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martes, 3 de octubre de 2017

Viaje sin destino (1942)




Director: Rafael Gil
España, 1942, 63 minutos

Viaje sin destino (1942) de Rafael Gil


Muchos años antes (sesenta, concretamente) de que el francés François Ozon llevase a la pantalla la pieza teatral Ocho mujeres de su compatriota Robert Thomas, el prolífico Rafael Gil había dirigido en la España autárquica de los primeros cuarenta una película remotamente parecida en su planteamiento. Se trata de Viaje sin destino, coescrita junto al guionista José Santugini y protagonizada por la pareja Antonio Casal y Luchy Soto.

Así pues, en ambos filmes habrá alguien que urde una farsa de misterio en una antigua mansión con la finalidad de asustar o entretener a un grupo de personas. La diferencia, en cambio, estriba en el hecho de que mientras Ocho mujeres tomará como referencia el suspense de tradición hitchcockiana y de las novelas de Agatha Christie en Viaje sin destino la inspiración surgía de caricaturizar las películas de terror de la Universal.

Como en ¡A mí la legión!, Miguel Pozanco sacará partido
 de su marcada vis cómica


Una agencia de viajes en quiebra es la excusa perfecta para que el avispado Poveda (Casal) organice expediciones que se avanzan, en mucho, a las actuales ofertas de ocio. De hecho, sus palabras ante el consejo de administración de la empresa rebosan un entusiasmo rayano en la sagacidad: "Hace tiempo he llegado al convencimiento de que el turismo por sí solo no interesa a nadie. Es preciso complicarlo con la aventura. El turismo carece de aliciente desde que el cine ha divulgado los más escondidos paisajes de la Tierra. Además, la civilización ha suprimido las tierras peligrosas. Ha hecho de las tribus de antropófagos colonias de pacíficos nudistas. ¡Ah, pero la imaginación es invencible! ¡La imaginación puede crear un mundo nuevo en nuestro viejo mundo!"

De modo que, al llevar su proyecto a la práctica, no sólo conocerá el éxito, sino también a la mujer de sus sueños: una campeona de natación (Soto) con la que ya había protagonizado un encontronazo en la playa. Además, en el hotel La luna rosa van a coincidir con el viejo Garviza (Alberto Romea), un anciano que vive atormentado por el recuerdo (y el fantasma) de su malogrado hijo. En cualquier caso, y a pesar de su brevedad (apenas una hora), Viaje sin destino prefigura lo que, andando los años, serán atracciones como "El túnel del terror" o los viajes en grupo a destinos exóticos.

Alberto Romea (Garviza)

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡A mí la Legión! (1942)











Director: Juan de Orduña
España, 1942, 78 minutos



El cine de cruzada que se gestó durante la inmediata posguerra suele presentar una serie de elementos comunes, siendo los más habituales la exaltación patriótica en clave fascista, la apología del militarismo o la defensa a ultranza de los valores tradicionales. De todos ellos se da cumplida cuenta en ¡A mí la Legión!, producción Cifesa protagonizada (como fue habitual en la mayoría de películas de propaganda franquista) por Alfredo Mayo, quien interpreta a un aguerrido legionario de la 4ª Bandera que se hace llamar El Grajo.

El guion, obra del futuro director Luis Lucia sobre un argumento de Jaime García Herranz y el actor Raúl Cancio (que aquí no actúa), presenta el curioso caso de un tal Mauro (Luis Peña), joven apuesto del que poco o nada se sabe y que se alista directamente en la Legión tras su llegada al norte de África. Enseguida hará buenas migas con El Grajo y con Curro (Miguel Pozanco), un andaluz con funciones de donaire que siempre tiene en la boca expresiones del tipo: "¡Viva el Tercio y que se mueran los feos!"

Los tres, en compañía de la atractiva cantinera Leda (Pilar Soler), saldrán una noche de juerga. Pero con tan mala fortuna que Mauro es acusado de haber matado a un hombre de un navajazo. A partir de ese momento, sus amigos se esforzarán en demostrar la inocencia del muchacho, lo cual no será nada difícil teniendo en cuenta que el verdadero culpable era un judío "traicionero" que por allí pasaba: como se ve, lo del contubernio judeo-masónico valía para todo, hasta para salvar al héroe de una película.

Isaac Leví, el judío traicionero

Pero no acaban ahí las sorpresas, no: en el tramo final se sabrá que Mauro era en realidad el heredero del trono de Eslonia, un imaginario reino centroeuropeo, y que su verdadero nombre es Osvaldo. Si huyó de sus obligaciones principescas fue a causa de un amor imposible por una mujer que no pertenecía a la nobleza. Diez años después de haberse conocido en Marruecos, El Grajo llegará a Eslonia en julio del 36 como agente en una misión secreta, sin saber que el monarca y objetivo del atentado que se está preparando es su antiguo camarada...

La visión que se da de la aristocracia en ¡A mí la Legión! persigue claramente la finalidad de ridiculizar a la corona, lo cual debe entenderse en función de la realidad sociopolítica que se vivía en España tras finalizar la guerra civil: presentando la vida en palacio como un irrisorio cúmulo de solemnidades protocolarias de las que hasta el propio Osvaldo reniega para volver a ser Mauro y enrolarse de nuevo en la Legión se estaba justificando, indirectamente, el Alzamiento nacional.