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viernes, 14 de agosto de 2026

Los cobardes (1959)




Director: Juan Carlos Thorry
España/Francia, 1959, 71 minutos

Los cobardes (1959) de Juan C. Thorry


Esta película va dedicada a la juventud. Quisiéramos producir un persuasivo y saludable impacto en la mente de aquellos jóvenes que, acobardados ante las primeras contrariedades en la dura lucha por la existencia, se dejan deslumbrar por la aparente habilidad con que otros logran satisfacer sus ambiciones y caprichos y, seducidos por el espejuelo de una vida cómoda y fácil, aceptan primero un puñado de billetes que alguien pone en su mano con sospechosa generosidad; acceden luego a mezclarse en asuntos de dudosa licitud y, poco a poco, perdidos los escrúpulos, van deslizándose por la pendiente de la delincuencia. Arrastrados por un falso sentido del valor, ponen todo su entusiasmo y su impetuoso y heroico espíritu juvenil al servicio del mal en perjuicio de la sociedad a que se deben. Y no por malicia, sino por inconsciencia, por falta de voluntad y de verdadero valor. Porque esos jóvenes son los que constituyen la triste legión de los cobardes.

Alocución inicial de la película

Coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Vicente Parra, cuyo personaje central resulta herido de bala, en los primeros compases de la película, cuando huye de los que hasta ese momento habían sido sus compañeros de fechorías. Y es que Juan lleva toda la vida debatiéndose entre ser un buen chico o dejarse arrastrar por la tentación de salir adelante por la vía fácil. No en vano, pasa su infancia y adolescencia interno en un reformatorio, de donde sale, debidamente amonestado por los sacerdotes que lo regentan, con el firme propósito de convertirse en un hombre de bien. Pero el ambiente que lo rodea condiciona esas buenas intenciones, por más que aspire a formar una familia junto a María (Nadine Tallier).

La voz en off de Juan Manuel Soriano, en funciones de narrador omnisciente, nos pone en situación desde buen comienzo para contextualizar la trayectoria de un individuo cuyos orígenes serán revelados en forma de flashback mientras éste se oculta, malherido, en una modesta habitación de hotel. Aunque, a decir verdad, toda la moralina que se desprende de los comentarios aleccionadores del narrador, así como de la advertencia que aparece sobreimpresa en pantalla tras los créditos iniciales, resulta excesiva, llegando a restarle interés a lo que, antes que panfleto ejemplarizante, podría haber sido una más que aceptable cinta de cine negro.



En todo caso, la puesta en escena del argentino Juan Carlos Thorry, por lo común irregular y tosca, no se halla exenta, sin embargo, de algún que otro guiño cinéfilo, como el hecho de que la sala de fiestas que asalta la banda de maleantes se llame Casablanca y que, al darse a la fuga, el líder de los atracadores ordene a la orquesta que toque "La Marsellesa" (quien haya visto el clásico de Michael Curtiz entenderá de inmediato la alusión). Como también supone un aliciente reconocer los rincones de Barcelona en los que se rodaron los extetiores (Plaza España, las Arenas, la Bonanova...) y que permiten reconstruir cómo era la ciudad en aquel lejano 1959.

Llegados al desenlace, la estructura circular retoma al protagonista saltando una tapia y recibiendo un balazo en el hombro derecho, si bien ahora ya contamos con suficientes elementos de juicio como para saber que no estamos ante otro cobarde sin más, de esos a los que alude el título de la película, sino que Juan merecería una oportunidad (no sin antes arreglar cuentas con la Justicia, por supuesto) para reintegrarse, de una vez por todas, a la sociedad.



lunes, 10 de septiembre de 2018

Los culpables (1962)




Director: Josep Maria Forn
España, 1962, 86 minutos

Los culpables (1962) de Josep Maria Forn


La obra teatral de Jaime Salom en la que se basó Los culpables (1962) planteaba la posibilidad de que un hombre de negocios arruinado fingiese su propia muerte para cobrar un seguro de vida por valor de cinco millones de pesetas de las de entonces. La particularidad de semejante ardid radica, sin embargo, en el hecho de que Pablo Ibáñez (que así se llama el interfecto al que encarna el actor Tomás Blanco) requerirá para ello la connivencia de su esposa Arlette (Susana Campos) y del amante de ésta, un doctor que responde al nombre de Andrés Laplaza (Yves Massard).

La acción transcurre en una Gerona gris y lluviosa, prototipo de la ciudad de provincias que tanto explotó el cine español de principios y mediados de los sesenta. Espacio monótono y claustrofóbico donde vivir sería casi imposible para los protagonistas de no ser por subterfugios como una tienda de telas de la calle Herrería cuya dueña, una vieja ávida de aumentar su peculio, alquila habitaciones con fines moralmente reprobables según el estricto decoro imperante.



Para quienes habitan en un ambiente tan sumamente irrespirable, el adulterio supone una cruz difícil de cargar, algo tan horrible y vergonzoso que no sólo justifica el siempre complicado martirio de llevar una doble vida, sino hasta planear escabrosos crímenes pasionales provistos de una coartada casi perfecta. Casi, porque el veterano comisario Ruiz (Félix Fernández), sagaz como un lince y perseverante hasta el hartazgo, irrumpirá de improviso para, tras arduas pesquisas, acabar desbaratando las maquinaciones de los culpables.

Dotado de una innegable habilidad para la intriga policíaca, el catalán Josep Maria Forn derivaría posteriormente en su filmografía, previo paso por la crítica social de La piel quemada (1967) —contundente drama sobre el fenómeno de la inmigración andaluza en Cataluña que ya tuvimos ocasión de comentar aquí en su momento— hacia las recreaciones históricas un tanto pomposas en torno a la figura de los presidentes Companys y Macià.