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viernes, 21 de agosto de 2026

Fantasía española (1953)




Director: Javier Setó
España, 1953, 95 minutos

Fantasía española (1953) de Javier Setó


Dos pícaros en una comedia de ambientación barcelonesa. Rafael (Antonio Casal) y Pepe (Ángel de Andrés) se hacen pasar por miembros de la aristocracia con el objetivo de dar el sablazo a diestro y siniestro y vivir por todo lo alto sin dar ni golpe. El primero cumple el rol de cabeza pensante, mientras que el segundo vendría a ser una especie de escudero fiel. Gracejo no les falta y, pese a carecer de fondos, se permiten un lujoso tren de vida camelándose al gerente de un hotel de cinco estrellas (Luis Induni) o a un sastre de alto standing (Saza) que les confecciona trajes elegantísimos. A tanto llega la convicción con la que se desenvuelven que incluso se atreverán a adquirir un teatro para que unos artistas amigos suyos puedan actuar de cara al público.

El ingenioso guion de Manuel Bengoa y Juan Lladó, aparte de contribuir a la vis cómica del elenco mediante diálogos afilados y situaciones hilarantes, permite además dar cabida a varios números musicales de corte folclórico. Son destacables, en ese sentido, las coreografías diseñadas por Emma Maleras (1919-2017), mítica intérprete de castañuelas (autora de un método propio de fama internacional) que puso aquí su talento al servicio de las composiciones de, entre otros, Granados y Albéniz. De ahí que la cinta, dirigida por Xavier Setó bajo supervisión de Iquino (y con Pedro Lazaga de ayudante), recibiese el título, un tanto cañí, de Fantasía española (1953).

Pepe (Ángel de Andrés) y Rafael (Antonio Casal) leyendo el periódico en Plaza Cataluña


Aparte de la habilidad con la que la pareja protagonista sortea los obstáculos que van encontrando a lo largo de su accidentado periplo, el principal rasgo que los define es la bondad que albergan en el fondo de sus corazones. Y es que Rafael, por más que abuse de la confianza de unos y otros, haciéndose pasar por el Conde de Capri, sigue siendo un pobre de solemnidad que se apiada de quienes, como el joven mozo del sastre, reciben continuamente los mismos palos de la vida que tal vez a él le tocó sufrir en un tiempo quizá no muy lejano.

De entre la abundante nómina de secundarios que participaron en la película sobresalen nombres como el de Paco Martínez Soria, en un breve papel de taxista, lo mismo que Manuel Gas, cuyo personaje, por cierto, pronuncia de vez en cuando alguna que otra palabra en catalán. Como también resulta elocuente la hiperbólica Choli (Trini Alonso), divertida secretaria que se expresa en unos términos muy ampulosos. En cambio, la siempre hierática María Dolores Pradera interpreta a Ana María, aspirante a estrella de la canción que viaja a todas partes acompañada de su insoportable mamá.



jueves, 20 de agosto de 2026

Mercado prohibido (1952)




Director: Javier Setó
España, 1952, 77 minutos

Mercado prohibido (1952) de Javier Setó


Ópera prima del hoy un tanto olvidado Xavier Setó (así es como firma en este su primer largometraje), quien de la mano de Producciones IFISA debuta con un sobrio ejercicio de cine negro a medio camino entre la denuncia social y el panfleto moralizante. En efecto, Mercado prohibido (1952) se abre con una de las habituales advertencias con las que el productor Iquino solía encabezar sus trabajos: "Una película cuya acción transcurre durante el reciente período de la posguerra europea, y que pone en evidencia (por primera vez en nuestro cine) una de las formas más despiadadas del contrabando".

No contento con esas palabras introductorias, el prefacio detalla aún más los propósitos de la cinta: "La ciencia moderna, con sus trascendentales descubrimientos médicos, ha creado, a la par que una esperanza para muchos enfermos considerados hasta ahora incurables, una angustia nueva que está conmoviendo a la Humanidad: saber que existe algo que puede curarles y no hallarlo en el mercado". Y concluye, con letras todavía más gruesas: "Contra todos aquellos que se enriquecen a costa del dolor de los demás, va dirigida esta película".

Germán (Manuel Monroy) y su esposa Adela (Silvia Morgan)


Si algo queda meridianamente claro en el libreto que escriben conjuntamente Julio Coll y José Germán Huici es la corrupción imperante en una sociedad cuyos miembros recurren muy a menudo a canales alternativos a las vías oficiales para conseguir los tan ansiados medicamentos que pueden salvar la vida de algún familiar o ser querido. Ejemplos no faltan a lo largo del relato, desde la esposa del pobre hombre que busca desesperadamente una dosis de estreptomicina hasta el hijo del protagonista, gravemente enfermo (ironías del destino) pese a que su padre es el mayor traficante de antibióticos de la ciudad.

Retrato gris, por tanto, de una Barcelona desprovista del auxilio de las autoridades sanitarias, circunstancia que la convierte en escenario a merced de individuos tan desalmados como Daniel (Carlos Otero) o especuladores de todo pelaje, ya se trate de un empresario teatral, caso de Miguel Ángel (Alfonso Estela), el propietario de un almacén de pescado, como Germán (Manuel Monroy), o incluso un cerero (Manuel A. Deabella) que esconde los frascos de penicilina en el interior de los cirios que él mismo fabrica. Aquí el que no corre vuela. Suerte que al avispado inspector de turno (como siempre, en este tipo de lances, interpretado por Manuel Gas) no se le escapa nada y acaba deteniendo a los malos para mayor gloria de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Germán (Manuel Monroy) y su amante Lola (Isabel de Castro)


viernes, 14 de agosto de 2026

Los cobardes (1959)




Director: Juan Carlos Thorry
España/Francia, 1959, 71 minutos

Los cobardes (1959) de Juan C. Thorry


Esta película va dedicada a la juventud. Quisiéramos producir un persuasivo y saludable impacto en la mente de aquellos jóvenes que, acobardados ante las primeras contrariedades en la dura lucha por la existencia, se dejan deslumbrar por la aparente habilidad con que otros logran satisfacer sus ambiciones y caprichos y, seducidos por el espejuelo de una vida cómoda y fácil, aceptan primero un puñado de billetes que alguien pone en su mano con sospechosa generosidad; acceden luego a mezclarse en asuntos de dudosa licitud y, poco a poco, perdidos los escrúpulos, van deslizándose por la pendiente de la delincuencia. Arrastrados por un falso sentido del valor, ponen todo su entusiasmo y su impetuoso y heroico espíritu juvenil al servicio del mal en perjuicio de la sociedad a que se deben. Y no por malicia, sino por inconsciencia, por falta de voluntad y de verdadero valor. Porque esos jóvenes son los que constituyen la triste legión de los cobardes.

Alocución inicial de la película

Coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Vicente Parra, cuyo personaje central resulta herido de bala, en los primeros compases de la película, cuando huye de los que hasta ese momento habían sido sus compañeros de fechorías. Y es que Juan lleva toda la vida debatiéndose entre ser un buen chico o dejarse arrastrar por la tentación de salir adelante por la vía fácil. No en vano, pasa su infancia y adolescencia interno en un reformatorio, de donde sale, debidamente amonestado por los sacerdotes que lo regentan, con el firme propósito de convertirse en un hombre de bien. Pero el ambiente que lo rodea condiciona esas buenas intenciones, por más que aspire a formar una familia junto a María (Nadine Tallier).

La voz en off de Juan Manuel Soriano, en funciones de narrador omnisciente, nos pone en situación desde buen comienzo para contextualizar la trayectoria de un individuo cuyos orígenes serán revelados en forma de flashback mientras éste se oculta, malherido, en una modesta habitación de hotel. Aunque, a decir verdad, toda la moralina que se desprende de los comentarios aleccionadores del narrador, así como de la advertencia que aparece sobreimpresa en pantalla tras los créditos iniciales, resulta excesiva, llegando a restarle interés a lo que, antes que panfleto ejemplarizante, podría haber sido una más que aceptable cinta de cine negro.



En todo caso, la puesta en escena del argentino Juan Carlos Thorry, por lo común irregular y tosca, no se halla exenta, sin embargo, de algún que otro guiño cinéfilo, como el hecho de que la sala de fiestas que asalta la banda de maleantes se llame Casablanca y que, al darse a la fuga, el líder de los atracadores ordene a la orquesta que toque "La Marsellesa" (quien haya visto el clásico de Michael Curtiz entenderá de inmediato la alusión). Como también supone un aliciente reconocer los rincones de Barcelona en los que se rodaron los extetiores (Plaza España, las Arenas, la Bonanova...) y que permiten reconstruir cómo era la ciudad en aquel lejano 1959.

Llegados al desenlace, la estructura circular retoma al protagonista saltando una tapia y recibiendo un balazo en el hombro derecho, si bien ahora ya contamos con suficientes elementos de juicio como para saber que no estamos ante otro cobarde sin más, de esos a los que alude el título de la película, sino que Juan merecería una oportunidad (no sin antes arreglar cuentas con la Justicia, por supuesto) para reintegrarse, de una vez por todas, a la sociedad.



miércoles, 5 de agosto de 2026

José María (1963)




Título italiano: Giorno di fuoco a Red River
Director: Josep Maria Forn
España, 1963, 82 minutos

José María (1963) de Josep Maria Forn


Tal y como se advierte al inicio de José María (1963), la película no pretende ser tanto un biopic fidedigno en torno a la figura de El Tempranillo como una libre adaptación a propósito del célebre bandolero del siglo XIX. En efecto, el guion de José Antonio de la Loma, producido por los Estudios IFI y dirigido por el entonces habitual de la casa Josep Maria Forn, muestra al protagonista como un individuo honesto, a pesar de su condición de forajido, incapaz, como él mismo afirma en un momento dado, de atacar a nadie por la espalda. Se le muestra, además, luciendo a todas horas una llamativa chupa de cuero, como si de un ídolo rock se tratase, lo cual, aparte de ofrecer una imagen moderna del personaje, conecta en cierto modo con la estética wéstern.

Y lo cierto es que así fue como se vendió en Italia, donde la cinta, con los nombres del elenco debidamente americanizados, circuló bajo el título de Giorno di fuoco a Red River, haciendo pasar las serranías andaluzas por los paisajes áridos de Nuevo Méjico. Curiosa segunda vida de una producción el reparto de la cual estaba casualmente encabezado por un actor de dicha nacionalidad, Raf Baldassarre, cuya interpretación de José María Hinojosa se enmarca en la leyenda romántica del bandido de buen corazón que, en el fondo, anhela llevar una vida como los demás. Por eso se enamora de la aristócrata Isabel (Ángela Bravo) y por esa misma razón terminará suscitando la clemencia del mismísimo Fernando VII (Manuel Gas).



Y así hasta cuatro tramas distintas se entretejen a lo largo de un fresco repleto de tópicos en el que no faltan caballos, patillas, trabucos y los habituales números flamencos, inevitable nota folclórica en la que se enmarca el destino trágico del hombre al que algunos apodaban "El Rey de Andalucía".

Espectaculares exteriores en las inmediaciones del municipio gaditano de Grazalema, escarpado escenario de multitud de filmes de similar temática, sirven de telón de fondo para una recreación histórica en la que, sin embargo, por arte de magia (cinematográfica) se cuelan también diversas secuencias rodadas en un enclave a priori tan barcelonés como el Castillo de Montjuïc.



domingo, 2 de agosto de 2026

Yo maté (1957)




Director: Josep Maria Forn
España, 1957, 70 minutos

Yo maté (1957) de Josep Maria Forn


"Lo que leen vuestros hijos es más importante que lo que comen". Curiosa forma de comenzar una película, con esa advertencia encabezando la historia de un crío que dedica la mayor parte de su tiempo a devorar tebeos y novelas de quiosco (de las que se valoran en función de la cantidad de muertes que haya en ellas). De ahí que Jorge (Pepito Moratalla) decida tomarse la justicia por su cuenta cuando el cascarrabias de don Matías (Emilio Fábregas) amenaza con desahuciarlos a él y a su madre si ésta no le paga el alquiler. Ultimátum que cobra aún más fuerza ante la posibilidad de que la pobre mujer vaya a la cárcel.

Independientemente del tono moralizante (tal vez impuesto por la censura) que impera ya desde el primer plano, Yo maté (1957) destaca por el protagonismo que se le otorga a la mirada infantil. Ingenuidad que, desde el punto de vista de los niños, impregna cada una de las acciones que protagonizan, dotando al relato de un aire de inocencia que constituye su principal atractivo en tanto que narración de aventuras en clave ligeramente policíaca.



Ópera prima del realizador catalán Josep Maria Forn (1928-2021), los escasos setenta minutos de su metraje contienen algunas de las constantes que iban a estar presentes a lo largo de una filmografía caracterizada por su particular forma de abordar los dilemas morales y la realidad inmediata. Buen ejemplo de ello son los escenarios ruinosos en los que transcurre parte de los hechos, como la fábrica abandonada que el sagaz Capitán Cinco Duros (Eugenio Testa) ha convertido en su residencia.

Con todo y con eso, el planteamiento de la película, a partir de un guion de Manuel Bengoa y el propio Forn, resulta de una ambigüedad enorme. Así pues, escenas de alto contenido poético, como la liberación de las palomas, alegoría del inconformismo de los chiquillos frente a las normas de los adultos, contrastan con un discurso subyacente según el cual "es mejor jugar a la pelota que leer esos papelotes que os sorben el seso". Palabras estas últimas del comisario (Manuel Gas) y que serán subrayadas por él mismo justo antes del desenlace: "Por comodidad, por desidia, por egoísmo abandonamos nuestros deberes permitiendo lecturas y espectáculos que son para los chicos peores que veneno".



sábado, 28 de marzo de 2026

Persecución en Madrid (1952)




Director: Enrique Gómez
España, 1952, 87 minutos

Persecución en Madrid (1952) de Enrique Gómez


Tras permanecer recluido en un campo de concentración en la Alemania Oriental, el soldado polaco Stephan Bartek (Manuel Monroy) logra escapar junto a Diego Martín (Miguel Ángel Valdivieso), un español que lamentablemente muere abatido durante la huida. Como último deseo, Diego encarga a su amigo que le entregue una carta a su madre. Sin embargo, el periplo de Stephan no será sencillo. En París, Bartek se pone en contacto con el Comité de Ayuda a los refugiados republicanos, pero termina siendo deportado después de haber entablado amistad con un español apodado "El Málaga" (Manolo Morán). 

Ya en territorio español, Bartek localiza a la familia de su difunto compañero y entabla un romance con Teresa (Isabel de Castro), la hermana de Diego. Pero cuando todo parece que le sonríe, su nueva vida se complica al cruzarse con don Ginés Romano (Luis Pérez de León), un turbio empresario dedicado al estraperlo y al comercio clandestino. Y es que dicho individuo, que en un principio lo contrata y le pone los papeles en regla, termina arrastrando a Stephan a la criminalidad, involucrándolo en un oscuro asunto a resultas del cual acaba siendo detenido por la policía.



Pese a su título, lo cierto es que Persecución en Madrid (1952) se rodó mayoritariamente, salvo dos o tres secuencias (como unos exteriores en San Lorenzo del Escorial), en los Estudios IFI que el prolífico Ignacio Farrés Iquino poseía en Barcelona. A este respecto, llama poderosamente la atención que una de las escenas iniciales, aquélla en la que el protagonista, aún ataviado con el uniforme de presidiario, le roba la ropa a unos bañistas, se filmó en los aledaños de Sant Miquel del Fai, cuyo inconfundible salto de agua se quiere hacer pasar por algún rincón idílico a orillas del Rin.

Por lo demás, estamos ante una curiosa cinta que combina elementos policíacos con pinceladas de propagada política. Así pues, no es de extrañar que el comisario (Manuel Blas) adopte el rol de "poli bueno" en una producción que destila cierto tufillo anticomunista. Aun así, el guion de Juan Lladó no pone tanto el acento en la ideología de los personajes ("El Málaga", por ejemplo, no niega en ningún momento su condición de hombre "con ideas"), sino en el hecho de que la España de Franco sabe perdonar y acoger a quienes un día fueron disidentes. Circunstancia que el carácter de buena persona (y falso culpable) de Bartek, siempre atento con todo el mundo, relega a un segundo plano.



sábado, 3 de diciembre de 2022

Sucedió en mi aldea (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 88 minutos

Sucedió en mi aldea (1956) de A. Santillán


Nenes mofletudos, curas con sotana... Y doctrina, mucha doctrina. La fórmula a la que se recurre en Sucedió en mi aldea (1956) pone de manifiesto un cine de sacristía y niños prodigio por aquel entonces muy en boga. Ya en el prólogo, la voz en off de Juan Manuel Soriano anuncia "una historia ingenua y sencilla" no sin antes cantar las excelencias de una vida campestre más idílica que real. Entre otras cosas porque los hechos narrados dejan traslucir un regusto milagrero que los hace especialmente propicios para aleccionar al personal.

Lloreda, el lugar donde arranca la acción, es una pequeña localidad de "casas pequeñas y apretujadas" con su río, su campanario (que, "como un símbolo, apunta al firmamento") y, repicando desde las alturas, una campana sobre cuyo bronce puede leerse inscrito: "Cuando yo deje de tañer, ¿quién recordará la Fe?" El caso es que, una noche de tormenta, un rayo cae sobre la susodicha, dejando mudo al pueblo y a sus feligreses.

El 'Ratón' (Xavier Rocasalbas) y el 'Chispa'


Pero se da la circunstancia de que don Dimas, el viejo párroco (Ernesto Vilches), tiene a su servicio a un par de acólitos, mitad monaguillos mitad pícaros, que no se arredran ante nada. Sobre todo el mayor de ellos, apodado el 'Chispa' (Pepito Moratalla), quien, aparte de beberse a escondidas el vino de misa, hará lo imposible para recaudar los fondos que permitan la adquisición de una nueva campana.

Que dos niños pequeños se planten ellos solos en Madrid y que, tras varias peripecias, obtengan el dinero gracias a un premio de la lotería solamente ocurre en los cuentos de hadas. Aunque el éxito, por aquellas mismas fechas, de Marcelino, pan y vino (1955) corrobora que el nacionalcatolicismo auspiciaba este tipo de fábulas amables con la mira puesta en propagar su propio ideario. Consideraciones de sobras conocidas que no impiden esbozar una sonrisa al ver, en una misma película y en papeles secundarios, a Gila, como pregonero, o al siempre entrañable Pepe Isbert ocupándose de las barcas del Parque del Retiro.

El de la trompeta es Gila

sábado, 31 de julio de 2021

Rififí en la ciudad (1963)




Director: Jesús Franco
España/Francia, 1963, 100 minutos

Rififí en la ciudad (1963) de Jesús Franco


Poco o nada tiene que ver Rififí en la ciudad (1963) con el Rififi (1955) de Jules Dassin, aparte del título y la presencia en el reparto del actor belga Jean Servais. Lo cierto es que, como la larga lista de "Rififís" a que diera pie el icónico film noir, el firmado por Jesús Franco no dejaba de ser un producto oportunista cuyo único objetivo sería aprovecharse del éxito de una obra de culto que, sin duda, creó escuela. Algo perfectamente comprensible (y hasta cierto punto excusable) si se compara con lo que fue práctica habitual en la tradición literaria castellana, donde abundaron las Celestinas, los Lazarillos y hasta un Quijote apócrifo.

De cualquier modo, lo que nadie puede poner en tela de juicio (y se ha repetido hasta la saciedad en numerosas ocasiones) es la inventiva de Jesús Franco a la hora de levantar una película con los mínimos recursos a su alcance. En el caso que nos ocupa basta la cara de pocos amigos del corrupto Leprince (Servais), la pericia del sargento detective Miguel Mora (Fernando Fernán Gómez) y unos cuantos exteriores filmados en Marbella para simular que la acción transcurre en una imaginaria república bananera de Centroamérica.



A decir verdad, muchos de esos recursos son perfectamente aplicables al resto de una filmografía proverbialmente célebre por lo ingenioso de las soluciones adoptadas con el fin de resolver una escena o incluso todo un guion si fuese necesario. Circunstancia que aquí no alcanza todavía la cutrez de producciones posteriores, si bien se intuyen ya ciertos síntomas (por ejemplo, la inclusión de varios números musicales, todos ellos de relleno) que anuncian lo que será la posterior evolución de su director.

Aunque lo más interesante de Rififí en la ciudad sea tal vez el tema de la corrupción política y el ascenso al poder de un líder populista, surgido del tráfico de estupefacientes, que, haciendo honor a su apellido, se erige en "príncipe" absoluto al que ni siquiera el empeño del terco sargento Mora parece detener en su avance imparable hacia el senado de la nación.



lunes, 21 de junio de 2021

La oscura historia de la prima Montse (1977)




Director: Jordi Cadena
España, 1977, 89 minutos

La oscura historia de la prima Montse (1977)


El verano pasado, el viejo chalet de tía Isabel fue condenado al derribo. Cercado por rugientes excavadoras y piquetas, aquel jardín que el desnivel de la calle siempre le mostró en un prestigioso equilibrio sobre la avenida Virgen de Montserrat, al ser ésta ampliada quedó repentinamente como un balcón vetusto y fantasmal colgado en el vacío, derramando un pasado de aromas pútridos y anticuados ornamentos florales, soltando tierra y residuos de agua sucia por las heridas de sus flancos. Grandes montones de tierra rojiza se acumulaban alrededor de la señorial torre, que aún no había sido tocada: seguía en pie su arrogante silueta, su apariencia feliz y ejemplar. Pero dentro, en una de sus vacías estancias de altísimo techo, sólo quedaba una gran cama revuelta, una raqueta de tenis agujereada y libros apilados en el suelo. Fachada, he aquí lo único que les quedaba a los Claramunt.

Juan Marsé
La oscura historia de la prima Montse

Una cierta dosis de indulgencia se hace necesaria a la hora de comentar una película como La oscura historia de la prima Montse (1977). Sobre todo teniendo en cuenta el particular contexto sociopolítico en el que se gestó esta adaptación de la novela homónima de Juan Marsé. Vista a día de hoy, no faltará quien rechace la utilización que en ella se lleva a cabo del cuerpo de la mujer como reclamo. Sin embargo, esos mismos desnudos se consideraban entonces una forma transgresora de oponerse a la moral imperante: en el caso de Ana Belén, porque así rompía con la imagen de niña prodigio que aún arrastraba desde el comienzo de su carrera; en el de los productores de la cinta (con Pepón Coromina a la cabeza), porque ello les permitía desafiar lo que aún quedaba de la vieja censura franquista.



Sea como fuere, lo cierto es que la ópera prima del catalán Jordi Cadena prescinde de buena parte del trasfondo religioso contenido en las páginas de su fuente literaria, en especial en lo referente al retrato satírico en torno a los catequistas y los cursillos de Cristiandad. Muy al contrario, la trama queda reducida al frustrado idilio entre una chica bien y el habitual pijoaparte (ese charnego apuesto y arribista que puebla el universo narrativo de Marsé). Así pues, el recuerdo de la malograda Montse (Ana Belén) flota en el ambiente hasta el extremo de enrarecer la existencia de unos parientes que, en su día, decidieron aliarse contra la susodicha con tal de preservar sus privilegios de clase.

En el apartado técnico destacan los nombres de Tomàs Pladevall (fotografía) y, de un modo especial, el del mítico Carles Santos (1940–2017), autor de una inquietante banda sonora repleta de sonoridades electrónicas que no hace sino reforzar el carácter dramático de esta retorcida intriga familiar. Completaron el reparto Ovidi Montllor, en un papel inspirado en la figura del cineasta Roberto Bodegas, Christa Leem (Núria), Xabier Elorriaga (Salvador) y el debutante Gabriel Renom (Manolo).



viernes, 28 de mayo de 2021

El fugitivo de Amberes (1955)




Director: Miguel Iglesias
España/Francia, 1955, 67 minutos

El fugitivo de Amberes (1955) de Miguel Iglesias


Calles mojadas, ambiente nocturno y el rostro patibulario de Howard Vernon: he ahí algunas de las singularidades que definen visualmente el arranque de El fugitivo de Amberes (1955), filme policíaco en la estela del mejor cine negro americano y cuya puesta en escena deja entrever una cierta vocación expresionista. Aunque, a decir verdad, dichas constantes pertenecen a una fórmula local, genuinamente barcelonesa, que ya había sido esbozada con anterioridad, a comienzos de aquella misma década, en títulos fundacionales como Brigada criminal (1950) o Apartado de correos 1001 (1950) y que el director Miguel Iglesias quiso acabar de perfilar aquí, tal vez sin conseguirlo del todo.

El motor o Macguffin de la trama es el célebre diamante Woosley, que un tipo llamado Bell (Howard Vernon) ha robado en París tras hacerse pasar por ayuda de cámara de la sofisticada princesa Ahmaru. En realidad, toda esta información nos es revelada mediante titulares de prensa que aparecen insertos en pantalla durante los primeros compases, mientras los habitantes de la capital francesa se afanan en comprar los periódicos del día para saber más sobre la noticia. La última de esas portadas apunta la posibilidad de que Bell habría huido de Francia.



Apenas han transcurrido tres minutos de metraje y el fugitivo ya se encuentra en la ciudad belga de Amberes, el mayor centro comercial de diamantes del mundo desde hace cinco siglos, intentando colocar la preciada gema. Algo que no le va a resultar nada fácil, teniendo en cuenta que Alex (Luis Induni) y su banda pretenden pagarle una cantidad irrisoria por semejante alhaja. Pero Bell Fermer es un individuo que no se rinde así como así, de modo que se las ingenia para zafarse de Alex y los suyos y recalar, no sin dificultades y con la ayuda inestimable del capitán Max (Joan Capri), en Barcelona, donde un oscuro empresario del ocio (Alfonso Estela) requerirá sus servicios.

A partir de ese momento, y siempre fiel a la voluntad aleccionadora de este tipo de películas, la acción se centra en las pesquisas que un hombre y una mujer van a llevar a cabo. Son el agente Jordán (José Marco) y la señorita Gisèle (Anouk Ferjac), inspectora de la Compañía Suiza de Seguros. Ni que decir tiene que, pese a algún que otro desencuentro inicial, se intuye que entre ambos acabará naciendo algo más que una mera relación profesional. Sin embargo, tal y como suele suceder con estas viejas cintas policíacas, el atractivo principal de El fugitivo de Amberes reside no tanto en la historia que cuenta, sino en las localizaciones barcelonesas donde transcurren los hechos: el parque del Tibidabo, la plaza de toros Monumental, el funicular del puerto, un par de números folclóricos en un tablao flamenco y, sobre todo, el Túnel Fantasma que se haya bajo el suelo de La Bola de Oro, nombre con el que son rebautizadas en la ficción las célebres Atracciones Apolo.



jueves, 6 de mayo de 2021

El presidio (1954)




Director: Antonio Santillán
España, 1954, 95 minutos

El presidio (1954) de Antonio Santillán


Arranque contundente para un filme de título no menos rotundo: los primeros seis minutos de El presidio (1954) transcurren en el interior de la cárcel Modelo de Barcelona sin que se deje oír ni una sola frase. Desfile de los internos a última hora de la noche bajo la atenta mirada de los guardias que vigilan la galería antes de clausurar las celdas. Y, sin embargo, están a punto de saltar todas las alarmas cuando se percaten de que un preso acaba de escaparse. Huida del prófugo campo a través mientras los civiles le pisan los talones: "Es inútil buscar una salida..." —comenta su voz en off. Acto seguido, da comienzo uno de los varios flashbacks que contiene la película, en este caso para hacernos saber que Pablo Jiménez Roca (ése es su nombre completo) dio con los huesos en prisión por culpa de una mujer.



Ana (Isabel de Castro) es una femme fatale un tanto sui géneris, ya que irá paulatinamente evolucionando hasta abominar de su pasado: curiosa transformación por parte de la misma persona que había sido capaz de involucrar en un atraco —a una industria química— al ingenuo individuo que bebía los vientos por ella. Pero Pablo (Carlos Otero) tiene ahora otros problemas a los que hacer frente en su día a día. Por ejemplo, eludir el acoso al que le someten sus antiguos compinches, hoy cautivos en la misma sección del penal que él. Liderados por el astuto Pedro Ramírez Pacheco, malhechor erudito (al que da vida el húngaro Barta Barri) que lo mismo sabe de leyes que de lenguas románicas y que además es profesor de educación física.



La cotidianidad carcelaria se rige por unos parámetros que hacen de la penitenciaría un microcosmos en el que cada cual desempeña su papel. Así pues, Casimiro (Gila) es el loco o gracioso, siempre a vueltas con remedios medicinales a base de limón (cuando no pensando en si debería casarse con su novia). En cambio, el padre Santiago (Manuel Gas), enfundado de contino en su sempiterno hábito monacal, representa la cara amable de las fuerzas vivas, cuyo lado más oscuro se concreta, simbólicamente, en el retrato al óleo de Franco que preside el despacho del director.

El parecido físico entre el inspector y el Caudillo parece deliberado


De hecho, no deja de ser enormemente llamativo el modo en que son caracterizados los personajes, hasta el extremo de que los reos acaban resultando más simpáticos que los propios dirigentes del presidio. Es el caso, sin ir más lejos, de Pablo, que delinquió por amor y, sobre todo, del fornido Martín (Luis Induni), ese padrazo que se desvive por su hijito Jorge y que se ganará el corazón del espectador en la secuencia en que, vestido de Rey Melchor, se ve obligado a consolar al niño sin que éste sea consciente de la verdadera identidad del monarca. En definitiva, y a pesar de tratarse de un panfleto a mayor gloria de la Dirección General de Prisiones, lo cierto es que son muchas las virtudes de una puesta en escena que denota la pericia de su director, el siempre reivindicable Antonio Santillán.



martes, 27 de abril de 2021

Almas en peligro (1952)




Director: Antonio Santillán
España, 1952, 72 minutos

Almas en peligro (1952) de Antonio Santillán


Arranca y concluye la acción de Almas en peligro (1952) bajo una apariencia de filme de cine negro que contrasta con su verdadera vocación redentora. Y es que el avispado Iquino, productor a la sazón de la cinta, se las sabía todas cuando se trataba de captar la atención del respetable. En ese sentido, la Barcelona nocturna de tiroteos y asaltos a mano armada en la que se desarrolla la acción no es sino el anzuelo perfecto para dorarle la píldora a un espectador deseoso de acción, pero destinatario final de esa moralina que aparece sobreimpresa tras los títulos de crédito iniciales y que a continuación reproducimos íntegramente:

La corriente de inmoralidad que invade el mundo ha tenido siempre una presa fácil en la juventud. Muchachos sin experiencia, lanzados a la vida en inferioridad de condiciones, caen víctimas del instinto del mal ejemplo o del abandono familiar para convertirse en pequeños delincuentes. Frente a tan grave problema social, esta película constituye un homenaje a la abnegada labor de los Tribunales Tutelares de Menores y otras instituciones similares, creadas para encauzar a la juventud. La falta de medios, la indiferencia de muchos y, sobre todo, el trabajo desmesurado hacen de este servicio un penoso deber. Pero al cumplirlo les alienta una esperanza: la redención de esas ALMAS EN PELIGRO.

A tiro limpio con la estatua de Colón al fondo


Queda claro, pues, que estamos ante un producto cuyo verdadero protagonista no son tanto los gánsters de poca monta que traman dar un golpe en el puerto de la Ciudad Condal, sino los jóvenes descarriados que tendrán la oportunidad de reconducir sus vidas tras su ingreso en el reformatorio regentado por el Padre Fernando (Manuel Monroy). Claro que, antes de aterrizar en los dominios del beatífico sacerdote, los mozalbetes habrán tenido que vérselas también con el adusto inspector Lérida (Manuel Gas). Vamos: que la policía y el clero forman la alianza perfecta a la hora de mantener a raya la podredumbre del mundo.

El oscuro Antonio Santillán se ponía, por vez primera, a las órdenes de Producciones IFI para dirigir una película con voluntad de denuncia social en la que tanto los hijos de buena familia como los pobres de solemnidad corren el riesgo de dejarse arrastrar por el camino de perdición que conduce a la mala vida. Tal es el caso del díscolo Gerardo (Miguel Ángel Valdivieso). O de Emilio (Pedro Anzola), cuyos padres, que nadan en la abundancia, han criado, sin saberlo, a un egoísta. No falta, por último, un cierto toque sensiblero en la figura del pequeño Jorge (alias "Gusano"): el niño que, tras sufrir un grave percance doméstico, se debate entre la vida y la muerte para congoja del resto de internos y mayor gloria del Todopoderoso.



domingo, 19 de marzo de 2017

Llegar a más (1963)




Director: Jesús Fernández Santos
España, 1963, 82 minutos

Llegar a más (1963) de Jesús Fernández Santos


Entre 1960 y 1964 se produce un paréntesis en la vida literaria de Jesús Fernández Santos. Nuestro escritor se consagra al rodaje del que sería su primer -y último- largometraje: Llegar a más. La película, aunque tomaba como base del guion un relato suyo, incluido en Cabeza rapada, se localizaba en escenarios diferentes a las montañas rayanas con Asturias, donde -en el cuento- un joven aprendiz de minero entierra sus pobres esperanzas. El rodaje de Llegar a más fue decisivo, también, en la trayectoria cinematográfica de Fernández Santos: la película "no fue un éxito estrepitoso -confiesa el novelista-, pero me costó casi cuatro años, y la verdad es que me cansé. En la vida siempre hay un momento en que conviene elegir, así que yo opté por otras cosas. Intenté (como todos al principio) unir la calidad con el toque comercial. A mí me gusta Llegar a más (...). Claro, volver es difícil, porque para hacer cine de minorías hay que ser hijo de millonario, y para la cosa comercial no te llaman (...). A veces tengo la sensación de que la gente de la industria no me considera del gremio; piensa que soy un escritor nada más. Comprendí que el cine está demasiado mediatizado, y el español aún más, por una serie de intereses y escaseces que lo convierten en una mediocre artesanía. La censura, los medios técnicos, una falta de miras y de cultura en general me hicieron dedicarme a él como segundo oficio y seguir escribiendo, actividad en la que sí me sentía libre del todo, y responsable de mis obras".

Jorge Rodríguez Padrón
Jesús Fernández Santos (1982), Ministerio de Cultura, pp. 24-25

En más de una ocasión manifestó Fernández Santos, como en las declaraciones anteriores, el hartazgo que le produjo tener que batallar tantísimo para levantar la que, al fin y a la postre, había de ser su única película de ficción. Y es una verdadera lástima, porque, independientemente de la escasa carrera comercial que le tocase en suerte a Llegar a más, de lo que no cabe la menor duda revisándola más de medio siglo después es de que su director tenía madera de cineasta: el mundo ganó un novelista de raza, cierto, pero perdió para siempre al que, junto con Carlos Saura, podría haber sido el gran realizador del cine español.

Que sabía lo que se hacía lo atestiguan los treinta y seis títulos, entre documentales y reportajes televisivos, que dirigió a lo largo de su carrera, algunos tan prestigiosos como los dedicados a Velázquez o a Goya. No hay más que ver, por ejemplo, la panorámica inicial sobre Madrid con la que arranca Llegar a más, sabiamente enfatizada por las notas musicales de la partitura compuesta por el maestro Miguel Asins Arbó, para convencerse de que estamos ante una obra de grandes proporciones.

Manuel San Francisco (Daniel) y María José Alfonso (Amparo)

Daniel Tormo (Manuel San Francisco) pertenece a esa estirpe de personajes que, como el José Luis Sánchez que interpretará pocos años después Julián Mateos en El último sábado (1967), pagan cara su desmesurada ambición: nacidos en el seno de familias humildes, no saben conformarse con el ejemplo de abnegado sacrificio heredado de sus padres, lo cual redunda en un estrepitoso fracaso. Les ciega el orgullo y se pillan los dedos, por así decirlo, al fiarse en exceso de los atajos que prometen un éxito rápido y fácil.

Daniel está convencido de que marcharse a trabajar al extranjero es la panacea de todos los males. Y como no lo consigue ni sin papeles (en el último instante se baja del tren para regresar con su novia Amparo) ni con ellos (se los deniegan por una cicatriz que le detectan en el pulmón), acabará sucumbiendo a las malas compañías que lo tientan con el acceso directo a un bienestar que hasta entonces él considera que se le ha vedado: trabajar en un taller, casarse, tener un coche... nada de todo eso es suficiente para alguien que aspira a llegar a más. Por eso en el travelín final, otro portento de narración cinematográfica, Daniel, de camino a la Dirección de Seguridad y como un Tántalo moderno, verá desfilar por la ventanilla del taxi de su padre que él mismo conduce todos los placeres (cines, concesionarios, agencias de viaje, el bullicio nocturno...) a los que a partir de ahora tendrá que renunciar ya para siempre.


sábado, 11 de junio de 2016

Brigada criminal (1950)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1950, 80 minutos

Brigada criminal (1950) de Iquino


A Iquino se le puede perdonar casi todo: que la sombra de un micro se proyecta durante unos segundos sobre la frente de uno de los gánsters: no pasa nada; que unos transeúntes curiosos se paran a mirar el rodaje en el transcurso de una escena filmada en plena calle: no tiene importancia; que el objetivo de la cámara está rallado, cuando no sucio y lleno de polvo y pelos: ¡bah, bah, eso son remilgos en los que un auténtico cineasta no repara! Sobre todo si, a cambio, aporta soluciones creativas e innovadoras: prescindir de los decorados tradicionales y del plató para situar la acción en espacios reales (una serrería, una oficina bancaria, las calles de Madrid y Barcelona), continuos planos en contrapicado a lo Orson Welles... Incluso el patadón que Óscar (Alfonso Estela) le propina a un pobre gato que pasaba por allí. La banda sonora, en cambio, corrió a cargo del Maestro (sic) Augusto Algueró: grandilocuente nombre si se tiene en cuenta que el compositor apenas contaba 16 años en aquel entonces.

Brigada criminal supuso un intento de aclimatar a la realidad española el cine negro americano, quizá con ese toque cutre al que aludíamos al principio y que tan a menudo marcó buena parte de la filmografía del director catalán. Bueno, a ver: tampoco nos pasemos. Hemos comenzado diciendo que a Iquino se le perdona todo porque, a pesar de la escasez de medios propia del país y de la época, fue capaz de levantar un imperio y un sistema de producción que es lo más parecido a una industria cinematográfica que hayamos tenido por aquí. Así que poca broma al respecto.

El realizador en una imagen de los inicios de su carrera


La trama, una historia concebida por José Santugini y posteriormente desarrollada por Juan Lladó y Manuel Bengoa, se basa en la típica relación paternofilial que se establece entre el poli veterano (un inspector un tanto cínico interpretado por el debutante, al menos en el cine, Manuel Gas) y el poli novato (José Suárez). A este último lo veremos recibir sus credenciales en la Academia de Policía al inicio del filme para, gradualmente, ir conquistando sobre el terreno los méritos que hagan de él un adalid en la lucha contra el crimen organizado. Así pues, Brigada criminal será a la vez la crónica de su bautismo de fuego y un panfleto propagandístico a mayor gloria de la Policía española, a la que se califica en los títulos de crédito iniciales como una de las mejores del mundo.

Es por ello que, debido al uso de las distintas voces en off que narran la relación de los hechos, la película acaba adquiriendo un cierto aire documental cercano al reportaje al que se suma el panegírico de los abnegados agentes, cuyas sufridas esposas apenas podrán disfrutar de su compañía al estar ellos en todo momento al pie del cañón... Curioso apunte, entre épico y cómico, con el que concluye el filme.

Manuel Gas (izquierda) y José Suárez en Brigada criminal

martes, 22 de marzo de 2016

El Judas (1952)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1952, 102 minutos


Stanislavski a lo divino


El Judas (1952) de Iquino

El Judas podría haber sido una de tantas producciones dirigidas por el prolífico Iquino de no ser por el hecho de que, por vez primera desde los tiempos de la República, se pudo escuchar hablar en catalán en una película. Tímidamente, es cierto, pero el que la acción se situara en Esparraguera durante la celebración de su tradicional Passió de Semana Santa favoreció que se incluyesen un par de canciones tradicionales catalanas: la tonada popular "Rossinyol que vas a França" y "El Virolai" de Jacint Verdaguer con música de Josep Rodoreda.

Especialmente singular es el guion, puesto que plantea una curiosa simbiosis entre ficción y realidad: Mariano Torné (Antonio Vilar) es el encargado de interpretar el papel de Judas, lo cual acaba siendo extrapolable a su vida particular, donde se comporta como un verdadero traidor para con los que lo rodean (familiares incluidos). Lo curioso del caso es que, si bien la codicia le hará ambicionar y finalmente hacerse con el papel de Jesús, a partir del momento en el que Mariano encarne al Mesías en las tablas su conducta a nivel personal también se suavizará: hasta tal punto se ha metido en el personaje.

Este original paralelismo a punto estuvo de reportarle a Iquino el León de Oro del Festival de Venecia, mientras que a su guionista Rafael J. Salvia le supuso la obtención del premio al mejor guion original que concedía el Círculo de escritores cinematográficos. Finalmente, también el Sindicato nacional del espectáculo galardonó el filme.

Otra de las peculiaridades de esta atípica película, además de la predilección que demuestra Iquino por el uso de ángulos de cámara en picado y en contrapicado, es el hecho de que la inmensa mayoría del reparto lo conforman actores no profesionales, vecinos de Esparraguera. Apenas el portugués Antonio Vilar y Manuel Gas como inspector de policía fueron los únicos intérpretes no amateurs del elenco.




sábado, 5 de septiembre de 2015

Cambio de sexo (1977)




Director: Vicente Aranda
España, 1977, 108 minutos

Cambio de sexo (1977) de Vicente Aranda


La España cateta se despertaba de un largo letargo a finales de los setenta, tras el cual afloraban realidades que pocos años antes habrían sido inimaginables en una pantalla. En Cambio de sexo (1977) Vicente Aranda muestra una parte de la Barcelona más underground (personificada en Bibi Andersen y los clubs nocturnos de las Ramblas y el Paralelo, como el Starlet), al tiempo que inicia su colaboración con una jovencísima Victoria Abril.

De todas formas, y a pesar de lo aparentemente morboso del film (empezando por su título), hay que subrayar el empeño del director por tratar el tema con extrema delicadeza y rigor. Así sucede, por ejemplo, con la explicación casi documental de la operación a la que se someterá José María o con la actitud comprensiva de algunos personajes que le ayudarán a abrirse camino: su hermana Lolita, doña Pilar (Rafaela Aparicio), la propia Bibi en un principio o Durán (Lou Castel). Tal variedad contrasta con la menor proporción de caracteres hostiles, de los que la brutalidad despiadada del padre (Fernando Sancho) acaba motivando la huida del chico.

No era esta la primera vez, sin embargo, que el cine español había tratado un tema semejante. En Mi querida señorita (1972) Jaime de Armiñán relataba el proceso inverso: el de una mujer (interpretada por José Luis López Vázquez) que con más de cuarenta años descubre que es realmente un hombre.

Con guion del también cineasta Joaquim Jordà, Carlos Durán y el mismo Aranda y fotografía del gran Néstor Almendros, Cambio de sexo iba todavía más allá en lo explícito de su contenido. También era ya otra época, en plena transición, lo cual explica el carácter transgresor de películas que, como esta, estaban allanando el camino para el desembarco, en un futuro inmediato, de Almodóvar o de filmes de temática similar como Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978).

Para concluir, y ya a nivel mucho más anecdótico, cabe señalar la presencia en el reparto de toda una familia de actores: Mario Gas (Álvaro), su padre Manuel Gas (novio de doña Pilar), su mujer Vicky Peña (Adela) y la madre de ésta, Montserrat Carulla (madre de José María).


Montserrat Carulla, Victoria Abril y Fernando Sancho