Director: José María Ulloque
España, 1987, 78 minutos
| El gran serafín (1987) de José María Ulloque |
Bordeó los acantilados para encontrar una playa un poco apartada. La exploración fue breve, pues en aquel paraje ni la soledad ni la lejanía misma estaban lejos. Aun en las playas contiguas al pequeño espigón de pesca, bautizadas Negresco y Miramar por la patrona de la hostería, era escasa la gente. Alfonso Álvarez descubrió así un lugar que de modo admirable correspondía al anhelo de su corazón: una ensenada romántica, desgarrada, salvaje, a la que reputó uno de los puntos más remotos del mundo...
Adolfo Bioy Casares
El gran serafín
Autor de una sola película, el cineasta José María Ulloque se atrevió con la adaptación de un relato del argentino Bioy Casares, originariamente publicado en 1967, que aborda nada más y nada menos que el fin del mundo. Aunque ello no parece importarle demasiado al heterogéneo grupo de personajes que se da cita en El bucanero inglés, el hotelito frente al mar en el que transcurre la acción de El gran serafín (1987).
A medio camino entre lo fantástico y lo kafkiano, los acontecimientos se irán sucediendo como si de una pesadilla se tratase, especie de apocalipsis grupal en el que las reacciones de los protagonistas varían según su condición y carácter. Así pues, algunos huéspedes, caso de Álvarez (Xavier Sala) o el profesor Lynch (Noel Samson), evidencian síntomas de un creciente desapego, mientras que la otoñal Vionnet (María del Puy) aspira a revivir los placeres de una juventud que hace ya demasiados años que dejó atrás.
| Ana Obregón interpreta a la cándida criada Hilda |
En cuanto al ángel al que alude el título se trata del mismísimo Satanás, que ha salido de las entrañas de la tierra, adonde se hallaba confinado, por un orificio abierto en la superficie. De todas formas, el tópico del cataclismo universal actúa como telón de fondo más que como verdadero tema, dando a entender que en semejante contexto ya nada importa nada. De hecho, la tensión narrativa se produce entre la mayoría de los personajes, que pretende hacer caso omiso de dichas señales y llevar una vida despreocupada, y Álvarez, quien no concibe una actitud así por parecerle esperpéntica.
Por último, la ubicación donde se sitúa la trama, un remoto balneario de la costa bonaerense llamado San Jorge del Mar (recreado en el litoral ampurdanés, concretamente en Platja d'Aro y Solius), favorece la presencia de signos apocalípticos asociados al medio acuático. De ahí que las aguas broten sulfurosas o que la arena de la playa aparezca cubierta de cetáceos muertos. Indicios espeluznantes que ya se mencionan en la cantiga de Alfonso Álvarez de Villasandino con la que se abren los títulos de crédito iniciales.





