Director: José Luis García Sánchez
España, 2011, 86 minutos
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| Los muertos no se tocan, nene (2011) |
El título que debiera haber completado una trilogía junto a El pisito (1958) y El cochecito (1960) no pudo, sin embargo, materializarse hasta tres años después de la muerte de Rafael Azcona (1926-2008). Adaptación de una de sus novelas, Los muertos no se tocan, nene (2011) se rodó en blanco y negro y en Logroño, ciudad natal del guionista, con el objetivo de recrear la misma atmósfera de aquella España rancia en la que había pasado sus primeros años de vida. Circunstancia que, pese al esmero de la dirección de José Luis García Sánchez y su excelente reparto coral de intérpretes, no llega a lograrse de forma satisfactoria. Probablemente porque hay matices que sólo pueden captarse cuando la sordidez es real y no impostada.
Sea como fuere, el principal acierto del largometraje radica en su cuidada puesta en escena y en la entrega con la que cada miembro del elenco se mete en sus respectivos papeles. Por ejemplo, destacan interpretaciones como las de Carlos Iglesias haciendo de don Pablo, Silvia Marsó como doña Luisa, el añorado Álex Angulo o Luis Bermejo en el rol de mendigo, todos ellos defendiendo con convicción aquella mordacidad y ritmo chocarrero tan propios del universo azconiano. A su vez, la dirección de fotografía de Federico Ribes busca explicitar una valiosa filiación estética con el neorrealismo ibérico y la sátira característica de la revista La Codorniz.
Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de David Trueba y Bernardo Sánchez, autores del guion, la película acusa el inevitable abismo temporal respecto al contexto en el que fue concebida. Distanciada, así pues, de la dirección visceral que le habrían imprimido en su momento Ferreri o Berlanga, la realización de 2011 peca por momentos de cierta rigidez técnica e incluso teatralidad en los movimientos de cámara. Aun así, y pese a no alcanzar la maestría de sus dos precedentes, constituye un tributo nostálgico, digno y sincero, a la memoria literaria de Rafael Azcona y al cine que retrató las miserias de la España franquista.
En definitiva, Los muertos no se tocan, nene quedará para la posteridad como una estimable cápsula del tiempo cinematográfica que, más allá de sus imperfecciones de ritmo y tono, vale la pena ser tenida en cuenta por su incalculable valor patrimonial y sentimental. Su mérito consiste en haber devuelto a la vida una pieza perdida del mejor costumbrismo negro de nuestro cine (a base de bulliciosos patios de vecinos y adolescentes enamoradizos que escriben sus primeros versos), regalando a los espectadores una última y entrañable oportunidad para reencontrarse con la mirada ácida, humana y siempre genial de Rafael Azcona.



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