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viernes, 14 de febrero de 2020

Chromophobia (1966)




Director: Raoul Servais
Bélgica, 1966, 10 minutos

Chromophobia (1966) de Raoul Servais

Chromophobia, "aversión al color": un batallón de infantería, semejante a una hilera de escarabajos, avanza sembrando de gris cuanto encuentra a su paso. Donde antes reinaba la alegría, ellos imponen a ráfagas de metralleta su árido blanco y negro. Así, los niños y el bullicio infantil de sus juegos se ven desplazados ante la uniformidad marcial del destacamento. Aunque, tarde o temprano, la humanidad se alzará contra el régimen monocromo para devolverle al mundo su antigua vivacidad colorista...

Cortometraje de animación, a cargo del belga Raoul Servais (Ostende, 1928), cuyo estilo naíf contrasta vivamente con la trascendencia de su mensaje pacifista. Premiado en el Festival de Venecia, el filme evoca la ocupación nazi del país, al tiempo que alude, intencionadamente, a las dictaduras militares que asolan el planeta mediante el uso de la fuerza.


miércoles, 8 de enero de 2020

El gran dictador (1940)




Título original: The Great Dictator
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1940, 125 minutos

El gran dictador (1940) de Charles Chaplin


¿Qué decir, sin caer en obviedades, de un clásico tan rotundo e incuestionable como éste? Porque Chaplin es al cine lo que a la música fue Mozart: esencia de un arte que, para alcanzar su cima, no precisa de grandes ingredientes —ya sea en forma de brochadas o de sartenazos— más allá de la innata vis cómica de un genio.

Con El gran dictador, Charlot abraza definitivamente su vertiente sonora, pese a que no renuncia a resucitar al eterno vagabundo en algunas escenas, metamorfoseado ahora en humilde barbero judío. Sin embargo, es la parodia del máximo dirigente nazi lo que representa el motor de la acción: "Hitler me ha copiado el bigote", parece ser que dijo el artista, aunque, en estos casos, ya se sabe que lo que no es tradición es plagio. Y esta película, como todo lo relacionado con su creador, nació predestinada a convertirse en leyenda.

"Emperor of the World..."

Son varios los momentos del filme que quedarán para la posteridad y citarlos es casi innecesario: Astolfo Hynkel jugando a su antojo con el globo terráqueo; él y Napaloni compitiendo por alargar sus respectivas sillas unos centímetros más que la de su homólogo; el alemán macarrónico del líder de Tomania, capaz de hacer temblar hasta a los micrófonos… Nada nuevo, en realidad, o que no estuviera ya presente en anteriores entregas claplinescas (la Nonsense song del punto culminante de Tiempos modernos, por ejemplo, se basaba en esa misma habilidad de hacerse entender aun utilizando palabras inventadas).

Por último, todo lo que se diga es poco para encomiar el memorable discurso final en el que, rompiendo la cuarta pared, el actor se olvida durante unos instantes de que lo es para, con la mirada fija en la cámara, interpelarnos a base de diatribas tan elocuentes como: “Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco…” O incluso: “Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.” Ni que decir tiene que semejante invectiva pacifista fue prohibida en medio mundo (en España, de hecho, no se estrenaría hasta abril de 1976…), razón más que suficiente para corroborar la fuerza de unas palabras que, hoy como ayer, mantienen intacto su ímpetu arrolladoramente humanista.


martes, 28 de junio de 2016

Las cruces de madera (1932)






Título original: Les croix de bois
Director: Raymond Bernard
Francia, 1932, 115 minutos

Las cruces de madera (1932) de Raymond Bernard

Es inevitable pensar en la versión dirigida por Lewis Milestone de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) al ver Les croix de bois: ambas son la adaptación de novelas antibelicistas ambientadas en la Primera Guerra Mundial (la primera de Erich Maria Remarque, la segunda de Roland Dorgelès) y tanto la una como la otra fueron concebidas como contundentes alegatos en favor de la paz. Sin duda hay un antes y un después para quien se haya enfrentado a estas dos obras maestras de la historia del cine, tal es la fuerza de sus imágenes.

Dicha capacidad de persuasión se debe, por otra parte, a una innegable influencia del cine mudo en el uso del montaje: la hilada de soldados en procesión que ascienden hacia el cielo, la lluvia de monedas que se transforman en coronas fúnebres, el escuadrón de reclutas en posición de firmes transfigurado en una interminable ringlera de cruces blancas...

Lo dice bien claro uno de los protagonistas al cantar, tras el arduo combate: "Una cruz la ganaremos seguro: si no es de hierro (condecoración) será de madera (sobre la tumba)". No hay piedad en las trincheras y los jóvenes de uno y otro bando son apenas carne de cañón. Y cuando la lucha se prolongue durante diez días eternos, las explosiones y la continua lluvia de balas no habrán dejado piedra sobre piedra: inútil sacrificio de vidas humanas.



Algunos reclutas son martirizados por el recuerdo de sus respectivas familias, de sus novias que estarán bailando y riendo con otro mientras ellos padecen en primera línea de fuego. Otros, moribundos en tierra de nadie, implorarán en vano ayuda mientras tienen un último recuerdo para sus madres. Imposible que, frente a semejante adversidad, no nazca una camaradería inquebrantable entre ellos. Puede que al principio los veteranos se burlen de los novatos recién incorporados a filas, pero la necesidad obliga y todos acabarán formando una gran familia.

En definitiva, de los hallazgos de Milestone y de Bernard beberán otros cineastas posteriormente, pues ni El gran dictador (1940) ni Senderos de gloria (1957), por sólo citar un par de ejemplos canónicos, habrían existido jamás sin el modelo proporcionado por ellos.