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sábado, 7 de septiembre de 2024

A este lado del mundo (2020)




Director: David Trueba
España, 2020, 97 minutos

A este lado del mundo (2020) de David Trueba


Quién mejor que Vito Sanz para interpretar a Beto, un ingeniero algo impasible cuya frase recurrente es "No sé". Tras el reciente suicidio de la madre, sus tres hermanas mayores y él se disponen a repartirse la herencia familiar, siendo la casa la parte que le corresponde. A su pareja (Ondina Maldonado) parece que le hace mucha ilusión instalarse en la nueva residencia, a juzgar por el entusiasmo con el que planea futuras reformas, mientras que Beto, siempre tan indeciso, no acaba de verlo claro. Y por si eso no fuera poco, unos recortes de última hora motivan que la empresa para la que trabaja lo despida, aunque, como compensación, le ofrecen un empleo como free lance en Melilla...

La problemática en torno al fenómeno de la inmigración le sirve a David Trueba de telón de fondo para escribir y dirigir A este lado del mundo (2020), una película valiente en la que se afirman cosas del calibre de: "Muchos creen en Dios, pero cree Dios en ellos...". Quien pronuncia esa frase no es otra sino Nagore (Anna Alarcón), la agente de la Guardia Civil que asignan a Beto para que le haga de cicerone en una ciudad donde los trapicheos y movimientos alrededor de la valla son continuos.

El mundo en sus manos...


Evidentemente, las trayectorias respectivas que ambos personajes han seguido a lo largo de la vida son por completo opuestas, si bien llega un punto en el que uno y otro empiezan a conectar pese a las diferencias abismales de carácter que los separan. Así pues, el desparpajo de ella, curtida en mil y una batallas, actuará de revulsivo sobre la actitud acomodaticia de alguien que hasta entonces había vivido por completo ajeno respecto a la cruda realidad que se respira a diario en el estrecho.

Fruto de la agudeza que suelen poseer sus guiones, la puesta en escena de David Trueba deja entrever la ambigüedad de un sistema en el que nadie está a salvo ni de caer en la indiferencia ni de participar en oscuras corruptelas. Buena prueba de ello sería, por ejemplo, la actitud repulsiva de un alcalde (Janfri Topera) cuyo discurso a propósito de temas tan sensibles como las recurrentes crisis migratorias destila un pragmatismo de corte populatista muy a la orden del día. De ahí también que algunos, como Castroviejo (Joaquín Notario), opten por una imprevisible huida hacia adelante frente al ímpetu de la única ley, la de la Naturaleza, que rige verdaderamente los destinos de la humanidad.

"Consuma producto nacional"


lunes, 2 de septiembre de 2024

Volveréis (2024)




Director: Jonás Trueba
España/Francia, 2024, 114 minutos

Volveréis (2024) de Jonás Trueba


Un autor ha dicho que el amor-recuerdo es el único feliz. Esta afirmación, desde luego, es muy acertada, con la condición de que no se olvide que es precisamente ese amor el que empieza haciendo la desgracia del hombre. El amor-repetición es en verdad el único dichoso. Porque no entraña, como el del recuerdo, la inquietud de la esperanza, ni la angustiosa fascinación del descubrimiento, ni tampoco la melancolía propia del recuerdo. Lo peculiar del amor-repetición es la deliciosa seguridad del instante.

Søren Kierkegaard (1813-1855)
La repetición
Traducción de Demetrio Gutiérrez Rivero

Lo ha vuelto a hacer: película tras película, el menor del clan Trueba ("Si menor en años, mayor en prez", que diría Valle-Inclán) se supera a sí mismo con la solvencia de quien ha mamado el cine desde su más tierna infancia y, por tanto, destila en todo lo que hace una suerte de frescura y destreza difícilmente igualables. Su último largometraje, Volveréis (2024), premiado en Cannes y protagonizado por Itsaso Arana, su pareja en la vida real, y esa especie de nuevo Resines que es Vito Sanz, pasa por ser una comedia romántica un tanto sui géneris, si bien dicha etiqueta, como todos los términos convencionales, al fin y al cabo, resultaría cuando menos discutible.

Y es que tras esa idea en apariencia frívola de celebrar las rupturas se esconde, en realidad, una reflexión bastante más dramática de lo que cabría esperar en torno a la trascendencia que realmente tienen las relaciones sentimentales. En ese orden de cosas, lo que aquí se plantea no deja de ser una relectura en clave moderna de lo ya expuesto por algunos filósofos decimonónicos (véase la cita del danés Kierkegaard que encabeza estas líneas y que en el filme es citada en un par de ocasiones) precursores de lo que un siglo después daría en denominarse existencialismo.



Una profundidad que, sin embargo, no está reñida con el tono cotidiano y hasta divertido de la mayor parte de situaciones y diálogos (los propios protagonistas, por cierto, Arana y Sanz, han colaborado en el guion). Así pues, el círculo de amistades y conocidos de la pareja (atención a la gran cantidad de cameos e intervenciones fugaces de algunos de los intérpretes que han ido participando a lo largo del tiempo en anteriores títulos del director, desde Sigfrid Monleón hasta Francesco Carril, pasando por Isabelle Stoffel o la joven Candela Recio, cuyo rostro se divisa entre los asistentes a la fiesta final) reaccionará con asombro o desconcierto ante el inusitado anuncio de separación de Ale y Álex.

Por último, el filme que nos ocupa encierra también un interesante juego metacinematográfico (impagable la escena en la que los personajes discuten a propósito de 10, la mujer perfecta (1979)) repleto de referencias y guiños cinéfilos, a menudo autoreferenciales. Tal sería el caso, por ejemplo, de haberle dado el papel de padre a Fernando Trueba o de esa otra película que discurre en paralelo y cuya directora, la misma Ale, se parece tanto a la chica de Álex. Elementos que, en definitiva, por todo lo que tienen de mitomanía personal (también se incluye, de pasada, una visita a la tumba de Truffaut en Montmartre), entroncan a la perfección con el título de ese libro de Stanley Cavell (1926-2018) que el suegro le presta a su ya casi ex nuera: El cine, ¿puede hacernos mejores?



viernes, 3 de noviembre de 2017

Lágrimas negras (1998)




Directores: Ricardo Franco y Fernando Bauluz
España, 1998, 104 minutos



ISABEL: Me gustas mucho, pero todavía tengo miedo. 
ANDRÉS: Miedo, ¿por qué? Yo no voy a hacerte ningún daño. 
ISABEL: Lo que me da miedo es que el daño te lo acabe haciendo yo a ti…

Hay algo inquietante en Lágrimas negras. Tal vez porque su director y alma mater del proyecto, Ricardo Franco, falleció en pleno rodaje con apenas cuarenta y ocho años; tal vez porque Fernando Bauluz, su ayudante y responsable de acabar la película, moriría en 2004 a los cincuenta y tres; quizá por la enfermiza historia de amor autodestructivo que cuenta; a lo mejor por el áspero laconismo que transmite su título...

En cualquier caso, el malditismo fue uno de los elementos que Ricardo Franco cultivó a lo largo de su carrera, desde Pascual Duarte (1976) o Los restos del naufragio (1978), pasando por las tribulaciones de los Panero en Después de tantos años (1994), hasta desembocar en el triángulo de La buena estrella (1997). Vidas marginales la mayor parte de ellas, marcadas por la locura en varios casos, a las que Lágrimas negras venía a añadirse como lánguido canto del cisne.



Que fue una obra rematada por otro se nota en lo irregular de su desarrollo, en la premura que transmiten determinadas escenas (y, ciertamente, ya tuvo mucho mérito el que pudiese acabarse y ser estrenada, cosa que no siempre está garantizada tratándose del cine español). Con todo, el paso del tiempo hace que esas costuras sean más evidentes, lo cual le añade, por otra parte, un cierto encanto crepuscular a la película.

Respecto a la relación a tres bandas que se establece entre Andrés (Fele Martínez), Alicia (Elena Anaya) e Isabel (Ariadna Gil), le falta la intensidad que el director había logrado obtener de los actores en su anterior trabajo, donde las actuaciones de Jordi Mollà, Antonio Resines y Maribel Verdú rayaban lo excepcional. Aunque de poco sirve especular, puesto que lo que hubiera sido capaz de conseguir Ricardo Franco de haber dirigido íntegramente Lágrimas negras quedará para siempre en la nómina de lo que pudo haber sido y no fue.