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jueves, 11 de agosto de 2022

El señor de las moscas (1963)




Título original: Lord of the Flies
Director: Peter Brook
Reino Unido, 1963, 92 minutos

El señor de las moscas (1963) de Peter Brook


Simon, como una pequeña imagen bronceada, oculto por las hojas, permaneció donde estaba. Incluso al cerrar los ojos se le aparecía la cabeza del jabalí como una reimpresión en su retina. Aquellos ojos entreabiertos estaban ensombrecidos por el infinito escepticismo del mundo de los adultos. Le aseguraban a Simon que todas las cosas acababan mal.

William Golding
El señor de las moscas
Traducción de Carmen Vergara

La obra cumbre del premio Nobel de literatura William Golding (1911–1993) fue objeto de una más que notable adaptación cinematográfica de la mano del siempre competente Peter Brook. Y a fe que no debió de ser tarea fácil, considerando que el reparto de Lord of the flies (1963) estaba íntegramente formado por niños. Aunque Brook, hombre de teatro, se las ingenió para hacer que los muchachos improvisaran buena parte de su actuación. Arduo proceso de trabajo que acabaría traduciéndose en sesenta horas de filmación, finalmente reducidas a los noventa minutos del montaje definitivo.

Como ya sucedía en la novela, el filme plantea una situación límite que se presta a diversas y profundas consideraciones en torno a la condición humana. Sobre todo porque el conato de sociedad que los chicos protagonistas llevan a cabo en la isla desierta a la que han ido a parar, a resultas de un accidente aéreo, pone en tela de juicio los pilares de todo progreso y aun de nuestra propia civilización.



Rodada íntegramente en localizaciones exteriores de Puerto Rico y Jamaica, la puesta en escena se beneficia, por otra parte, de una excelente fotografía en blanco y negro (obra de Tom Hollyman) que contribuye aún más, si cabe, a generar una determinada atmósfera documental que casa a la perfección con el trasfondo antropológico que se desprende del argumento.

¿Parábola desmitificadora? ¿Fábula pesimista? Lo cierto es que las lecturas más plausibles son aquéllas que subrayan el carácter maligno de una especie condenada a repetir los mismos patrones autodestructivos a pesar de los aparentes logros que la educación y la cultura ejercen sobre el individuo. En ese sentido, basta apenas que se active su instinto de supervivencia para que los jóvenes cachorros olviden rápidamente lo aprendido en las aulas, no sin antes dejarse arrastrar por un tribalismo salvaje de consecuencias nefastas.



jueves, 30 de agosto de 2018

Moderato cantabile (1960)




Director: Peter Brook
Francia/Italia, 1960, 91 minutos

Moderato cantabile (1960) de Peter Brook


Veux-tu lire ce qu’il y a d’écrit au-dessus de ta partition? demanda la dame.
— Moderato cantabile, dit l’enfant.
La dame ponctua cette réponse d’un coup de crayon sur le clavier. L’enfant resta immobile, la tête tournée vers sa partition.
— Et qu’est-ce que ça veut dire, moderato cantabile?
— Je ne sais pas.
Une femme, assise à trois mètres de là, soupira.
— Tu es sûr de ne pas  savoir ce que ça veut dire, moderato cantabile? reprit la dame.
L’enfant ne répondit pas. La dame poussa un cri d’impuissance étouffé, tout en frappant de nouveau le clavier de son crayon. Pas un cil de l’enfant ne bougea.

Marguerite Duras
Moderato cantabile (1958)
Les Éditions de Minuit

Languidez. Como si de un poema de Machado se tratase, "Monotonía de lluvia tras los cristales...", tiene lugar la lección de piano de un niño burgués; la adusta profesora se impacienta ante la ausencia de progresos de su pupilo; la madre, sentada en un rincón, asiste impasible a la escena. Y, de repente, un grito desgarrador provocará que el vecindario se congregue en la taberna de abajo.

Haciendo honor a su título, en Moderato cantabile se respira una atmósfera mesuradamente mortecina. La misma que rezuma el texto de Marguerite Duras en el que se inspira la película y que el británico Peter Brook, poseedor de un depurado estilo en el ámbito de las artes escénicas que, en años venideros, haría de él una figura de referencia a nivel mundial, logró trasladar a la pantalla con suma eficacia, valiéndose de la sobriedad de las Sonatinas 1, 6 y 8 del compositor Antonio Diabelli (1781–1858).



Anne (Jeanne Moreau) y Chauvin (interpretado por el mismo y jovencísimo Jean-Paul Belmondo que acababa de rodar, ese mismo año, À bout de souffle a las órdenes de Godard) comparten una similar sensación de hastío, motivada por la vacuidad de sus respectivas existencias. Y, aunque pertenezcan a distintos grupos sociales, les une el hecho de haber sido testigos de un crimen pasional.

Acontecimiento éste absolutamente fortuito, si se quiere, pero que, por lo que tiene de paralelismo desgarrador con la situación personal que ambos atraviesan, va a suponer el detonante de un cambio drástico en la vida de dos seres enfrentados a la incómoda y asfixiante apatía de su entorno.