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martes, 21 de abril de 2026

Fin de curso (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 91 minutos

Fin de curso (1943) de Iquino


Curioso intento de comedia musical por parte del prolífico Iquino (con banda sonora, por cierto, de su propio padre, Ramón Ferrés), rodada en la Barcelona de principios de los cuarenta, es decir, apenas transcurridos cuatro años tras la finalización de la contienda civil. Cine de evasión, por tanto, a propósito de una residencia universitaria cuyos jóvenes huéspedes cantan, estudian (muy poco) y sobre todo se enamoran. Ni que decir tiene que, pese al blanco y negro, todo es de color de rosa...

La reciente restauración, por parte de la Filmoteca de Catalunya, a que ha sido sometida la cinta le devuelve parte de su esplendor y gracejo original, sacando a la luz unos magníficos exteriores de la Universidad Central y sus aledaños, así como del parque de atracciones del Tibidabo, popular enclave en el que transcurre el tramo final de una película que invitaba al espectador de la época a mirar hacia el futuro con optimismo, aunque no tuviese demasiados motivos para ello.



Aparte del típico enredo en la susodicha residencia, donde la afable señora Loreto cuida de los alumnos internos como si fuesen sus propios hijos (no en vano, perdió al suyo, presumiblemente, en la guerra), Fin de curso (1943) posee además un innegable valor documental, sobre todo por la insólita secuencia, ambientada en un antro ligeramente bohemio y mundano (cuyas paredes aparecen adornadas con frases del tipo "La poesía es el lenguaje de los dioses"), en la que el speaker de la sala presenta a las celebridades que allí se dan cita. Una larga nómina de actores y escritores en la que sobresalen personalidades de la talla de Jardiel Poncela, Pepe Isbert, Guillermo Marín, Raúl Cancio, Adriano Rimoldi, Juan de Orduña, Isabel de Pomés o Fernando Fernán Gómez.

Encabezaba el reparto Luchy Soto, en el papel de Celi, dato inaudito habida cuenta de que las mujeres apenas representaban un ínfimo porcentaje en las aulas universitarias de la España autárquica. Aun así, la joven, de extracción social humilde, tiene tiempo de preparar los exámenes y flirtear, simultáneamente, con su compañero Miguel (Vicente Vega), si bien el protagonismo se lo llevan, la mayor parte de las veces, los secundarios, entre los que destacan Fernando Freyre de Andrade (el adusto don Rodrigo), Ángel de Andrés (el saleroso sevillano Gorito) y sobre todo Mary Santpere, quien demuestra aquí, haciendo de doncella deslenguada, una vis cómica, física y verbal, que ya anunciaba su estatus de leyenda.



viernes, 17 de mayo de 2024

Rosas de otoño (1943)




Director: Juan de Orduña
España, 1943, 66 minutos

Rosas de otoño (1943) de Juan de Orduña


La cosa va de bailes de gala y veladas en la ópera, de teléfonos blancos, criadas con cofia y cartas perfumadas, pero, sobre todo, de los dimes y diretes que unos encorsetados matrimonios de la alta sociedad mantienen entre sí a consecuencia de los deslices amorosos de unos maridos especialmente mujeriegos. Circunstancia que se acaba saldando, como no podía ser de otro modo en aquella España autárquica de los primeros cuarenta, con la resignada mansedumbre de las abnegadas esposas.

Las actuaciones del reparto, encabezado por María Fernanda Ladrón de Guevara (Isabel) y Mariano Asquerino (Gonzalo), adolecen de un evidente regusto teatral, típico de la época, que en el caso de los secundarios Julia Lajos (Laura) y Fernando Fernán-Gómez (Adolfo Barona) se convierte, en cambio, en una simpática comicidad. A este respecto, la primera encarna a una oronda y desinhibida soltera que no duda en mostrar abiertamente su interés por los hombres, mientras que el segundo, en su habitual rol de galán cómico, interpreta a un refinado señorito parisino de marcado acento francés.



El drama escénico de Jacinto Benavente en el que se basa Rosas de otoño (1943) se había estrenado en Madrid a principios de siglo, si bien la lectura que de él hacen Juan de Orduña y su guionista Antonio Mas Guindal se enmarca en la retrógrada moral franquista que reservaba para la mujer un triste e insignificante papel supeditado a la voluntad masculina. De ahí que Isabel intente disuadir por todos los medios a su hijastra María Antonia (Marta Santaolalla) de que abandone a Pepe (Luis Prendes) por Federico (José María Seoane), pese a que el marido la engañe a cada momento y el otro se deshaga en atenciones con ella.

Por lo demás, la rancia moralina que encierra la historia resulta hoy por completo inasumible y esas rosas otoñales a las que alude el título, esos "amores santos que saben esperar" (y perdonar), en oposición a los amores fáciles y pasajeros que "ven deshojarse todas sus flores en una breve primavera", difícilmente entrarán en los esquemas mentales de un espectador medio del siglo XXI. Afortunadamente. Queda al menos la película como documento histórico y prueba fehaciente de lo que un día fue este país.



viernes, 28 de abril de 2023

Vacaciones para Ivette (1964)




Director: José María Forqué
España, 1964, 84 minutos

Vacaciones para Ivette (1964) de Forqué


Sin pretender ser otra cosa que una divertida comedia doméstica, Vacaciones para Ivette (1964) proporciona, no obstante, un inmejorable fresco a propósito de una sociedad tan acomplejada como ansiosa por abrirse al exterior. A este respecto, los miembros del clan Aranda, encabezado por el irrisorio paterfamilias don Federico (José Luis López Vázquez), encarnan a la perfección el estereotipo del españolito subdesarrollado que no puede resistirse a los encantos de una jovial francesita (Catherine Diamant) recién llegada de París.

La trama, no muy alejada en espíritu de otros proyectos del productor Pedro Masó, como la exitosa saga iniciada poco antes con La gran familia (1962), combina elementos estrictamente tópicos (lo mismo en la caracterización de tipos y ambientes castizos que a la hora de retratar sus equivalentes parisinos) con la inocencia juvenil de un amor de verano o las travesuras infantiles protagonizadas por los más pequeños de la casa.



También la suegra (Guadalupe Muñoz Sampedro) resulta enormemente graciosa en sus continuas refriegas con el yerno, de la misma manera que la siempre histriónica Gracita Morales interpreta por enésima vez su característico papel de sirvienta deslenguada. Ingredientes, hábilmente aderezados en el magistral guion de Vicente Coello (repleto de diálogos y réplicas brillantes), que, en manos de un director de la talla de José María Forqué, da como resultado una eficaz película de costumbres.

Mientras tanto, la otra familia, la de los Bernard, acoge durante unos días a Andrés, el típico crío con gafas y algo apocado. Pero aparte de un padre que toca el trombón en un bateau mouche y un niño gamberro que no para de fastidiar al pobre huésped español, apenas alcanzan la vivacidad de sus homólogos madrileños.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

Lola, espejo oscuro (1966)




Director: Fernando Merino
España, 1966, 102 minutos

Lola, espejo oscuro (1966) de Fernando Merino


Nunca fui aficionada a escrituras y, de no haber conocido a Juan, jamás hubiera dedicado una tarde a conseguirme unos papeles decentes y una de esas plumas encaperuzadas que vienen de América y que, después de algunos fastidiosos esfuerzos, escriben bien y dan tono.

Sin embargo, siempre me barruntaba yo que mi vida no era la vida de una cualquiera, ni mucho menos. Porque, desde chica, y aun antes de nacer, según creo, parezco destinada a cosas grandes, a que la gente se fije en mí y a que muchos anden de coronilla por satisfacer mis deseos.

Darío Fernández Flórez
Lola, espejo oscuro

"¡A mí se me conquista con dinero, no con novelas!" Quien así de tajante se expresa es Lola (Emma Penella), la protagonista de esta singular historia, y el pobre hombre que recibe tan terrible exabrupto es Rodolfo, alias "El Espichao" (Manolo Gómez Bur). Aunque, a decir verdad, una muchacha de tales características, que ni se anda con rodeos ni tiene pelos en la lengua, bien pudiera contestarle lo mismo a cualquier otro galanteador que se dedicase a importunarla con exigencias amatorias.

Hay, sin embargo, un hombre, médico de profesión, por el que Lola siente debilidad, hasta el punto de estar dispuesta a rehabilitarse si hiciera falta. Porque, a diferencia de los demás, Juan (Carlos Estrada) le canta las verdades a la cara en lugar de adularla, cosa que, tratándose de una descarriada desvergonzada como es ella, provoca el efecto regenerador que busca la película (y no tanto la novela).



Darío Fernández Flórez (1909-1977) dedicó toda una trilogía a glosar la figura de esta prostituta, completada, ya en la década de los setenta, con Nuevos lances y picardías de Lola, espejo oscuro (1971) y Asesinato de Lola, espejo oscuro (1975). Insistencia que no hace más que poner de manifiesto la inmensa fascinación que los integrantes de la corriente tremendista sentían hacia los personajes marginales o, como en este caso, libertinos.

Escrita y producida por José Luis Dibildos para Ágata Films, Lola, espejo oscuro adolece de las típicas carencias propias de un filme condenado a lidiar con la censura desde el mismo momento de ser concebido, si bien deja traslucir, al mismo tiempo, esa morbosidad, tan típica de las sociedades reprimidas, hacia los mismos pecados que luego se critican públicamente. En cualquier caso, lo llamativo de esta versión fílmica, con su guion un tanto disperso y un humor más amable que corrosivo, es que lo yeyé acaba por imponerse a la sordidez.


martes, 3 de octubre de 2017

Viaje sin destino (1942)




Director: Rafael Gil
España, 1942, 63 minutos

Viaje sin destino (1942) de Rafael Gil


Muchos años antes (sesenta, concretamente) de que el francés François Ozon llevase a la pantalla la pieza teatral Ocho mujeres de su compatriota Robert Thomas, el prolífico Rafael Gil había dirigido en la España autárquica de los primeros cuarenta una película remotamente parecida en su planteamiento. Se trata de Viaje sin destino, coescrita junto al guionista José Santugini y protagonizada por la pareja Antonio Casal y Luchy Soto.

Así pues, en ambos filmes habrá alguien que urde una farsa de misterio en una antigua mansión con la finalidad de asustar o entretener a un grupo de personas. La diferencia, en cambio, estriba en el hecho de que mientras Ocho mujeres tomará como referencia el suspense de tradición hitchcockiana y de las novelas de Agatha Christie en Viaje sin destino la inspiración surgía de caricaturizar las películas de terror de la Universal.

Como en ¡A mí la legión!, Miguel Pozanco sacará partido
 de su marcada vis cómica


Una agencia de viajes en quiebra es la excusa perfecta para que el avispado Poveda (Casal) organice expediciones que se avanzan, en mucho, a las actuales ofertas de ocio. De hecho, sus palabras ante el consejo de administración de la empresa rebosan un entusiasmo rayano en la sagacidad: "Hace tiempo he llegado al convencimiento de que el turismo por sí solo no interesa a nadie. Es preciso complicarlo con la aventura. El turismo carece de aliciente desde que el cine ha divulgado los más escondidos paisajes de la Tierra. Además, la civilización ha suprimido las tierras peligrosas. Ha hecho de las tribus de antropófagos colonias de pacíficos nudistas. ¡Ah, pero la imaginación es invencible! ¡La imaginación puede crear un mundo nuevo en nuestro viejo mundo!"

De modo que, al llevar su proyecto a la práctica, no sólo conocerá el éxito, sino también a la mujer de sus sueños: una campeona de natación (Soto) con la que ya había protagonizado un encontronazo en la playa. Además, en el hotel La luna rosa van a coincidir con el viejo Garviza (Alberto Romea), un anciano que vive atormentado por el recuerdo (y el fantasma) de su malogrado hijo. En cualquier caso, y a pesar de su brevedad (apenas una hora), Viaje sin destino prefigura lo que, andando los años, serán atracciones como "El túnel del terror" o los viajes en grupo a destinos exóticos.

Alberto Romea (Garviza)

domingo, 23 de abril de 2017

Historias de la televisión (1965)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1965, 109 minutos

Historias de la televisión (1965)


Coincidiendo con el décimo aniversario del estreno de Historias de la radio, a Sáenz de Heredia le cayó el encargo de rodar lo que vendría a ser una secuela made in Spain. No puede decirse de Historias de la televisión (1965) que fuese una película redonda, ni mucho menos, pero sí vale la pena analizarla desde el punto de visto sociológico, con toda esa pléyade de personajes que representan al españolito medio de la época, ansioso de sacar unas pesetillas de aquí o de allá. Como Felipe Carrasco (Tony Leblanc), de profesión concursista o Katy (Concha Velasco) obsesionada con triunfar en el mundo de la canción.

Siguiendo una fórmula muy al uso en aquel entonces, la producción contó con la mayoría de secundarios del momento, amén de no pocos cameos (José Luis Uribarri, Pedro Chicote, Luis Aguilé...) El argumento era lo de menos y contenía un poco de todo: desde una corrida en la que Katy saltaba al ruedo como espontánea hasta un concurso de saltos de trampolín con Felipe pegando planchazos, pasando por Eladio (José Luis López Vázquez) disfrazado de gorila. En cuanto a los diálogos... Pues una sarta de chistes fáciles (bueno: alguno hay salvable, sí).

Leblanc - Uribarri - Coll


Y luego están las anécdotas por las que una película de circunstancias como ésta, concebida sin mayor ambición que la de hacer taquilla, acaba pasando a la historia. La más destacable: la dichosa "Chica ye-yé" que la Velasco canta desgañitándose, acompañada por su conjunto (los Three Horses, con Luis Varela de batería).

Aunque, a tenor de lo dicho en el párrafo anterior, quizá deberíamos puntualizar que cuando calificamos Historias de la televisión de "película de circunstancias" no es por capricho: en primer lugar, quienes la rodaron no se tomaban muy en serio el formato televisivo. De hecho, el prólogo inicial con una voz en off ya arroja una imagen frívola del medio, con esos seriales americanos de lenguaje soez que se cuelan en los salones de las casas a la hora de comer. Pero es que, además, el filme se rodó como se hacía la televisión en aquel entonces: con sonido directo y en tiempo real. Lo cual nos da una idea de la inmediatez que se pretendía transmitir con un producto muy del momento, fresco y sin voluntad de perdurar.

"¡No te quieres enterar, ye-yé!"

sábado, 15 de abril de 2017

¡¡Campeones!! (1943)




Director: Ramón Torrado
España, 1943, 76 minutos

¡¡Campeones!! (1943) de Ramón Torrado


El prolífico Ramón Torrado debutaba en el largometraje en 1943 con una comedia futbolística protagonizada por "los ases del fútbol internacional". Zamora, Quincoces, Gorostiza, Polo, Pasarín, Mesa: he ahí la alineación con la que el cineasta pudo contar a sus órdenes para el rodaje de ¡¡Campeones!!, proyecto basado en una idea original del productor Cesáreo González, máximo responsable de Suevia Films.

La película, imbuida de una inusual deportividad, va precedida de un texto que, por lo especialmente encomiástico de su retórica, vale la pena reproducir aquí en su integridad:

La productora Suevia films, deseosa de ofrecer al mundo deportivo una película que refleje el ambiente de fútbol, ha logrado reunir este grupo de primeras figuras que para todos son ya familiares. Las pasiones que el fútbol despierta, las costumbres aventuras y rivalidades de dos equipos imaginarios, son base de este film donde, a propio intento, se ha procurado huir de todo paralelo con equipos determinados y conocidos, pretendiendo tan sólo reflejar en la pantalla ese actual entusiasmo encendido que en España se acentúa cada día más desde aquella famosa "furia" tan española, envuelta siempre en la más correcta y romántica caballerosidad deportiva.

Quincoces y Zamora se dan la mano en plena charla táctica

Se evitaba así herir susceptibilidades, haciendo que el peso de la acción recayese sobre dos equipos imaginarios que además eran amateur: el Deportivo Locomotor y el Volador Club de Fútbol. Aunque, en vista de cómo ha evolucionado dicha disciplina y teniendo en cuenta los sueldos astronómicos que mueve a día de hoy, eso de la "correcta y romántica caballerosidad deportiva" suena más a guasa que a otra cosa. Sobre todo porque hace ya mucho rato que semejante lema dejó de cuadrar con el actual prototipo de jugador hortera: un mercenario tatuado, teñido, barbudo y con el cuerpo tachonado de piercings.

Pero se ve que en los años cuarenta eso de los valores aún tenía algún predicamento en las canchas de juego. Véase, si no, cómo Pablo (Ricardo Zamora) y Jaime (Jacinto Quincoces) reprenden severamente a un compañero por lo inapropiado de su conducta:

PABLO: ¡No te extrañe, Julio, si algún día me veo obligado a sustituirte en el equipo! ¡Ya te he dicho muchas veces que el alcohol y el deporte son incompatibles!
JAIME: ¡Y yo, como superior tuyo y como deportista, te exijo que abraces a este muchacho a quien acabas de ofender!

Decididamente, eran otros tiempos. Pero lo interesante del caso es que quienes así se expresan no sólo son futbolistas, sino que ante todo son obreros ataviados con su mono de trabajo. De lo que se desprende la voluntad del régimen de equiparar el discurso de la deportividad con el de la rectitud y el sacrificio en el ámbito laboral. Vamos: que lo del pan y el circo se queda corto al lado de la perversa maquinaria propagandística que se esconde tras una peli como ésta...

Pablo (Ricardo Zamora) se apresta a parar un penalti

sábado, 17 de septiembre de 2016

Tuvo la culpa Adán (1944)




Director: Juan de Orduña
España, 1944, 80 minutos

Tuvo la culpa Adán (1944)


Quien esté familiarizado con el cine americano de los años treinta y cuarenta sin duda reconocerá en Tuvo la culpa Adán (1944) rastros de Frank Capra, Leo McCarey y de las screwball comedies en general. Hasta la banda sonora de Juan Quintero parece tener resonancias chaplinescas (toda vez que su leitmotiv recuerda bastante al de Tiempos modernos). Que el cine español de aquel entonces, en especial las producciones Cifesa, tuvo a menudo como referente las películas made in Hollywood está, pues, fuera de toda duda. De hecho, el presente filme llegaría a estrenarse en 1949 en Estados Unidos, algo no muy frecuente en aquel entonces.

Basada en la novela homónima de Luisa María Linares y contando con Rovira Beleta en las funciones de adjunto a la dirección, Tuvo la culpa Adán incluye los elementos indispensables en una comedia de enredo: una joven novicia amnésica, una familia de solterones misóginos, prometidos y prometidas abandonados al pie del altar, ladrones de guante blanco, bodas múltiples, una confusión de maletas (con todo lo que eso implica), fiestas de alto copete, llamadas con teléfono blanco, próceres en el calabozo... En fin: lo "normal" en estos casos.

Gerardo (Rafael Durán) y Nora (María Esperanza Navarro)

Como ya hiciera un año antes en Deliciosamente tontos y apenas unos meses después en Ella, él y sus millones, el director Juan de Orduña se rodeó de un magnífico elenco de actores, entre los que destacan los secundarios Juan Espantaleón (Nazario Olmedo de Alcaraz, lleva treinta años escribiendo un doctísimo libro y es sumamente aficionado a citar a Séneca y a Plauto), Guadalupe Muñoz Sampedro (la doctora Sandalia Bernal, paladín de la misandria y devota de San Ataúlfo), Juan Calvo (el Adán que da título a la historia), Joaquín Roa (barón y "papaíto" del clan Olmedo), Ana María Campoy (Leti, mujer de mundo), Xan das Bolas (gallego profesional que aquí hace de guardia) o Antonio Riquelme (Santos, uno de los hermanos) y el trío protagonista integrado por el galán Rafael Durán (Gerardo Bernal), Luchy Soto (la caprichosa Marisa Giner) y la debutante María Esperanza Navarro (Nora Urquiza).

Sin llegar a igualar a las obras maestras que le sirvieron de modelo (en determinados momentos, Tuvo la culpa Adán adolece, tal vez por la procedencia teatral de algunos de sus intérpretes, de cierta rigidez y falta de naturalidad en algunos diálogos), la impresión de conjunto es, sin embargo, bastante satisfactoria. Por si hubiera alguien interesado en descubrirla, adjuntamos el enlace para que pueda ver la película.


viernes, 1 de julio de 2016

La malquerida (1940)




Director: José López Rubio

España, 1940, 84 minutos

La Malquerida (1940) de José López Rubio

El que quiera a la del Soto
tiene penas de la vida:
por quererla quien la quiere
la llaman la Malquerida.

Adaptación cinematográfica del drama homónimo de Jacinto Benavente que se rodó en los estudios Orphea de Barcelona bajo la dirección de José López Rubio. Cuenta la historia de la aldeana Acacia (Luchy Soto), una joven cortejada por unos y por otros y cuyo padrastro (Jesús Tordesillas) la intentará seducir infructuosamente.

Una evidente impronta folclórica, casi pintoresquista, está muy presente a lo largo de un filme que pretendía captar la esencia del medio rural castellano: los vestidos tradicionales que lucen las mujeres en la corrida de toros de Oropesa (Toledo), la serenata que dedican los mozos del pueblo a Acacia o, simplemente, la forma de hablar (y de escribir) de los lugareños son sólo algunos ejemplos que ponen de manifiesto una actitud, por parte de López Rubio, a medio camino entre lo antropológico y el costumbrismo tradicionalista de corte romántico.

Quizá debido a ello, los valores tanto implícitos como explícitos que se desprenden del argumento obedecen a un marcado conservadurismo, según el cual la mujer debe vivir supeditada a los dictados del hombre. De ahí que Esteban (Jesús Tordesillas), quien también ejerce de cacique en la hacienda de El Soto, se sienta totalmente legitimado en sus aspiraciones a doblegar la voluntad de madre e hija. Para lo cual irá tejiendo un complejo entramado con la finalidad de acabar con la vida de Faustino (Carlos Muñoz) y la de Norberto (Julio Peña).

Por eso resulta tan fácil establecer un paralelismo entre la situación concebida por el Nobel Benavente y la de algunos mitos presentes en la tragedia griega: la debilidad del padrastro es equivalente a la de Fedra y el destino, en ambos casos, acabará sentenciando sin miramientos: la sangre de la madre (Társila Criado) adquiere, entonces, un valor redentor que la equipara con Cristo.

En el apartado técnico, merece ser destacada, por último, la música que el compositor Jesús Guridi creó para la ocasión, todo un lujo si se tiene en cuenta la relevancia que el vasco llegaría a adquirir en el ámbito musical internacional.

viernes, 21 de agosto de 2015

¡Harka! (1941)




Director: Carlos Arévalo
España, 1941, 68 minutos

¡Todo por la caspa!

¡Harka! (1941) de Carlos Arévalo

harca.

(Del árabe marroquí ḥarka, campaña militar, y este del árabe clásico ḥaraka, movimiento).

1. f. En Marruecos, expedición militar de tropas indígenas de organización irregular.

2. f. Partida de rebeldes marroquíes.

El cine de hazañas bélicas gozó de un periodo dorado en nuestro país tras la guerra civil con el objetivo de ensalzar los valores del bando vencedor. Ello se ve muy claramente en el caso de películas como ¡Harka!, engendro fílmico destinado a mostrar (cuando no a idealizar) las supuestas heroicidades de los aguerridos oficiales españoles que no dudaban en jugarse la vida poniéndose al frente de tropas indígenas con tal de mantener a raya a los insurgentes marroquíes.

El omnipresente Alfredo Mayo encarna en esta ocasión al Capitán Santiago Balcázar, algo así como la versión falangista de Santiago Matamoros: buen conocedor de las costumbres locales, Cid Campeador moderno, abnegado adalid de la castrante disciplina castrense, se apalanca las botellas de Johnnie Walker que da gusto: ¡eso es un hombre! Y crea escuela (que es lo más grave), toda vez que el Teniente Carlos Herrera seguirá sus pasos, no sin antes mandar a paseo a su prometida Amparo (¡qué se habrá creído esa fresca! ¡Mira que cruzarse en el camino de un gerifalte para embaucarlo jugando al tenis, asistiendo a bailes y perdiendo el tiempo en boberías semejantes...!). Suerte que, en la vida real, los actores Luis Peña y Luchy Soto tuvieron bastante más sentido común, pues habiéndose enamorado durante el rodaje, posteriormente se casarían.

Como puede apreciarse, por tanto, en ¡Harka! se hace apología de un concepto de virilidad basado en la obediencia ciega y la adhesión inquebrantable a la causa, al tiempo que se muestra a los marroquíes como simples súbditos cuya obligación es doblegarse a los dictados de sus superiores (las arengas en "indio" de los oficiales españoles a los miembros de su harca no tienen desperdicio). Y todo eso en una producción, rodada en los estudios Trilla-Orphea de Barcelona, que pretendía enaltecer "la espléndida hermandad Hispano-Marroquí". Desde luego, hay que ver cuánto cinismo...