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sábado, 9 de noviembre de 2024

Muere una mujer (1965)




Director: Mario Camus
España, 1965, 95 minutos

Muere una mujer (1965) de Mario Camus


Más allá de rendir homenaje al cine de Hitchcock, Muere una mujer (1965) supuso un intento fallido por parte del entonces inexperto Mario Camus de adentrarse en fórmulas cinematográficas para cuya complejidad escénica todavía no estaba capacitado. Aun así, y pese a sus muchas incongruencias (desde fallos de guion, coescrito junto a Carlos Saura, hasta un uso tímido, tirando a torpe, del sarcasmo), la película se deja ver con un cierto agrado, mayormente por la elegancia de su reparto, encabezado por el siempre eficaz Alberto Closas, y una excelente fotografía en color de Víctor Monreal en la que colaboraron como ayudantes Luis Cuadrado y Teo Escamilla.

Se trata, por lo demás, de una típica intriga con cadáver en el maletero y un falso culpable a lo Cary Grant (interpretado por el ya mencionado Closas) que deberá convencer de su inocencia a la policía, pero no tanto al espectador, quien en una de las secuencias iniciales ha visto cómo una silueta arrastraba el cuerpo sin vida del vecino, entre las sombras de un garaje, para depositarlo en el interior del coche del protagonista.



Se da la circunstancia, además, de que una muerte desencadena otra, puesto que la esposa del protagonista, a la que da vida Mabel Karr (rubia platino al más puro estilo hitchcockiano, al igual que su hermana en la ficción, Gisia Paradís), caerá fulminada, víctima de un repentino infarto, cuando, en el transcurso de una excursión familiar a la playa, descubra el siniestro contenido del maletero. Verosímil o no, así plantearon la trama Camus y Saura.

Cabría subrayar, por último, aparte de los interesantes exteriores rodados en la Barcelona de la época (atención al intento de asesinato, excepcionalmente filmado en la estación de La Bonanova), cómo los autores colaron una relación a todas luces homosexual al hacer que dos de los personajes, el decorador Juan de la Peña (Tomás Blanco) y su joven ayudante Víctor Andrada (Francisco Guijar), compartieran apartamento. Circunstancia que no pasó desapercibida para la censura franquista, pero que, a pesar de los retoques impuestos en el libreto, se sigue percibiendo, por ejemplo, en la escena de la piscina.



viernes, 11 de febrero de 2022

El diablo también llora (1963)




Director: José Antonio Nieves Conde
España/Italia, 1963, 94 minutos

El diablo también llora (1963) de J.A. Nieves Conde


Tremendo dramón con tintes de cine negro, El diablo también llora (1963) conecta, a su vez, con una amplia gama de subgéneros que van desde las películas de juicios hasta las agrias rencillas familiares, con crimen pasional incluido. Un cóctel explosivo mediante el que su director, José Antonio Nieves Conde (1915-2006), aspiraba a repetir el éxito cosechado una década antes gracias a la soberbia Los peces rojos (1955). De ahí que, como en aquel caso, la acción transcurra parcialmente en la ciudad de Gijón, si bien la protagonista femenina se traslada a Madrid huyendo de un marido al que ya nada la une.

Durante el viaje en tren, Ana Sandoval (la italiana Eleonora Rossi-Drago) conoce a un apuesto abogado llamado Tomás Baeza (Paco Rabal), quien pagará su pasaje para evitar que el revisor (Antonio Ferrandis) dé parte a las autoridades ferroviarias. A su vez, el despechado doctor Quiroga (Fernando Rey) sigue los pasos de su mujer, ávido de detenerla cueste lo que cueste...



La fotografía en blanco y negro de Antonio Macasoli, unida a la amplitud del formato Scope, confieren al conjunto un aire de superproducción al estilo Hollywood que la banda sonora de Riz Ortolani contribuye a ensalzar. Aun así, y más allá de una cuidada factura en el apartado técnico, las principales virtudes de la cinta residen en su guion, coescrito, entre otros, por el novelista Mario Lacruz.

Aparte de la intensidad de una trama en la que los personajes se debaten entre el deseo y los convencionalismos sociales, destaca poderosamente el papel de una mujer capaz de rebelarse, a su manera, frente a las infinitas contrariedades de un mundo eminentemente masculino. En ese aspecto, ni los sinsabores de un matrimonio fallido ni la perfidia de su familia política, en especial el malévolo cuñado Fernando (Alberto Closas), lograrán doblegar a Ana, quien finalmente asume su fatídico destino más por entereza personal que no por venganza.



lunes, 2 de diciembre de 2019

La hora incógnita (1964)




Director: Mariano Ozores
España, 1964, 100 minutos

La hora incógnita (1964) de Mariano Ozores


Mucho antes de que el apellido Ozores se viese definitivamente impregnado por el ominoso estigma de la españolada chabacana, hubo ocasión para que el cineasta de la estirpe (don Mariano, por más señas) firmase uno de aquellos títulos predestinados a convertirse en película de culto.

Por lo insólito de su estructura narrativa, puesta en escena y temática (una hecatombe nuclear en una ciudad indeterminada de provincias), La hora incógnita (1964) supuso un ensayo más que estimable de fábula distópica cuando lo que aquí se estilaba era, en el mejor de los casos, el realismo social o los dramas rurales. Sin llegar al extremo de Fata Morgana (1966) o de la argentina Invasión (1969), los hechos que en ella se cuentan enlazan con un cierto tipo de literatura fantástica y hasta de series televisivas en la línea de The Twilight zone (1959-1964).

Carlos Estrada (el fugitivo) y Emma Penella


Estaba entonces muy reciente la crisis de los misiles en Cuba, acaecida en octubre del 62, y, tal vez por ello, sumado a otras fobias alimentadas por la subrepticia lucha de bloques inherente a la Guerra Fría, el pánico al aniquilamiento del planeta y aun de la humanidad en su conjunto cobró especial fuerza como argumento de no pocos filmes de aquel período.

Pero ya se sabe que Spain is different y, en semejante tesitura, no podía faltar el sacerdote de turno (interpretado por Fernando Rey) que confortase a las infatigables almas en pena que, por uno u otro motivo, no han abandonado el lugar en desbandada junto con el resto de la población. Se trata, a fin de cuentas, de seres marginales como la prostituta (Emma Penella), el borracho (José Luis Ozores), el ladrón (Antonio Ozores), "un intelectual de esos que padecen angustia vital" (Carlos Estrada) y hasta una pareja de adúlteros (Mabel Karr y Carlos Ballesteros). Y aunque no todos sean inequívocamente unos pecadores (como la cándida dependienta a la que da vida Elisa Montés) sí que se vislumbra en el desenlace, situado, muy sintomáticamente, en el interior de una iglesia, una suerte de ajuste de cuentas que deja traslucir lo que tiene toda la pinta de ser un sacrificio expiatorio con aviso para navegantes, incluido, en forma de rótulo: "Esto puede suceder en cualquier lugar... en cualquier momento... ahora mismo".

Fernando Rey

sábado, 4 de agosto de 2018

Las chicas de la Cruz Roja (1958)




Director: Rafael J. Salvia
España, 1958, 83 minutos

Las chicas de la Cruz Roja (1958)


Como en tantas otras cintas pergeñadas durante el franquismo a mayor gloria de su particular credo, Las chicas de la Cruz Roja pretendía mostrar lo bien que se lo pasaba la juventud madrileña de finales de los cincuenta viviendo en la capital del mejor de los mundos posibles. Fórmula que el estribillo del tema central, compuesto por Augusto Algueró, resumía en los edulcorados términos siguientes: "Primavera en la solapa. Primavera en el jardín. Y primavera en el cielo del corazón de Madrid". 

Ni un ápice, pues, de realismo tenía cabida en una película que, pretendiendo proyectar una imagen de modernidad, conseguía justamente todo lo contrario, teniendo en cuenta el carácter patriarcal de la sociedad que retrata y la parafernalia paramilitar de una entidad que, pese a su ideario humanitario, no duda en desfilar uniformada por el centro urbano de la villa.

Al margen de lo dudosa que pueda resultar la ideología que se esconde tras tanta fachada y tanto colorido, lo cierto es que el productor Pedro Masó dio en el clavo del éxito comercial, como lo prueba el hecho de que apenas un año más tarde contraatacaba con El día de los enamorados, comedia de similares características y prácticamente el mismo reparto, a la que seguiría la versión viril de la receta con Tres de la Cruz Roja (1961).



Sobre por qué triunfó un planteamiento tan amable y bobalicón hay varias posibles respuestas. En primer lugar, por su innegable carácter de evasión, presente asimismo en las cinematografías de los países del Este, ávidos, como cualquier régimen autoritario, de distraer al personal con historietas subrepticiamente propagandísticas que anulasen su espíritu crítico. Por otra parte, tanto Las chicas de la Cruz Roja como un año antes Las muchachas de azul (1957) de Pedro Lazaga, se hacían eco, aunque tímidamente, de la incorporación de la mujer al mundo laboral, detalle que, por lo novedoso, tenía, sin duda, su tirón entre el público de la época. Y por último, pero no por ello menos importante, conviene no perder de vista cómo cada una de las protagonistas pertenece a distintos sectores sociales: clase trabajadora en apuros económicos (Concha Velasco), la hija de un influyente diplomático (Katia Loritz), una aplicada estudiante universitaria (Mabel Karr) y una joven traumatizada porque su prometido la plantó a los pies del altar (Luz Márquez). Todas luciendo sus modelitos y todas casaderas...

Tampoco el elemento futbolístico podía faltar, siendo, como es, el gancho nacional por excelencia: el hijo de Ricardo Zamora (quien, curiosamente, haría doblete ese mismo año con otro papel en El puente de la paz) interpreta a un portero llamado León. Ingrediente popular que nunca falla, del mismo modo que ese humor achulapado y zarzuelero del que Tony Leblanc (aquí, el novio celoso de Paloma, o sea, Conchita Velasco) fue un consumado intérprete. Y, si no, véase la réplica con la que deja cortado a un panoli que reclama sus servicios como mecánico:

CLIENTE: ¿Se debe algo? 
PEPE: Veinte duros. 
CLIENTE: ¡Hombre...! ¿Veinte duros por apretar un tornillo? 
PEPE: No, eso es gratis: los veinte duros se cobran por saber qué tornillo había que apretar...

De izquierda a derecha: Katia Loritz, Concha Velasco,
Luz Márquez y Mabel Karr

domingo, 22 de julio de 2018

El día de los enamorados (1959)




Director: Fernando Palacios
España, 1959, 88 minutos

El día de los enamorados (1959)


Comedia amable, comedia urbanita, comedia de Galerías Preciados... Son muchas y diversas las denominaciones con las que podría ser designada una película como la que nos disponemos a comentar. Junto con Las chicas de la Cruz Roja (1958) de Rafael J. Salvia o Las muchachas de azul (1957) de Pedro Lazaga, El día de los enamorados fue uno de aquellos artefactos ambientados en un Madrid color de rosa, a menudo con Tony Leblanc y Conchita Velasco como pareja protagonista y generalmente concebidos por la mente perspicaz de productores con clara vocación comercial como Pedro Masó o José Luis Dibildos.

Sin embargo, esa capa melindrosa de jóvenes parejitas que flirtean dejaba traslucir unas intenciones mucho menos candorosas de lo que, en un principio, cabría esperar. Por una parte, se adivina enseguida un indisimulado deseo de promover la natalidad entre las clases populares que iría unido, en segundo lugar (y de ahí el que la acción se sitúe en las inmediaciones de unos grandes almacenes), al fomento del consumo por parte de sectores de la población que, a finales de los cincuenta, empezaban a disfrutar de un mayor poder adquisitivo.

Concha Velasco y Antonio Casal


Vemos, por tanto, cómo el franquismo sociológico asomaba tímidamente la cabeza para proponer su ideal de conducta a través de una serie de películas que, ya en la década siguiente, se verían complementadas con títulos como La gran familia (1962) y sus secuelas, obra (como El día de los enamorados) del mismo equipo de guionistas y productores. En ese aspecto, queda muy claro cuál es el camino prefigurado en este filme para las cuatro parejas que un bondadoso San Valentín de misión en la Tierra (George Rigaud) tendrá la paciencia de ir uniendo: casarse para luego criar una prole tan numerosa como la que posteriormente alimentarían Alberto Closas y Amparo Soler Leal en la película antes mencionada.

Había que apuntalar el Régimen y el cine constituía el medio ideal que dorase la píldora propagandística también en tiempos de bonanza económica, aunque de forma más subrepticia y a base de afables comedias cuidadosamente fotografiadas en Eastmancolor según el modelo americano popularizado, entre otras, por Doris Day. Quizá por ello, y esperando llegar a todos los sectores de la población, los protagonistas de El día de los enamorados proceden de muy distintos grupos sociales: peluquera (María Mahor), dependienta (Concha Velasco), presentadora de televisión (la suiza Katia Loritz) o rica heredera que se hace pasar por institutriz (Mabel Karr), mientras que ellos son, respectivamente, conductor de autobús (Tony Leblanc), forofo del Real Madrid (Antonio Casal), guionista (Manuel Monroy) o médico (Ángel Aranda).

San Valentín (George Rigaud)

sábado, 8 de julio de 2017

La duda (1972)




Director: Rafael Gil
España, 1972, 89 minutos

La duda (1972) de Rafael Gil


LA MARQUEZA.-   Lo que tiene mi Conde es debilidad.
EL CONDE.-   Es tristeza, y mi tristeza no se disipa bebiendo. Es muy honda. A veces el descubrimiento de la verdad nos amarga la existencia más que la duda. No sé cuál es más terrible monstruo, si la madre o la hija, si la duda o la verdad...
LA MARQUEZA.-    (Con espontánea filosofía, por decir algo.)  No se caliente la cabeza, señor... porque, ¿de cavilar, qué sacamos? El cuento de que las mentiras son verdades y las verdades mentiras. Todo es dudar, gran señor... Vivimos dudando, y dudando caemos en el hoyo.
EL CONDE.-    (Con ingenua indecisión.)  ¿Y qué debo hacer yo?
LA MARQUEZA.-   Pues dude siempre el buen padre, y hártese de dudar y de vivir... tomando las cosas como vienen, y vienen siempre dudosas.
EL CONDE.-   Eres la sibila de la duda. Te agradezco tu filosofía. No sé si podré seguirla.

Benito Pérez Galdós
El abuelo (Jornada III, Escena IX)

De las diversas versiones que se han llevado a cabo de El abuelo, novela dialogada de Galdós publicada originariamente en 1897, no puede decirse que ésta sea la mejor (si es que alguna de ellas es buena...). De entrada, estaría por ver si Rafael Gil era el director apropiado para abordar el proyecto. O si la machacona música compuesta por el maestro Manuel Parada está más cerca de una fanfarria de tiovivo que de una banda sonora. Y lo que es más llamativo: qué curioso que ambos fuesen premiados por sus respectivos trabajos en los Premios del Sindicato Nacional del Espectáculo de aquel año, lo cual da una idea del nivel de los mismos y del país.

Nada que objetar, en cambio, a Fernando Rey en el nada sencillo papel de don Rodrigo de Arista-Potestad, Conde de Albrit, Marqués de los Baztanes, señor de Jerusa y de Polán, a no ser la excesiva cercanía en el tiempo con el don Lope Garrido que interpretara apenas dos años antes en Tristana. Probablemente, habría que pedirle cuentas a los productores que intentaron, sin conseguirlo, emular el éxito cosechado por el filme de Buñuel. De hecho, hasta copiaron la idea de avanzar la acción a los años treinta.



Es de agradecer, al menos, que le cambiasen el nombre, sustituyendo el anodino título galdosiano por el más apropiado La duda, que es, en definitiva, lo que hace el viejo aristócrata durante toda la trama: intentar cerciorarse sobre si es Nell (la malograda Inma de Santis) o Dolly (Lali Romay) la que lleva su sangre.

En cuanto a la elección de Analía Gadé encarnando a la adúltera Lucrecia Richmond, cabría preguntarse si era realmente necesario inventar un amante para ella. A fin de cuentas, el tal Ricardo (Ángel del Pozo) no tiene mayor función que la de besarse con la Condesa de Laín. Dosis de morbo inevitable tratándose de una película española del 72.

No quisiera acabar sin hacer referencia al resto de actores: el siempre versátil Rafael Alonso compone un convincente Senén; cosa que no ocurre con el inexpresivo don Pío interpretado por el mejicano José Ángel Espinosa 'Ferrusquilla'. Por último, Mabel Karr, a la sazón esposa de Fernando Rey, se pone en la piel de una discreta alcaldesa (en la novela, Vicenta es un personaje mucho más plebeyo) y el otrora galán Armando Calvo pasa casi desapercibido bajo sus hábitos de Prior de los Jerónimos.


domingo, 18 de septiembre de 2016

Los Palomos (1964)




Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1964, 87 minutos

Los Palomos (1964) de Fernán-Gómez


Se suele decir en casos como éste (a saber: una película considerada menor o excesivamente comercial, pero dirigida por un cineasta de grandes proporciones) que se trata de un trabajo alimenticio. Y aunque, sin duda, Los Palomos debió reportar beneficios a Fernando Fernán Gómez dado el éxito de taquilla que supuso (y que venía precedido por las 250 representaciones alcanzadas en el Teatro de la Comedia de Madrid por la pieza teatral homónima de Alfonso Paso), lo cierto es que ni el propio director (que no actor, en esta ocasión) demostraría posteriormente una especial querencia hacia proyectos de este tipo.

Por una parte, ello es totalmente comprensible: Fernán Gómez había cosechado ese mismo año la indiferencia de crítica y público hacia El extraño viaje; frustración que se repetiría tras el estreno, en 1965, de El mundo sigue. Cabe entender, pues, que aceptase a despecho dirigir las adaptaciones de Los Palomos o de Ninette y un señor de Murcia, de Mihura, con la intención de obtener financiación para otros filmes más personales.

Pero, por otro lado, y centrándonos ya en el título que ahora nos atañe, sería injusto no valorar en su justa medida la vis cómica de unos actores que, como el tándem Gracita Morales-José Luis López Vázquez o Fernando Rey-Mabel Karr (marido y mujer tanto en la película como en la vida real), resultan absolutamente entrañables. Y lo son no sólo por el dominio que demuestran del tempo de la comedia sino porque supieron encarnar a la perfección el momento histórico que se estaba viviendo.

Así pues, si el matrimonio integrado por Emilio y Virtudes Palomos representan al españolito medio del desarrollismo (ignorante a la par que pretencioso y lisonjero), don Alberto y Elisa (ataviada con sus estrambóticos vestidos diseñados por Pertegaz) personifican la versión sofisticada del señorito que se ríe de los catetos. De modo que sólo harán falta las apariciones puntuales de Julia Caba Alba (en su doble papel de las tías Mercedes y Serafina), Manuel Alexandre (un asustadizo cobrador) o el incombustible Xan das Bolas (haciendo de taxista) para completar el reparto de una historia que, como comentábamos hace unos días al hablar de Usted puede ser un asesino, volvía a servirse del elemento policíaco y de lo macabro como ingredientes principales de su comicidad.


miércoles, 27 de julio de 2016

Experiencia prematrimonial (1972)




Director: Pedro Masó
España, 1972, 86 minutos

Experiencia prematrimonial (1972) de Pedro Masó


Sólo con una sonrisa condescendiente en los labios puede verse hoy en día una película como Experiencia prematrimonial. Porque ya desde el mismo título resulta difícil no sonrojarse un tanto al comprobar lo mojigata que podía llegar a ser aquella España del 600 y de los estertores del nacionalcatolicismo. Un país que, con aquellos pantalones de campana, se pretendía moderno, pero que no lo era en modo alguno. Aunque, de todas formas, no hay que hacerle ascos a ningún filme, ya que con el paso del tiempo todos acaban convirtiéndose, de un modo u otro, en documentos de época.

Y esta época de la que hablamos ahora, con su erotismo latente predestape, venía marcada por una serie de tabúes a la que la pareja protagonista decide plantar cara: tanto Alejandra como Luis, interpretados, respectivamente, por los italianos Ornella Muti y Alessio Orano, también unidos sentimentalmente en la vida real en aquel entonces, se embarcan en la aventura de vivir juntos sin estar casados (¡oh, escándalo!) para acabar dándose cuenta de su error y volver al redil como cualquier hijo (pródigo) de vecino.

A Alberto Closas y Mabel Karr (los padres de Luis) les tocaba interpretar al ejemplo de matrimonio feliz, mientras que Ismael Merlo y Julia Gutiérrez Caba (los padres de ella) encarnaban al matrimonio de conveniencia que únicamente permanece unido para mantener las apariencias.

De todas maneras, el bueno de Pedro Masó se atrevía en la última secuencia a imitar el final de Tristana de Buñuel, con un repaso fugaz en imágenes de los episodios más significativos de la trayectoria de la protagonista femenina. Por si alguien no se lo cree, adjuntamos a continuación el vídeo.