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lunes, 2 de enero de 2023

Robin de los bosques (1938)




Título original: The Adventures of Robin Hood
Directores: Michael Curtiz y William Keighley
EE.UU., 1938, 102 minutos

Robin de los bosques (1938)


A pesar del ímpetu que transmiten las escenas de acción de este clásico del cine de capa y espada, lo cierto es que no parece que durante el rodaje hubiese mucha química entre su protagonista, un Errol Flynn célebre por sus continuos caprichos de estrella, y el húngaro Michael Curtiz. En cualquier caso, el otro director de la cinta, el más apacible (y hoy, por desgracia, olvidado) William Keighley, sí que conectó con el díscolo galán, de modo que la empresa no sólo llegó a buen puerto, sino que acabaría convirtiéndose en uno de los títulos míticos de la época dorada de Hollywood.

Por muchas razones, The Adventures of Robin Hood (1938) lo tenía todo para ser un éxito seguro de taquilla: lances trepidantes en la Inglaterra del medievo, una pareja glamurosa en los papeles principales (el ya mencionado Flynn como príncipe de los ladrones y la angelical Olivia de Havilland encarnando a Lady Marian) y, en particular, un rutilante Technicolor, por aquellas fechas toda una novedad, aparte de reclamo publicitario, que alegraba las retinas de un público hasta entonces resignado al blanco y negro.



Aunque también los malos de la película tenían su cosa y, así pues, contribuyen con su nefasto ejercicio del poder para que el hábil arquero de Sherwood pueda lucirse "dando en la diana", nunca mejor dicho. Claude Rains (el malévolo príncipe Juan) volvería a trabajar a las órdenes de Curtiz cuatro años después en la no menos legendaria Casablanca (1942), mientras que Basil Rathbone (Sir Guy de Gisbourne y, en la década posterior, sagaz inquilino de Baker Street en una popular saga sobre Sherlock Holmes) da muestras de su destreza como espadachín en un duelo inolvidable.

Tres premios Óscar (dirección artística, montaje y banda sonora, a cargo de Erich Wolfgang Korngold) certificaron la buena acogida de un filme que, además de espectáculo, ofrecía un discurso en consonancia con los postulados del New Deal promovido por el presidente Roosevelt para paliar los efectos de la crisis económica. A fin de cuentas, ¿qué es lo que hace Sir Robin de Locksley sino redistribuir la riqueza?



sábado, 13 de junio de 2020

El delator (1935)




Título original: The Informer
Director: John Ford
EE.UU., 1935, 91 minutos

El delator (1935) de John Ford

Cuatro Óscars (Mejor actor, director, guion y música) avalan el éxito de una de las cintas más logradas de cuantas dirigiera John Ford en la década de los treinta. Filme oscuro, de acción íntegramente nocturna, en el que el cineasta de origen irlandés se sirve de las técnicas del expresionismo para plasmar en imágenes la pesadumbre que atenaza al protagonista por haber inculpado a su antiguo camarada y amigo Frankie McPhillip (Wallace Ford).

Son varios los recursos que, a tal efecto, se utilizan, siendo el más reiterado (y reiterativo) la sobreimpresión en pantalla del cartel de "Se busca" cada vez que al rudo Gypo (Victor McLaglen) lo asalta la desazón del remordimiento. Pasquín al que, por cierto, el viento arrastra por los suelos, durante las primeras secuencias de la película, hasta engancharse como una lapa entre las piernas del delator: metáfora límpida y cristalina del sentimiento de culpa que, a partir del momento en el que se consuma el chivatazo, lo va a importunar con insufrible insistencia.



También el compás de un reloj, una vez que Gypo se separa de Frankie, marcará el inicio de la cuenta atrás que va a conducir a ambos hombres a su perdición: el uno a manos de la policía británica y el otro en un juicio sumarísimo, bajo la atenta mirada de sus antiguos correligionarios del IRA, cuyo ambiente subterráneo y clandestino remite ineludiblemente al llevado a cabo por los miembros del hampa en M (1931) de Fritz Lang.

Con todo y con eso, la esencia última de lo expuesto en The informer obedece a unos valores más cristianos que políticos. A este respecto, las palabras con las que se abre el relato ("Then Judas repented himself and cast down the thirty pieces of silver and departed...") no dejan lugar a dudas: las veinte libras de la recompensa van a suponer para el pobre Gypo lo mismo que fueron aquellas treinta monedas para el alevoso apóstol. De poco le habrá servido la promesa de emigrar a América en compañía de esa especie de magdalena que es Katie (Margot Grahame): lo que fácil viene, fácil se va y, tras malgastar el dinero en borracheras, finalizará su periplo frente al altar y la madre de Frankie (en clara alusión a la Virgen María) implorando el perdón que redima su culpa ante Dios y los hombres.


domingo, 12 de abril de 2020

El hombre invisible (1933)




Título original: The Invisible Man
Director: James Whale
EE.UU., 1933, 71 minutos

El hombre invisible (1933) de James Whale


El desconocido llegó un día huracanado de primeros de febrero, abriéndose paso a través de un viento cortante y de una densa nevada, la última del año. El desconocido llegó a pie desde la estación del ferrocarril de Bramblehurst. Llevaba en la mano bien enguantada una pequeña maleta negra. Iba envuelto de los pies a la cabeza, el ala de su sombrero de fieltro le tapaba todo el rostro y sólo dejaba al descubierto la punta de su nariz. La nieve se había ido acumulando sobre sus hombros y sobre la pechera de su atuendo y había formado una capa blanca en la parte superior de su carga. Más muerto que vivo, entró tambaleándose en la fonda Coach and Horses y, después de soltar su maleta, gritó: «¡Un fuego, por caridad! ¡Una habitación con un fuego!» Dio unos golpes en el suelo y se sacudió la nieve junto a la barra. Después siguió a la señora Hall hasta el salón para concertar el precio. Sin más presentaciones, una rápida conformidad y un par de soberanos sobre la mesa, se alojó en la posada.

H. G. Wells
El hombre invisible
Traducción de Julio Gómez de la Serna

Como en tantas otras cintas de terror de la Universal, era Boris Karloff quien tendría que haber protagonizado la adaptación cinematográfica de El hombre invisible. Sin embargo, algunas divergencias de orden contractual con los estudios, además de un distanciamiento definitivo entre el actor y el director James Whale, propiciaron que el papel recayera en otro intérprete británico afincado en Hollywood, Claude Rains, cuya imponente voz resultó decisiva a la hora de decantarse por él.

Teniendo en cuenta que a los directivos de la compañía, con Carl Laemmle Jr. a la cabeza, lo único que les interesaba de la novela de H. G. Wells era el título (como gancho publicitario), son muchas las diferencias de la película con respecto al texto. Como, por ejemplo, la presencia de la prometida y el suegro del protagonista, personajes inexistentes en el libro y que aquí sirven para subrayar su condición de buen chico descarriado por culpa de una sustancia tóxica que lo mismo le proporciona la invisibilidad que le hace enloquecer.



James Whale, célebre por sus filmes sobre Frankenstein, combina en The Invisible Man el espanto habitual en este tipo de producciones con un extravagante sentido del humor que se hace patente en secundarios como la histérica propietaria de la posada (interpretada por Una O'Connor) o en esos exuberantes ramos de flores tras los que gimotea la abnegada Flora (Gloria Stuart).

El análisis atento del reparto permite descubrir en papeles menores a grandes intérpretes que, como John Carradine o Walter Brennan, adquirirían enorme relevancia en años venideros. Aunque lo verdaderamente portentoso de la cinta son sus efectos especiales, obra de John P. Fulton (1902–1966), el mismo genio que, dos décadas después, lograría que las aguas se retirasen ante Moisés en Los diez mandamientos (1956). Aquellas retinas de principios de los treinta, enormemente crédulas en comparación con las de cualquier espectador de hoy en día, debieron de quedarse petrificadas al contemplar que era aire lo que ocultaban las vendas del doctor Griffin...