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viernes, 9 de abril de 2021

El bruto (1953)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1953, 81 minutos

El bruto (1953) de Luis Buñuel


Se llama Paloma, pero es una víbora: una femme fatale azteca de mirada enigmática y exuberante melena azabache que mueve los hilos de cuanto sucede a su alrededor. Como una nueva Circe, cautiva a los hombres hasta sacar de ellos cuanto se le antoja, conduciéndolos a una perdición inexorable... Aunque el título de la película aluda a la condición de bruto del forzudo interpretado por Pedro Armendáriz, lo cierto es que no llegaría a desatarse la tragedia sin las malas artes de Paloma (Katy Jurado). Ella es quien incita al marido para que contrate los servicios de algún sicario, hacia el que la mujer acabará sintiendo una atracción fatal de funestas consecuencias para todos los personajes.

En cambio, al bestial Pedro le pasa un poco lo mismo que al Zampanò de La Strada (1954): que la brutalidad de su fiero carácter no es óbice para que el hombre llegue a transformarse gracias al amor que le inspira la tierna Meche (Rosita Arenas). Pero, aun así, la bondad parece que no tiene cabida en una cinta que critica duramente a los propietarios sin escrúpulos que, como el viejo don Andrés (Andrés Soler), están dispuestos a valerse de cualquier método con tal de echar de sus casas a los inquilinos que se resisten a abandonar el inmueble.



Con El bruto (1953), Buñuel y Alcoriza ensayan una suerte de drama pasional cuyo trasfondo deja entrever una sociedad marcada por fuertes desigualdades. Terreno propicio, por consiguiente, para los arrebatos de un triángulo en el que la lealtad entre el matón y su padrino se verá alterada por los celos que la pérfida Paloma alienta en el esposo y de los que ella misma es víctima cuando Pedro se marcha a vivir con Meche.

Sin embargo, y a pesar de todo lo que hasta ahora llevamos dicho, se aprecia, asimismo, una cierta nota feminista en el personaje de Paloma (sin duda el más interesante de la película). Aparece, fugazmente, en la escena en la que el Bruto, cediendo a la fogosidad de la mujer, intenta forzarla y ella, rechazándolo airada, responde con altivez: "¡Sinvergüenza! ¿Qué te creías? ¿Que no tenías más que agarrarme con tus cochinas manos para que ya...? [...] ¡Pues sí! Pero para eso que tú me quieres hace falta una cosa: ¡Que quiera yo!"



lunes, 25 de septiembre de 2017

El indulto (1961)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1961, 101 minutos

El indulto (1961) de Sáenz de Heredia


De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento. A veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.

Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios...

Emilia Pardo Bazán
El indulto

Tal vez porque no acababa bien, quizá porque su temática, entre lo marcadamente literario y lo excesivamente realista, se apartaba un tanto de lo que había sido hasta aquel entonces la tónica general en el cine de Sáenz de Heredia, pero lo cierto es que El indulto no ocupa el lugar que merece dentro de su filmografía. Y es extraño, porque sólo por su reparto ya es un filme excepcional: baste decir que lo encabezaba el mejicano Pedro Armendáriz, toda una estrella de Hollywood que había trabajado a las órdenes de John Ford en Fort Apache (1948) y que se suicidaría apenas dos años después de El indulto, tras haber intervenido en Desde Rusia con amor junto a Sean Connery.



"Que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague...": casi podríamos decir, parafraseando el título de la célebre comedia del Siglo de Oro, que el tema central de la película es el destino. Ya lo advierte Lucas (Armendáriz) cuando se lo llevan esposado: "¡Adiós, Antonia! ¡Por ti voy a la cárcel o al otro barrio! ¡Pero de los dos sitios han vuelto algunos!" Un destino contra el que ni Antonia (Concha Velasco) ni Pedro (Manuel Monroy) pueden hacer nada, por más que se trasladen a Madrid huyendo del bárbaro Lucas. Como dicen durante su viaje en tren:

ANTONIA: Tú y yo estaremos siempre a la misma distancia: a la que él nos separa. 
PEDRO: Es cierto. Yo debí disparar aquella noche...

"La negra que llaman honra": sí, de eso también hay bastante en esta historia. Puesto que todo comienza con un matrimonio forzado entre la joven y el hombre que abusó brutalmente de ella, dejándola embarazada. Salvaje forma de zanjar un delito de estupro, ensalzada por el teatro calderoniano y aún en boga en tiempos de la Pardo Bazán (al menos en el ámbito campestre). En realidad, lo que pretende la madre de Antonia es recuperar la honorabilidad de su hija a cambio de veinte mil reales, pero Lucas es la encarnación del mal y no hay suma capaz de poner límite a sus bajos instintos.

Como en toda tragedia, dos hermanos se disputarán el amor de una misma mujer: a uno, pese a su fiereza, lo avala la legalidad vigente como legítimo esposo; al otro, los buenos sentimientos y su afán de protección. Sea como fuere, lo que está claro es que Sáenz de Heredia, aun siendo un cineasta adicto al régimen, se avanzó a su tiempo al filmar en plena dictadura un drama rural en la línea de El crimen de Cuenca (1980) o el Pascual Duarte (1976) de Ricardo Franco.