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lunes, 8 de septiembre de 2025

April (2024)




Título original: აპრილი
Directora: Déa Kulumbegashvili
Georgia/Italia/Francia, 2024, 134 minutos

April (2024) de Déa Kulumbegashvili


Ardua tarea la de abordar el siempre controvertido tema de la interrupción voluntaria del embarazo en un país de profundas convicciones cristianas como es la Georgia postcomunista. Reto que la cineasta Déa Kulumbegashvili (Oriol, Rusia, 1986) afronta con entereza no exenta de atrevimiento. A este respecto, los planos fijos larguísimos, los silencios de los personajes mirando fijamente a cámara o las acciones y diálogos que quedan fuera de campo constituyen los recursos más notables de una caligrafía concebida para captar la tensión que flota en el ambiente.

Consciente de la trascendencia de su oficio y pese a la presión ambiental, Nina (Ia Sukhitashvili) ejerce la obstetricia con la firme voluntad de garantizar los derechos reproductivos de unas mujeres que acuden a ella a través de la consulta del hospital o, sobre todo, visitándolas a domicilio y de forma fraudulenta, en las condiciones más sórdidas imaginables.



El peligro al que unas y otra se exponen entraña consecuencias para su salud, por supuesto, pero también para su propia integridad física, teniendo en cuenta que tanto las autoridades civiles como las religiosas consideran un delito gravísimo el hecho de atreverse a abortar. Tal vez por ello, la efigie deforme de un ser monstruoso pulula parsimoniosamente en la penumbra de algunas escenas, quién sabe si en alusión a los fetos malogrados o al sentimiento de culpa que arrastran algunos personajes.

Aunque, según parece, es Nina la que, a juzgar por la crudeza de su comportamiento en materia sexual (proponiendo a desconocidos que encuentra en su camino que mantengan relaciones con ella), quien manifiesta mayores remordimientos de conciencia. A fin de cuentas sus superiores, todos hombres, la someten a un continuo juicio sumarísimo que de algún modo termina haciendo mella sobre su autoestima. Aun así, ella no cede en su empeño, de la misma manera, curioso paralelismo visual, que los campesinos que lanzan cohetes para dispersar las nubes de tormenta.



sábado, 15 de febrero de 2020

Sólo nos queda bailar (2019)




Título internacional: And Then We Danced
Título original: და ჩვენ ვიცეკვეთ
Director: Levan Akin
Suecia/Georgia/Francia, 2019, 113 minutos

Sólo nos queda bailar (2019) de Levan Akin


Merab, joven promesa de la danza tradicional georgiana, intenta abrirse paso como miembro de la Compañía Nacional. Pero los duros métodos empleados por su profesor chocan frontalmente con el talento innato del muchacho, cuyo padre, caído ahora en desgracia, fue una antigua estrella que llegó a bailar en los más prestigiosos escenarios del mundo. Para colmo, un nuevo bailarín oriundo de Batumi, simpático y algo díscolo, ingresa en la academia. Entre Merab y el recién llegado enseguida surge la química...

Pese a haber nacido en Suecia, hijo de padres georgianos procedentes de la diáspora turca, el cineasta Levan Akin (Estocolmo, 1979) decidió volver a sus raíces para contar una historia que bebe de muy diversas fuentes. Por un lado, está el choque generacional entre los jóvenes que piden paso con fuerza y la vieja guardia apoltronada, heredera, en buena medida, de muchos prejuicios y privilegios que tienen su origen en la época soviética. Por otro, el conservadurismo de una sociedad tan celosa de sus tradiciones que rechaza visceralmente el más mínimo atisbo de apertura. Finalmente, son continuas las alusiones a una crisis económica que condena a la ciudadanía a subsistir en el umbral de la pobreza.

"La danza georgiana es la expresión de la sangre de nuestra nación"

En semejante contexto, ni que decir tiene que la homosexualidad es vista por los sectores más ortodoxos como un estigma inasumible, y de ahí la inquietud que ofusca a los protagonistas a la hora de asumir unas inclinaciones que, dada la intolerancia que los rodea, se ven forzados a reprimir continuamente.

Sin embargo, ni las sacrosantas tradiciones ni un entrenador que, por su severidad, recuerda al de Whiplash (2014) lograrán doblegar el ímpetu de Merab a la hora de hacer realidad su sueño. Empeño similar, por cierto, al del propio Levan Akin, quien, para sacar adelante su película, debió enfrentarse a amenazas de muerte, hasta el punto de que el equipo de rodaje, desplazado a Tiflis, la capital de Georgia, se vio obligado a trabajar bajo la vigilancia de guardaespaldas.


sábado, 16 de junio de 2018

Dede (2017)




Título original: დედე
Directora: Mariam Khatchvani
Georgia, 2017, 97 minutos

Dede (2017) de Mariam Khatchvani


Con apenas 32 años, la directora georgiana Mariam Khatchvani debuta en el largometraje a través de esta historia de rencillas familiares ambientada en la comunidad de Ushguli, hoy célebre centro turístico gracias a sus imponentes torres medievales, pero durante el convulso período en el que transcurre la acción foco de cruentos enfrentamientos entre clanes dispuestos a zanjar sus diferencias a golpe de kalashnikov.

Como si de un drama lorquiano se tratase, la protagonista se verá en el centro de una trágica espiral de violencia suscitada por tres hombres que se disputan su amor: David (Nukri Khachvani) es el típico macho alfa, brutal y dominante, empecinado en hacer efectivo por la fuerza, pese a que la joven lo rechaza, el matrimonio concertado entre sus familias. Porque Dina (Natia Vibliani) está enamorada de Gegi (George Babluani), aunque casarse por amor no parece ser la opción habitual en los recónditos valles de la Georgia profunda...

Pese a lo tenso del ambiente, la violencia tiene lugar fuera de campo


Así que pasen cinco años, los problemas parecerán haberse solucionado, pero el infortunio acecha latente y la adversidad volverá a azotar a Dina, ahora viuda y con un niño a su cargo. Por lo fatídico de las pasiones que se dan cita en Dede es fácil que al espectador le acudan al pensamiento no pocos referentes, a cuál más amargo: la catarsis griega, los dramas de honor calderonianos en los que padres y hermanos se sienten legitimados para disponer impunemente de la voluntad de las mujeres del clan familiar, etc.

En cualquier caso, los hechos que se exponen en Dede están tan ligados a la historia reciente del Cáucaso que es ello precisamente lo que los convierte en profundamente universales, por lo que las nieves de Ushguli no son óbice para que la acción pudiese transcurrir en latitudes más tórridas como la Atenas de Eurípides o la Granada de Bodas de sangre. Una Georgia ancestral en la que el período soviético no parece haber dejado legado duradero alguno más allá de algún camión que no funciona y donde la superstición impera entre la población local por más que la doctora intente curar al hijo de Dina con unos medicamentos que tienen que venir de muy lejos.


martes, 19 de septiembre de 2017

Érase una vez un mirlo cantor (1970)




Título original: Iko shashvi mgalobeli / Жил певчий дрозд
Director: Otar Iosseliani
Unión Soviética, 1970, 82 minutos

Érase una vez un mirlo cantor (1970)


¡Cómo se parece a John Cassavetes el actor protagonista de Érase una vez un mirlo cantor! Pero no: no se trata del gran intérprete y cineasta americano, sino de Gela Kandelaki. Su personaje es el joven percusionista de una orquesta sinfónica que pasa el tiempo de aquí para allá, ora flirteando con alguna muchacha ora entrometiéndose en los más diversos asuntos. Se ha acostumbrado a irrumpir en el foso en el último momento los días que hay concierto, para desesperación del director y de los responsables de la sala. Pero Gia, que ése es su nombre, hace ya mucho que optó por tomarse la vida con calma...



Como ocurre tantas veces en el cine del georgiano Otar Iosseliani, Érase una vez un mirlo cantor es una película que fluye ante nuestros ojos y en la que los personajes cantan (o canturrean) bastante a menudo. Tal vez por la tradición polifónica del país transcaucásico o simplemente porque con dicho hallazgo el director pretende mostrar en imágenes su particular manera de tomarse la vida.

Sea como fuere, hay algo en el recorrido urbano de Gia que recuerda un tanto al de Cléo en la obra maestra de Agnès Varda, sólo que liberado de ataduras espacio-temporales así como de la angustia existencial que atenazaba a aquella mujer. Con todo, el hecho de que Iosseliani elija como leitmotiv el pasaje "Erbarme dich, mein Gott!" ("¡Apiádate de mí, Dios mío!") de La Pasión según San Mateo de Bach podría interpretarse, en cierto modo, como un presagio de las consecuencias que inevitablemente terminará acarreando la vacuidad de la existencia tan despreocupada que lleva Gia.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Rehenes (2017)




Título original: მძევლები
Director: Rezo Gigineishvili
Georgia/Polonia/Rusia, 2017, 103 minutos

Rehenes (2017) de Rezo Gigineishvili


Los hechos que se describen en Rehenes son susceptibles de ser considerados como una heroicidad o bien como un ataque terrorista en función del bando desde el que sean analizados. Las autoridades soviéticas de 1983 lo tuvieron muy claro y actuaron en consecuencia. Pero para muchos georgianos el plan organizado por un grupo de jóvenes pertenecientes a la élite intelectual del país (secuestrar un vuelo comercial con destino a la turística Batumi para desviarlo hasta Turquía y así poder huir a Occidente) sigue siendo, treinta y cinco años después, una proeza que pone de manifiesto la falta de libertades que oprimía a los ciudadanos de la antigua URSS.

En ese aspecto, el realizador Rezo Gigineishvili no duda en tomar partido a la hora de retratar a los dirigentes comunistas como un atajo de intransigentes burócratas, incapaces de reconocer, en lo que ellos consideran gravísima traición a la patria, el anhelo de una juventud que ansía gozar de una mayor libertad de movimientos y de pensamiento. Al fin y a la postre, lo que quieren Anna, Nika y el resto de muchachos implicados en el secuestro se concreta en cosas tan inofensivas como un vinilo de los Beatles, unos cuantos paquetes de Marlboro, ejemplares del Play-Boy y poco más, pese a que cualquiera de esos objetos represente muchísimo para quien nunca los ha tenido.

Nika (Irakli Kvirikadze) y Anna (Tinatin Dalakishvili)

Los padres, pertenecientes a la generación que creció con los rigores de la posguerra, no dan crédito a lo sucedido: "¿Qué les faltaba?" "¡Si lo tenían todo!" son las frases recurrentes que, una y otra vez, se irán repitiendo cuando se precipiten los acontecimientos. Tal vez no haya una única respuesta que pueda aclararlo. En todo caso, la película no nos la brinda. Lo que sí que parece evidente es que el título no alude únicamente a los pasajeros retenidos en el Túpolev: rehenes son todos los que viven privados de libertad, tanto los que parecen ignorarlo (padres, profesores, médicos...) como los hijos de éstos, conscientes de la situación y dispuestos a cometer un disparate con tal de largarse.

Ahora bien: si hay un elemento que se nos antoja sumamente perturbador en la trayectoria de los protagonistas es el paralelismo (leve, pero real) con el proceso de radicalización experimentado hoy en día por algunos jóvenes captados para la lucha yihadista. En Rehenes es un pope de la iglesia ortodoxa el acusado de haberles sorbido el seso, lo cual demuestra que fenómenos como éste no son patrimonio exclusivo del Islam. Además, y teniendo en cuenta que el religioso es caracterizado como un tipo fanático con aires de Rasputín, queda bastante clara, a través de este personaje, la opinión que le merece al director del filme el ascendiente de la jerarquía eclesiástica sobre la sociedad georgiana.


martes, 15 de agosto de 2017

Sayat Nova. El color de la granada (1969)




Título original: Sayat Nova / Սայաթ-Նովա. Նռան գույնը
Director: Sergei Parajanov
Unión Soviética, 1969, 79 minutos

Sayat Nova. El color de la granada (1969)


Un rótulo previo nos da la clave para desentrañar la significación genuina de Sayat Nova, rebautizada por la censura soviética como El color de la granada: "Esta película no intenta contar la vida de un poeta. En su lugar, el cineasta intentó recrear el mundo interior del poeta a través de las aprensiones de su alma, sus pasiones y tormentos, usando ampliamente el simbolismo y las alegorías propias de la tradición de los trovadores de la Armenia medieval". Ahí es nada...

Y todo eso en pleno proceso de estancamiento durante la era Brézhnev. Como es natural, las autoridades culturales mutilaron y luego prohibieron un filme cuya sensibilidad artística estaba a años luz de las gélidas consignas imperantes. Vista con el margen que da el casi medio siglo transcurrido desde que fuera concebida, la obra cumbre de Sergei Parajanov se nos aparece como un primoroso estampido de color y hermosura, delicadamente estilizado en su voluntad de infundir vida a la imaginería armenia de iconos y efigies religiosas.



No en vano, si el elegido como leitmotiv fue un trovador del siglo XVIII que vivió a caballo entre Georgia y Armenia es porque el propio Parajanov, que era hijo de armenios, había nacido, sin embargo, en Tiflis al igual que el poeta. Y el misticismo de sus versos, además, se adecuaba a la poesía visual del realizador como anillo al dedo.

En los cuadros vivientes ideados por el director, tanto el diseño de vestuario como la composición espacial adquieren una enorme importancia, dando lugar, en varios momentos, a imágenes que por su apariencia vagamente surrealista hacen pensar en la posible influencia de Buñuel (por ejemplo, en la escena en la que un rebaño de ovejas invade el interior de una iglesia). De hecho, es bien sabido que la religión ejerció un enorme influjo como fuerza inspiradora sobre el genio de Calanda. Con todo, la creatividad de Parajanov, si bien se vio refrenada por el talante coercitivo de un régimen político que no le permitía expresarse a su entero albedrío, sí pudo, al menos, legarnos un esbozo aproximado de una película inclasificable por lo insólito de su puesta en escena.


lunes, 31 de julio de 2017

La vida de Anna (2016)




Título original: Anas Ckhovreba
Directora: Nino Basilia
Georgia, 2016, 108 minutos

La vida de Anna (2016) de Nino Basilia


Hace falta haber estado en Georgia para valorar en su justa medida la imagen que se ofrece de aquel país en La vida de Anna: esos bloques de pisos de hormigón (herencia visible de su pasado soviético, si bien no es la peor de las lacras que todavía arrastra), esas caras largas que se ven aquí y allá, las atroces diferencias entre clases sociales, la perturbadora presencia de EE.UU. (teórico aliado), la corrupción que se palpa en el ambiente y, en definitiva, la sensación de que allí no hay futuro posible no son ni una invención ni, mucho menos, una exageración de la directora y guionista Nino Basilia.

Ahora bien: en lo estrictamente cinematográfico, su primer largometraje no acaba de desprenderse de una cierta sensación de déjà vu, de situaciones que el espectador creerá haber visto antes en otras producciones recientes de las cinematografías del Este europeo. Tal vez, habrá quien piense, porque la situación que se vive en la mayoría de esos países es igual de caótica. Sí: aunque en un par de ocasiones, como mínimo, se nota que la realizadora evita deliberadamente caer en los mismos clichés que ya transitaron otros colegas suyos. Así pues, si hace una década el rumano Cristian Mungiu obligaba a la protagonista de la aclamada 4 meses, 3 semanas, 2 días a aceptar favores a cambio de sexo o a abortar, ahora es Anna, madre soltera, quien rehúsa ambas posibilidades aun a pesar de los muchos apuros que la apremian tanto a ella como a su hijo autista.



No puede negarse que Basilia narra la historia con garra, manteniéndonos en vilo durante muchos minutos (como en el caso de la subtrama del silencioso adolescente que sigue a Anna a todas partes o la del mafioso Otto); que la suya es una película de mujeres fuertes, capaces de afrontar la dura realidad del día a día, y no sólo en el caso de la protagonista: lo mismo podría decirse de Irma (su mejor amiga), de la anciana maestra que cuida de su hijo, de su abuela (a pesar de la demencia senil) e incluso, cabe suponer, de la madre (que, aunque ya fallecida, dejó una huella indeleble en Anna).

Lo único que chirría un poco (por no decir bastante) es el final: se nota que Anas Ckhovreba se ha financiado con la correspondiente subvención del gobierno georgiano: hacer que Anna se una a un grupo de sonrientes jóvenes apolíneos, debidamente pertrechados con la bandera del país, es un desenlace tan cargado de futuro como de impostura. Y, claro: que, después de tanta penuria, la moraleja venga a ser algo así como aquel "¡Que no estamos tan mal, hombre!" (que decía el otro) obedece más al mensaje subliminal de un filme propagandístico pensado para evitar el éxodo de compatriotas al extranjero que no a lo que debiera ser verdaderamente el cine con mayúsculas.


sábado, 30 de mayo de 2015

Corn Island (2014)




Título original: Simindis kundzuli
Director: George Ovashvili
Georgia/Alemania/Francia/República Checa/Kazajistán/Hungría, 2014, 100 minutos

Corn Island (2014) de George Ovashvili


Resulta curioso cómo, con pocas semanas de diferencia, se han estrenado dos películas georgianas que coinciden ahora mismo en nuestra cartelera. Primero fue Mandarinas, de la que ya hablamos días atrás, y ahora le toca el turno a Corn Island.

Son, sin embargo, varias las similitudes que unen a ambas producciones, al margen de su nacionalidad: la acción de las dos se sitúa en Abjasia y tiene como eje el conflicto separatista que acaeció en la mencionada región de mayoría musulmana; una y otra tienen como protagonistas a hombres mayores que se mantienen al margen del conflicto (tanto el uno como el otro, además, viven de la tierra y son consumados carpinteros); finalmente, lo mismo en Mandarinas que en Corn Island cada uno de los ancianos acogerá en su casa a un soldado herido del bando contrario al suyo y cuidará de él hasta que se recupere.

En el caso de Corn Island, apenas hay diálogo: de hecho no es hasta el minuto 25 que escuchamos las primeras palabras. Se trata, por tanto, de un film en el que lo esencial lo comunican las imágenes. Por una parte las de la naturaleza salvaje que apenas se deja dominar y, por otra, las del anciano y su nieta quienes, con su labor constante y callada, obran el milagro de convertir un islote inhóspito en una parcela ubérrima donde crece el maíz. Lo poco que se habla es en abjasio (el abuelo, la nieta, los mercenarios abjasios), en georgiano (los soldados) e incluso, estos últimos, también usan el ruso.

Mariam Buturishvili, la joven actriz que interpreta a la nieta, fue elegida tras un casting por el que, según dicen, pasaron más de cinco mil chicas. En cuanto a la isla en cuestión, en realidad está construida sobre un lago artificial, como era de esperar, para facilitar las tareas de rodaje. Aunque eso son minucias.

Lo importante es constatar cómo una película tan sencilla, remotamente parecida a La tierra (1930) de Dovzhenko, es al mismo tiempo de una enorme profundidad: la niña que deja de ser niña (con su muñeca de trapo, que acabará enterrada en el fango), las fuerzas telúricas desbocadas, el absurdo de la guerra... Quizá por todo ello, su director, el georgiano George Ovashvili (Tbilisi, 1963) obtuvo gracias a Corn Island el primer premio en el festival de cine de Karlovy Vary.

¿Vida contemplativa?


En algunos momentos, las imágenes recuerdan a La tierra (1930) de Dovzhenko

Primeros brotes

La nieta y el abuelo de Corn Island (2014)

domingo, 3 de mayo de 2015

Mandarinas (2013)




Título original: Mandariinid
Director: Zaza Urushadze
Estonia/Georgia, 2013, 87 minutos

Mandarinas (2013) de Zaza Urushadze


La historia reciente de Georgia, a pesar de ser un pequeño país del Cáucaso, está plagada de momentos sumamente convulsos. En agosto de 2008, tras su Segunda Guerra con Georgia, Rusia se apresuró a reconocer oficialmente la independencia de Osetia del Sur al igual que la de Abjasia. Así lo hicieron también Nauru, Nicaragua y Venezuela. Aunque dicho reconocimiento carece de momento del apoyo de la ONU y de la OTAN y lo rechazan tanto la Unión Europea como Estados Unidos.

Pero el conflicto viene ya de antiguo. Entre el 14 de agosto de 1992 y el 27 de septiembre de 1993 tendría lugar la guerra de Abjasia, motivada por el anhelo de esta región (de mayoría musulmana) de independizarse del resto de Georgia. Es en este marco histórico en el que el director y guionista Zaza Urushadze sitúa la acción de Mandarinas. Su protagonista es Ivo, un anciano carpintero de origen estonio, que, a diferencia del resto de sus familiares, decide permanecer en Georgia para ayudar a su vecino Margus a recolectar la cosecha de mandarinas. De hecho, es Ivo quien pacientemente le fabrica en su viejo taller las cajas de madera para transportarlas.

Todo parece ir más o menos bien hasta que un día, tras un repentino ataque militar, Ivo socorre a un par de soldados heridos que, milagrosamente, han logrado sobrevivir: un mercenario checheno (Ahmed) y un georgiano (Niko). Los aloja en su propia casa, donde, junto a Margus, cuidará de ellos hasta que se recuperen. En cuanto Ahmed sabe de la existencia de Niko en la habitación contigua jura que acabará con él para así vengar a sus compañeros muertos. Pero Ivo le hace dar su palabra de que, mientras esté bajo su techo, no matará a nadie...

Niko e Ivo tras los cristales de su casa


Algunos, tal vez condicionados por la óptica mojigata de la Europa del bienestar, piensen que una película como esta parece simplificar el conflicto armado entre georgianos y abjasios hasta convertirlo en una ingenua disyuntiva ética: si hacemos el esfuerzo de convivir con nuestros enemigos dejaremos de verlos como tales. Pero la lógica de los ciudadanos no siempre coincide forzosamente con la de los gobiernos. En palabras del realizador Zaza Urushadze: "Gente sin fronteras, ese es probablemente el leitmotiv de mi película. Diferentes nacionalidades, creencias religiosas que se oponen, enemigos que se convierten en amigos. Personas que gradualmente se van dando cuenta de que no es necesario ser enemigos. Esta película debería mostrar al público que en todo el mundo las personas somos parecidas, que tenemos valores humanos comunes. En las guerras desencadenadas por políticos irresponsables, la gente ordinaria que ama la vida acaba muriendo. La muerte de una persona es la muerte de un mundo único, pero para los políticos tan solo es una cuestión de estadística. Las fronteras dividen a la gente de manera artificial".

Mandarinas, en ese caso, sea quizá un tanto moralizante para poder profundizar en lo absurdo de la guerra, si bien sus protagonistas se las ingenian para conseguir que la evolución en su manera de relacionarse entre ellos conforme pasan los días y se ven forzados a convivir no solo parezca verosímil sino incluso de lo más natural. La casa de Ivo es, por consiguiente, una metáfora de lo que debería ser un estado moderno: un lugar en el que personas de muy distinta condición (a veces, incluso opuesta) aprenden a tolerarse conviviendo pacíficamente.

Cartel promocional de la película