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martes, 9 de septiembre de 2025

Romería (2025)




Directora: Carla Simón
España, 2025, 114 minutos

Romería (2025) de Carla Simón


Todo parece indicar que Carla Simón cierra un ciclo con Romería (2025). Un tríptico que engloba sus trabajos precedentes, Estiu 1993 (2017) y Alcarràs (2022), para culminar el proceso de indagación en las raíces de su propia familia. A este respecto, la directora ya ha dicho públicamente que su próximo proyecto girará en torno al mundo del flamenco y habrá que estar muy atentos para ver hacia dónde evoluciona la obra de una de las autoras más notables de nuestro actual panorama cinematográfico.

De Romería, en concreto, destaca la apariencia de diario filmado mediante el que Marina (Llúcia Garcia) deja constancia de su particular viaje a Galicia en busca de respuestas que le permitan reconstruir cómo fueron realmente sus padres y en qué condiciones pasaron sus últimos años de vida. Circunstancias que fueron edulcoradas, cuando no directamente silenciadas, por el resto de familiares debido al tabú que rodeaba al sida y al mundo de la drogodependencia.



La base de las diferentes impresiones de la protagonista, debidamente presentadas con su correspondiente número y epígrafe, procede del epistolario que dejó escrito su madre, compuesto por numerosas cartas de cuyo contenido, leído en off, se desprende la vida un tanto desordenada y siempre al límite de una joven de costumbres libérrimas en la España de los años ochenta. Así pues, lo que en principio tenía que ser un simple trámite administrativo para que la protagonista pueda optar a una beca universitaria se acaba convirtiendo en un verdadero revulsivo que le ayudará a recomponer y atar muchos cabos sueltos de su hasta entonces enigmático pasado familiar. 

Dicho proceso no sólo implica que la joven indaga entre los más allegados de su entorno, sino que gradualmente (en lo que supone uno de los principales aciertos de la película) la puesta en escena se adentra en terrenos ligeramente oníricos en los que Marina logrará visualizar a sus padres cuando éstos eran apenas una pareja que tomaba el sol en las terrazas o correteaba a orillas de la playa de su juventud radiante. Todo ello engarzado en una estructura narrativa no lineal en la que la mirada reflexiva convive con la invención poética.



sábado, 9 de enero de 2021

Lucía y el sexo (2001)




Director: Julio Medem
España/Francia, 2001, 128 minutos

Lucía y el sexo (2001) de Julio Medem


Si en su anterior película, Los amantes del Círculo Polar (1998), la pareja protagonista era víctima de un final trágico en los confines de Finlandia, Medem concibió Lucía y el sexo (2001) como antítesis de aquélla al situar buena parte de la acción en la luminosa Formentera. De hecho, el filme nació como resultado de fusionar dos guiones distintos (Lucía: un rayo de sol, escrito durante una breve estancia en la isla, y Sexo: novela corta en la que se profundizaba en el pasado de los personajes), lo cual se percibe de inmediato en las dos realidades paralelas en las que, alternativamente, transcurre la trama.

Un poco a la manera del Tarkovsky de La infancia de Iván (1962), cada uno de esos mundos representa dimensiones opuestas, de manera que si Madrid es el día a día de Lorenzo (Tristán Ulloa) y Lucía (Paz Vega), con sus crisis (de pareja y/o creativas), Formentera aparece retratada como un retiro irreal saturado de luz. Se diría, y Medem promueve continuamente el equívoco, que lo que acontece en ese rincón idílico del mediterráneo es la ficción a la que Lorenzo trata de dar forma en la novela que está escribiendo.



Seis años antes, el futuro escritor había tenido, en las playas de ese mismo lugar, un romance pasajero con una joven valenciana (Najwa Nimri), fruto del cual nacerá una niña llamada Luna, tal vez por haber sido concebida una noche de plenilunio. Así pues, Lorenzo ("el sol") es el padre de una criatura que, además de simbolizar su contrario, da pie a una de esas dicotomías tan del gusto del cineasta.

De nuevo el azar, las conexiones inesperadas entre personajes o los amores apasionados volvían a estar presentes en una cinta que, gracias, en parte, a las tórridas escenas de sexo que contiene, supuso el mayor éxito comercial hasta la fecha de su director. Un Julio Medem que, todo hay que decirlo, ha ido francamente de capa caída desde entonces, siguiendo una trayectoria un tanto errática en cuanto al interés y la calidad de las producciones por él dirigidas en los últimos años.



miércoles, 28 de agosto de 2019

Memorias del ángel caído (1997)




Directores: David Alonso y Fernando Cámara
España, 1997, 90 minutos

Memorias del ángel caído (1997)
de David Alonso y Fernando Cámara


Viendo la envergadura de los nombres que integran el reparto de Memorias del ángel caído (Héctor Alterio, José Luis López Vázquez, Emilio Gutiérrez Caba...) se podría llegar a creer que estamos ante una gran película de terror. Sin embargo, el paso del tiempo no ha tratado excesivamente bien a la que fuera ópera prima del tándem Alonso-Cámara y revisarla, transcurridos más de veinte años después de su estreno, es una experiencia que podría calificarse, como mínimo, de frustrante.

Tal vez porque la elección de Santiago Ramos para el papel del atormentado padre Francisco, tratándose de un actor al que de inmediato se suele asociar con personajes cómicos, no parece la más acertada. O incluso a causa de la insufrible banda sonora de Javier Cámara (no confundir con el intérprete del mismo nombre), tan propia de una época de infausto recuerdo —la tremebunda década de los noventa— en la que se consideraba que, para abaratar costes, podía prescindirse de una orquesta, como si tal cosa, y meter en su lugar un teclado Casio...



Sea como fuere, lo único cierto es que un filme que se supone que debería dar mucho miedo no provoca sino aburrimiento (cuando no risa) en el espectador de hoy en día. Lo cual es, sin duda, una lástima, considerando que se recrea muy fidedignamente el día a día de una parroquia o la vida cotidiana en el seno de una comunidad religiosa.

Memorias del ángel caído, salta enseguida a la vista, formó parte de la estela de producciones que, amparándose en el éxito obtenido dos años antes por Álex de la Iglesia con El día de la bestia (1995), pretendieron revitalizar un género, el de las sectas luciferinas, para el que probablemente se requieren mayores dosis de osadía que las demostradas por Alonso y Cámara en esta su primera cinta.