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sábado, 10 de octubre de 2026

Epílogo (1984)




Director: Gonzalo Suárez
España, 1984, 92 minutos

Epílogo (1984) de Gonzalo Suárez


Estrenada en 1984, Epílogo representa una de las cumbres conceptuales de la filmografía del recientemente fallecido Gonzalo Suárez (1934-2026), así como una pieza clave dentro del cine español más de índole metanarrativa. De hecho, la película cerraba formalmente un ciclo fundamental en la trayectoria de su director, una etapa de experimentación libre inspirada en el cómic, la novela negra y la vanguardia estética cuya primera entrega había sido su ópera prima, Ditirambo (1969).

​La trama, basada en sendas novelas del autor (Gorila en Hollywood y Rocabruno bate a Ditirambo) reúne a dos escritores antagónicamente opuestos: el más jovial Rocabruno (José Sacristán) y el rezongón Ditirambo (Francisco Rabal), antiguos colaboradores y rivales que se reencuentran al cabo de los años para dar forma a una última historia conjunta. Ambos comparten no sólo una larga obsesión por el relato, sino también el recuerdo de Laína (Charo López), una figura casi mítica que para ellos encarna simultáneamente la musa, el deseo y la memoria inaccesible.



A medida que dictan su obra definitiva, las fronteras entre la invención literaria y la experiencia vivida se disuelven por completo. En ese sentido, Suárez plantea un fascinante duelo dialéctico y actoral de raigambre ligeramente pirandelliana donde los personajes se cuestionan si son dueños de sus actos o, por el contrario, meros títeres en la ficción del otro, apoyándose en los sintetizadores de la artificiosa banda sonora de Juan José García Caffi y una iluminación, en consonancia con la dirección de fotografía de su hermano Carlos, que suspende el tiempo.

​Reconocida con el Premio de la Juventud en el Festival de Cannes de aquel mismo año, la cinta supuso la demostración de la madurez creativa de Suárez para abordar la senectud y el paso del tiempo. Y es que, en última instancia, Epílogo funciona como un gran homenaje al arte de contar historias, donde la vida sólo alcanza su verdadero sentido cuando finalmente se convierte en ficción.



domingo, 29 de marzo de 2026

Armas contra la ley (1961)




Director: Ricardo Blasco
España/Italia, 1961, 110 minutos

Armas contra la ley (1961) de Ricardo Blasco


Un grupo de delincuentes comunes se agrupa bajo el liderazgo del italiano Raúl Marini (Renato Baldini) con la intención de atracar una céntrica joyería madrileña. La banda, respaldada por un misterioso capo que prefiere mantener su identidad en la sombra, prepara minuciosamente el asalto bajo la tutela de Marini, quien instruye a sus hombres con el mismo afán perfeccionista del entrenador de comandos que fue años atrás durante la Segunda Guerra Mundial. Pero a la hora de la verdad las cosas se complican y uno de ellos, Juan (Ricardo Valle), resulta gravemente herido, por lo que se ven obligados a retirarse con el botín y recurrir a los servicios de Lina (María Luisa Merlo), la novia enfermera de Juan.

Lo curioso de Armas contra la ley (1961), segundo largometraje dirigido por el valenciano Ricardo Blasco (1921-1994), es que comienza por el desenlace, con el campechano comisario Herrera (Alfredo Mayo) dando detalles para la prensa y zanjando la cuestión de que "nadie queda sin castigo" con el jactancioso comentario de: "Es muy mal negocio dedicarse al crimen". Así pues, todo lo que viene a continuación es un larguísimo flashback que nos llevará desde Roma, donde Marino es absuelto por falta de pruebas de otro delito anterior, hasta el tiroteo mediante el que la policía abate a los atracadores, cerrando el círculo que el espectador conoce desde el inicio.



Aparte de sus innegables tintes moralizantes, la socarronería del comisario Herrera adquiere su máxima dimensión en la particular forma que tiene de dirigirse a su ayudante, el atolondrado Ramírez (Jesús Aristu), joven dispuesto a hacer méritos para labrarse un porvenir en el seno del estamento policial, pero cuya ingenuidad contrasta a todas luces con la astucia, fruto de la experiencia, de su superior. No obstante, el acólito se mantendrá firme a lo largo de la investigación y, pese a que la mayor parte de sus pesquisas resulten en vano (por ejemplo, recorrer todas las tiendas de disfraces de la capital para averiguar a qué tipo de uniforme corresponde un simple botón hallado en el lugar de los hechos), al final terminará teniendo un papel decisivo en el desenlace.

Por último, y en esa misma línea de destellos cómicos, de entre la notable galería de secundarios (con Antonio Garisa, Santiago Rivero o Félix Dafauce, entre otros) destaca especialmente el personaje del Boni (Manuel Zarzo), carterista de poca monta que, haciendo gala de sus orígenes populares, se distingue por la agudeza de sus réplicas en unos diálogos repletos de momentos desternillantes y que hacen de la cinta en cuestión un caso bastante atípico dentro de lo que fue el cine policíaco de aquel entonces.



domingo, 5 de enero de 2025

El abuelo tiene un plan (1973)




Director: Pedro Lazaga
España, 1973, 90 minutos

El abuelo tiene un plan (1973) de Pedro Lazaga


Me pregunto qué diría cualquier adolescente de los de ahora si le plantaran delante El abuelo tiene un plan (1973). Probablemente algo así como "¿Y a mí qué?", habida cuenta de que en la actualidad (no hay más que ver cada noche a los participantes que acuden a First dates, muchos de ellos de edad provecta) eso de que una pareja de ancianos se enamore parece lo más natural del mundo.

Sin embargo, en la España de hace medio siglo el hecho de que un viudo de 65 años entablase una relación sentimental con una solterona a la que acaba de conocer en un sanatorio se consideraba un argumento tan divertido que daba para hacer una comedia. Evidentemente, los hijos del interfecto, que para colmo es un poco hipocondríaco, ponen de inmediato el grito en el cielo ante lo que consideran poco menos que una indecencia.



Un guion de, entre otros, Alfonso Paso (quien interpreta también un breve papel como doctor o maestro de ceremonias cuya función es la de aleccionar al espectador a propósito de lo solitos que se sienten los miembros de la tercera edad) le sirve al incombustible Pedro Lazaga para confeccionar una típica astracanada al servicio de Paco Martínez Soria. Le secundan una nutrida galería de intérpretes, como la entrañable Isabel Garcés en el papel de la modosita Elena o los siempre efectivos Pepe Sacristán y Manolo Zarzo, junto a Elvira Quintillá o Matilde Muñoz Sampedro, haciendo lo indecible para evitar a toda costa que la pareja de tortolitos se salga con la suya.

Y así, entre bromas amables (con algún que otro gag tirando a picante, aunque sin pasarse) discurre la acción de una cinta que pretendía ofrecer una imagen moderna de la sociedad tardofranquista, pero que, al fin y a la postre, acaba resultando casposa por su excesivo paternalismo. Nada que ver, por ejemplo, con la ternura que, a partir de una idea similar, transmitía uno de los episodios de Del rosa al amarillo (1963), la ópera prima de Manolo Summers.



domingo, 19 de mayo de 2024

Fulanita y sus menganos (1976)




Director: Pedro Lazaga
España, 1976, 94 minutos

Fulanita y sus menganos (1976) de Pedro Lazaga


EN UN LUGAR DE LA MANCHA, de cuyo nombre no quiero acordarme, fui parida por mi madre. Dicho esto, lo demás será coser y cantar. Porque para hacer un libro, lo único verdaderamente difícil es discurrir la primera frase que lo iniciará. Luego, todo es cuestión de ir añadiendo renglones, hasta rellenar las hojas en blanco que separan esta primera frase de la palabra «fin». Hablando mal y pronto: hay que echarle renglones al asunto. Y a mí, modestia aparte, renglones no me faltan...

Álvaro de Laiglesia
Fulanita y sus menganos (1965)

Debió de ser notable el éxito de Yo soy Fulana de Tal (1975) para que la factoría Lazaga se lanzase a una segunda entrega, de nuevo adaptando las andanzas del personaje creado por el humorista y escritor Álvaro de Laiglesia (1922-1981). Sólo que en esta ocasión el protagonismo recayó sobre Victoria Vera, quien se metía en la piel de Mapi un año después de que Concha Velasco ya hubiese interpretado a la intrépida meretriz.

A diferencia de lo que en aquella primera parte sucedía, donde toda la película era un larguísimo flashback, las retrospecciones fueron ahora fragmentarias, en la medida de que la joven va recordando algunos episodios relevantes de su muy ajetreada vida sentimental y profesional. Y así el espectador sabrá de clientes más bien torpes, como Jaime (Manolo Gómez Bur), caraduras de la talla de Manolo (Alberto de Mendoza), exóticos (caso de un peculiar jeque árabe forrado de petrodólares) y hasta de alta alcurnia como el Vizconde Pepe (Antonio Vilar).



Vicisitudes que, lejos de hundirla en la miseria, la harán cada vez más fuerte, hasta el extremo de acabar representando a España en un insólito "Congreso Europeo de Mujeres de Vida Fácil" que tiene lugar en la capital francesa. Y eso no es todo, sino que, además de deambular por los enclaves más turísticos de un París de postal, nuestra Mapi terminará intimando con un apuesto inspector de la Gendarmerie (Pedro Osinaga) que habla perfectamente castellano porque todos los años veranea en Benidorm.

Al margen de lo anticuado que resulte hoy en día el discurso sobre el que se sustenta Fulanita y sus menganos (1976), merece la pena, en cambio, llamar la atención a propósito de determinadas cuestiones, como pueda ser el particular empoderamiento avant la lettre de una mujer que, al inicio de la trama y ante las preguntas de un sacerdote entrometido con el que comparte vuelo, no duda en definirse a sí misma como feminista. Por no hablar del alegato final que se marca en plena asamblea de trabajadoras del ramo y de cuyas delegadas logra arrancar, por unanimidad, la admisión de su país en la "Comunidad Europea de Prostitutas" como miembro de pleno derecho. Curioso guiño cuando el ingreso de España en el Mercado Común era apenas un sueño que tardaría aún una década entera en hacerse realidad.

Mapi (Victoria Vera) sacándole la lengua a su pasado


domingo, 12 de mayo de 2024

Suspendido en sinvergüenza (1963)




Director: Mariano Ozores
España, 1963, 78 minutos

Suspendido en sinvergüenza (1963) de Mariano Ozores


El pobre Juan García (José Luis Ozores) responde al perfil de ese tipo de individuo gris y bonachón que, sin embargo (o precisamente por ello), lo tiene crudo a la hora de abrirse camino en la procelosa lucha diaria por la supervivencia. Casado con la no menos afable Rosa (Elisa Montés) y continuamente hostigado por una suegra (Matilde Muñoz Sampedro) que no para de recriminarle su ineficacia para llevar dinero a casa, el hombre aspira a patentar microcámaras y toda clase de artilugios que ya están más que inventados, si bien él se consuela pensando que han sido los pérfidos franceses quienes le han robado la idea.

Para colmo de disgustos, ni siquiera su jefe, el potentado Elías Must (Antonio Prieto), se digna a prestarle la más mínima atención cuando Juan le propone que le financie la fabricación de su genial miniatura, circunstancia que hará perder los papeles al modesto y envalentonado empleado hasta llegar incluso a las manos. Pero donde menos se espera salta la liebre y, pese a las muchas estrecheces a las que tanto él como su familia deben hacer frente, el caso es que el destino de Juan García está a punto de dar un giro inesperado...



Tal y como su propio título indica, Suspendido en sinvergüenza (1963, aunque con depósito legal del 61) bromea a propósito de algo tan genuinamente español como es la picaresca. Sobre todo en aquellas escenas en las que Jorge (Antonio Ozores) y Felipe 'El Corcheas' (un entonces ya veterano Antonio Riquelme) intentan instruir al neófito García en el sutil arte de timar al prójimo. Vana empresa, habida cuenta de que el susodicho peca de honesto, lo cual resulta poco menos que una lacra en un mundo gobernado por la malicia y la mentira.

Con un guion de Luis Ligero, Juan García Atienza y el propio Mariano Ozores que adaptaba la comedia Lo siento, señor García, de Alfonso Paso, la producción, una de las primeras del clan Ozores, quedaba prácticamente en familia, considerando los lazos de parentesco que unían a buena parte del equipo y del elenco. El resultado, una farsa amable y profundamente castiza, deja entrever, no obstante, una moraleja de tintes humanitarios que acaba convirtiendo al sujeto anónimo y moralmente insobornable que es Juan García en héroe aclamado por sus semejantes.



sábado, 4 de febrero de 2023

El arquero de Sherwood (1971)




Título original: L'arciere di fuoco
Director: Giorgio Ferroni
Italia/Francia/España, 1971, 104 minutos

El arquero de Sherwood (1971) de G. Ferroni


A diferencia de otras entregas de la saga Robin Hood, en las que, independientemente de la calidad del producto, la trama contiene elementos más o menos originales, con L'arciere di fuoco (1971) uno empieza a tener la impresión de hallarse ante una especie de refrito de lugares comunes, escenas y argucias que ya aparecieron en otras películas protagonizadas por el Príncipe de los ladrones. Aunque, por otra parte, no cabe duda de que dicha sensación de déjà vu pudiera achacarse al simple hecho de visionar todas estas cintas en un breve lapso de tiempo, una detrás de otra, o, lo que resultaría aún más factible, que muchas de ellas beben de una fuente común, ya sea la novela de Alejandro Dumas o cualquier otro precedente literario.

Sea como fuere, el caso es que el subterfugio de colocarse justo debajo del cadalso para sujetar el cuerpo del ahorcado y así evitar la muerte segura de un compañero de filas, por poner uno de los ejemplos más habituales, formaría parte de esa manida lista de tópicos o ideas recurrentes. Que, junto con la estampa del héroe cayendo al río, abatido por el leño invicto de Little John (Nello Pazzafini), o la aparición cuasi mesiánica del rey Ricardo (Lars Bloch) en el bosque, de regreso de su largo cautiverio en tierras germánicas, conforman un imaginario perfectamente reconocible.



Ya en el plano estrictamente formal, la dirección del italiano Giorgio Ferroni (1908-1981) se caracteriza por la majestuosidad de una puesta en escena (en elegante Eastmancolor y Techniscope) cuyos exteriores se rodaron en la misma colegiata de Cardona que algunos años antes sirviera parcialmente de escenario para Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1965) de Orson Welles.

Dado el carácter de coproducción a tres bandas del filme (financiado con capital italiano, francés y español), el reparto contiene una interesante mezcla de intérpretes en la que es posible reconocer a Manolo Zarzo entre la troupe de incondicionales Merry Men o a la bella Helga Liné en el papel de Matilde, la esposa del ladino sir Robert (Luis Dávila). No obstante, huelga decir que el protagonismo absoluto recae sobre Giuliano Gemma (1938-2013), quien encarna a sir Henry de Nottingham antes de convertirse en un Robin Hood de sonrisa estereotipada, valedor de la no menos despampanante Lady Marianne de Manson (Silvia Dionisio).



domingo, 26 de junio de 2022

Jarabo (1985)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1985, 75 minutos

Jarabo (1985) de Juan Antonio Bardem


La serie televisiva La huella del crimen marcó un hito a mediados de los ochenta. Lo cual se comprende de inmediato al revisar la nómina de cineastas que dirigieron alguno de sus capítulos: Vicente Aranda, Angelino Fons, Pedro Olea, Antonio Drove, Ricardo Franco, Imanol Uribe... Y también Juan Antonio Bardem, claro, responsable de una de las entregas más célebres de la saga: Jarabo (1985).

Quizá no valga la pena exponer aquí los entresijos a propósito de un caso del que la hemeroteca ofrece todo lujo de detalles, a cuál más escabroso. Baste decir, eso sí, que el culpable, magníficamente encarnado en la ficción por Sancho Gracia, fue condenado a la pena capital, siendo el garrote vil el método escogido para ejecutarlo (de hecho, la escena culminante, en el patio del presidio, establece un evidente paralelismo con El verdugo de Berlanga).



Mujeriego y pendenciero, cocainómano por más señas, Jarabo responde a un perfil de asesino caracterizado por la elegancia de su atuendo y la fanfarronería de quien se define a sí mismo como "un caballero español". De ahí la virulencia con la que arremete contra todo aquel que se atreva a llevarle la contraria.

Lo cierto es que aquel Madrid de 1958, repleto de coctelerías como la célebre Chicote y glamurosas salas de baile, era el escenario ideal para que un dandi de modales refinados dilapidara los diez millones de pesetas que su padre le había entregado con el objetivo de que se estableciera en la capital. De su vida disoluta de prófugo de la justicia estadounidense dan fe los numerosos escándalos que protagonizó antes de que asesinara a los usureros de la tienda Jusfer donde había empeñado una valiosa sortija. Tenía 35 años. El resto es ya leyenda.



sábado, 4 de junio de 2022

A las cinco de la tarde (1960)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1960, 103 minutos

A las cinco de la tarde (1960) de Bardem


El pasado 2 de junio se cumplían cien años exactos del nacimiento de Juan Antonio Bardem (1922-2002), ocasión idónea para revisar algunos títulos de su filmografía que aún nos quedaban pendientes. Es el caso, por ejemplo, de A las cinco de la tarde (1960), drama taurino escrito en colaboración con el dramaturgo Alfonso Sastre. Aunque la vertiente torera de la cinta queda en un segundo plano, puesto que la trama gira en torno a los temores e inseguridades que asedian a los diestros. Así pues, pocas corridas o trajes de luces se incluyen en un filme cuyo eje temático tiende más hacia lo psicológico.

Tal y como Bardem ve las cosas, la denominada "Fiesta Nacional" encubre, en realidad, un mundo turbio de intereses monetarios en el que quienes se juegan la vida en el ruedo no son más que títeres al servicio de algún apoderado sin escrúpulos. Como don Manuel Marcos (Enrique Diosdado), representante de jóvenes promesas a las que encumbra, exprime y, por último, abandona a su suerte cuando ya no son más que juguetes rotos.



Juan Reyes (Paco Rabal) lo tuvo todo a su alcance para triunfar, pero el miedo escénico y una fatídica cornada en el cuello dieron al traste con su carrera. De modo que ahora malvive dando el sablazo en la barra de cualquier bar, a la espera de una segunda oportunidad que nadie parece dispuesto a darle. En cambio, todo apunta a que José Álvarez (Germán Cobos) será la nueva figura en los cosos de España y América. O al menos eso pretende el todopoderoso Manuel Marcos, porque, a pesar de la ambiciosa campaña para promocionarlo, los titubeos de José en vísperas de su presentación en la Plaza de las Ventas amenazan con echarlo todo a perder...

Curiosamente, el argumento de A las cinco de la tarde plantea varias similitudes con una película de Antonio Román que se había estrenado un par de años antes: Los clarines del miedo (1958), también protagonizada por Paco Rabal. De hecho, en ambos casos se abordaba el pánico de algunos matadores ante la bravura de los astados, con la carga desmitificadora que ello comporta tratándose de una disciplina en la que se presupone la valentía de quienes la practican. Aun así, Bardem no duda en mostrar el lado vulnerable de unos hombres que se debaten entre la gloria y una apacible vida hogareña junto a sus respectivas esposas (Julia Gutiérrez Caba y Núria Espert).



viernes, 25 de febrero de 2022

El alijo (1976)




Director: Ángel del Pozo
España, 1976, 105 minutos

El alijo (1976) de Ángel del Pozo


El término alijo suele asociarse de inmediato con el tráfico de drogas. Sin embargo, la mercancía que transportan los protagonistas de esta película son seres humanos: emigrantes clandestinos que, procedentes de Portugal, ansían llegar a Francia guiados por la expectativa de mejorar su calidad de vida. A tal efecto, viajan en el interior de un camión que transporta un cargamento de ganado ovino, camuflados entre las ovejas en condiciones verdaderamente infrahumanas. La suya será una odisea plagada de contratiempos cuyas posibles consecuencias constituyen una seria amenaza para la integridad física de los ocupantes del vehículo.

Los incentivos que estimulan a los conductores, en cambio, obedecen a motivaciones de muy diversa índole. Curro (Juan Luis Galiardo) es el típico gañán garañón: apuesto mozo siempre proclive a los escarceos carnales y sin mayor aspiración que ganar dinero fácil para después casarse con Araceli (María Casal), la hija de un tendero de Jerez de la que está enamorado.



Menos impulsivo que su socio, el veterano Paco (Fernando Sancho) es un hombre curtido en mil lides para el que ni la carretera ni el contrabando guardan secretos. Aun así, profesa ocultas creencias religiosas (en una de las escenas iniciales accede disimuladamente al interior de una iglesia para rezarle a San Cristóbal), lo cual le genera algún que otro cargo de conciencia con respecto al contenido que se esconde en la parte trasera del vehículo.

Interesante ejemplo de road movie en clave hispánica, a partir del relato homónimo de Ramón Solís, El alijo (1976) gira en torno a una temática que, por desgracia, mantiene intacta su vigencia más de cuatro décadas después de la realización de la película. Puede que haya variado la nacionalidad de los polizones o el destino final de su periplo, pero la falta de escrúpulos de quienes se lucran con el transporte ilícito de migrantes sigue siendo la misma que encarnan Mirna (Helga Liné) y el Señorito (Manolo Zarzo) en una cinta, dirigida por el también actor Ángel del Pozo bajo los auspicios de Rafael Gil, en la que tal vez no se profundiza lo suficiente en las causas que ocasionan el problema.



martes, 7 de septiembre de 2021

Las Ibéricas F.C. (1971)




Director: Pedro Masó
España, 1971, 90 minutos

Las Ibéricas F.C. (1971) de Pedro Masó


Atención, porque esta película tiene mucha tela... Tanta, que casi daría para una tesis doctoral en vez de una entrada en el blog. Y eso que, por el tema que trata, pudiera parecer tremendamente moderna y avanzada a su tiempo. Pero no, amigos míos: nada más lejos de la realidad. Las Ibéricas F.C. (1971) responde cien por cien a los parámetros de la factoría Masó, el productor (y, en esta ocasión, director debutante) que creara un estándar cuyos ingredientes básicos giraban en torno a la obsesiva cosificación del cuerpo femenino. 

Sin ánimo de agraviar la memoria de don Pedro (1927–2008), pudiera decirse en su descargo que supo captar como nadie los gustos del público en un país, el nuestro, sediento de carne (valga la incongruencia) tras varias décadas de severa doctrina nacionalcatólica. Un atrevimiento, entonces audaz, que hoy se nos antoja inasumible por lo que tiene de abiertamente misógino. En ese aspecto, las integrantes del equipo de fútbol que da nombre a la cinta destacan, como subraya la voz en off que precede a los títulos de crédito, por tener una "delantera" de Primera División.



Huelga decir que en la España del 71 se consideraba el deporte rey, asimismo, como "sólo para hombres". Por lo que la imagen de unas chicas vestidas de corto podía resultar, además de insólita, transgresora. Motivo éste que suscita el obstinado voyerismo de cuantos acuden al estadio, incluido Bonilla (Pepe Sacristán), quien, más que masajista, parece "tocólogo". Únicamente una pareja de gais, espectadores habituales de los encuentros en su versión masculina, se atreven a exteriorizar un descontento que, al final, acabará costándoles ser víctimas de una agresión homófoba a manos de otro hincha.

No obstante, el momento más bestia de todo el filme tiene lugar en el transcurso de una conversación entre Piluca (La Contrahecha) y Chelo (Rosanna Yanni), cuando escuchamos en boca de una mujer la siguiente apología de la violencia machista:

CHELO: ¡Pues, chica! ¡Lárgalo [a tu novio]!
PILUCA: ¡No puedo!
CHELO: ¿Por qué?
PILUCA: ¡Porque sacude unos guantazos divinos!
CHELO: ¿A quién?
PILUCA: ¡A mí! […]
CHELO: ¡Tú eres masoquista!
PILUCA: ¡De eso nada! Lo que pasa es que le quiero.
CHELO: ¡A mí me pega un tío y la patá que le doy...!
PILUCA: Lo dices porque no te han zumbao todavía, pero el día que te sacudan ya me dirás. Pasa lo mismo que con el primer beso. […] ¡El día que se te presente un tío con dos remos te pierdes! ¡Y si te sacude te mueres!

Sobran comentarios. Simplemente cabría añadir que la última secuencia, con cinco de las once jugadoras vestidas de novia, desmiente cualquier lectura en favor de la igualdad de sexos. Todo lo contrario: por más puntapiés que le den al balón, el rol que se les reserva a todas ellas es el de esposa sumisa.



domingo, 11 de julio de 2021

Entre tinieblas (1983)




Director: Pedro Almodóvar
España, 1983, 114 minutos

Entre tinieblas (1983) de Almodóvar


El cambio de registro que supuso Entre tinieblas (1983) con respecto a las dos anteriores películas de Almodóvar desconcertó a propios y a extraños. ¿Qué se proponía aquel enfant terrible de la Movida madrileña contando, de repente, una historia de monjas? Monjas drogadictas, por supuesto, que responden a nombres tan irreverentes como sor Estiércol (Marisa Paredes), sor Rata de Callejón (Chus Lampreave), sor Víbora (Lina Canalejas) o sor Perdida (Carmen Maura), pero monjas al fin y al cabo.

No obstante, lo que más sorprende de un filme como éste no es tanto su temática, sino más bien su ritmo sosegado, incluso sombrío en algunos momentos. Ya desde los títulos de crédito iniciales, con una panorámica de la ciudad al atardecer sobre las notas pianísticas del Vals Crepuscular de Miklós Rózsa, se deja entrever un tempo más propio del cine de Garci que no de las disparatadas extravagancias que cabría esperar del manchego.



Por primera vez, Almodóvar exploraba una veta de clara inspiración melodramática, deudora de su reconocida admiración por Douglas Sirk, aunque también de los apasionados boleros que canta la protagonista. De hecho, Yolanda (Cristina Sánchez Pascual) vendría a ser un anticipo, en cierta manera, de la Becky del Páramo de Tacones lejanos (1991).

De todas formas, la visión abiertamente sacrílega que aquí se ofrece a propósito de la vida en un convento de clausura, con la madre superiora inyectándose heroína o esnifando coca, le valió a su director el ser comparado, sobre todo en el extranjero, con otro gran iconoclasta que había fallecido en julio de aquel mismo año: Luis Buñuel. En ese sentido, la inexplicable presencia de un tigre en el interior del recinto sagrado, al que sor Perdida amansa al son de sus bongos, invita a pensar en una insólita filiación surrealista entre ambos cineastas.



miércoles, 6 de enero de 2021

Luces de bohemia (1985)




Director: Miguel Ángel Díez
España, 1985, 94 minutos

Luces de bohemia (1985) de Miguel Ángel Díez


MAX.-  El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos, reflejados en los espejos cóncavos, dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. España es una deformación grotesca de la civilización europea. Las imágenes más bellas, en un espejo cóncavo son absurdas. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO.-  ¿Y dónde está el espejo?
MAX.-  En el fondo del vaso.
DON LATINO.-  ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX.-  Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras, y toda la vida miserable de España.

Ramón del Valle-Inclán
Luces de bohemia
Escena duodécima

Radicalmente bello, esplendorosamente subversivo: pocas obras de la literatura universal encierran un mensaje tan revolucionario como el que proporciona Luces de bohemia (1920-1924). Y que, por más que pasen los años, mantiene su plena vigencia al cabo de un siglo. ¿Cómo leer eso de la "deformación grotesca de la civilización europea", y otras frases lapidarias por el estilo, sin que a uno le vengan a la memoria tantísimos ejemplos actuales que podrían seguir corroborando semejante diatriba? A fin de cuentas, aquel Madrid convulso en el que Valle sitúa la acción de su esperpento aparece poblado por seres cuyo infortunio despierta la misma nota tragicómica que hoy sigue presente en no pocos ámbitos del "ruedo ibérico".

Sin embargo, los azares del destino han propiciado que la adaptación cinematográfica que dirigiera Miguel Ángel Díez en 1985, a partir de un guion de Mario Camus, haya quedado en segundo plano con respecto a los diversos montajes teatrales de los que ha gozado el texto desde que se llevara por vez primera a las tablas a principios de los setenta. Lo cual no deja de ser una lástima, considerando el magnífico elenco de actores que se dieron cita para la ocasión. En dicho sentido, Paco Rabal compone un Max Estrella más bien acanallado, mientras que el Don Latino de Agustín González sobresale por su perfecto dominio del tono caricaturesco que se le presupone al personaje.



Como ya sucediera previamente en La colmena (1982) o Los santos inocentes (1984), la afortunada suma de talentos de una generación de cómicos que conocían al dedillo, por haberlos sufrido en sus propias carnes, los pormenores de la mísera realidad nacional, redunda en un fresco rebosante de vigor que, no obstante, respeta escrupulosamente los diálogos originales tal y como los concibiera Valle-Inclán. No así la estructura del filme, pues se sitúa al principio el velatorio y sepelio del vate ciego para convertir el resto de la trama en un largo flashback.

La odisea nocturna de los protagonistas depara momentos de gran intensidad dramática e interpretativa, como el encuentro entre Max (Rabal) y su antiguo camarada Paco, ahora Ministro de la Gobernación (Fernán Gómez). O las ardientes proclamas proferidas en el calabozo por el preso catalán (Imanol Arias). En otras ocasiones, en cambio, aflora un cáustico sentido del humor, henchido de retranca gallega, cuyo máximo exponente son las chanzas de Dorio de Gádex (magnífico Ángel de Andrés López) y su troupe de jóvenes modernistas. Nada ni nadie queda exento de la mordacidad del autor. "¡El mundo es una controversia!" Y "Mala" Estrella, el "poeta de odas y madrigales", acaba sus días tieso en un portal. "¡Cráneo previlegiado!"



jueves, 31 de diciembre de 2020

Tiovivo c. 1950 (2004)




Director: José Luis Garci
España, 2004, 150 minutos

Tiovivo c. 1950 (2004) de J.L. Garci


Evidenciando la misma ñoñería mesetaria y plúmbea que viene siendo la tónica habitual en sus últimas producciones, Garci se propuso volver a hacer La colmena. Con la pequeña salvedad de que esa película ya existía... ¿De verdad era necesario? ¿Qué aportaba Tiovivo c. 1950 que previamente no estuviese en el filme de Camus y Dibildos? Hasta el extremo de que hay situaciones y alusiones calcadas, como aquello del "planteamiento, nudo y desenlace" o el afán de concurrir a un certamen literario de segunda, aunque sea en alguna región remota, con la única esperanza de ganarse un dinerillo. Por no mencionar la academia de baile o el café regentado por una hosca y enlutada propietaria (María Asquerino). De todo lo cual se desprende un cierto tufo, entre el homenaje redundante y el plagio, que tira de espaldas. Mal empezamos...

Aunque ya se sabe que Garci es un director muy dado a rendir culto a sus ídolos, del Hollywood clásico o del cine español. Y, en ese aspecto, reunir en una misma película a tantísimos actores y actrices de renombre siempre resulta entrañable (algunos, por cierto, como Agustín González, Paco Algora o Manolo Zarzo, también actuaban en La colmena). Entre esa pléyade de viejas glorias brillan con luz propia Alfredo Landa (Eusebio) y Andrés Pajares (Romualdo). Y la mítica Aurora Bautista (doña Anunciada), en el último papel de su extensa carrera cinematográfica.



La presencia en el reparto de esos nombres ilustres propicia algún que otro guiño a lo largo de las dos horas y media de metraje. Por ejemplo, cuando el banquero/productor don Irineo (Santiago Ramos) menciona en una conversación a Fernán Gómez, quien más tarde tendrá una aparición fugaz como tertuliano, o los carteles de Agustina de Aragón (protagonizada en 1950 por la ya mencionada Aurora Bautista) que decoran las paredes del Café Internacional.

En definitiva, y al margen de su más que discutible planteamiento, a veces rayano en la vergüenza ajena (caso del personaje que interpreta María Adánez: la pobre parece más gallega que barcelonesa cuando intenta remedar el acento catalán en la escena que comparte con Iñaki Miramón), lo cierto es que la dirección artística a cargo de Gil Parrondo y la fotografía en formato panorámico de Raúl Pérez Cubero son excepcionales.

María Adánez con Antonio Giménez Rico al fondo a la izquierda


viernes, 19 de junio de 2020

Los santos inocentes (1984)




Director: Mario Camus
España, 1984, 107 minutos

Los santos inocentes (1984) de Mario Camus


Al llegar la pasa de palomas, el señorito Iván se instalaba en el Cortijo por dos semanas y, para esas fechas, Paco, el Bajo, ya tenía dispuestos los palomos y los arreos y engrasado el balancín, de modo que tan pronto se personaba el señorito, deambulaban en el Land Rover de un sitio a otro, de carril en carril, buscando las querencias de los bandos de acuerdo con la sazón de la bellota, mas a medida que transcurrían los años a Paco, el Bajo, se le iba haciendo más arduo encaramarse a las encinas y el señorito Iván, al verle abrazado torpemente a los troncos, reía: "La edad no perdona, Paco, el culo empieza pesarte, es ley de vida..."

Miguel Delibes
Los santos inocentes

La titularon Los santos inocentes por ser la adaptación de la novela homónima de Delibes, pero podría perfectamente haberse llamado España profunda, La verdad descarnada o incluso Milana bonita. Pues es éste un retrato rotundo de los que marcan época. Y que contó con la presencia de una generación de actores irrepetible, encabezada, en esta película, por Alfredo Landa (Paco) y Francisco Rabal (Azarías), cuyas respectivas interpretaciones serían premiadas ex aequo en Cannes.

Más allá de la contundencia de unas imágenes que hablan por sí solas, conviene llamar la atención sobre algún que otro detalle que pudiera pasar desapercibido a la hora de contextualizar semejante obra maestra. Como, por ejemplo, la excelente banda sonora de Antón García Abril, muy en segundo plano, con pinceladas precisas de violín "desafinado" y, sobre todo, ese toque específico de folclore arcaizante que aporta la nota exacta de tribalismo tercermundista.



Desde los dientes podridos de Azarías, quien se orina las manos para que no se le agrieten, hasta la pericia de Paco olfateando el paradero de los pichones que caza su amo, todo en este filme rezuma un innegable aroma a campo, desprovisto de cualquier atisbo idealizador, así como a una miseria (más moral que material) que afecta, a partes iguales, a criados y a terratenientes.

En ese sentido, el relato a base de saltos temporales entre un presente gris y el pasado en el que acontecieron los hechos se articula mediante una estructura coral en la que lo que se ve en pantalla equivale a la plasmación de los recuerdos de cada personaje. Narración hiperrealista, por lo tanto, a la par que radiografía de un medio social fuertemente jerarquizado, cuyo momento culminante es la suma del rencor de un ser tan puro como primario más la arrogancia insufrible de un señorito cabrón.


sábado, 9 de junio de 2018

Sierra maldita (1954)




Director: Antonio del Amo
España, 1954, 94 minutos

Sierra maldita (1954) de Antonio del Amo

Cuenta el romance que las mujeres de un pueblo andaluz y moruno contemplan cada día temblorosas un picacho entre la bruma: la Niña Negra. Un hombre desgració a una mujer entre sus riscos y la dejó abandonada a su ventura. Los lobos dieron fin a la tragedia. Puebla de Arriba fue, desde entonces, maldita, como su sierra. Sus pastos y sus tierras se secaron y las mujeres allí nacidas ya no alumbraron un nuevo ser. Los hombres, con la superstición a cuestas y despreciando las entrañas yermas, iban al valle a buscar esposas. Y un año tras otro, las hembras malditas de Puebla de Arriba bajan a la Virgen de Puebla del Valle a implorar la dicha del dolor de madre. Son las cobijadas. Cobijadas por herencia moruna en un pañuelo negro, como su pena, que casi les tapa la cara para que por sus ojos escape la leyenda maldita. Bajan temblando por la sierpe empinada y, sin atreverse a mirar al pueblo fecundo, que les roba, entre los gritos de su feria, los pensamientos de unos mozos vendidos por el fatalismo. Porque Puebla del Valle es una gran guitarra donde la mano del destino lleva tocando una copla alegre durante siglos y siglos...

El espectador desavisado tal vez caiga en el error de considerar que Sierra maldita es una película de alto contenido etnográfico. Craso error: su trasfondo de nopales, tapias derruidas y mujeres con cántaro hace de ella una postal genuinamente pintoresca, cierto, pero nada más. Rodada, bajo la dirección de Antonio del Amo, en las localidades almerienses de Mojácar, Garrucha y Níjar una década antes de la eclosión del espagueti wéstern, la cinta no sólo saldría vencedora del Festival de Cine de San Sebastián, sino que compitió por el León de Oro en Venecia. Lo cual nos da una idea del alcance que tuvo la fuerza de sus imágenes.



Sin embargo, la forma de hablar de los personajes denota un andalucismo impostado, toda vez que Almería no es zona de seseo. De la misma manera que en la caracterización de las cobijadas se advierte un innegable influjo mejicano, quizá pensando en la posible carrera internacional del filme, auspiciado y distribuido por la Paramount.

De cualquier modo, el guion de Alfonso Paso y José Luis Dibildos va más allá de las típicas rencillas a lo Villarriba y Villabajo: a caballo entre un cierto influjo lorquiano y el misterio de una imprecisa leyenda local, las fuerzas telúricas desatadas en torno a la Niña Negra tejerán una intrincada maraña entre los habitantes de Puebla de Arriba y Puebla del Valle, muchos de ellos rudos carboneros, cuyo férreo atavismo sólo podrá ser derrotado por los amores de Juan (Rubén Rojo) y Cruz (Lina Rosales).


domingo, 20 de mayo de 2018

Posición avanzada (1966)




Director: Pedro Lazaga
España, 1966, 82 minutos

Posición avanzada (1966) de Pedro Lazaga


"¡Ánimo, muchachos! ¡Que son pocos y no saben español!" Ayuso, el sargento interpretado por Antonio Ferrandis, exhorta a sus soldados con estas palabras en pleno combate, sabedor de que lo importante respecto al enemigo a batir no es que sean republicanos, sino que son extranjeros. Ésa era la consigna a remarcar desde instancias oficiales a mediados de los sesenta, quizá porque, a raíz de la campaña de los "XXV años de paz", iniciada a partir de 1964, la idea de una cierta reconciliación nacional, bajo la égida paternalista de un General Franco presentado como único garante posible de la misma, comienza a abrirse paso.

La "paz" de los cementerios enmarcada en una mera operación de imagen, no hace falta decirlo, pero, a efectos de lo que se muestra en una superproducción rodada en Cinemascope como Posición avanzada, conviene remarcar que la verdadera motivación subyacente no era tanto un aperturismo en ciernes del Régimen, sino más bien una perversa voluntad de reescribir la historia. Desde esa óptica tan particular, la contienda civil no se percibe como la consecuencia de una sublevación militar golpista, sino como el resultado de la injerencia extranjera en nuestros asuntos, básicamente las Brigadas Internacionales y el apoyo soviético al gobierno de la Segunda República.



Es por eso que el Capitán Trueba (José Villasante) aparece retratado como un simpático paisano que no tiene el más mínimo inconveniente en aparcar momentáneamente las hostilidades contra los nacionales para confraternizar, pescar barbos e intercambiar con ellos noticias sobre su familia en Reinosa. Curioso alto el fuego entre enemigos teóricamente irreconciliables y que preludia, con veinte años de antelación, lo que García Berlanga llevará a cabo en La vaquilla (1985).

Tampoco se andan con rodeos a la hora de revelar el pasado republicano de algún soldado franquista. Caso del catalán Javier Martí (Manuel Tejada), auxiliar de cátedra de Literatura en la Universidad de Barcelona y, por ende, el filósofo del grupo. Preguntado sobre por qué no ha hecho el curso de alférez, no tiene más remedio que confesarle a su superior que estuvo en el otro lado hasta hace unos meses, donde era miliciano de la cultura de la 111 brigada mixta. "¡Sí, es que es un poco rojillo, ¿sabe?!" comentará el bonachón de Ayuso con risa nerviosa.



Rodada como si de una cinta de hazañas bélicas se tratase, la espectacularidad de Posición avanzada, con sus constantes explosiones y trávelin en paralelo, encierra, sin embargo, un discurso mucho más profundo, tanto como la guitarra flamenca que sirve de banda sonora: el de alguien que, como el director Pedro Lazaga (de quien en octubre se cumplirá, por cierto, el centenario de su nacimiento), conoce de cerca lo que supone la guerra y que, precisamente por ello, logra sus mejores resultados cuando trata el tema de la camaradería y el sacrificio por una causa.

Similar, en cierto sentido, a producciones anteriores propias [La patrulla (1954)] o ajenas, como Tierra de todos (Antonio Isasi-Isasmendi, 1962), y aun posteriores, caso de La casa de las Chivas (León Klimovsky, 1972), parece mentira que Lazaga dirigiese el mismo año de Posición avanzada una película de tono radicalmente opuesto como La ciudad no es para mí (1966), lo cual nos da una idea bastante precisa de su versatilidad de realizador tanto de proyectos muy personales como de comedias taquilleras al servicio de Paco Martínez Soria.


domingo, 27 de agosto de 2017

Día tras día (1951)




Director: Antonio del Amo
España, 1951, 90 minutos

Día tras día (1951) de Antonio del Amo


Dentro de la irregular filmografía de Antonio del Amo, Día tras día (1951) es una de sus películas más recordadas, sobre todo porque la espontaneidad que se logró al haberse rodado prácticamente en su totalidad en las calles del Rastro madrileño, algo inusual por aquel entonces, la acercaba bastante al neorrealismo italiano. La miseria en la que viven los protagonistas ha calado tanto en sus respectivas existencias que a punto están de echarse a perder. Puro determinismo naturalista si no fuera porque un sacerdote se erige en omnipresente benefactor de todos ellos.

De modo que lo que podía haber sido un sólido ejercicio de realismo social acaba derivando hacia el cine mojigato y evangelizador a lo Bing Crosby. ¿Y qué otra cosa habría permitido la censura franquista de principios de los cincuenta? Por eso hay que valorar un filme como Día tras día en su justa medida y, aunque tímido, destacar ese primer atisbo de frescura que aporta su retrato de los ambientes populares a pie de calle.

El Rastro es un personaje más en Día tras día (1951)


No en vano, uno de esos golfillos de cara picada por el acné y vestiduras harapientas (Manuel Zarzo) se convertirá diez años después en integrante del elenco de Los golfos, ya con mayúsculas, la película homónima de Carlos Saura. De momento, su papel de Anselmo, con apenas dieciocho años, sería el primero de una de las carreras más longevas del cine español, lo cual es otro dato a tener en consideración.

En cambio, la picaresca mostrada por Antonio del Amo (amable y redimida, si se quiere, pero picaresca al fin y al cabo) no es más que un pretexto para enderezar el destino de muchachos que, como Ernesto (Mario Berriatúa), corren el riesgo de malograrse justo cuando afrontan el decisivo trance de hacerse hombres de bien. Por eso mismo, dada la incuestionable finalidad moralizante de Día tras día, el sacerdote (José Prada) hace las funciones de narrador, mirando directamente a cámara y dialogando con los espectadores.  Él será el encargado de reunir las 1500 pesetas necesarias para la operación que remedie la cojera de Anselmo; hará las veces de alcahuete para conseguir que Luisa (Marisa de Leza), que cree que "en la vida hay que elegir entre tener dinero o ilusiones", tenga paciencia con Ernesto y que éste, a su vez, luche por ella... En definitiva, un todoterreno, un demiurgo que todo lo sabe y todo lo ve, siempre al acecho, "en busca de almas en mal uso para arreglarlas, repintarlas y luego, ¡hale!, a la circulación".

Don José señala la cámara mientras amonesta a Eduardo (Mario Berriatúa)