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sábado, 25 de agosto de 2018

Fanny y Alexander (1983) Serie TV




Título original: Fanny och Alexander
Director: Ingmar Bergman
Suecia/Francia/Alemania, 1983, 312 minutos

Fanny y Alexander (1983)


La mentira y la realidad son una. Cualquier cosa puede pasar. Todo es sueño y verdad. El tiempo y el espacio no existen. Y sobre la frágil base de la realidad, la imaginación teje su tela y diseña nuevas formas, nuevos destinos.

August Strindberg
El sueño (1901)

Si no fuera porque la etiqueta realismo mágico lleva consigo asociada una connotación literaria que de inmediato nos hace pensar en "novelistas caribeños", lo cierto es que vendría de perlas para definir de forma bastante precisa el universo familiar que recrea Bergman en Fanny y Alexander. Porque, como los Buendía, los Ekdahl poseen la facultad de conversar con los espíritus u obrar un milagro, según les convenga. Son, a todos los efectos, una estirpe de lo más singular, lo cual, lejos de suponer problema alguno, los convierte en detentadores del secreto de la felicidad, sin que, probablemente, ni ellos mismos sean demasiado conscientes de tal fortuna.

Pero lo cierto es que en su hogar se respira un ambiente vitalista que contrasta vivamente con la austeridad monástica reinante en la perturbadora morada del obispo Vergerus (Jan Malmsjö). En ese sentido, el palacete donde habitan el prelado y su siniestra cohorte de hermanas y sirvientas enlaza directamente con el castillo de La hora del lobo (1968), sobre todo a partir del momento en el que Emilie (Ewa Fröling) y sus hijos se establezcan allí. Es por ello que, frente a la acogedora atmósfera que la abuela y matriarca Helena (Gunn Wållgren) ha sabido crear a su alrededor, la estancia de los dos hermanos y de la madre en los dominios de Vergerus será un auténtico calvario que tiene mucho de pesadilla en alguna oscura mazmorra sacada de las narraciones de Dickens.



Comparados con la versión cinematográfica de tres horas, los cinco capítulos de la serie televisiva ofrecen la posibilidad de disfrutar de escenas antológicas que quedaron fuera de aquel otro montaje. Así, por ejemplo, la tensa reunión que, tras el rapto de los niños, mantienen el sanguíneo Gustav Adolf (Jarl Kulle) y el apocado Carl (Börje Ahlstedt) con el ya mencionado obispo a propósito de la posibilidad de que Emilie y él se divorcien. O la hermosa canción que el personaje de Gunnar Björnstrand interpreta en el teatro regentado por la familia y que supondría, al fin y a la postre, el último trabajo del actor ante las cámaras.

Puede que suene a tópico el decirlo, pero, con sus más de trescientos minutos de duración, ilustrados con las notas del Quinteto para piano de Schumann, la versión televisiva de Fanny y Alexander es incluso mejor que cualquier otra de sus variantes "reducidas". Por lo menos llena más huecos en la difícil tarea de reconstruir las vivencias que moldearían el carácter de su autor. Son, al respecto, muy sintomáticas las palabras que, ya casi hacia el final, le dirige el fantasma de Vergerus al niño después de haberlo hecho caer al suelo: "¡No te será tan fácil deshacerte de mí!" 

En cualquier caso, vale la pena terminar con una sabia reflexión que Helena le dedica en su residencia veraniega a otro espectro, el de su difunto hijo Oscar (Allan Edwall), vestidos ambos de blanco como en Fresas salvajes (1957), y que tanto recuerda, en el fondo, a aquellos versos de La vida es sueño que decían: "Y en el mundo, en conclusión,/todos sueñan lo que son,/aunque ninguno lo entiende..." Compárese, si no, con lo que afirma la abuela: "De cualquier modo, todo es actuar. Algunos papeles son agradables y otros no. Interpreté el papel de una madre, a Julieta y Margarita. Y, de repente, a una viuda y a una abuela. Un papel sigue al otro. La cuestión es no irse apocando".

El gran teatro del mundo

jueves, 23 de agosto de 2018

Fanny y Alexander (1982)




Título original: Fanny och Alexander
Director: Ingmar Bergman
Suecia/Francia/Alemania, 1982, 181 minutos

Fanny y Alexander (1982)


La que, en un principio, había de ser la última película de Bergman destinada a ser exhibida en salas de cine, situaba su acción en la Upsala de 1907, lugar de residencia de la familia Ekdahl. Un universo aparentemente acogedor, pero bajo cuyo refinamiento burgués subyacían las mismas obsesiones y traumas que atraviesan el conjunto de la filmografía del director sueco. De lo que cabe inferir, por enésima vez, un componente autobiográfico considerable, en especial en esa mirada tan sumamente imaginativa que Alexander, alter ego del cineasta, proyecta sobre el mundo de los adultos.

Ya desde la escena inicial, queda claro que en ese niño (interpretado por Bertil Guve, hoy doctor en Ciencias Económicas) se observa una tendencia casi enfermiza a refugiarse en un mundo de fantasía, alentado por pasatiempos como la linterna mágica o la lectura de cuentos, pero, sobre todo, por dos actividades que forman parte del día a día de sus mayores: el teatro y las marionetas.



Es interesante remarcar el ambiente de tolerancia que se respira en la mansión de los Ekdahl, escenario de cálidas celebraciones familiares, como el banquete de Navidad, así como de una inaudita flexibilidad en lo tocante a moral. En ese sentido, tal vez a causa de la susodicha predilección por el mundo de la farándula, se da la circunstancia de que Gustav Adolf (Jarl Kulle) corteja abiertamente a Maj, una de las criadas (Pernilla August, la que fuera esposa del director Bille August), sin que ni su mujer ni su madre se preocupen excesivamente por ello. Cosa que, hasta cierto punto, no deja de tener su lógica, habida cuenta de que la vieja Hellena (Gunn Wållgren) es la amante del judío Jacobi (Erland Josephson), quien es recibido en casa como un miembro más del clan familiar.

Con todo, la imagen de conjunto que proporciona el fresco esbozado por Bergman en Fanny y Alexander tiene algo de canto de cisne, de paraíso perdido incluso. Atmósfera y tono que otro gran cineasta, John Huston, elegirá también, poco después, para el que se considera su testamento fílmico: Dublineses (1987), película que guarda no pocas similitudes con ésta.

*                   *                  *

Sin duda, habría muchos más aspectos que analizar de uno de los títulos capitales de la cinematografía europea y aun mundial. Pero como en un par de días tenemos previsto comentar la versión televisiva de cinco horas, os emplazamos a la correspondiente entrada que, como es habitual, se le dedicará en este mismo blog.


Dokument Fanny och Alexander (1984)




Título en español: Documental sobre Fanny y Alexander
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1984, 110 minutos



Suele ocurrir a menudo con muchos making-of, sobre todo cuando versan sobre obras maestras de la historia del cine, que a veces resulta hasta casi más interesante el "cómo se hizo" que no la propia película. Ahora bien: el caso que nos ocupa sobrepasa ampliamente los límites del género, pues hasta en eso era Bergman excepcional.

En ese sentido, Dokument Fanny och Alexander (1984), con sus cerca de dos horas de metraje, no sólo permite conocer cuál era el método de trabajo de uno de los directores más emblemáticos de su generación, sino que logra transmitir al espectador cuán laborioso e intrincado es el proceso de rodaje de un filme. Baste un único ejemplo al respecto: la escena en la que el médico comunica a la familia Ekdahl que no se puede hacer nada por salvar la vida de Oscar. Apenas un minuto en el montaje final, sí, pero cuya minuciosa elaboración, toma tras toma, supuso más de tres horas de trabajo...



Y así, sabremos que ese gato negro que se cruza ante el carro del judío Jacobi dio más guerra de la prevista, que hubo algún percance grave a consecuencia de trabajar con fuego, o que Bergman estaba a treinta y nueve de fiebre el día que se filmaron los funerales del patriarca, por lo que se vio forzado a delegar sus funciones en el resto del equipo. Lo cual no parece haber sido ningún problema, teniendo en cuenta la pericia del director de fotografía. Efectivamente, otro de los atractivos de este documental es comprobar el grado de confianza que el cineasta sueco tenía depositado en Sven Nykvist, al que elogia enormemente pese a no estar siempre de acuerdo en la manera de solucionar los movimientos de cámara.

Por cómo vibra con cada secuencia o por el cariño con el que trata a sus actores, en especial a la pareja de niños protagonista, se nota que Bergman, que a la sazón cuenta ya con 64 años, disfruta de su quehacer como el primer día, si no más. Por la complicidad que se establece entre ambos, resulta, al respecto, muy interesante cómo dirige a Gunnar Björnstrand al ensayar la canción que éste interpreta vestido de payaso. No en vano, trabajaron juntos en más de veinte películas y toda la escena —un portento en el que el actor, además de cantar mirando a cámara con una vela encendida sobre la cabeza, sostiene un paraguas bajo la lluvia— destila un innegable sabor crepuscular que preludia la muerte de Björnstrand cuatro años más tarde.