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lunes, 5 de octubre de 2026

Que Dios nos perdone (2016)




Director: Rodrigo Sorogoyen
España, 2016, 127 minutos

Que Dios nos perdone (2016) de R. Sorogoyen


Incursión de Sorogoyen en el thriller policíaco al más puro estilo castizo, un poco en consonancia con otras producciones nacionales de aquel entonces como, por ejemplo, las dirigidas por Alberto Rodríguez. En ese aspecto, podría decirse que el cineasta se apuntaba al carro de las investigaciones arduas, repletas de detalles sórdidos, en torno a un huidizo asesino de ancianas. Roberto Álamo y Antonio de la Torre encarnan a una pareja de agentes absolutamente antitética. Por una parte, el carácter irascible de Alfaro le granjea la enemistad de muchos de sus compañeros y hasta de unos superiores que no ven con buenos ojos sus métodos expeditivos. Velarde, en cambio, destaca por su carácter retraído, agravado por una tartamudez considerable que lo aísla aún más de la gente. Sin embargo, su forma de trabajar resulta tan metódica que no hay minucia que se le pase por alto.

Una de las premisas de las que parte el guion de Sorogoyen e Isabel Peña incide en la débil línea que separa al psicópata de sus perseguidores, dando a entender que, en el fondo, unos y otros podrían fácilmente intercambiar sus papeles. A fin de cuentas, la tensa relación que mantuvieron durante la infancia con sus respectivas madres condiciona de modo semejante la relación que mantienen, ya de adultos, con los demás. Circunstancia que, en el caso de Velarde, se hace evidente en su dificultad para entablar contacto con las mujeres, por ejemplo la chica de la limpieza que trabaja en su portería. Aunque la cólera de Alfaro tampoco anda muy lejos de los rasgos propios de un desequilibrado.



Que Dios nos perdone (2016) supuso uno de los ejercicios de cine negro más despiadados e impecables del panorama español contemporáneo. Rodrigo Sorogoyen no sólo firma un drama criminal de pulso asfixiante y factura impecable, sino una radiografía social amarga que indaga en la decrepitud moral y la violencia soterrada de una sociedad descompuesta. Ambientada en la atmósfera claustrofóbica del verano madrileño de 2011 y gracias, sobre todo, al demoledor trabajo interpretativo de su pareja protagonista, la cinta trasciende la mera investigación policial para reflexionar sobre la ya mencionada, y a menudo porosa, frontera que separa a los protectores del orden de los monstruos que persiguen.

En última instancia, el filme deja un poso amargo y profundamente desconcertante que perdura mucho más allá de su visionado. Y es que, lejos de ofrecer resoluciones catárticas o consuelos morales, Sorogoyen confronta al espectador con la certeza de que dicha monstruosidad no es una anomalía externa, sino una patología latente en la propia condición humana y en las estructuras que nos rigen. Es ese retrato sin concesiones, sumado a una dirección de actores magistral y una tensión dramática que nunca decae, lo que eleva la película al rango de obra imprescindible dentro de su género.



sábado, 13 de septiembre de 2025

El cautivo (2025)




Director: Alejandro Amenábar
España/Italia, 2025, 134 minutos

El cautivo (2025) de Alejandro Amenábar


La "polémica" de la que viene precedida El cautivo (2025) resulta un tanto exagerada tratándose de una película que, desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, no deja de ser una simple recreación histórica, correcta y hasta cierto punto interesante, pero poco más. Su director, el mismo Amenábar que, tras deslumbrar en los inicios de su carrera con ejercicios de suspense de la altura de Tesis (1996), Abre los ojos (1997) o Los otros (2001), hace ya tiempo que tomó otros derroteros más grandilocuentes y, lamentablemente, menos exitosos a nivel comercial.

Aun así, la cinta que nos ocupa, debidamente adornada con una dirección de fotografía de tintes terrosos, a cargo de Álex Catalán, que remite a la pintura del Renacimiento y la ya habitual banda sonora del propio Amenábar (que también es compositor, conviene no olvidarlo), contiene no pocas referencias a la vida y la obra de Cervantes. Por ejemplo en esa pareja de mercedarios, uno altísimo y enjuto (interpretado por César Sarachu, el mismo actor que en su día se hizo célebre gracias a su papel de Bernardo en la serie televisiva Cámera café) el otro orondo y paticorto, que son la viva imagen de Don Quijote y Sancho.



Estamos en el Argel de 1575 y Miguel de Cervantes Cortina, apodado "Saavedra" ('el del brazo roto') entre los lugareños, tiene a la sazón 28 años. Su habilidad para contar historias, a menudo engarzadas unas en otras, en un típico juego cervantino, le granjeará las simpatías de sus compañeros de cautiverio y hasta del bajá Hasán (Alessandro Borghi), un renegado de origen veneciano que se encapricha de él. Pero como el "manco" de Lepanto no es precisamente un principal, pese a la carta de Juan de Austria que obra en su poder, parece difícil que alguien se aventure a pagar el rescate por un don nadie.

Puede que el rigor histórico brille por su ausencia. O que la presunta homosexualidad del futuro Príncipe de los Ingenios y loor de las letras castellanas incomode entre determinados sectores retrógrados. Lo que resulta evidente es que Alejandro Amenábar ha sabido generar debate a partir de un episodio poco explorado para que se hable lo suficiente de su película y así obtener otro éxito de taquilla. Aparte de Julio Peña en el papel protagonista, destacan Miguel Rellán como viejo cronista y Fernando Tejero como fraile intrigante.



domingo, 26 de marzo de 2023

Tiempo después (2018)




Director: José Luis Cuerda
España/Portugal, 2018, 100 minutos

Tiempo después (2018) de José Luis Cuerda


El testamento fílmico de un genio irrepetible: José Luis Cuerda (1947-2020). Con Tiempo después (2018) se cerraba una insólita tetralogía que quedará para los restos como el summum del absurdo en su versión carpetovetónica. Esbozado en Total (1983), inmortalizado en Amanece, que no es poco (1989) y ampliado en Así en el cielo como en la tierra (1995), el imaginario del cineasta manchego culminó con este canto del cisne cuya acción se sitúa en un lejanísimo 9177. Para entonces, la humanidad se limitará a lo que queda de un bloque de viviendas de lujo (que se parece enormemente al edificio Torres Blancas de Madrid) en medio de una especie de fantasmagórico Monument Valley.

La minoría que habita el rascacielos, encabezada, entre otros, por el Rey (Gabino Diego), el Alcalde (Manolo Solo) y una pareja de guardiaciviles (Miguel Rellán y Daniel Pérez Prada), tiraniza a las hordas de parados que malviven en las afueras, refugiados en las profundidades de un bosque. Ante tal panorama de desigualdad, sólo falta que las fuerzas vivas acusen injustamente a un pobre vendedor ambulante de limonada (Roberto Álamo) de un crimen que no ha cometido para que se encienda la chispa de la insurrección...



Heredero de Azcona y Berlanga, de los que se le puede considerar alumno aventajado, Cuerda insiste una vez más en un reparto coral en el que, sin embargo, se echan de menos los rostros de algunos de sus actores fetiche, en su mayor parte pasados a mejor vida. Circunstancia que le obliga a tirar de nuevos valores (Arturo Valls, Andreu Buenafuente, Carlos Areces, Berto Romero, Joaquín Reyes...), si bien el resultado dista de ser el mismo.

Y es que, independientemente del talento de dichos actores, que nadie pone en duda, con el relevo generacional se pierde la esencia de algo que sólo podían aportar los añorados Luis Ciges, Manolo Alexandre o Chus Lampreave: un plus de veteranía cuyo origen se remonta a las penurias de aquella España profunda que ya no existe y que, lamentablemente, los jóvenes no logran transmitir. De ahí que Tiempo después, a diferencia de las entregas que la precedieron, esté más cerca del cine de Santiago Segura o Álex de la Iglesia que no de aquel realismo mágico manchego tan entrañable. Desencanto que, a grandes rasgos, coincide con unas palabras del personaje de Roberto Álamo, cuando, ya hacia el final de la película, comenta con amargura: "No era esto, joder. No era esto..."



lunes, 28 de febrero de 2022

Gente en sitios (2013)




Director: Juan Cavestany
España, 2013, 79 minutos

Gente en sitios (2013) de Juan Cavestany


Escenas inconexas de la vida cotidiana con un ligero toque de humor absurdo: casi una década después del estreno de Gente en sitios (2013) la película del madrileño Juan Cavestany mantiene intacta la chispa que en su momento la hizo convertirse en título de culto del cine español de los últimos años. La fórmula, consistente en reclutar a lo bueno y mejor de entre los intérpretes nacionales para rodar, a salto de mata, un proyecto alternativo, coral y sin un argumento definido, dio sus frutos en forma de premios y éxito de crítica.

Procedente del mundo teatral, Cavestany coquetea en su puesta en escena con un abanico de posibilidades que van desde el simple gag (el tipo que acaba en el interior del maletero de un coche; el padre obligado por un cámara de televisión a repetir, una y otra vez, cómo recoge a su hijo de la guardería...) hasta intrincadas e inquietantes atmósferas a lo David Lynch. No en vano, una de las secuencias ("El puente") está basada en un relato de Kafka.



Por momentos se roza, asimismo, el suspense de un cuento de terror, como en el caso de la joven pareja (Irene Escolar y Martiño Rivas) que se ve envuelta en los extraños tejemanejes de un falso agente inmobiliario (Ernesto Alterio), aunque hay también espacio para la disertación filosófica gracias a la presencia de un por entonces desconocido Juan Carlos Monedero, quien habla de esto, de lo otro y de lo de más allá desde el asiento trasero de un taxi.

¿Y qué decir de la esposa desconsolada (Nuria Gallardo) que opta por un trasplante de rostro para llamar la atención de su marido? ¿O de la pareja que acude a la consulta de un cirujano plástico interesándose por unos implantes mamarios? ¿Qué, pensar, por último, de esos tipos que han olvidado cómo se camina, cómo beber de un vaso o simplemente cómo conciliar el sueño? ¿De verdad estamos ante una comedia? ¿O se trata, más bien, de un filme tan espeluznante como la vida misma?



jueves, 8 de julio de 2021

La piel que habito (2011)




Director: Pedro Almodóvar
España, 2011, 120 minutos

La piel que habito (2011) de Almodóvar


Quien haya visto la película Les yeux sans visage (1960), del francés Georges Franju, hallará no pocas similitudes con La piel que habito (2011). De hecho, el propio Almodóvar la reconoce abiertamente como su principal fuente de inspiración junto con la novela Mygale ("Tarántula", en su traducción castellana) del también francés Thierry Jonquet (1954–2009). Y, sin embargo, nadie puede poner en tela de juicio que, pese a esos referentes externos, el cineasta manchego hizo suya la historia hasta convertirla en uno de sus trabajos más personales.

Repleto, como no podía ser de otra manera, de las acostumbradas conexiones con otros títulos de su ya extensa filmografía. En esta ocasión, quizá porque el proyecto supuso su reencuentro con Antonio Banderas tras el periplo americano del intérprete malagueño, la más evidente remite al rapto que el mismo actor protagonizaba en ¡Átame! (1989). Aunque ahora el encierro contra la voluntad de la víctima comportara otra vuelta de tuerca muchísimo más cruenta...



De todas formas, conviene señalar que este Banderas ya no es aquel muchacho con un punto de inocencia de las primeras incursiones fílmicas almodovarianas. Muy al contrario, su paso por Hollywood le aporta una serie de tics que le vienen estupendamente al personaje: un cirujano plástico (medio perverso, medio loco) dispuesto a llegar hasta donde haga falta con tal de saciar una sed de venganza sin límites. Le acompaña, por cierto, otra vieja conocida del clan Almodóvar: Marisa Paredes (Marilia), fiel guardiana del inexpugnable cigarral. A Elena Anaya, en cambio, le tocó encarnar el papel que, en un principio, había sido concebido para Penélope Cruz (¿quizá por ello su personaje responde al nombre de Vera Cruz?).

Líneas depuradas, ambientación toledana y gallega (con un punto brasileño, inclusive), la presencia de Concha Buika cantando un par de canciones... Ingredientes de lo más variopinto, con el sello inconfundible de El Deseo, dan lugar a un delirio trepidante que oscila entre el noir y la ciencia ficción. Y todo para desembocar en la enésima entrega de una idea fija: el tantas veces mencionado amour fou que, en definitiva, sigue siendo el tema predilecto de Pedro Almodóvar.