Director: Gonzalo Suárez
España, 2006, 46 minutos
![]() |
| El genio tranquilo (2006) de Gonzalo Suárez |
Algo de despedida se intuye en El genio tranquilo (2006), mediometraje cuyo hilo conductor, en el marco de un paisaje típicamente cantábrico, remite a los inicios de la carrera de Gonzalo Suárez, cineasta que en filmes como Aoom (1970) había dado muestras de una desbordante creatividad. Y lo cierto es que, en cierta manera, su voz en off da a entender que añora aquellos tiempos de plena libertad, cuando su película fue pateada en el Festival de San Sebastián (con Fritz Lang, presidente del jurado, dormitando durante las proyecciones), pero le granjeó para siempre la amistad del no menos incorregible Sam Peckinpah, quien lo acompañó a visitar Asturias durante una temporada.
La historia del relojero blanco de Soweto que construye una cámara de propiedades maravillosas con una simple caja de cartón aporta la nota necesaria de realismo mágico en una cinta que contó con la participación amistosa de Aitana Sánchez-Gijón y Ayanta Barilli. Aunque lo verdaderamente interesante de cuanto aquí se cuenta son algunas revelaciones, como el hecho de que inicialmente, en lugar de Lex Barker, el protagonista de Aoom tenía que haber sido Orson Welles, posibilidad que no llegaría a cuajar pese a que la prensa de la época se hizo eco de la noticia.
Como ya sucediera en Mi nombre es sombra (1996), el mismo Welles aparece en el momento cumbre de The Third Man (1949), si bien ahora el cine del lugar, allí donde Suárez y su hermano Carlos revisaban los copiones de sus primeros trabajos, se haya por completo en ruinas. Decadencia que contrasta con la vitalidad exultante de Pepín el Nuestru, lugareño de edad avanzada (e inusitada agilidad) que sigue a todas partes al ya mencionado relojero. De igual modo que el actor Luis Ciges en aquellos remotos tiempos (y al que también se rinde homenaje).
Parece ser que el director le regaló a Peckinpah aquella misma piedra que se mostraba en Aoom, cuya superficie semejaba un sonriente e inquietante rostro humano. Y que éste, sin pensárselo dos veces, la devolvió de inmediato al mar. Larga vida a los cineastas dotados de sensibilidad extrema... Y es que, lejos de acomodarse en la nostalgia, esta fábula crepuscular e introspectiva, donde la frontera entre la vida, la literatura y el cine se difumina con total naturalidad, supone un testamento fílmico que no busca complacer, sino invitarnos a habitar un espacio poético en el que la imaginación sigue siendo el único refugio frente al paso del tiempo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario