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sábado, 4 de marzo de 2023

La busca (1966)




Director: Angelino Fons
España, 1966, 92 minutos

La busca (1966) de Angelino Fons


Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.

Pío Baroja
La busca

El primer largometraje dirigido por Angelino Fons (1936-2011) adaptaba libremente la novela homónima de Baroja. Tan libremente que en ella no queda ni rastro de muchas situaciones y personajes, algo, por otra parte, bastante lógico, considerando la propensión del escritor vasco a describir tipos y más tipos pintorescos. A este respecto, el principal mérito de aquel joven cineasta, que apenas tres años antes se había diplomado en la mítica Escuela Oficial de Cine, consiste en darle continuidad a la trama mediante transiciones perfectamente calculadas. Destellos de la vida de Manuel (Jacques Perrin) en su azaroso periplo por un Madrid decrépito.

Hay, por cierto, algo pasoliniano en esos exteriores en ruinas en los que transcurre buena parte de la acción: escenario idóneo para situar al espectador en un punto equidistante entre la crisis finisecular, consecuencia directa del desastre del 98, y la propia miseria del régimen franquista. Porque conviene recalcar que, además de película de época, La busca (1966) pretendía sobre todo establecer una correspondencia entre aquel regeneracionismo noventayochista y la necesidad de sacar a España del letargo en el que aún seguía sumida tras treinta años de dictadura militar.

Manuel (Jacques Perrin) y Rosa (Emma Penella)


En ese afán por poner al día el mensaje revolucionario que encierran las páginas de la novela, la música de Luis de Pablo aporta una cierta dosis de modernidad, en la misma medida en que el prólogo incendiario con el que se abre la cinta pone el dedo en la llaga a propósito de los males que tanto a finales del XIX como ya superado el ecuador del siglo XX determinaron el atraso de la nación: "Parecía que el mundo avanzaba y nosotros estábamos parados".

La cuestión social, pues, juega un papel importantísimo como trasfondo en el que se desarrolla la lucha por la supervivencia de un adolescente cuya vida en la capital estará marcada por una continua sensación de desamparo. "Para él, como para su patria", sentencia la voz en off, "el futuro era una mezcla de amenaza, incertidumbre y confusión".

Manuel (Jacques Perrin) y Justa (Sara Lezana)


domingo, 19 de junio de 2022

El poder del deseo (1975)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1975, 107 minutos

El poder del deseo (1975) de J.A. Bardem


Ara el cor em corria amb un rebombori terrible. Se m’escapava per la boca, m’ofegava. Vaig haver de repensar-me contra el muntant, vençut per un pànic insensat, cerval, que no havia sabut preveure. No havia sabut preveure res. Perquè fins ara, fins aquest moment precís, aquell acte proper no abandonava la meva imaginació per convertir-se en realitat. Havia assentit als projectes de la Juna, havia realitzat tots els preparatius a consciència, havia penetrat clandestinament a la casa… Però tot havia estat un somni. I ara em despertava. Dins d’uns moments, mataria un home…

Manuel de Pedrolo
Joc brut

Por segunda vez, Juan Antonio Bardem recurría a Marisol como reclamo comercial para una de sus películas "alimenticias". Adaptación de la novela Joc brut ('Juego sucio') de Manuel de Pedrolo, El poder del deseo (1975) transita por los cauces habituales del thriller y el drama policíaco. En ese sentido, el personaje de Juna (Marisol) responde a los parámetros de lo que vendría a ser una moderna femme fatale, siempre dispuesta a sacar provecho de sus encantos (y de su amplia colección de pelucas) con tal de arrastrar al crédulo Javier (interpretado por el cantante británico Murray Head) hacia una espiral sin retorno.



Según parece, Pedrolo (que había escrito la novela, una década antes, en apenas nueve días) no quedó, sin embargo, muy satisfecho con el enfoque más bien erotizante que Bardem y Azcona le dieron al guion. Disconformidad que se agravaría cuando el escritor tuvo noticia de la cantidad irrisoria que iba a percibir en concepto de derechos de autor. Y, por si ello no fuera poco, la propia Marisol denunció al productor, Serafín García Trueba, por no haber percibido la totalidad de los dos millones y medio de pesetas de la época a los que ascendía su salario.

Por lo demás, la cinta contó con la participación de un elenco de intérpretes entre los que destacan José María Prada, en el papel de Sorribes, y Lola Gaos como madre de Javier. Los exteriores se rodaron a caballo entre Madrid y Barcelona. Y la banda sonora, uno de los pocos elementos salvables de la película, corrió a cargo del compositor José Nieto.



sábado, 26 de febrero de 2022

Los chicos con las chicas (1967)




Director: Javier Aguirre
España, 1967, 81 minutos

Los chicos con las chicas (1967) de Javier Aguirre


Poco o nada tiene que envidiar Los chicos con las chicas (1967) a las películas que Richard Lester llevó a cabo con los Beatles (y entiéndase la comparación en el sentido amplio del término: igual de fresca, igual de intrascendente). Pero claro, los Bravos no eran de Liverpool. Y eso, al parecer, se ve que resta caché. Sin embargo, cualquiera que revise la cinta dirigida por Javier Aguirre, sobre todo en su copia restaurada, forzosamente tendrá que rendirse a la evidencia de que se trata de una pequeña joya en su género.

Al margen de la inconsistencia de su argumento (el cantante de la banda se enamora de una linda colegiala y se las ingenia para ingresar como profesor de música en la escuela donde la chica se halla interna), lo cierto es que los decorados de Ramiro Gómez, así como el diseño de vestuario de Miguel Narros, resultan absolutamente deliciosos. Por no hablar de la secuencia de animación, a cargo del siempre genial Francisco Macián, que sirve de acompañamiento para el tema "Sympathy": verdadero portento que anticipa las filigranas realizadas al año siguiente por el mismo artesano en Dame un poco de amooor...! (1968).



La frivolidad del planteamiento no es óbice para encontrar nombres ilustres en un reparto en el que, además del grupo musical que se pretendía promocionar, destaca la presencia de Lola Gaos como severa directora del centro educativo donde transcurre parte de la acción. Y lo mismo podría decirse a propósito de la vis cómica de unas magníficas María Luisa Ponte (Señorita Sarmiento) o Laly Soldevila (la extravagante profe de educación física), ambas estupendas en sus respectivos papeles de maestras puritanas.

En definitiva, un desenfadado estallido de tonalidades pop al servicio del quinteto liderado por Mike Kennedy. Lo cual, en una época previa al desarrollo comercial de la industria del videoclip, deja constancia de su repertorio más célebre, en especial la icónica "Black is Black" con la que se abren y se cierran los títulos de crédito.



sábado, 12 de febrero de 2022

El sonido de la muerte (1966)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1966, 91 minutos

El sonido de la muerte (1966) de J.A. Nieves Conde


Extraña mezcla de elementos tremendamente diversos la que se da cita en El sonido de la muerte (1966). A grandes rasgos, la fórmula pudiera resumirse más o menos como sigue: veteranos de guerra reconvertidos en cazadores de tesoros, maldiciones milenarias de la Grecia profunda y, por último, una criatura prehistórica invisible capaz de sembrar el pánico por doquier. Queda claro, pues, que la cinta, ideal para su pase en sesiones de madrugada en Sitges o canales temáticos especializados en serie B, hará las delicias de quienes adoran la vertiente más kitsch del cine de terror.

Un reparto de apenas ocho intérpretes contribuye a acentuar la sensación de claustrofobia que atenaza a los personajes, cinco hombres y tres mujeres sobre los que se cierne la espeluznante amenaza de un mal desconocido. A pesar de lo cual, algunos de ellos, como Stavros (Francisco Piquer), el doctor Asilov (James Philbrook), Dorman (José Bódalo) o André (Antonio Casas), pondrán su vida en peligro con tal de hacerse con una estatuilla de oro macizo supuestamente enterrada en el interior de una caverna.



Pero el hallazgo de unos misteriosos ovoides de piedra negra, unido a los aterradores alaridos que preceden a cada ataque, anuncian la presencia de un peligrosísimo ser cuyos envites sitúan la acción en un escenario que oscila entre los arcanos de la ciencia ficción y los sangrientos estragos propios de una horror movie.

No faltan incongruencias, sin embargo, (ausentes de la versión internacional doblada al inglés) como el acento sevillano de la malograda Soledad Miranda, quien, además de encarnar a la candorosa María, se marca unos pasos de sirtaki con los que se pretende poner de manifiesto su condición de griega "de pura cepa". Gajes de un producto, pergeñado en los madrileños Estudios Bronston, en el que, aparte del inefable Arturo Fernández en el papel de simpático chófer que ha bautizado a su todoterreno con el nombre de Diana, interviene la polaca Ingrid Pitt (1937–2010) en una de sus primeras apariciones cinematográficas.



viernes, 11 de febrero de 2022

El diablo también llora (1963)




Director: José Antonio Nieves Conde
España/Italia, 1963, 94 minutos

El diablo también llora (1963) de J.A. Nieves Conde


Tremendo dramón con tintes de cine negro, El diablo también llora (1963) conecta, a su vez, con una amplia gama de subgéneros que van desde las películas de juicios hasta las agrias rencillas familiares, con crimen pasional incluido. Un cóctel explosivo mediante el que su director, José Antonio Nieves Conde (1915-2006), aspiraba a repetir el éxito cosechado una década antes gracias a la soberbia Los peces rojos (1955). De ahí que, como en aquel caso, la acción transcurra parcialmente en la ciudad de Gijón, si bien la protagonista femenina se traslada a Madrid huyendo de un marido al que ya nada la une.

Durante el viaje en tren, Ana Sandoval (la italiana Eleonora Rossi-Drago) conoce a un apuesto abogado llamado Tomás Baeza (Paco Rabal), quien pagará su pasaje para evitar que el revisor (Antonio Ferrandis) dé parte a las autoridades ferroviarias. A su vez, el despechado doctor Quiroga (Fernando Rey) sigue los pasos de su mujer, ávido de detenerla cueste lo que cueste...



La fotografía en blanco y negro de Antonio Macasoli, unida a la amplitud del formato Scope, confieren al conjunto un aire de superproducción al estilo Hollywood que la banda sonora de Riz Ortolani contribuye a ensalzar. Aun así, y más allá de una cuidada factura en el apartado técnico, las principales virtudes de la cinta residen en su guion, coescrito, entre otros, por el novelista Mario Lacruz.

Aparte de la intensidad de una trama en la que los personajes se debaten entre el deseo y los convencionalismos sociales, destaca poderosamente el papel de una mujer capaz de rebelarse, a su manera, frente a las infinitas contrariedades de un mundo eminentemente masculino. En ese aspecto, ni los sinsabores de un matrimonio fallido ni la perfidia de su familia política, en especial el malévolo cuñado Fernando (Alberto Closas), lograrán doblegar a Ana, quien finalmente asume su fatídico destino más por entereza personal que no por venganza.



martes, 8 de febrero de 2022

Prohibido enamorarse (1961)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1961, 87 minutos

Prohibido enamorarse (1961) de J.A. Nieves Conde


Cuando Antonio Machado escribió aquello del "olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / (al que) con las lluvias de abril y el sol de mayo / algunas hojas verdes le han salido" sabía, por propia experiencia, que enamorarse en la vejez suele acarrear más incomprensión que alegrías. Sobre todo por parte de los hijos, que no asumen que sus respectivos progenitores sean aún capaces de amar cuando por edad debieran disponerse a encarar el tramo final de su existencia.

En abril de 1960, el dramaturgo Alfonso Paso estrenó una divertida comedia de enredo a propósito de estos temas. La tituló Cosas de papá y mamá y apenas un año más tarde sería objeto de su correspondiente adaptación cinematográfica, a cargo de Edgar Neville y dirigida por José Antonio Nieves Conde. De hecho, el origen escénico de Prohibido enamorarse (1961) se deja entrever enseguida a través de la escasa espontaneidad de sus diálogos un tanto artificiosos.



El planteamiento de la trama no puede ser más sencillo: doña Elena (Isabel Garcés) y don Leandro (Ángel Garasa) se trasladan a la Costa del Sol por prescripción facultativa. Les acompañan Luisa (Tere Velázquez) y Julio (Julio Núñez), hija e hijo, respectivamente, de los susodichos. Una vez allí, y tras haber trabado amistad, los efectos rejuvenecedores del amor que surge entre ambos obrarán el milagro de devolverles una vitalidad que creían perdida al cabo de sus muchos años de viudedad.

Presentados en forma de caso clínico por el pomposo doctor Juan G. Bolt (Francisco Piquer), sorprende la enorme cantidad de achaques que aquejan a unos "ancianos" de 55 años (él) y 45 (ella), de lo que se deduce cómo han variado los límites de la vejez desde entonces a ahora. En todo caso, y como no podía ser menos tratándose de un casi vodevil, los azares de estos cuatro personajes acabarán en una doble celebración matrimonial que no es otra cosa sino la demostración palmaria de hasta qué punto jóvenes y viejos sucumben a las mismas pasiones.



domingo, 4 de abril de 2021

Viridiana (1961)




Director: Luis Buñuel
España/Méjico, 1961, 90 minutos

Viridiana (1961) de Luis Buñuel


Nada más conocerse mi decisión se elevaron vivas protestas entre los emigrantes republicanos en México. Varios amigos me defendieron, y se entabló una polémica sobre el tema: ¿Tiene Buñuel derecho a rodar en España? ¿No constituye eso una traición? Recuerdo una caricatura de Isaac aparecida poco más tarde. En un primer dibujo, se veía a Franco esperándome en suelo español. Yo llego de América, llevando las bobinas de Viridiana, y un coro de ultrajadas voces grita: "¡Traidor! ¡Vendido!" Estas voces continúan gritando en el segundo dibujo mientras Franco me recibe amablemente y yo le entrego las bobinas... que, en el tercer dibujo, le explotan en la cara.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Pocos títulos de la historia del cine han levantado tantas ampollas como éste: desde su propia génesis e incluso después de haberse alzado con la prestigiosa Palma de Oro en el Festival de Cannes, la primera cinta que Luis Buñuel filmaba en territorio español tras haber permanecido más de dos décadas en el exilio no dejó a nadie indiferente. Entre otras cosas, porque el filme, basado en un guion original coescrito en colaboración con Julio Alejandro, se presta a lecturas de todo tipo, incluida la reaccionaria en su visión sarcástica de la pobreza.

Aunque, a decir verdad, el escándalo ocasionado por Viridiana, a raíz de un artículo encendidamente adverso de L'Osservatore romano y la reacción airada de las autoridades franquistas, que prohibieron de inmediato la película, no era nada nuevo en la carrera del director aragonés. A fin de cuentas, ya en sus inicios había suscitado un rechazo similar con el surrealismo iconoclasta de Un chien andalou (1929) y, sobre todo, L'âge d'or (1930), pateada en su estreno parisino por grupos de extrema derecha y retirada de la circulación durante cincuenta años.



Tampoco el candor de la casta novicia que topa con la maldad del mundo al intentar poner en práctica los valores cristianos del Evangelio desentona excesivamente en la producción de un cineasta que, ya en su etapa mejicana, había abordado una similar temática con Nazarín (1959). En todo caso, el grado de "perversión" alcanzado en Viridiana incluía destellos de fetichismo (Fernando Rey probándose un zapato de tacón de su difunta esposa) y hasta la irreverencia de caricaturizar la Última Cena con un grupo de zafios mendicantes al compás del Mesías de Händel: elementos sacrílegos, por parte de un ateo confeso, que le valieron las iras del Vaticano y de la mayoría de sectores ultraconservadores del planeta.

Sin embargo, Viridiana es mucho más que todo eso. Baste analizar la escena del perro Canelo, salvado por Jorge (Paco Rabal) del suplicio de ir amarrado bajo el eje de un carromato, para darse cuenta de la amarga ironía que encierra la película: poco después, y en sentido contrario, otro carro y otro chucho reproducen idéntica situación, dando a entender lo arbitrario e inútil de la buena acción. Lo cual es tanto o más terrible si se tiene en cuenta que dicho individuo, el pragmático Jorge, representa un ideal de vida diametralmente opuesto al de su prima: la virtuosa Viridiana con la que, por obra y gracia de la censura (que no vio con buenos ojos que, en la última secuencia, ésta entrase, sin más, en el cuarto de su pariente), acabará jugando una ambigua partida de tute a tres bandas.



domingo, 27 de diciembre de 2020

La guerrilla (1973)




Director: Rafael Gil
España/Francia, 1973, 89 minutos

La guerrilla (1973) de Rafael Gil


Lo de Azorín con el teatro recuerda remotamente a la relación que mantuvo Cervantes con la poesía: el hombre lo intentó en repetidas ocasiones (y no era un mal dramaturgo), aunque en vano se esforzaba en aparentar "la gracia que no quiso darle el Cielo..." El hecho es que, siendo un representante destacadísimo de la Generación del 98, no ha pasado a la posteridad precisamente por obras teatrales como La guerrilla, estrenada en el madrileño Teatro Benavente el 11 de enero de 1936. Su autor la concibió con la intención de mostrar que hasta en las peores tesituras hay lugar para el entendimiento. De ahí que la pareja protagonista estuviese formada por un oficial napoleónico (Marcel) y una joven labradora castellana (Pepa María) que se enamoran durante la invasión de 1808 a pesar de pertenecer a bandos enfrentados.

La versión cinematográfica que dirigiría años más tarde Rafael Gil, con guion de Rafael J. Salvia y el francés Bernard Revon, fue una coproducción auspiciada con motivo del centenario del nacimiento de José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967). La presencia de capital galo en la película explica un acercamiento a los hechos lo suficientemente ecuánime como para satisfacer a los espectadores de uno y otro lado de los Pirineos. Así, por ejemplo, se introducen episodios que no figuraban en el texto original, como la escena en la que Santamour (Jacques Destoop) salva a un niño de morir ahogado en el río, lo cual convierte al coronel en honorable, a diferencia del carácter profanador de sus tropas.



Guerra, amor y muerte se dan cita en un filme que, pese a estar bien contado, carece de la emoción que requerían semejantes temas. A este respecto, ni el ya mencionado Destoop ni mucho menos la debutante Julia Saly, alias "La Pocha" (célebre bailaora que acabaría trabajando en ínfimas producciones de terror a las órdenes de Paul Naschy), podían dar más de sí. No obstante, el mayor reclamo del elenco era un Paco Rabal que se mete en la piel de El Cabrero, líder de la guerrilla auspiciada por los ingleses (otra diferencia respecto al drama en tres actos de Azorín).

En definitiva, parece cine de los cuarenta, aunque filmado en tecnicolor, lo cual explica la indiferencia con la que la cinta fue acogida en el momento de su estreno. Un patrioterismo trasnochado —tanto como el régimen franquista que, a punto de llegar a su ocaso, aún fomentaba tales pastiches históricos— capaz de dejar perlas como la arenga que le suelta El Cabrero a Santamour: "Lo que sea de España, bueno o malo, lo haremos nosotros […] Ustedes quieren hacernos felices a tiro limpio. ¡Vamos, a la fuerza! ¡A golpazos! ¿Pero es que no se dan cuenta de que no se puede imponer una idea por la violencia? ¡Y menos a nosotros! Mal camino... ¡Mal camino! Para convencer. Y para vencer, ¡peor! ¡Y no hablemos más, amigo, no hablemos más...!" Ecos unamunianos que denotan un rechazo encarnizadamente frontal ante cualquier injerencia extranjera.



sábado, 26 de septiembre de 2020

Furtivos (1975)




Director: José Luis Borau
España, 1975, 82 minutos

Furtivos (1975) de José Luis Borau


¿Qué se pudre bajo el silencio de un bosque "en paz"? Curioso eslogan para una película, que vendría a ser algo parecido a aquello tan hamletiano de "Algo huele a podrido en Dinamarca". Porque la España del 75 no era otra cosa sino un régimen moribundo tras cuya aparente tranquilidad se intuían los abusos cometidos durante cuarenta años de dictadura militar. Furtivos, obra maestra indiscutible, fue la metáfora certera de aquel país.

Escrita en colaboración entre Manuel Gutiérrez Aragón y José Luis Borau, la cinta adquiere una dimensión que va más allá de lo estrictamente cinematográfico. Ya desde su propio título, en el que confluyen diversas acepciones del término: furtivo es Ángel el alimañero (Ovidi Montllor), lo mismo que Milagros (Alicia Sánchez), que se ha fugado del colegio de monjas en el que estaba interna; furtivo es el Cuqui (Felipe Solano), al que busca la policía, entre otras cosas, por haber matado a un hombre; furtivos son el gobernador y sus secuaces, que pasan más tiempo de cacería que ejerciendo su función pública; furtivo es hasta el cura (Ismael Merlo), que esconde las pieles de los animales cazados ilegalmente cuando los civiles entran en el bar; furtiva es, en definitiva, la relación a todas luces incestuosa entre Ángel y su madre (Lola Gaos).



Y, sin embargo, buena parte de los conflictos que atenazan a los personajes están latentes, de modo que no es sino a través de elipsis que se dan a entender momentos cruciales de la trama, lo cual convierte al espectador en sujeto activo que debe ir llenando mentalmente los huecos para darle sentido al conjunto. Baste decir que Ángel es un ser retraído, castrado por el carácter dominante de la figura materna, todo ello enmarcado en un ambiente rural de España profunda que deja entrever ciertos elementos de cuento de hadas (algo muy propio, por lo demás, en la filmografía del coguionista Gutiérrez Aragón). A este respecto, Ángel y Milagros tienen algo de Hansel y Gretel, mientras que la adusta Martina vendría a ser una especie de bruja maligna.

Ni que decir tiene que, agonizante Franco, la censura se propuso masacrar la película, básicamente cortando las escenas de los desnudos y, en especial, la insólita imagen, entre pueril y ridícula, que se ofrecía de todo un Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento (interpretado por el propio Borau en sustitución de López Vázquez, que se cayó a última hora del proyecto). Por fortuna, y tras haber sido rechazado en Berlín y en Cannes, el filme pudo verse finalmente en el Festival de San Sebastián, donde cosechó un éxito rotundo de crítica (y más tarde de taquilla) que lo catapultó hasta convertirlo en el clásico de nuestro cine que es hoy.



viernes, 25 de septiembre de 2020

Pierna creciente, falda menguante (1970)




Director: Javier Aguirre
España, 1970, 95 minutos

Pierna creciente, falda menguante (1970)
de Javier Aguirre


Un título en apariencia tan subido de tono como Pierna creciente, falda menguante (1970) podría hacer pensar, de inmediato, en la época del destape, cuando lo cierto es que se trata de una comedia musical rodada hace justo medio siglo. Una película de época, para más inri, cuya acción arranca en el San Sebastián de 1916, momento en el que el continente se desangraba a causa de una guerra mundial que para España, ironías del destino, iba a suponer el suculento negocio de venderle armas (o "mulas", según se dice en los diálogos...) a las potencias de uno y otro bando.

La nota característica de los personajes, por lo tanto, es una ampulosidad con la que el productor Dibildos y Antonio Mingote, autores del guion, pretenden burlarse del sacrosanto decoro que presidía las relaciones entre hombres y mujeres en aquella sociedad que, paradójicamente, encumbró a las cupletistas a la categoría de mito. En ese sentido, Rosario "La Criollita" (Emma Cohen) representa la personificación de todos los vicios: procaz, sensual y deslenguada, su atrevimiento suscitará el reproche de las señoras como Dios manda y llevará de cabeza a algún que otro caballero de alta alcurnia, como el circunspecto duque de Daroca (Fernando Fernán Gómez).



La segunda parte del filme, por contra, transcurre una década más tarde: estamos en 1926 y los usos y costumbres evolucionan a un ritmo vertiginoso. Ahora lo que se lleva es el charlestón y "La Criollita", que dejó los escenarios para casarse con un magnate del petróleo, ha cedido su corona a Lupe Cardoso (Laura Valenzuela), quien responde a un perfil de mujer mucho más moderna e independiente. Tanto es así que, rompiendo estereotipos, la joven compagina su carrera artística con los estudios universitarios de ingeniería química. De día, aprende formulación, juega al tenis y pinta paisajes; por las noches, en cambio, entona aquello de "Si vas a París, papá, ¡cuidado con los apaches!".

El eslogan con el que se publicitó la película ("Lo que nuestros abuelos no se atrevieron a contarnos: las mujeres decentes ¡también tienen piernas!") incidía en la idea de que la libido no es exclusiva de las demie-mondaines. Algo perfectamente equiparable a la situación que se vivía en aquella España de los primeros setenta en la que las minifaldas causaban furor y más de una protesta airada. Paralelismo sutil, que el público de aquel entonces captaba perfectamente, con el que se daba a entender que la historia es cíclica y que los remilgos pudibundos de hoy caerán mañana en el olvido.



sábado, 27 de octubre de 2018

Trágala, perro (1981)




Subtítulo: Sor Patrocinio, la monja de las llagas
Director: Antonio Artero
España, 1981, 84 minutos

Trágala, perro (1981) de Antonio Artero


Queréis que el pueblo, / esté aún ciego, / pero son muchos / los que están viendo...

La insólita y ácrata personalidad del aragonés Antonio Artero (Zaragoza, 1936 - Madrid, 2004) era, probablemente, la ideal para llevar a la pantalla un hecho histórico acaecido en 1836, con la primera guerra carlista como trasfondo: el proceso y posterior condena contra la monja Sor Patrocinio (María de los Dolores Quiroga en el mundo), acusada de fingir los estigmas impresos en su cuerpo.

Ya desde el cartel que el genial Iván Zulueta diseñara para la película, queda claro que nos hallamos frente a una obra absolutamente iconoclasta. De hecho, el propio título fue tomado de la célebre canción que los liberales entonaban para vilipendiar a los absolutistas tras el pronunciamiento de Riego y que aquí escuchamos en la voz del añorado José Antonio Labordeta durante los créditos. Los de inicio, por cierto, aparecen sobre aguafuertes procedentes de Los caprichos de Goya, quien también bautizó uno de dichos grabados con el rotundo epígrafe de Trágala, perro.



Para tratarse de un cineasta alternativo y vanguardista, surgido de los cenáculos más radicales de la  mítica Escuela Oficial de Cinematografía, lo cierto es que Artero, en el filme que nos ocupa, moderó su estilo hasta adaptarlo a una caligrafía convencional al servicio de un reparto encabezado por estrellas de la talla de Fernando Rey (que hace de juez inflexible), Amparo Muñoz (la "monja de las llagas") o Lola Gaos (la Madre Superiora).

Tanto visual como temáticamente la propuesta de Artero entronca con lo que algunos años después ensayaría en Francia el hoy revalorizado Alain Cavalier a través de su Thérèse (1986), aproximación minimalista a la vida y milagros de la pequeña Santa Teresa de Lisieux, aunque con la salvedad de que el a veces un tanto olvidado cineasta español se le adelantó un lustro...


domingo, 2 de septiembre de 2018

Sex o no sex (1974)




Director: Julio Diamante
España, 1974, 93 minutos

Sex o no sex (1974) de Julio Diamante


Que nadie se asuste, no: porque, si bien es cierto que su título podría prestarse a equívoco, la película que vamos a comentar no incurre en los excesos del destape que vendría algunos años más tarde. Aun así, salta enseguida a la vista hasta qué punto habría llegado la represión en materia carnal por estos pagos para que a alguien se le ocurriese escribir semejante comedia.

Y ese alguien no fue otro sino Julio Diamante, el mismo cineasta que, en la década anterior, había filmado excelentes largometrajes como Tiempo de amor (1964) y El arte de vivir (1965). Para ello contó con un reparto excepcional: aparte de Carmen Sevilla (Angélica) y José Sacristán (Paco) como pareja protagonista, destacaba la presencia de Antonio Ferrandis o Lola Gaos en papeles secundarios. La banda sonora, con un tema central cuya letra servía, como en las antiguas aleluyas de ciego, para presentar y comentar lo que le sucede a los personajes, sobre todo a Paco, corrió a cargo de Carmelo Bernaola: "Ésta es una historia terrible. La historia de un hombre de bien, que un día se halló indeciso cual si fuera Hamlet. Dura elección la de entre el sex y el no sex".



El tal Paco es más bien poquita cosa, un hombrecillo gris y cohibido, chupatintas de medio pelo, eternamente enfundado en un gabán negro. Por su aspecto, uno podría pensar lo mismo en los monigotes de Forges (q. e. p. d.) que en Fernando Pessoa, aunque por aquellas fechas (septiembre-octubre de 1974), más que el poeta Pessoa era el PSOE lo que estaba en boga, dada la inminencia del congreso en Suresnes. Pero ésa es otra historia...

Que la que ahora mismo nos ocupa se dirime en el diván de un psicoanalista (José Vivó) que, al final, resultará estar más cerca del Michel Piccoli de Tamaño natural (1974) que no de un verdadero terapeuta. En cualquier caso, lo mismo Paco que Angélica irán progresivamente desmelenándose, ensayando, una tras otra, las fantasías eróticas de un macho carpetovetónico, con escapadita a París incluida, para acabar llegando a la conclusión de que el mundo está erotizado. Motivo por el que la  ya mencionada canción que —como sucedía (salvando las distancias) en Encubridora (1952) de Fritz Lang— actúa de hilo narrativo, termina con una moraleja cargada de ironía que parece invitar a la castidad como el más saludable de los remedios: "Este final nos enseña cómo todo hombre de ley puede hallar la paz de espíritu que merece un buen burgués. Buena elección la de olvidarse del sex..."


domingo, 27 de mayo de 2018

Marianela (1972)




Director: Angelino Fons
España/Francia, 1972, 101 minutos

Marianela (1972) de Angelino Fons


-La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer volvíamos juntos del prado grande... hacía un poco de fresco. Como mi padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted... Pronto llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las oficinas.

Benito Pérez Galdós
Marianela (1878)

Pese a tratarse de la adaptación de la novela homónima de Benito Pérez Galdós, la Marianela de Angelino Fons denotaba la influencia de algunos grandes éxitos del cine del momento. En su presentación de la protagonista como una huérfana montaraz y deforme que habita las escarpadas cordilleras de la villa imaginaria de Socartes parece percibirse el eco de L'enfant sauvage (1970) de Truffaut. No en vano, estamos ante una coproducción con Francia cuya banda sonora a base de románticos violines con sordina corrió a cargo de Pascal Auriat. Puede que se trate tan sólo de una coincidencia, pero el tema central de la partitura recuerda enormemente al que escribiera un año antes otro compositor francés, Michel Legrand, para Verano del 42 y que le había reportado un Oscar.

La cantante Rocío Dúrcal, a punto de entrar en su madurez artística, fue capaz de adoptar un registro muy alejado de la imagen de niña prodigio que la había hecho célebre, si bien hay momentos en los que su actuación peca un tanto de histriónica.



El resto del reparto fue a parar a viejas glorias de la talla de Alfredo Mayo (don Francisco), José Suárez (doctor Golfín) o Lola Gaos (La Señana), aunque también cabe destacar los nombres de Julieta Serrano (La Canela), Amparo Soler Leal (Gerarda) y Germán Cobos (don Carlos).

En líneas generales, la versión que lleva a cabo Alfredo Mañas a partir del texto galdosiano posee una menor carga ideológica que la que firmara Benito Perojo en 1940 con Mary Carrillo como protagonista. Lo cual no tiene nada de sorprendente considerando que esta producción, rodada en espacios naturales de Asturias y Cantabria, apenas aspiraba a emular el éxito comercial de otras películas basadas en novelas de Galdós como Tristana (1970) o La duda (1972).


domingo, 4 de febrero de 2018

Tiempo de amor (1964)




Director: Julio Diamante
España, 1964, 74 minutos

Tiempo de amor (1964) de Julio Diamante


Las tres historias que conforman Tiempo de amor, segundo largometraje dirigido por el gaditano Julio Diamante, poseen el denominador común de mostrar relaciones de pareja, en plena época franquista, en las que siempre es la mujer quien sale peor parada. 

Atardecer se centra en Elvira (Julia Gutiérrez Caba) y Alfonso (Agustín González). Tras más de una década de casto noviazgo, él sigue optando a unas oposiciones que nunca aprueba y ella trabaja como mecanógrafa. Noche, en cambio, plantea la iniciación sentimental de María (Enriqueta Carballeira), dependienta en una perfumería y víctima propiciatoria que a punto está de caer en las garras de un donjuán sudamericano llamado Servando (Julián Mateos). Mañana, por último, es la historia del matrimonio formado por José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas). A pesar de que el cabeza de familia es médico, su mujer y sus tres hijos padecen estrecheces económicas debido a que José prefiere trabajar en los suburbios socorriendo a los más necesitados.

Atardecer: Elvira (Julia Gutiérrez Caba)

Las paredes desconchadas que vemos en los tres episodios nos dan una idea de la España que pretendía retratar la película: un país en el que, irónicamente, el amor difícilmente se impone a la miseria y en el que la mujer sigue ocupando un puesto de absoluta sumisión respecto al hombre. Así, por ejemplo, en Atardecer, Elvira termina sucumbiendo a las pretensiones carnales de Alfonso, quien, una vez saciada su libido, mira de reojo las piernas de otra mujer en el bar; María, protagonista de Noche, deberá soportar los insultos de Servando al negarse a mantener relaciones con él, mientras que en Mañana todas las tareas del hogar recaen sobre Pilar, pese a que José tiene colgadas en el domicilio conyugal reproducciones de cuadros de Picasso (Miserables ante el mar o La tragedia, 1903), la fotografía de un minero o un póster del homenaje a Antonio Machado, toda una declaración de intenciones para la época, que pone de manifiesto su ideología izquierdista.

La música del argentino Adolfo Waitzman le aporta al conjunto su inconfundible toque jazzístico, mientras que la fotografía en blanco y negro de Juan Julio Baena capta con mirada certera la esencia de lo que fueron los años más descarnados del desarrollismo.

Mañana: José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Los dinamiteros (1964)




Director: Juan Atienza
España/Italia, 1964, 90 minutos

Los dinamiteros (1964) de Juan Atienza


Aunque sus localizaciones se circunscriben al área de Madrid, se nota que Los dinamiteros fue, en realidad, una coproducción con Italia porque la banda sonora de Piero Umiliani suena bastante a Nino Rota. Sin embargo, puestos a buscar similitudes entre el primer (y único) largometraje de ficción dirigido por Juan García Atienza y otros títulos del cine español de aquel entonces será fácil descubrir más de un parecido razonable, como a continuación pasamos a exponer.

De entrada, por lo chapucero de sus métodos y por la presencia de Pepe Isbert uno podría pensar en comedias como Sabían demasiado (1962) de Pedro Lazaga o, más evidente aún, Atraco a las tres (1962) de Forqué, por aquello de que narra las vicisitudes de unos asaltantes aficionados (en este caso tres ancianitos adorables). Pero precisamente por esto último, y pese a no resultar tan evidente, sería posible ver una cierta conexión con otra ópera prima estrenada apenas un año antes: Del rosa al amarillo (1963) de Summers, uno de cuyos episodios giraba en torno a una pareja de abuelos que se enamora en el asilo donde conviven.



Sí: ésta es una comedia con un punto amargo, porque tanto doña Pura (la mejicana Sara García) como don Augusto (el italiano Carlo Pisacane) como don Benito (Pepe Isbert) llevan una vida sin alicientes. Desplazados u olvidados por sus respectivas familias (y eso cuando la tienen), el trío verá una oportunidad de oro en el atraco a la Mutualidad La Paloma, de la que son pensionistas. En ese sentido, la escena inicial, con una cola larguísima formada, en su mayoría, por ancianos resignados que se disponen a retirar su mísera paga mensual en las ventanillas de dicha entidad, denuncia bien a las claras hasta qué punto el país en el que viven condena a sus mayores a terminar sus días prácticamente en la indigencia.

Hablar de temática social tal vez sea exagerado, pero sí que es cierto que en Los dinamiteros se ironiza sobre las carencias de un supuesto Estado del bienestar, toda vez que el espectador empatiza con los seniles salteadores de la caja fuerte, no así con el adusto director del montepío que les deniega un adelanto para socorrer a su amigo don Felipe González, quien, pese al nombre, no dispone de sillón en ninguna hidroeléctrica que le garantice un sepelio digno. He ahí otro de los temas presentes en la película: el de la solidaridad entre octogenarios que se saben vulnerables frente al sistema, pero que, justamente por ello, son capaces de sacar fuerzas de flaqueza con tal de reivindicarse como personas competentes, llevando a cabo una genial quijotada.


domingo, 1 de octubre de 2017

Sonámbulos (1978)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1978, 90 minutos

Sonámbulos (1978)
de Manuel Gutiérrez Aragón


JUAN: ¿Te acuerdas de nuestro libro? Allí decía: "Para ser sabio hay que ser libre". 
ANA: Pues a mí, si hay algo en el mundo que me gustaría saber es por qué me siento atraída por lo que debiera detestar. Y, en cambio, siento odio por todo lo que mis ideas me dictan guardar...

Aparentemente críptica, Sonámbulos es, sin embargo, la película de Gutiérrez Aragón que contiene las claves de su evolución ideológica. Así pues, el diálogo que precede a estas líneas podría arrojar algo de luz al respecto: ¿será "nuestro libro" El Capital? ¿Se estará quejando la protagonista de la férrea disciplina de partido? Todo es posible. Pero lo único que hay de cierto es que el director cántabro abandonó la militancia comunista tras el advenimiento de la democracia y que los mismos símbolos que en el pasado inmediato habían servido para eludir la censura franquista pudieron resultar igualmente útiles para tratar un tema harto delicado sin herir susceptibilidades.

Sea como fuere, vista cuarenta años después de su rodaje, Sonámbulos sigue conteniendo imágenes poderosas: las cargas policiales en la Biblioteca Nacional, la turbadora presencia de la enfermera/criada que interpreta Lola Gaos, el misterioso y omnipresente mueble con espejos en las puertas...



Todo en ella apunta a la posibilidad de que estamos contemplando una pesadilla, sobre todo porque la voz en off del inicio nos advierte de que "por aquellas fechas, Ana, que trabajaba en uno de estos grupos, comenzó a tener fuertes dolores de cabeza." Un sueño en el que continuamente irrumpen inquietantes elementos de la realidad, desde la represión política (con el Proceso de Burgos como trasfondo) hasta la tortura. De hecho, incluso algunos personajes se llaman como los actores que los interpretan: Norman (el argentino Norman Briski), Ana Cuesta (Ana Belén, cuyo nombre real es Pilar Cuesta), María Rosa (María Rosa Salgado), Javier (el niño Javier Delgado), la propia Laly Soldevila, que aparece en un fugaz cameo...

Titulándose Sonámbulos, se nos da a entender que todos ellos, quizá nosotros también, están atrapados en un callejón sin salida y sin sentido. Aunque Juan (el irritante trabajador del servicio de limpieza de la biblioteca, interpretado por José Luis Gómez y que parece saberlo todo sobre Ana) intentará, al final, esbozar una posible solución en forma de acertijo: "Allí (en el libro) estaban todas las respuestas. Todas las respuestas a todas las preguntas. Pero también había una advertencia: ¡guárdate de la reina! ¡La reina es la muerte! Pero guárdate igualmente del mago. ¡El mago es la locura! La reina posee el libro. Pero sólo el mago puede descifrarlo. Después te destruirán. Si quieres conocer todas las respuestas a todas las preguntas, te destruye. Si renuncias a conocer, te salvas. La princesa se quedó dudando varios días. Y, mientras tanto, se puso a escribir este cuento que te estoy contando..."


martes, 25 de julio de 2017

El arte de vivir (1965)




Director: Julio Diamante
España, 1965, 82 minutos

El arte de vivir (1965) de Julio Diamante


La abulia que aflige al protagonista de El arte de vivir es muy sintomática del Nuevo cine español. Nada parece contentar a Luis (Luigi Giuliani), quien dedica la tarde del domingo a pasear asqueado por el concurrido centro de Madrid mientras su voz en off no para de despotricar contra todo y contra todos. Él es un joven de León, de buena familia, que vino a la capital a estudiar la carrera de Económicas. Y, aunque no se le dio mal, no acaba de encontrar un trabajo que le satisfaga.

Pero en uno de esos paseos conoce a Ana (Elena María Tejeiro), una joven solitaria que tampoco parece dar con su lugar en el mundo. Juntos, emprenderán una relación con altibajos en la que él peca de ambicioso y ella, tal vez, de timorata. Luis le confiesa en una de sus charlas: "Hay que luchar por romper moldes. En el trabajo... Y en la manera de vivir. ¿Comprendes?" De ahí el título de la película, en referencia a la más difícil de todas las artes. Ella replicará más adelante: "No sé si me engaño, pero estoy convencida de que nuestro amor es... otra cosa diferente al de los demás. Y cuando se quiere así... hay que darse uno al otro sin reservas." Pero Ana tiene, en realidad, todas las reservas del mundo y Luis va muy lanzado...

El dramaturgo Antonio Buero Vallejo en un breve papel


Frente a las dudas que acometen a la pareja, otros personajes tienen bastante definido su rol en la sociedad. Como Santiago (Paco Valladares), compañero de curso de Luis: a pesar de su juventud, ya está casado, es padre de un hijo y su mujer y él esperan el segundo para muy pronto. Claramente consolidado en una empresa de publicidad, es un hombre de brillante porvenir y seguro de sí mismo que ayudará a Luis a entrar en la compañía. O, peor aún, el caso de su primo Juanjo (Juan Luis Galiardo), el típico vividor mujeriego, descarado y sin escrúpulos. ¿Hacia cuál de esos modelos se acabará decantando Luis?

El gaditano Julio Diamante acertó a mostrar con El arte de vivir la incertidumbre de una juventud que, en el umbral de la vida adulta, se debate entre mantenerse fiel a sus principios o dejarse corromper, en cambio, por la vileza del mundo que los rodea. Son los mismos jóvenes que no fueron a la guerra (en alusión al título de un largometraje anterior del director), los mismos muchachos ociosos de El Jarama de Sánchez Ferlosio o de Los golfos de Saura. Representan, en definitiva, un relevo generacional y de valores, reflejo de la nueva sociedad que se estaba fraguando en España a raíz del desarrollismo económico. Por eso viven angustiados entre la tradición y la modernidad, entre los estrictos valores morales que les han inculcado y los aires de renovación que ya empiezan a intuirse. Es, al respecto, magistral la secuencia en la que Ana intenta refugiarse en una iglesia justo en el momento en el que le cierran la puerta en las narices. Como irónica es la letra de la canción de Miguel Ríos con la que empieza y acaba la película:

Todo va bien en el mejor de los mundos,
bello es cantar y el aire azul respirar.
¿Quién dice que hay que olvidar ilusiones?
No cuesta hoy ningún dinero soñar.

Luigi Giuliani (izquierda) y Julio Diamante en un cameo