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miércoles, 7 de mayo de 2025

La historia de Souleymane (2024)




Título original: L'histoire de Souleymane
Director: Boris Lojkine
Francia, 2024, 93 minutos

La historia de Souleymane (2024) de Boris Lojkine


Las vicisitudes de un inmigrante guineano que sobrevive haciendo de repartidor en las calles de París constituyen la base argumental de L'histoire de Souleymane (2024), enésima recreación cinematográfica de las penurias que entraña la lucha diaria por la supervivencia. Y es que, como ya le sucedía al protagonista de Ladrón de bicicletas (1948), que es quizá el ejemplo canónico del que beben todo este tipo de historias, el personaje central del filme que nos ocupa depende de mil y una argucias para lograr mantenerse a flote en las procelosas aguas del primer mundo.

El otro gran modelo en el que se inspira el guion de Boris Lojkine y Delphine Agut, éste mucho más cercano en el tiempo (e incluso más obvio, si cabe), sería el cine social de los hermanos Dardenne, equivalente en el mundo francófono a lo que Ken Loach lleva a cabo también en clave británica. Visto así, el caso de este joven clandestino de origen africano no dista gran cosa de lo expuesto en títulos de similar factura como Tori y Lokita (2022) o El silencio de Lorna (2008).



Por otra parte, los hechos aquí descritos ponen asimismo el punto de mira sobre la complicidad de unos usuarios que se benefician de la explotación salarial de los repartidores que se juegan el tipo para servirles la comida a domicilio. Denuncia implícita contra un sistema en el que las comodidades de unos se logran a costa de la indefensión de otros, pero también, como en el caso del "amigo" camerunés que le cede su identidad al protagonista a cambio de dinero, contra los abusos entre iguales. Aunque, al mismo tiempo, los golpes que recibe Souleymane (Abou Sangaré) no impiden que mantenga el contacto con su vida anterior, de la que recibe puntualmente noticias por vía telefónica.

Dos secuencias, sin embargo, chirrían un tanto en el conjunto de una puesta en escena por lo demás bastante correcta. Se trata del momento en el que el personaje principal interactúa con unos agentes de la gendarmería a los que hace entrega de un pedido y, en segundo lugar, de la tensa entrevista que el joven mantiene con una funcionaria de la Oficina Francesa de Protección a los Refugiados y Apátridas, tal vez el punto álgido de la trama. Lo cierto es que en ambas ocasiones se deja traslucir un cierto servilismo hacia los empleados de la Administración, los primeros porque, a pesar de todo, le acaban facilitando el código que le permitirá cobrarse el servicio y, en el caso de la trabajadora social (Nina Meurisse), por la actitud comprensiva hacia el falso asilado cuya versión acaba de desmontar.



lunes, 30 de julio de 2018

Llenos de vida (2018)




Título original: Place publique
Directora: Agnès Jaoui
Francia, 2018, 98 minutos

Llenos de vida (2018) de Agnès Jaoui


Entre otras cosas, la última película del tándem Jaoui-Bacri comienza con una frase bastante reveladora de Jean d'Ormesson (1925-2017): "À vingt ans, si on n'a pas le cœur à gauche, on n'a pas de cœur. À quarante ans, si on a toujours le cœur à gauche, on n'a pas de tête". Elocuente, decimos, porque define a la perfección el carácter de la pareja protagonista: Castro (Bacri) fue tal vez un veinteañero engagé, aunque a sus 65 primaveras (y por más peluquín que luzca) su cinismo corrosivo delata un más que probable viraje hacia la derecha de un corazón que, a fuerza de airear las intimidades de los famosos por televisión, se ha endurecido enormemente; su exmujer Hélène (Jaoui) demuestra, en cambio, no tener mucha cabeza al continuar defendiendo con más de cincuenta años las mismas causas perdidas de cuando tenía veinte.

En realidad, se podría decir que, como en la ficción, el matrimonio Bacri-Jaoui lleva toda la vida representando la misma bufonada: coescrita por ambos y dirigida por ella, Place publique difiere en muy poco de anteriores proyectos de la pareja, experta en diseccionar las debilidades humanas en comedias corales aparentemente inofensivas, pero que no dejan títere con cabeza. Así pues, desde que comenzasen su andadura en 2000 con la aclamada Para todos los gustos, pocas (por no decir ninguna) de sus cinco comedias han eludido las reuniones sociales o celebraciones de todo tipo como planteamiento idóneo que les permita juntar en escena a personajes de muy distinto jaez.



En el caso que nos ocupa es el famoseo quien sale peor parado: todas esas celebrities de medio pelo que Nathalie (Léa Drucker) convoca en el jardín de su nueva residencia y que han alcanzado la "gloria" tan sólo por acumular unos cuantos cientos de miles de likes en las redes sociales de turno. Claro que el populacho también recibe a base de bien: desde la camarera que está más pendiente de hacerse selfis con sus ídolos en lugar de atender a las mesas hasta el chófer que baila amistosamente con Castro en la escena inicial para luego ser despedido de manera fulminante por una simple minucia de la que ni siquiera es culpable.

Todo es verdad, todo es mentira: pero ninguno de los que se asoman a la "plaza pública" a la que alude el título original (me gustaría saber de dónde viene lo de Llenos de vida de la versión española) sale del todo indemne de una mascarada que guarda no pocas similitudes con el anterior trabajo como actor de Bacri: la disparatada C'est la vie (Le sens de la fête, 2017) de Nakache y Toledano, que ya tuvimos ocasión de comentar aquí a finales de enero de este año.

Como en la última de Haneke, el uso del móvil es ridiculizado

jueves, 19 de octubre de 2017

El jardín de Jeannette (2016)




Título original: Une vie
Director: Stéphane Brizé
Francia/Bélgica, 2016, 119 minutos

El jardín de Jeannette (2016) de Stéphane Brizé


Las primeras secuencias de Une vie nos sitúan en un marco espacio-temporal eminentemente decimonónico y rural; un mundo en el que la existencia discurre por unos cauces de absoluto sosiego y cuyos habitantes se dedican a regar las plantas de su huerto o a jugar plácidamente a las tablas reales en familia. En ese aspecto, el director Stéphane Brizé lleva a cabo un giro copernicano con respecto a su anterior largometraje (La loi du marché), cambiando las vicisitudes de un parado cincuentón que intenta reincorporarse al proceloso mercado laboral tras el cierre de la fábrica en la que trabajaba por la historia de una mujer inmersa en los vaivenes del siempre complicado arte de vivir.

Porque la Jeanne encarnada por Judith Chemla (nominada al Premio César a la mejor actriz por su papel) pertenece a la misma estirpe de ilustres heroínas atormentadas que Madame Bovary o Margarita Gautier. No en vano, se trata, como en aquellos casos, de un personaje literario, surgido, concretamente, de la imaginación de Guy de Maupassant y que ya fue objeto de una adaptación cinematográfica en 1958, dirigida por Alexandre Astruc.



Un marido infiel, un hijo pródigo, la traición de una amiga... He ahí los sinsabores que irán progresivamente despedazando la inocencia de la protagonista a lo largo de un relato fragmentado en el que se alternan escenas de un presente depresivo, cuasi suicida, con destellos puntuales de una felicidad remota; días plomizos en contraste con un pasado luminoso.

Aun así, no todo es pesadumbre en la existencia de esta mujer, puesto que Rosalie (Nina Meurisse), la misma criada que años atrás se dejó seducir por el señor de la casa, regresará, al cabo de los años, para hacerse cargo de la depauperada hacienda. Especie de ángel de la guarda para la avejentada Jeanne al que se unirá, ya en el desenlace, una última esperanza personificada en forma de recién nacido: el nieto que, acunado en sus brazos, parece justificar con su sonrisa beatífica las contrariedades de toda una vida.