins (1984)




Director: Joe Dante
EE.UU., 1984, 106 minutos

Gremlins (1984) de Joe Dante

Gremlins (1984) fue una de las primeras películas que recuerdo haber visto en pantalla grande, cuando tenía apenas nueve años. Y que ahora, al revisitarla con unos cuantos más encima, compruebo que contiene gran cantidad de referencias y guiños cinéfilos, amén de un homenaje explícito a ¡Qué bello es vivir! (1946). De entrada, porque el pueblo donde transcurre la acción no sólo posee un nombre muy parecido (el Bedford Falls del clásico de Capra se transforma aquí en Kingston Falls), sino que sus calles recrean, de forma exacta, el mismo trazado de un centro urbano en el que sobresalen las fachadas de varios edificios públicos (por cierto: Regreso al futuro se rodaría, un año después, en ese mismo decorado).

Aunque no quedan ahí las similitudes: el protagonista, al igual que George Bailey, trabaja en una entidad bancaria. Y, de la misma manera que a aquél se le quedaba siempre entre los dedos el pomo del pasamanos cada vez que se disponía a subir la escalera, en la casa de los Peltzer será una espada colgada en la pared la que, invariablemente, se desprenda cuando se cierra la puerta principal. Como es, asimismo, remarcable la mezcla que llevó a cabo el guionista Chris Columbus al fusionar al inquisitivo Potter de It's a Wonderful Life con la adusta miss Gulch de El Mago de Oz (1939). Resultado: una anciana huraña y gruñona, la señora Deagle, propietaria del banco y de media ciudad, con la misma ojeriza hacia el perro del protagonista que la sufrida por el dócil Toto en aquella recóndita aldea de Kansas en la que habitaba la pizpireta Dorothy junto a sus tíos.

Billy (Zach Galligan) viendo pelis en compañía de Gizmo


Luego está ese juego de alusiones puntuales, pero igualmente destacables —la máquina del tiempo de El tiempo en sus manos (1960), la persecución en el centro comercial con Gizmo al volante que remite a ¡Hatari! (1962) pero que inspirará la de Toy Story (1995), los gremlins viendo enardecidos Blancanieves (1937) en el mismo cine en el que poco después van a ser masacrados tal y como Tarantino hará con los nazis de Malditos bastardos (2009)— que convierten a este hito de la ciencia ficción ochentera en una especie de filme bisagra entre el pasado reciente y el futuro inmediato.

Sobre lo demás habría poco que añadir: entrañables oseznos cantarines y monstruitos verdes de la factoría Spielberg gamberreando a diestro y siniestro, si bien una trama tan aparentemente mainstream deja traslucir —entre líneas, medio en serio medio en broma— el temor yanqui con respecto a la presencia de capital extranjero en el seno de su propia economía, en plena recesión por aquel entonces. En este sentido, comentarios como los del vecino, dudando de la calidad de los coches manufacturados en el extranjero frente a la, en teoría, infalible tecnología local, evidencian el declive del otrora pujante American Way of Life, cuyo reverso directo en la película sería el padre de familia inventor de cachivaches que nunca funcionan.

El director Joe Dante (es el de las gafas)

domingo, 21 de octubre de 2018

Stanley Kubrick: Una vida en imágenes (2001)




Título original: Stanley Kubrick: A Life in Pictures
Director: Jan Harlan
EE.UU., 2001, 142 minutos

Una vida en imágenes (2001)

A punto de inaugurarse la exposición que organizará el CCCB sobre Kubrick, la Filmoteca proyectaba esta tarde el documental A Life in Pictures, con la presencia de su cuñado y director de la película (Jan Harlan), así como de Katharina Kubrick, una de las hijas del homenajeado.

Narrado por Tom Cruise, el filme posee el mérito de condensar en apenas dos horas y media la trayectoria de uno de los cineastas más influyentes de todos los tiempos. Ya hacia el final del mismo, Woody Allen tiene la ocurrencia de compararlo con Orson Welles, lo cual está muy bien visto, ya que, en cierta manera, no sólo les unía un carácter temperamental (y hasta un ligero parecido físico), sino que podría decirse que el director de 2001 logró obtener de la industria todo aquello que  Hollywood había previamente negado al genio de Citizen Kane. Era tanto el poder de Kubrick que incluso logró que, en el Reino Unido, los estudios retirasen de la circulación A Clockwork Orange (La naranja mecánica, 1971) dadas las amenazas que él y su familia recibieron tras el estreno.

Katharina Kubrick y Jan Harlan

Scorsese, otro mito del séptimo arte, da la clave al definir cómo el cineasta se avanzaba a su tiempo: "Ni uno solo de sus títulos se libró de la polémica o de la incomprensión, pero diez años después ya eran considerados clásicos". Y así irán vertiendo sus opiniones a propósito del realizador Spielberg, Alan Parker, Sydney Pollack y otras personalidades que tuvieron la ocasión de trabajar con él.

Ya durante el coloquio, Harlan desvela algunas curiosidades menos conocidas sobre el director, que el pasado mes de julio habría cumplido noventa años, como el hecho de que era un apasionado de la obra de directores españoles como Carlos Saura, Jaime de Armiñán o Víctor Erice. De hecho, en cierta ocasión solicitó una copia de Cría cuervos (1976) para verla en compañía de los suyos en su retiro de Hertfordshire. Y aclara Harlan que, pese a que carecía de subtítulos en inglés, se quedaron todos a verla hasta el final, lo cual da buena cuenta de la calidad de la película. En fin, "¿a qué se habría dedicado Kubrick de no haber sido cineasta?" Harlan titubea antes de responder: "No lo sé. Tal vez fotógrafo o jugador profesional de ajedrez" Su hija, en cambio, lo tiene más claro: "¡Preparaba unas hamburguesas excelentes!" Y Riambau, siempre atento y oportuno, apostilla: "¡Has hecho caer un mito!"


viernes, 4 de agosto de 2017

Lincoln (2012)




Director: Steven Spielberg
EE.UU./India, 2012, 150 minutos

Lincoln (2012) de Spielberg


Por más que Spielberg dedicase doce años a la preparación de Lincoln (con cambio de actor protagonista de por medio: Daniel Day-Lewis acabaría aceptando, en lugar de Liam Neeson, un papel que previamente había rechazado) el resultado fue una película tan aburrida como discutible. Nadie niega el despliegue apabullante de medios ni la pericia de los intérpretes en los roles principales, pero es que cuando a Spielberg le da por ponerse solemne (y, últimamente, eso es lo habitual) no hay quien lo soporte. Sobre todo por esa doble manía tan suya de querer reescribir la historia y de querer hacer historia.

De lo primero ha dado sobradas muestras en filmes como El puente de los espías (2015), Munich (2005), Salvar al soldado Ryan (1998) o La lista de Schindler (1993), a menudo ofreciendo una visión sesgada de los hechos en función de su propia ideología. Lo segundo, tal vez lo haya logrado en números y en premios, pero jamás en parecerse a John Ford: empresa harto difícil para un cineasta cuya mediocridad intelectual difícilmente podría disfrazarse tras los presupuestos millonarios que maneja.

Pese a ser once años mayor que Daniel Day-Lewis,
Sally Oldfield interpreta a la esposa del presidente


Volviendo, sin embargo, a lo de reescribir la historia como si de la distopía imaginada por Orwell en 1984 se tratase, es moralmente reprobable el tono de momento trascendental que se le quiere dar en la película a la aprobación de la decimotercera enmienda, la que supuso que oficialmente se aboliese la esclavitud en Estados Unidos, el mismo país en el que determinadas actuaciones policiales siguen dando pie, a día de hoy, a encendidas protestas por parte de la comunidad afroamericana.

¿Cómo es posible que todavía, en pleno siglo XXI, se siga mitificando sobremanera una medida que lo que perseguía era, fundamentalmente, atraer mano de obra barata a los centros industriales de los estados del Norte? En este sentido, entre las pocas ocasiones en las que en Lincoln aflora algún apunte crítico a propósito de la cuestión racial se encuentra la escena preliminar, cuando uno de los dos soldados negros que dialogan con el presidente se atreve a sacar el tema de si algún día habrá mandos de color en el ejército, ironizando sobre la posibilidad de que al cabo de cien años hubiese un general de su raza.


sábado, 18 de febrero de 2017

El puente de los espías (2015)




Título original: Bridge of Spies
Director: Steven Spielberg
EE.UU./Alemania/India, 2015, 142 minutos

El puente de los espías (2015)


Si hace una semana decíamos, hablando de Truman, que empezar una película con una melodía de Toti Soler es el mejor de los augurios, ahora nos encontramos, justamente, frente al caso contrario: empezarla y acabarla con un texto explicativo en pantalla invita al peor de los pronósticos... aunque el guion sea de los hermanos Coen... aunque en determinados momentos se perciba la impronta del Hitchcock de Cortina rasgada...

Despliegue de medios apabullante versus contenido ideológico más que discutible: Spielberg vuelve a ensayar, una vez más, la fórmula que le hace triunfar en taquilla a pesar de la parcialidad de sus presupuestos. Porque el hecho de que, a estas alturas, el director de E.T. pretenda explicarnos qué fue realmente la Guerra Fría es tan innecesario como perverso. A fin de cuentas, lleva haciéndolo toda la vida: justificar el presente utilizando como pretexto el pasado. Así pues, la idea de fondo que subyace tras una película como Bridge of Spies vendría a ser algo así como que los espectadores deben volver a sus casas pensando que, a pesar de los  Donald Trump del día de hoy, hay hombres honestos en EE.UU. que velan por que se respeten los derechos de cualquier acusado; que, por más que siga existiendo Guantánamo, el sistema aún es capaz de mostrar conmiseración hasta con el más temible de los prisioneros, ya sea comunista o yihadista: "Every person matters..."



Insistiendo en lo arriba expuesto, algunas escenas de El puente de los espías son de sentir vergüenza ajena, como la de aquella señora que viaja en el mismo vagón de tren que James B. Donovan (el abogado al que interpreta Tom Hanks) y que primero lo mira con desdén y días después con admiración, sólo por lo que dice la prensa a favor o en contra de él. O, todavía en el tren, pero ahora a través de la ventanilla, la sensiblería del paralelismo entre los tiroteados que intentan huir saltando el muro de Berlín y unos chicos de Brooklyn trepando por una valla.

Luego están las imprecisiones e inexactitudes históricas, como mostrar la construcción del muro bajo la nieve (cuando todo el mundo sabe que se levantó en pleno mes de agosto), pero tampoco nos pasemos de estrictos, que una película no es, ni debería ser nunca, un tratado de historia. Baste señalar que Mark Rylance está más que convincente en su papel de estoico espía ruso ("Would it help?"), lo que le valdría hacerse con el Óscar al mejor secundario y volver a trabajar a las órdenes de Spielberg un año más tarde en Mi amigo el gigante. O que Eve Hewson. la hija de Bono, el cantante de U2, interpreta, a su vez, a una de las hijas del protagonista.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Encuentros en la tercera fase (1977)




Título original: Close Encounters of the Third Kind
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1977, 132 minutos

Encuentros en la tercera fase (1977)


Según los protocolos de la ufología establecidos por J. Allen Hynek (1910–1986) en lo concerniente a encuentros con alienígenas, la tercera fase es la que implica contacto. Como el que parece que están predestinados a tener quienes protagonizan uno de los títulos más interesantes de la filmografía de Steven Spielberg.

Son muchas las cosas que se han dicho y que aún se siguen diciendo a propósito de una película de culto que a nadie deja indiferente. De lo que no se ha hablado tanto, en cambio, es del hecho de que con Close Encounters of the Third Kind su director pretendía reivindicarse como algo más que un money maker. Y la maniobra que a tal efecto llevó a cabo no pudo ser más perspicaz: ofrecer a François Truffaut, buque insignia del cine de autor europeo al frente de la Nouvelle vague francesa, uno de los papeles protagonistas. Si se tiene en cuenta, además, que, en su faceta de crítico, Truffaut había sido el máximo responsable de mostrar al mundo la genialidad de Alfred Hitchcock (su larga entrevista con el mago del suspense y el posterior libro que publicaría son ya míticos), el paralelismo resulta tan tentador como inevitable.

Truffaut (izquierda) y Spielberg (centro) durante el rodaje

Pero no queda ahí la cosa: las referencias cinéfilas son constantes en el caso de un director que, como Spielberg, pertenece a una generación (la de los Lukas, Scorsese y demás tótems surgidos de las universidades americanas a finales de los sesenta) que conoce al dedillo la tradición fílmica que les antecede. Por eso no es de extrañar que la pareja Roy (Richard Dreyfuss) / Jillian (Melinda Dillon) ascienda por la escarpada ladera de la Devil's Tower de Wyoming, emulando la tortuosa escalada del Monte Rushmore protagonizada por Cary Grant y Eva-Marie Saint en Con la muerte en los talones. A fin de cuentas, en ambos casos se trata de monumentos nacionales esculpidos sobre la roca viva de una montaña. Pero por si aún quedase alguna duda, una vez arriba se nos aporta la clave definitiva: la voz del locutor que anuncia el inminente aterrizaje de las naves extraterrestres sobre la base allí construida por el profesor Lacombe y sus hombres especifica que éstas harán su entrada "por el noroeste" ("North Northwest" en inglés). ¿Y cuál era el título original de Con la muerte en los talones?: pues precisamente North by Northwest. Muy sutil y agarrado con pinzas, si se quiere, pero tan subliminal como otros cientos de detalles presentes en éste y en otros filmes de Spielberg.



Como tampoco conviene perder de vista la simbología que encierra una película que quizá tiene más de espiritualidad o política que no de ciencia ficción. ¿O acaso los alienígenas con los brazos abiertos en cruz, debidamente subrayado por la escena previa de los astronautas asistiendo a un oficio religioso antes de embarcarse, no hacen pensar en una referencia cristiana? ¿O comparar la Devil's Tower con el monte Sinaí? ¿Y los dedos de los fieles apuntando al cielo en la India?



En todo caso, sería el propio Spielberg quien, en una entrevista concedida en 2007 a Richard Schickel, aportara el sentido definitivo de una obra que se concibió en el contexto de la Guerra Fría: "Si podemos hablar con los extraterrestres, ¿por qué no con los comunistas?" [Spielberg on Spielberg. Turner Classic Movies]. Así pues, habría que ver en ese histórico "encuentro en la tercera fase" un acercamiento a la Unión Soviética. ¿Quizá por ello los cosmonautas que se incorporan a la nave nodriza, Roy entre ellos, van uniformados de rojo?

En fin: dejando al margen interpretaciones cabalísticas, lo realmente bello y cautivador de Close Encounters of the Third Kind son esas cinco notas musicales que, unidas al método ideado por el compositor húngaro Zoltán Kodály (1882–1967) para enseñar música a los niños sordos, dan a entender que el único lenguaje universal es la música.


lunes, 18 de julio de 2016

Mi amigo el gigante (2016)




Título original: The BFG
Director: Steven Spielberg
Reino Unido/Canadá/EE.UU., 2016, 117 minutos

Mi amigo el gigante (2016) de Steven Spielberg


Disney + Spielberg + Roald Dahl = The BFG. Tenía que ser en el año del centenario del nacimiento del escritor galés. Y la suma de factores da como resultado una película ampliamente imaginativa, pero en la que se aprecian, además (forzoso es reconocerlo), elementos ya presentes en las sagas de Harry Potter o de El señor de los anillos e incluso Star Wars: incomprendidos niños con gafitas de la gris Inglaterra que se refugian en su mundo de fantasía, personajes imaginarios y gigantescos que hablan un idiolecto plagado de palabros... Todo en Mi amigo el gigante obedece a unos parámetros estándar, unas fórmulas cuyo éxito ha sido sobradamente probado, en definitiva, una suerte de déjà vu que poco puede sorprendernos. 

Se podrá decir que el imaginario de Dahl es más profundo que el de J.K. Rowling: bueno, cuestión de gustos. Se podrá alabar el despliegue de medios y la buena factura de una producción técnicamente impecable: sí, sí, si nadie lo pone en duda. Se podrán argumentar mil y una excusas para justificar un tipo de cine que busca el éxito de masas por encima de todo: de acuerdo, y ello es perfectamente legítimo. Pero, por favor: que no nos vengan a estas alturas con el rollo de la genialidad y todas esas mandangas porque este The BFG es de todo menos original. Y a quien le gusten o le hagan gracia los gases de Isabel II, pues con su pan se los coma...



Lo que sí que es una experiencia que vale enormemente la pena es ver la película en el cine Phenómena de Barcelona, con ese pantallazo interminable en el que los gigantes son todavía más gigantes. La verdad es que llevábamos tiempo queriendo vivir la experiencia en primera persona y hoy, por fin, hemos tenido ocasión de hacerlo.