Mostrando entradas con la etiqueta John Ireland. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Ireland. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de junio de 2020

La caída del Imperio romano (1964)




Título original: The Fall of the Roman Empire
Director: Anthony Mann
EE.UU., 1964, 172 minutos

La caída del Imperio romano (1964)


The Fall of the Roman Empire (1964) representa uno de esos casos paradigmáticos en los que la dicotomía entre el fondo y la forma acaba eclipsando cualquier consideración de otro orden. El máximo exponente a propósito de la diferencia que media entre lo artístico y lo artesanal. Así pues, y si nos atenemos exclusivamente a la fastuosidad de sus decorados, qué duda cabe que éstos marcaron un hito en la historia del cine. Baste decir, al respecto, que la reproducción a escala real del foro romano sigue ostentando, a día de hoy, el récord Guinness del plató al aire libre más grande que jamás se haya construido.

Sin embargo, la calidad de una película en términos generales no se mide en función de su envoltorio, sino más bien a partir de lo intangible y ahí es, precisamente, donde radicó el fracaso comercial del filme. Porque una cosa es que Bronston invirtiese cantidades ingentes de dinero con tal de levantar una superproducción tan despampanante como su protagonista femenina (la sensual Sophia Loren) y otra, muy distinta, es que el respetable se chupe el dedo.



En ese sentido, el problema no es sólo que el guion de Philip Yordan et alii carezca de una sólida estructura narrativa, sino, sobre todo, la constante sensación de déjà vu que asalta al espectador de principio a fin del relato. La tenemos cuando las cuádrigas de Livio y Cómodo pugnan, como ocurría en Ben-Hur (1959), por derribarse la una a la otra (no en vano, al primero de ellos lo interpreta Stephen Boyd, es decir, el Mesala de la oscarizada cinta). O cuando asistimos a las acaloradas sesiones del Senado o al campamento en el que, de la mano del protocristiano Timónides (James Mason), bárbaros y romanos ensayan un intento de convivencia pacífica y que son, una y otra, escenas vagamente inspiradas en el imaginario de Espartaco (1960), aquel mítico péplum del que el propio Anthony Mann había sido despedido a las pocas semanas de rodaje...

De ahí que el director buscara resarcirse con un proyecto megalómano, pergeñado a base de miles de extras y dólares, en el que también tuviesen cabida referencias, más o menos explícitas, a su ya dilatado universo fílmico, como la secuencia en la que Ballomar (John Ireland) le quema la mano a Timónides del mismo modo en que los villanos disparaban sobre la palma de James Stewart en El hombre de Laramie (1955). Un fresco —a ratos oscuro a ratos resplandeciente— que es al cine lo que la pintura de Jean-Léon Gérôme o de Ingres es al arte: el apogeo de un academicismo esteticista que, con demasiada frecuencia, impide apreciar el verdadero valor simbólico del conjunto. En ese sentido, cabría preguntarse ¿qué es Roma? ¿El declive de Hollywood? Y esas hordas bárbaras que Timónides, con tanto denuedo, insta a acoger hasta asimilarlas en el seno del Imperio como nueva savia que ayude a preservar el Roman way of life ¿qué son? ¿Comunistas? ¿Negros? ¿El sueño frustrado de una concordia imposible, tan amarga como el tema central de la banda sonora de Dimitri Tiomkin?


jueves, 21 de mayo de 2020

Espartaco (1960)




Título original: Spartacus
Director: Stanley Kubrick
EE.UU., 1960, 184 minutos

Espartaco (1960) de Stanley Kubrick

Se ha dicho tantas veces que Kubrick no la consideraba exactamente una película suya, al no haber podido tener pleno control sobre todos los elementos de la producción, que Spartacus terminó cayendo un poco en tierra de nadie, apenas un péplum recurrente para ser televisado, año tras año, por Semana Santa. De sobras es conocido, además, el episodio del despido de Anthony Mann, tras haber dirigido únicamente la secuencia preliminar en las minas de sal, así como la controversia generada en torno a la presencia en los títulos de crédito del guionista Dalton Trumbo, antiguo represaliado durante la caza de brujas del macarthismo.

Sin embargo, una superproducción de tal magnitud, con sus cuatro premios Óscar y un reparto estelar de intérpretes, destaca especialmente por una cuidadísima dirección artística en la que se nota el esmerado trabajo de documentación llevado a cabo a la hora de recrear aspectos tan específicos de la vida cotidiana en la antigua Roma como los lujosos interiores de inspiración pompeyana de las villas o incluso las termas y el propio Senado.



Minuciosidad que se observa, asimismo, en el combate privado de gladiadores que tiene lugar en la escuela regentada por Batiatus (Peter Ustinov), donde cada contendiente aparece perfectamente caracterizado según se trate de un reciario (armados con red y tridente) o de un mirmillón (provistos de espada tracia y escudo redondo). Y luego están las pequeñas genialidades, con el sello inconfundible de Kubrick, como hacer que los personajes de condición social humilde hablen con acento americano, mientras que los sofisticados patricios se expresan en un cuidado inglés británico. O el espectacular despliegue de las legiones, filmado en la Dehesa de Navalvillar, cerca de Colmenar Viejo (en Madrid), magistral puesta en escena que no figuraba en el guion original y que preludia algunos de los planos que podrán verse, años más tarde, en Barry Lyndon (1975).

¿De qué habla, en realidad, Espartaco? Evidentemente, de todo menos de romanos. A este respecto, conviene tener en cuenta que la rebelión de esclavos comandada por un antiguo gladiador simboliza, en primer lugar, la lucha titánica de un actor y productor (Kirk Douglas) que, al frente de la modesta Bryna Productions, pretende plantarle cara al imperio hollywoodense. Hay también muchísimo, lo apuntábamos más arriba, de crítica subterránea contra los poderes fácticos, que no sólo limitan la libertad de expresión, sino que están dispuestos a crucificar a todo aquél que se atreva a nadar contracorriente. Aunque, y ahí está ese momento antológico en el que, todos a una, se ponen en pie para clamar aquello tan célebre de "I'm Spartacus!", ésta es una película que encarna a la perfección el espíritu de camaradería, la lucha por una causa común a la que hay que permanecer fiel hasta las últimas consecuencias.


martes, 1 de enero de 2019

Juana de Arco (1948)

















Título original: Joan of Arc
Director: Victor Fleming
EE.UU., 1948, 100 minutos

Juana de Arco (1948) de Victor Fleming

Comenzamos el año donde lo habíamos dejado, aunque con una superproducción made in Hollywood bastante alejada de la sobriedad que el siempre espiritual Dreyer le supo imprimir al mito de Juana de Arco. Esto es una cosa muy distinta: aquí las coordenadas de trabajo se miden en centenares de extras, la cantidad de nominaciones a los Óscar recibida, anecdotario y rumorología varia y una execrable versión abreviada de cien minutos (frente a las dos horas y media que duraba el metraje original) que aún circula en DVD.

Tiene, eso sí, y a pesar de haber sido un sonado fracaso en taquilla, el atractivo de la fotografía en color y de un vestuario escrupulosamente seleccionado que, al final, le acabarían reportando los dos únicos galardones de los muchos premios de la Academia a los que optaba (entre los que, curiosamente, no figuraba el de "mejor película", hecho que motivó que el productor Walter Wanger rechazase el Óscar honorífico que, ironías del destino, tenían previsto entregarle aquel año).

En 1954, Ingrid Bergman volvería a interpretar a Juana de Arco
a las órdenes de Rossellini

Claro que, para fatalidades, las de los tres miembros del equipo que fallecieron poco después del estreno, entre ellos el propio Victor Fleming, quien perdería la vida, víctima de un infarto, el 6 de enero de 1949. Malos augurios para una película a la que el público dio la espalda por un motivo que hoy puede parecer un tanto insólito. Y es que la biempensante sociedad americana de hace setenta años no vio con buenos ojos que una adúltera como Ingrid Bergman, a la sazón amante del cineasta italiano Roberto Rossellini, se metiese en la piel de una santa...

Lo mismo da: ha pasado el tiempo y nuestra mirada tal vez rechace esta Juana de Arco por otros motivos, como lo altisonante de su fanfarria, lo huero de sus premisas o la apoteosis católica con la que se inviste a la protagonista. Y es una lástima, porque, al parecer, la obra de teatro de Maxwell Anderson en la que se basaba (Joan of Lorraine) era una original fábula escénica en la que un grupo de actores interpretaba un montaje sobre la vida de la mártir francesa. Nada que ver con este convencional biopic de cartón piedra en el que las proclamas políticas contra los invasores ingleses predominan sobre cualquier atisbo de sensibilidad ascética.