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viernes, 5 de abril de 2024

Los Nevados (1979)




Director: Freddy Siso
Venezuela, 1979, 70 minutos

Los Nevados (1979) de Freddy Siso


La austeridad de la vida cotidiana en una pequeña comunidad andina inunda la pantalla de Los Nevados (1979) dejando constancia de muy diversos aspectos, desde los orígenes de la población local, descendiente en su mayoría de españoles (por ejemplo los Peña) o las celebraciones religiosas de Semana Santa (con la procesión de los palmones por las calles del pueblo) hasta escenas familiares (la madre que adiestra a la hija adolescente sobre los peligros de la gran ciudad, temerosa de que ésta caiga en la prostitución o regrese a casa embarazada) o de la escuela local, donde la maestra ensalza, ante un aula repleta de atentos alumnos, las excelencias de los medios de comunicación de masas.

Y así, a veces mediante una voz en off, a veces a través del testimonio de algunos vecinos que hablan a cámara, el cineasta Freddy Siso logra captar, en riguroso blanco y negro, la esencia de cuanto allí acontece, ya se trate de la escasez de medicamentos, de alguna agrupación de músicos locales o bien de usuarios del utilísimo teleférico de Mérida, vital para romper el aislamiento impuesto por la escarpada orografía del terreno.



Sin embargo, no es el toque etnográfico de las gentes de Los Nevados trabajando en arduas labores agrícolas ni la nota paisajística de sus imponentes glaciares lo que verdaderamente determina la trascendencia de este documental, auspiciado en su día por el Departamento cinematográfico de la Universidad de Los Andes, sino el espíritu crítico de quienes se atreven a denunciar el olvido de siglos al que ha estado sometida una región en la que el tiempo parece haberse detenido.

Valgan, al respecto, las siguientes palabras, transcritas de uno de los testimonios recogidos en el campo y con las que culmina la película: "Cada vez que va a entrar un gobierno, nos ofrecen carreteras, nos ofrecen la luz eléctrica y ningún gobierno ha cumplido con lo que ofrece. Así es. […] Nosotros los ponemos a ustedes allí. Sepan que nosotros los podemos quitar de allí".



lunes, 1 de abril de 2024

Araya (1959)




Directora: Margot Benacerraf
Venezuela/Francia, 1959, 90 minutos

Araya (1959) de Margot Benacerraf


La belleza de las imágenes en blanco y negro de Araya (1959) bastaría por sí sola para justificar el halo de prestigio que suele preceder a esta cinta, galardonada en su día en el Festival de Cannes con el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI). El hecho, además, de que la dirigiese una mujer, la venezolana Margot Benacerraf (Caracas, 1926), le añade otro aliciente a un título que se cuenta entre los más relevantes de aquella cinematografía. De hecho, hace algunos años tuvimos ya ocasión de hablar de esta cineasta al comentar el interesantísimo documental de Jonathan Reveron que lleva por título Madame Cinéma (2018).

Aunque el atractivo de semejante documento no es sólo fílmico, por supuesto, ya que la labor abnegada de quienes se ganan el sustento trabajando de sol a sol en las salinas plantea un escenario humano de innegable valor etnográfico. En ese sentido, y después de haber dejado constancia del sacrificio al que se ven expuestos los jornaleros (con sus pies corroídos por la sal y demás penurias por el estilo), la película culmina con el interrogante de si el progreso logrará mejorar las condiciones laborales de Benito, Beltrán o Fortunato o si, por el contrario, las máquinas, en aras de la eficiencia, simplemente acabarán con un modo de vida ancestral.



Relacionado con esto último, resultan especialmente emotivas las historias cotidianas de una comunidad cuya existencia se encuentra ligada a la sal y a los rigores del entorno. De ahí que la abuela y la nieta, a la hora de adornar las tumbas de sus difuntos, lo hagan con caracolas en lugar de con flores. Y es que, como se repite insistentemente en varias ocasiones, allí no crece nada y la única fuente de recursos de la que disponen los habitantes de aquel remoto enclave caribeño procede del mar. Por eso la pesca, la otra actividad de su exigua economía, adquiere enorme relevancia en los quehaceres diarios de unos y otros, tanto de los que salen a faenar a bordo de La Sensitiva como los que, después, se encargan de sazonar las capturas.

En definitiva, el filme retrata un mundo antiguo, hasta cierto punto idílico y fraterno, que pudiera recordar al que mostraban algunos referentes clásicos como los documentales de Flaherty o incluso el propio Murnau en Tabú (1931) y hasta el neorrealismo de La terra trema (1948), pero al que quizá le sobra la retórica de una voz en off excesivamente reiterativa. Con todo y con eso, la poesía que destila en cada plano la cámara de Giuseppe Nisoli, intensificada por la banda sonora de Guy Bernard, constituye el atractivo principal de esta obra maestra, hito del cine latinoamericano, que es, al mismo tiempo, un canto sincero a las gentes más humildes de una realidad al borde de la desaparición.



jueves, 28 de marzo de 2024

Diles que no me maten (1985)




Director: Freddy Siso
Venezuela, 1985, 98 minutos

Diles que no me maten (1985) de Freddy Siso


Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabia bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado.

Juan Rulfo
«Diles que no me maten»
El llano en llamas (1953)

Uno de los aciertos principales de Diles que no me maten (1985), adaptación cinematográfica del cuento homónimo de Juan Rulfo, se debe al hecho de que, aun trasladando la acción desde el Méjico profundo hasta un pequeño enclave andino, resulta, sin embargo, una película profundamente venezolana. Mérito, sin duda, de su director y guionista, Freddy Siso, miembro de una insigne familia de cineastas que, gracias a su experiencia previa como documentalista, supo ampliar los límites del texto (de apenas ocho páginas) sin traicionar lo más mínimo la esencia del mismo.

Le añade, eso sí, una cierta dosis de realismo mágico al convertir a su protagonista, un campesino, padre de familia, llamado Juvencio Nava (Asdrúbal Meléndez), en experto en las propiedades de la semilla del helecho. Aunque, por encima de todo, se trata de una historia que aborda la relación conflictiva entre ese hombre y el arrogante cacique local, enemigo acérrimo de que las reses de Juvencio puedan pastar en sus terrenos. Pero la necesidad acucia y éste hace caso omiso de la prohibición, por lo que ambos llegarán a las manos con consecuencias fatales.



Por otra parte, la rudeza de los militares que detienen a Juvencio treinta y cinco años después de acaecido el crimen pone de manifiesto una lacra habitual en la mayor parte de sociedades latinoamericanas: la impunidad con la que actúa el ejército en los regímenes dictatoriales. Sobre todo si, como en este caso, el coronel encargado de juzgar al reo no es otro sino el hijo, sediento de venganza, de aquel odioso Pedro Ovando al que mataron a machetazos.

Violencia endémica e imposible de erradicar cuyos terribles efectos se muestran en pantalla cuando un desesperado Juvencio descubre a sus vacas decapitadas, pero que, en cambio, se resuelve de forma magistral en el momento culminante del fusilamiento, al disparar los soldados contra un muro que el espectador verá vacío...



viernes, 3 de mayo de 2019

Madame Cinéma (2018)




Director: Jonathan Reverón
Venezuela, 2018, 70 minutos

Madame Cinéma (2018) de Jonathan Reverón


En todos los sitios, en todas las playas, estaré esperándote.
Vendrás eternamente altiva
Vendrás, lo sé, sin nostalgia, sin el feroz desencanto de los años
Vendrá el eclipse, la noche polar
Vendrás, te inclinas sobre mis cenizas, sobre las cenizas del
      tiempo perdido.
En todos los sitios, en todas las playas, eres la reina del universo.

Juan Sánchez Peláez
"Retrato de la bella desconocida"
De Elena y los elementos (1951)

"Todos le preguntaban a Margot por qué no hacía otra película, como si la meta en la vida de un cineasta fuese rodar y proyectar: la meta de un cineasta es hacer una película inolvidable". Lo dice la voz en off del comunicador Jonathan Reverón en la última secuencia de Madame Cinéma, el documental con el que ha querido rendir homenaje a Margot Benacerraf, la pionera del cine venezolano. Su frase no sólo condensa una de las máximas cruciales a la hora de abordar el arte cinematográfico, sino que, en buena medida, justifica el hecho de que Benacerraf (Caracas, 1926) no haya vuelto a dirigir después de la aclamada Araya (1959), heroico alegato de los salineros que fuera premiado en el Festival de Cannes.

La labor de esta incansable nonagenaria no se ha limitado, sin embargo, a la creación fílmica —suyo es también un cortometraje sobre el pintor Armando Reverón (1952)—, sino que a finales de los sesenta fundó la Cinemateca Nacional de Venezuela, uno de los centros de referencia para la difusión del cine de autor en la América Latina.

Benacerraf y Reverón (sentado a la derecha) durante la filmación


Licenciada en un principio en Filosofía y letras ("yo soy producto de los republicanos españoles"), posteriormente pasaría a estudiar cine en París, donde tuvo ocasión de conocer a Picasso y a Buñuel. Y es que Benacerraf insiste en varias ocasiones a lo largo del filme en la importancia de poseer una sólida base cultural en la que poder apoyarse.

Al margen de las valiosas imágenes de archivo que contiene, Madame Cinéma destaca por la creatividad de su director a la hora de resolver determinadas carencias. Como las animaciones que ilustran las palabras de Fernando Trueba (procedentes de las numerosas ocasiones en que Reverón lo ha entrevistado en su programa de radio). O la forma en que filma una instalación artística en la plaza de toros Nuevo Circo, consistente en cientos de libros abiertos sobre las gradas cuyas páginas son hojeadas por el viento.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Una deesa en moviment (María Lionza a Barcelona) (2016)




Título en español: Una diosa en movimiento (María Lionza en Barcelona)
Director: Roger Canals Vilageliu
España, 2016, 62 minutos

Una deesa en moviment (2016) de Roger Canals


Antropólogo, y más concretamente especialista en antropología visual y antropología religiosa, Roger Canals (Barcelona, 1980) ha dedicado su labor investigadora al culto afrovenezolano de María Lionza, expresión sincrética en auge que trata de aunar en una sola religión elementos procedentes de los esclavos africanos, los indios y los criollos descendientes de europeos. La misma sesión en la que Canals ha presentado en la Filmoteca Moi, un noir, de Rouch, le ha servido para dar a conocer el documental Una diosa en movimiento.

Pero como la suya es una disciplina en la que la observación participante resulta de vital importancia, enseguida lo vemos sometiéndose a diversos rituales de iniciación, tanto en Barcelona en 2011 como en Venezuela en 2006. El primero de ellos consiste en dejarse ahumar el cuerpo por un mulato tremendo que dice apresar las malas vibraciones a través de las cenizas de los puros que se fuma... Eso y enjuagarse el cuerpo con una solución jabonosa a base de amoniaco: desde luego, la de antropólogo es una profesión de riesgo.

Claro que el desarrollo de un fervor semejante entre las clases más populares podría obedecer a una estrategia ideada por el chavismo con el objetivo de robarle fieles, y así debilitarla, a la jerarquía eclesiástica. Aunque el documental no dice nada al respecto. Canals se limita a indagar acerca de otros propagadores que actúan en la ciudad condal, desde un chamán que rocía con ron sus ídolos (algunos de los cuales hechos a partir de huesos humanos) hasta otro más veterano que lleva ya varias décadas instalado aquí con su familia, sin olvidar también a los vendedores de arte esotérico.

Las Tres Potencias: el Negro Felipe, María Lionza y el Cacique Guaicaipuro