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lunes, 30 de marzo de 2026

Amarga Navidad (2026)




Director: Pedro Almodóvar
España, 2026, 111 minutos

Amarga Navidad (2026) de Almodóvar


La enésima incursión almodovariana en el melodrama de tintes autobiográficos nos sitúa en una tesitura muy similar a la ya explorada por el manchego en títulos anteriores como, por ejemplo, Dolor y gloria (2019) o, incluso, más atrás en el tiempo, la ya mítica (y fundacional en muchos aspectos) La ley del deseo (1987). Y lo hace recurriendo a su habitual paleta de colores estridentes, ya sea en el mobiliario que rodea a los personajes o la ropa que visten (generalmente de Prada).

También se desdobla en algunos de los protagonistas, sobre todo el cineasta al que interpreta Leonardo Sbaraglia, debidamente caracterizado con un corte de pelo como el del director, si bien la réplica de éste en la ficción que está escribiendo, en un magnífico papel de Bárbara Lennie, posee también no pocos rasgos que remiten igualmente a Almodóvar. Lo cual da pie a un interesante juego de muñecas rusas cuyo sentido último parece aludir al modo en que los creadores suelen fagocitar cuanto tienen a su alrededor, ya se trate de allegados o de sus propias circunstancias.



Sin embargo, Amarga Navidad (2026) dista de ser la producción más lograda de un cineasta que hace ya tiempo que parece que tocó techo a nivel creativo. Así pues, a la sensación de déjà vu que transmiten buena parte de los elementos de su puesta en escena, aparte de la banda sonora de Alberto Iglesias o los exteriores rodados en las arenas volcánicas de las playas de Lanzarote, se unen detalles (como las dos o tres menciones a la cocaína en sus diálogos) que chirrían un poco al entrar en abierto contraste con el carácter aburguesado que destila la parafernalia con la que Almodóvar suele adornar desde hace décadas todas sus películas.

No faltan, eso sí, momentos interesantes, incluso emotivos, como la escena en la que Amaia canta a capela "Las simples cosas", tal vez porque el director de Pepi, Luci, Bom… (1980) o Entre tinieblas (1983) ha alcanzado a estas alturas de su carrera una etapa introspectiva de maestría otoñal donde ya no necesita provocar para impactar. En todo caso, sigue sabiendo sacar lo mejor de su elenco de actrices, con interpretaciones notables de Aitana Sánchez-Gijón, Milena Smit (teñida y sin teñir) y Victoria Luengo, además de innovar en determinadas secuencias con el uso del texto sobreimpreso en pantalla. Destellos de genialidad que demuestran cómo donde hay ceniza, todavía queda fuego.



domingo, 7 de enero de 2024

Mensajeros de paz (1957)




Director: José María Elorrieta
España, 1957, 77 minutos

Mensajeros de paz (1957) de J.Mª. Elorrieta


Se acaban las fiestas navideñas y mañana habrá que volver a la rutina del trabajo, pero antes nos queda todavía un rato para comentar una de aquellas películas que en su momento fueron especialmente concebidas para ser vistas en días de entrañable espíritu fraterno como los que en teoría venimos de celebrar. Se trata de Mensajeros de paz (1957), fantasía bienintencionada del hoy un tanto denostado José María Elorrieta (1921-1974) a propósito de una supuesta visita de los Reyes Magos al Madrid de la época y que hay que juzgar con indulgencia si se tienen en cuenta las vueltas que ha dado el mundo (y sobre todo España) desde aquel entonces.

Ni que decir tiene que la gente se queda de pasta de boniato cuando los tres protagonistas se presentan a sí mismos como Gaspar (Rafael Luis Calvo), Melchor (Félix Dafauce) y Baltasar (Antonio Almorós), aunque su fuerza de persuasión y algún que otro milagrillo que se permiten propiciarán que unos y otros, a pesar de las situaciones disparatadas en las que se ven inmersos, acaben rindiéndose a la bonhomía de sus Majestades de Oriente. También es cierto que el mensaje subyacente en el guion de José Manuel Iglesias y el propio Elorrieta apela a la inocencia del niño que todos llevamos dentro, con lo cual ya hay mucho ganado para la causa de tan generosos sabios.



Asimismo, resulta curioso constatar que cada uno de ellos responde a perfiles muy distintos, siendo Melchor el moralista que recrimina las malas acciones de los hombres, Baltasar (con su pendiente y la cara pintada de negro) el más juguetón del trío y Gaspar el líder conciliador. "Mensajeros de paz", al fin y al cabo, tal y como reza el título de la cinta, cuya misión específica, tras su visita a un hospital infantil, consiste en localizar al papá del niño Andresito para que éste, un díscolo agente artístico llamado Enrique (Antonio Casas) que se marchó de casa hace algún tiempo, dejando en la estacada a su mujer e hijos, vuelva de nuevo con su familia.

Claro que moverse por la capital con esas pintas no facilita precisamente la tarea, de modo que los monarcas optan por cambiar de atuendo y sustituyen sus túnicas por elegantes abrigos. Aun así, recalarán brevemente en dependencias policiales y hasta en un cabaré, siempre con la sanísima intención de redimir a la descarriada Marichu (Mariangela Giordano), mujer de vida alegre, además de querida del ya mencionado Enrique... Y aún les quedará tiempo para interceder en favor de una promesa futbolística (Mario Berriatúa), novio de Ana (Concha Velasco), la hermana mayor de Andresito e hija de Enrique (¡qué lío!). Como se ve, trabajo no les falta. Y eso que, además, tienen que repartir todos los juguetes que han comprado (hasta agotar existencias) para los niños de un mundo que, cuando al final regresan a Oriente a bordo de su Land Rover, parece que es un poco menos hostil.



sábado, 25 de diciembre de 2021

¡Qué bello es vivir! (1946)




Título original: It's a Wonderful Life
Director: Frank Capra
EE.UU., 1946, 130 minutos

¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra


¿Qué sería la Navidad sin El Mesías de Händel o ¡Qué bello es vivir! (1946)? Probablemente algo similar a Pottersville, esa horrenda ciudad, repleta de casinos infectos y estridentes cabarets, en la que la idílica Bedford Falls se habría convertido si George Bailey no hubiese nacido nunca. De hecho, el cúmulo de comilonas y despilfarro que son hoy estas fiestas se asemeja bastante al infierno vislumbrado en la película y no a lo que debiera ser el verdadero espíritu navideño. En cualquier caso, y pese a que el clásico de Frank Capra no sea más que una ficción, ¿a quién no le gusta congraciarse con el mundo, aunque sólo sea durante un par de horas?

Sin embargo, el éxito no acompañó a la cinta en el momento de su estreno: eclipsada por el alegato patriótico de Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946), It's a Wonderful Life apenas recibió un premio menor por su innovadora técnica a la hora de simular la nieve en estudio. Triste bagaje para un título que, gracias a sus posteriores y ya tradicionales reposiciones televisivas, estaba llamado a convertirse en un mito de la historia del cine. Y es que, por paradójico que parezca, la carrera profesional de Capra se vio arruinada a consecuencia del fracaso en taquilla de la misma película que, a la postre, acabaría valiéndole la gloria. Además, Liberty Films, la productora independiente por él fundada como plataforma de lanzamiento para el estreno, se disolvió en 1951 tras haber únicamente producido dos largometrajes: la propia ¡Qué bello es vivir! y State of the Union (1948).



Por otra parte, conviene precisar el verdadero sesgo ideológico de una cinta cuyo argumento, desde la óptica europea, se ha confundido a veces con una alegoría de contenido social. Nada más lejos de la realidad: Capra fue siempre firme partidario del conservadurismo republicano, así como defensor del individualismo estadounidense. Buena prueba de ello es el personaje de George Bailey (magistralmente interpretado por James Stewart), auténtico hombre hecho a sí mismo y fiel representante de lo que, según Capra, debe ser un emprendedor: alguien que, desde la iniciativa privada, haga innecesaria la injerencia del Estado en cuestiones como la vivienda o la ayuda crediticia a las clases desfavorecidas.

¿Y qué más da? La película seguirá emocionando, más allá de modas y doctrinas políticas o religiosas, porque lo que de verdad prima en ella es el sentido de pertenencia a una comunidad, que se vuelca con uno de sus miembros cuando éste más lo necesita. En dicho sentido, la momentánea pérdida de fe de George no es más que el preludio necesario para que los valores por él encarnados salgan fortalecidos. En la misma medida que Bailey y el mísero Potter (Lionel Barrymore) vendrían a ser, cada uno a su manera, una especie de desdoblamiento del Scrooge dickensiano. Innegable sustrato literario que no le resta ni un ápice de emotividad a la historia por más evidentes que sean los resortes de su efectismo. A fin de cuentas, ya se sabe que cuando suena una campanilla es porque algún ángel se ha ganado sus alas.



domingo, 5 de enero de 2020

Muchas gracias, Mr. Scrooge (1970)




Título original: Scrooge
Director: Ronald Neame
Reino Unido, 1970, 113 minutos

Muchas gracias, Mr. Scrooge (1970)
de Ronald Neame


Scrooge was better than his word. He did it all, and infinitely more; and to Tiny Tim, who did not die, he was a second father. He became as good a friend, as good a master, and as good a man, as the good old city knew, or any other good old city, town, or borough, in the good old world. Some people laughed to see the alteration in him, but he let them laugh, and little heeded them; for he was wise enough to know that nothing ever happened on this globe, for good, at which some people did not have their fill of laughter in the outset; and knowing that such as these would be blind anyway, he thought it quite as well that they should wrinkle up their eyes in grins, as have the malady in less attractive forms. His own heart laughed: and that was quite enough for him.

Charles Dickens
A Christmas Carol (1843)

El éxito cosechado por el musical Oliver! en 1968, con la obtención de cinco premios Óscar, explica que, dos años más tarde, se intentara repetir la jugada adaptando otro texto de Dickens, en este caso A Christmas Carol. De hecho, ambas películas se filmaron en los estudios Shepperton, llegándose a reutilizar, incluso, algunos decorados de la primera, lo cual añadía un motivo más para que las dos se parezcan tanto.

El papel de mísero prestamista recayó en Albert Finney, un actor que por aquel entonces apenas contaba treinta y tres años, pero con una trayectoria notable a sus espaldas (ya había protagonizado títulos hoy clásicos como Dos en la carretera o Tom Jones) y suficientemente dotado como para meterse en la piel de un anciano misántropo.



La historia de un hombre al que, la víspera de Navidad, se le aparece en sueños el fantasma de su difunto asociado Jacob Marley (magnífico, como siempre, Sir Alec Guinness) para mostrarle cuán mezquina es la vida que lleva. Un argumento archiconocido y de lo más eficiente para congraciarse con el espíritu navideño (y hasta con el género humano si hace falta) y del que, sin duda, Frank Capra ya había sacado previamente la inspiración para su inmortal ¡Qué bello es vivir! (1946).

Vestuario y efectos especiales más que aceptables (son célebres las escenas ambientadas en el infierno, con el pesaroso usurero encadenado) y una excelente banda sonora a cargo de Leslie Bricusse en la que sobresalen números como "I Hate People" o "Thank You Very Much" hicieron posible que Scrooge lograse cuatro nominaciones de la Academia y un Globo de Oro para su protagonista.


sábado, 21 de diciembre de 2019

Gremlins (1984)




Director: Joe Dante
EE.UU., 1984, 106 minutos

Gremlins (1984) de Joe Dante

Gremlins (1984) fue una de las primeras películas que recuerdo haber visto en pantalla grande, cuando tenía apenas nueve años. Y que ahora, al revisitarla con unos cuantos más encima, compruebo que contiene gran cantidad de referencias y guiños cinéfilos, amén de un homenaje explícito a ¡Qué bello es vivir! (1946). De entrada, porque el pueblo donde transcurre la acción no sólo posee un nombre muy parecido (el Bedford Falls del clásico de Capra se transforma aquí en Kingston Falls), sino que sus calles recrean, de forma exacta, el mismo trazado de un centro urbano en el que sobresalen las fachadas de varios edificios públicos (por cierto: Regreso al futuro se rodaría, un año después, en ese mismo decorado).

Aunque no quedan ahí las similitudes: el protagonista, al igual que George Bailey, trabaja en una entidad bancaria. Y, de la misma manera que a aquél se le quedaba siempre entre los dedos el pomo del pasamanos cada vez que se disponía a subir la escalera, en la casa de los Peltzer será una espada colgada en la pared la que, invariablemente, se desprenda cuando se cierra la puerta principal. Como es, asimismo, remarcable la mezcla que llevó a cabo el guionista Chris Columbus al fusionar al inquisitivo Potter de It's a Wonderful Life con la adusta miss Gulch de El Mago de Oz (1939). Resultado: una anciana huraña y gruñona, la señora Deagle, propietaria del banco y de media ciudad, con la misma ojeriza hacia el perro del protagonista que la sufrida por el dócil Toto en aquella recóndita aldea de Kansas en la que habitaba la pizpireta Dorothy junto a sus tíos.

Billy (Zach Galligan) viendo pelis en compañía de Gizmo


Luego está ese juego de alusiones puntuales, pero igualmente destacables —la máquina del tiempo de El tiempo en sus manos (1960), la persecución en el centro comercial con Gizmo al volante que remite a ¡Hatari! (1962) pero que inspirará la de Toy Story (1995), los gremlins viendo enardecidos Blancanieves (1937) en el mismo cine en el que poco después van a ser masacrados tal y como Tarantino hará con los nazis de Malditos bastardos (2009)— que convierten a este hito de la ciencia ficción ochentera en una especie de filme bisagra entre el pasado reciente y el futuro inmediato.

Sobre lo demás habría poco que añadir: entrañables oseznos cantarines y monstruitos verdes de la factoría Spielberg gamberreando a diestro y siniestro, si bien una trama tan aparentemente mainstream deja traslucir —entre líneas, medio en serio medio en broma— el temor yanqui con respecto a la presencia de capital extranjero en el seno de su propia economía, en plena recesión por aquel entonces. En este sentido, comentarios como los del vecino, dudando de la calidad de los coches manufacturados en el extranjero frente a la, en teoría, infalible tecnología local, evidencian el declive del otrora pujante American Way of Life, cuyo reverso directo en la película sería el padre de familia inventor de cachivaches que nunca funcionan.

El director Joe Dante (es el de las gafas)

martes, 17 de diciembre de 2019

El asesinato de Papá Noel (1941)




Título original: L'assassinat du Père Noël
Director: Christian-Jaque
Francia, 1941, 105 minutos

El asesinato de Papá Noel (1941) de Christian-Jaque

Ya tuvimos ocasión de hablar, hará unos tres años, de la Continental: aquella productora cinematográfica francesa, creada en tiempos de la ocupación nazi y que, a pesar de estar controlada por las autoridades colaboracionistas, auspició películas de un sutil y subterráneo mensaje antialemán. Curioso y desconocido episodio de un período poco estudiado de la cinematografía gala (en éste, como en tantos casos, los gurús de la Nouvelle vague fijaron un canon que contenía demasiadas omisiones) cuyo legado ha sido ampliamente reivindicado en los últimos años por el cineasta Bertrand Tavernier.

Así pues, y bajo una apariencia de cuento navideño, L'assassinat du Père Noël, primero de los títulos producidos por dicha firma, esconde algún que otro guiño a la valerosa Resistencia, que en aquellos momentos luchaba en la sombra para liberar al país del fascismo. Tal sería el caso, por ejemplo, cuando, en uno de los diálogos entre el viejo Cornusse (interpretado por el actor Harry Baur: quien habría de ser torturado hasta la muerte por la Gestapo apenas dos años más tarde) y el pequeño Christian se alude a una princesa dormida pero muy viva, que podría ser la propia Francia, y un príncipe encantador que un día la despertará (esto es, el general de Gaulle).



Lectura entre líneas que, sin embargo, no es óbice para quedarnos, únicamente, con la estampa idílica de un pueblecito de montaña cubierto por la nieve en el que, como cada veinticuatro de diciembre, un bonachón fabricante de globos terráqueos se disfraza de Santa Claus con el objetivo de hacer felices a las criaturas de la comarca.

De entre la amplia gama de secundarios que conforman una comunidad tan cerrada destacan personajes como aquella lánguida viuda de luto sempiterno —que bien podría encajar en un filme de Dreyer o Bergman— objeto de las burlas crueles de los niños y siempre en busca de un gato que nadie ha visto más que ella. O el misterioso barón, al parecer aquejado por la lepra, que, tras un lustro de ausencia, regresa de improviso al lugar para instalarse en su castillo. Y ¿qué decir, por último, del histriónico maestro de escuela (Robert Le Vigan)? ¿O de la cándida Catherine, hija de Cornusse? Seres sencillos, todos ellos, cuya inocencia quedará súbitamente mancillada cuando el cadáver de Papá Noel aparezca junto a un ribazo...


viernes, 30 de enero de 2015

Otro cuento de Navidad (2014)




Director: Carlos Pérez Merinero
España, 2014, 44 minutos

Diversos planos fijos de una ciudad rodados de noche durante las fiestas navideñas de 2011 son acompañados por el relato en primera persona del protagonista: un asesino en serie que mira desde la ventana de su apartamento, al tiempo que se deleita en recrear cómo mató a algunas de sus víctimas.

El realizador Carlos Pérez Merinero murió en enero de 2012 a los 62 años, con lo que el film quedó inconcluso. Ahora, gracias a las indicaciones que dejó el mismo, su hermano David ha llevado a término el montaje final.