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jueves, 10 de agosto de 2023

Entierro de un funcionario en primavera (1958)




Director: José María Zabalza
España, 1958, 70 minutos

Entierro de un funcionario en primavera (1958)


De tan negro que es el humor de Entierro de un funcionario en primavera (1958) resulta hasta grotesco enfrentarse a una película cuya carga subversiva reside en unas situaciones cuando menos surrealistas. Porque por más que su director, el vasco José María Zabalza (1928-1985), derroche enormes cantidades de sarcasmo con la excusa de caricaturizar los lugares comunes de todo contexto fúnebre, lo cierto es que éste su segundo largometraje dejaba entrever una visión cáustica de su realidad más inmediata. Que no era otra sino la gris España franquista de misa entera todos los domingos y fiestas de guardar.

De qué relación debió de tener la cinta con la censura de aquel régimen mísero no cabe albergar muchas esperanzas, considerando su temática y un escaso metraje que hace sospechar los estragos de la tijera por aquí y por allá. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que Zabalza había filmado en 1954, como trabajo de fin de carrera para el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, un corto de apenas veinte minutos de duración en el que ya ridiculizaba el sepelio de un burócrata. De modo que cuatro años después, al abordar su segunda tentativa como cineasta profesional, optó por ampliar aquel ejercicio primerizo, añadiéndole material adicional hasta convertirlo en la sátira que nos ocupa.



Fruto de esa particular génesis, el filme adolece de una factura un tanto tosca, con sus diálogos doblados en estudio y unas interpretaciones marcadamente histriónicas. Lo cual no impide, sin embargo, que sobresalgan algunos de los tipos que integran su nutrido reparto coral. Como por ejemplo el plañidero profesional al que da vida Félix Fernández, que lo mismo presta sus servicios lacrimosos en velatorios que en enlaces matrimoniales (obsérvese la fina ironía), o el pobre carterista "cornudo" (Tony Leblanc) que encuentra la fotografía de su esposa en el interior de un billetero que ha birlado en el autobús...

Con todo y con eso, y a pesar de sus muchas imperfecciones, si por algo es hoy recordada esta cinta, narrada por la voz en off del propio finado (don Lupicinio Murga, 57 años), es por haber abierto la veda a tantísimas comedias negras que a partir de aquel entonces se realizarían en nuestro país gracias al ingenio de los Berlanga, Ferreri y Azcona de turno. Nombres ilustres, sin duda, que en lo sucesivo estaban llamados a continuar la senda a partir del modelo aquí iniciado.



viernes, 3 de julio de 2020

Saeta rubia (1956)




Director: Javier Setó
España, 1956, 93 minutos

Saeta rubia (1956) de Javier Setó


Hubo un tiempo en que los cantantes, los toreros y los futbolistas se prestaban, con bastante frecuencia, a protagonizar filmes de contenido más o menos autobiográfico que contribuyesen a ensalzar sus respectivas figuras. Tal sería el caso, por ejemplo, de Alfredo Di Stéfano, de quien ya tuvimos ocasión de comentar, hace un par de años, La batalla del domingo (1963).

Dirigida por el malogrado Javier Setó (Lleida, 1926-Madrid, 1969), Saeta rubia ficcionaliza una imagen del delantero centro del Real Madrid cuyo rasgo más significativo sería la vertiente social de benefactor de niños de la calle. Los mismos que, al inicio del relato, se las ingenian para robarle la cartera y que, al fin y a la postre, acabarán integrando un equipo de fútbol, el Saeta F. C., entrenado a las órdenes del propio don Alfredo.

El actor Valeriano Andrés a lo Matías Prats (al fondo, Di Stéfano)

Y es que el astro argentino (nacionalizado español) levantaba pasiones allá adonde iba (o eso, al menos, es lo que intenta transmitir la película). Como esa especie de amiga-amante cabaretera llamada Julia Rey (interpretada por la italiana Donatella Marrosu), que se pasa la vida intentando seducir al ídolo, sin que éste, generalmente fiel a su linda (y celosa) esposa María (Mary Lamar), le haga excesivo caso. Sea como fuere, la presencia de la susodicha en el reparto da pie a que se incluyan un par de números musicales, con lo cual la cinta ve enriquecido su argumento más allá de lo estrictamente futbolístico.

Gran profusión de imágenes de archivo, la mayoría pertenecientes a partidos jugados en el estadio Santiago Bernabéu, ilustran (y sirven también como relleno, por qué negarlo) la brillante trayectoria del ariete. No faltan los inevitables encuentros con el Barcelona de Kubala (éste será, por cierto, el nombre en clave para referirse a su querida) o el Milán. Del mismo modo que tampoco faltará alguna que otra vieja gloria venida a menos (el padre de uno de los chicos, encarnado por Jacinto Quincoces, quien había sido futbolista, asimismo, en la vida real). Pero el magnánimo Di Stéfano, que tiene recursos para todo, coloca al señor como taxista, al hijo en un taller mecánico y lleva al resto de muchachos por el buen camino. Vaya: que, más que una biografía, el filme es una hagiografía...


domingo, 15 de octubre de 2017

La patria chica (1943)




Director: Fernando Delgado
España, 1943, 77 minutos

La patria chica (1943) de Fernando Delgado


Justo después de Fortunato, película que ya tuvimos ocasión de comentar aquí hace algunas semanas, el director Fernando Delgado acometía el proyecto de La patria chica, musical folclórico al servicio de Estrellita Castro basado en un asunto original de los hermanos Álvarez Quintero y con partitura de Ruperto Chapí.

Su argumento, de tan manido, se resume en pocas líneas: un empresario parisino, interpretado por Juan Calvo, que responde al aciago nombre de Monsieur Renard ("zorro" en francés), se desplaza hasta Sevilla para contratar un cuadro flamenco y llevárselo en tren a su país. Tras haber hecho lo propio en Zaragoza con una rondalla de joteros, llegada a París tres días antes, la compañía al completo se reúne en la Fonda España, regentada por el orondo Romeu (Manuel Requena). Pero Renard, acuciado por las deudas, se da a la fuga dejándolos en la estacada.



Ante lo desesperado de su situación, Pastora recurrirá al pintor José Luis (Salvador Soler) antiguo novio para el que solía posar en la capital andaluza. De hecho, existe la posibilidad de que Míster Blay (un rico extranjero al que da vida Félix de Pomés) compre por una importante suma un retrato suyo. Pero al contemplar al natural la belleza de la modelo se olvidará enseguida del cuadro... Lo cual no sólo hace peligrar el dinero que les permitiría volver a España, sino que genera una fuerte rivalidad entre el acaudalado varón y el mañico Mariano (Pedro Terol), quien de tanto reñir con Pastora se ha enamorado perdidamente de ella.

Típica producción Cifesa, La patria chica pretendía aprovechar la fama de la obra adaptada aunando en un solo filme dos modelos de probado éxito: el andalucismo de comedias como Suspiros de España (Benito Perojo, 1939) y el toque aragonés de Nobleza baturra (Florián Rey, 1935). Añadiendo, por otra parte, el patrioterismo tan en boga en el cine franquista. No en vano, la fonda adonde recalan los personajes se llama España con toda la intención, ya que en ella se reúnen coterráneos de diversas regiones de la geografía nacional, como el pintor Españita (Salvador Rapallo), ausente durante quince años de su Cádiz natal. Recurso que, poco tiempo después, se pondría de nuevo en práctica en La nao Capitana (Florián Rey, 1947), donde un barco rumbo al nuevo mundo con tripulantes de distinta procedencia cumplía similar función que el mencionado hotel.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Todos somos necesarios (1956)




Director: José Antonio Nieves Conde
España/Italia, 1956, 82 minutos

Todos somos necesarios (1956)


Tras recobrar la libertad, tres antiguos presidiarios emprenden el camino de regreso a sus respectivos hogares en un accidentado viaje en tren a través de paisajes nevados. Pero tan exiguo argumento no basta para hacerse una idea del verdadero alcance de Todos somos necesarios, décimo largometraje en la filmografía de José Antonio Nieves Conde y que, como tantas veces ocurría, encierra un mensaje de fuertes implicaciones ideológicas.

Comencemos por el título, porque es curioso remarcar que, justo dos años después, Juan Antonio Bardem se valdrá de la misma frase para concluir su filme La venganza (1958), otra coproducción hispanoitaliana igualmente cargada de valor simbólico. ¿Cuál? Pues la idea, transcurridos veinte años tras el inicio de la contienda civil, de que ya iba siendo hora de una tímida reconciliación nacional entre vencedores y vencidos. Evidentemente, con la condición de que los segundos acatasen el orden establecido por los primeros (huelga decirlo), pero intentando transmitir, de cara a la galería, la necesidad de olvidar viejas rencillas.



Ese mismo mensaje está implícito en Todos somos necesarios, teóricamente dirigido a los viajeros del tren y a los espectadores de la película respecto a los tres expresidiarios después de su actuación heroica socorriendo a un niño gravemente enfermo que viaja a bordo: los mismos que, en un principio, habían levantado los recelos de los pasajeros por su condición de antiguos convictos recibirán al final el aplauso unánime del pasaje al demostrar que su estancia entre rejas les ha servido para regenerarse totalmente y reincorporarse a la sociedad. Sobre todo Julián (Alberto Closas), antiguo cirujano que fuera inhabilitado a causa de una negligencia médica cometida seis años atrás.

Ahora bien: dada la enorme cantidad de profesionales que se vieron privados de ejercer sus respectivas carreras por el simple hecho de haber obtenido la titulación durante la República, ¿no sería posible pensar que dicha indulgencia era también extensible para ellos? Pues probablemente y de ahí los seis galardones que, entre el Festival de Cine de San Sebastián y el Sindicato Nacional del Espectáculo, recibiría una película coescrita por el propio Nieves Conde y por el novelista Faustino González-Aller.


domingo, 13 de agosto de 2017

País, S.A. (1975)




Director: Antonio Fraguas, 'Forges'
España, 1975, 84 minutos

País, S.A. (1975) de Forges


Hay películas que nacieron fruto de una coyuntura muy específica y que, precisamente por ello, resultan del todo irrepetibles. O incluso inconcebibles a día de hoy (por lo menos, en lo que al cine se refiere, porque en Telecinco ya sabemos que no hay límites...). Pero en la España del 75 estas cosas no sólo eran posibles, sino que además (y eso es lo fuerte) pasaban. Una película dirigida por Forges, con un argumento tan delirante como sus viñetas y un montón de actores y celebridades de la época haciendo apariciones estelares: Concha Velasco vestida de monja, José Luis López Vázquez saliendo de una cabina telefónica al tiempo que grita: "¡Si se llega a enterar Mercero!", Juan Diego haciendo de mendigo, Sancho Gracia aparcando su coche frente a la discoteca Boccaccio (la de Madrid, en Marqués de la Ensenada), Chicho Ibáñez Serrador y Alfredo Amestoy haciendo de abogados... En fin, que hasta el Dúo Dinámico andaban por allí.

La diversificación del sector audiovisual en las últimas décadas ha hecho que productos como País, S.A. sólo tengan cabida en la televisión (y no en todas las cadenas) o en internet. Sin embargo, cuando no había tanta variedad de canales para la difusión no era tan extraño que un humorista gráfico diese el salto a la gran pantalla. En todo caso, esta gamberrada que ahora a muchos les parecerá infumable posee un enorme valor como documento histórico, testimonio de una etapa muy particular de nuestro pasado o como quiera llamársele.

ARRIBA (Izquierda a derecha): San José-Delgado-Zarzo
ABAJO (Izquierda a derecha): Algora-Font-Gamero


Y el estilo inconfundible de Forges, que aún puede seguirse a diario desde las páginas de El País, está muy presente en la película. Sobre todo ese gusto tan suyo por el inglés macarrónico o la ironía sarcástica para denunciar la corrupción (en esto no hemos cambiado tanto: más bien se ha ido a peor). Incluso los nombres parlantes de sus personajes denotan el sentido del humor que le ha hecho célebre, siendo el caso más llamativo el de Don Luis Pesón Muchapast (Fernando Delgado), un cínico empresario millonario al que una panda de infelices gánsters aficionados decide secuestrar.

El tono general es deliberadamente chapucero e irreverente (on 'pórpous', of 'cors') y hasta en el arranque se supone que los proyeccionistas la lían metiendo el rollo que no toca, por lo que lo primero que vemos son los títulos de crédito de El amor del capitán Brando (1974) de Jaime de Armiñán (detalle que, por cierto, no recogen las versiones de País, S.A. que hay colgadas en YouTube). Bueno, os dejamos con ella. Si sois capaces de aguantar hasta el final, os habréis ganado el Cielo (y parte del extranjero).


sábado, 29 de julio de 2017

Fortunato (1942)




Director: Fernando Delgado
España, 1942, 72 minutos

Fortunato (1942) de Fernando Delgado


Pocos actores ha habido en nuestro país tan galdosianos como don Antonio Vico. "¿Galdosiano...?", se preguntará alguno. ¡Toma, claro! Protagonizó Fortunato (1942) y, años después, Mi tío Jacinto (1956), así que, a ver: ¿quién mejor que él para recibir dicho apelativo si fue, sucesivamente, Fortunato y Jacinto?

La misma gracia que el dicharacho anterior tiene, sobre poco más o menos, el filme que nos disponemos a comentar. ¿Significa eso que sea una película fallida? Hombre, depende: si el propósito era que el espectador sintiese unas ganas irrefrenables de abofetear al protagonista, pues no: en ese caso se logra plenamente el objetivo. Ahora bien: si de lo que se trataba, en cambio, era de hacernos sentir compasión ante los males del tal Fortunato Méndez, entonces...

También cabría achacar su falta de chispa a la pieza teatral en la que se inspira ("Historia tragicómica en tres cuadros") de los hermanos Álvarez Quintero, muy aplaudida cuando su estreno, en noviembre de 1912, pero seguramente bastante alejada de los gustos actuales. Aunque a lo mejor no hay que darle tantas vueltas al tema: ni todas las pelis envejecen igual ni puede uno andar con muchas exigencias cuando se trata de valorar el cine español de principios de los cuarenta.



Sea como sea, lo que sí vale la pena destacar es la dimensión radicalmente distinta que adquiere la odisea de este pobre hombre (pobre en ambos sentidos: pecuniario y de espíritu) al trasladar la acción, como indica un rótulo inicial, a 1934. Lo que para los Álvarez Quintero era un simple ejercicio de evasión, concebido con la finalidad de transmitir la alegría de vivir pese a todos los contratiempos que experimenta el cesante Méndez hasta volver a encontrar un empleo que le permita mantener a su prole, se convierte, de la mano de Fernando Delgado, en un alegato encubierto contra los desmanes de la República y un canto de esperanza con la vista puesta en la estabilidad que debía aportar el nuevo régimen. El diálogo final resulta, en ese sentido, muy elocuente:

ROSARIO: (Llorando) ¡Míralos qué contentos!
FORTUNATO: Sí. 
ROSARIO: Ya tienen pan nuestros hijos. 
FORTUNATO: Sí, Rosario. Gracias a Dios. Sí. 
ROSARIO: Gracias a Dios. ¡Que Él te bendiga! Pero no quiero que nos separemos más. ¡No nos separaremos más! ¿Lo oyes? Mira, ya tengo otro empleo para ti, el premio a tu heroísmo. Nuestros hijos tendrán pan, pero no a costa de tantos sacrificios. Ahora sí que seremos felices de veras...

Claro que ese ahora de Rosario adquiere tintes sarcásticos si se piensa que la pareja tendrá que enfrentarse (y ellos aún no lo saben) a las penurias de la guerra civil y de la inmediata posguerra.


domingo, 7 de febrero de 2016

Las dos y media y... veneno (1959)




Director: Mariano Ozores
España, 1959, 78 minutos



"¡Ten-go-mie-do. Brrrrr!" Quizá los títulos de crédito cantados por los actores sean lo más original de Las dos y media y... veneno (1959), opera prima del flamante Goya de Honor 2015 Mariano Ozores. Se trata de una comedia macabra, excelentemente fotografiada en Eastmancolor por Manuel Merino, que contó con la participación de buena parte de la familia Ozores: José Luis y Antonio (hermanos del director), Elisa Montés (esposa en aquel entonces de Antonio) y Terele Pávez (hermana de Elisa y que interpreta un breve papel: es, aunque cueste trabajo reconocerla con apenas veinte años, la chica morena que espera sentada en la consulta del veterinario y a la que no deja hablar la charlatana Isabel de Pomés, vieja gloria que también aparece fugazmente). Completan el reparto Fernando Rey, Fernando Delgado, Teresa del Río, Valeriano Andrés y Félix Fernández (el anciano don Senén sobre el que gira buena parte de la trama).



Por el tipo de humor que rezuman sus diálogos y la banda sonora de resonancias jazzísticas que compuso Augusto Algueró podría decirse que Las dos y media y... veneno fue un intento de adaptar al panorama nacional la comedia americana al uso en aquel entonces: algo así como Jerry Lewis pasado por el tamiz de Jardiel Poncela. En ese sentido, los lujosos interiores con las máscaras africanas que decoran las paredes del chalé de don Senén aportan un indiscutible aire de modernidad y sofisticación. El problema es que ni la pretendida historia de suspense da miedo ni tampoco se desternilla uno que digamos con los chistes... En conjunto, el filme adolece de una evidente falta de naturalidad y es justamente ese carácter artificial el que impide la chispa necesaria en una película de este tipo. Da la sensación de que se hubiesen cuidado mucho los detalles (el envoltorio, por así decirlo) y que se hubiese descuidado lo esencial...

Tampoco es que Las dos y media y... veneno sea un título muy acertado para una comedia, la verdad, ya que no es precisamente fácil de retener. Pero, de todas formas, ¿qué se le va a hacer? Se nota que el clan Ozores puso todo su cariño en el rodaje de una película que iba a suponer el pistoletazo de salida a una de las carreras más prolíficas del cine español y, aunque solo sea por eso, vale la pena tenerla en cuenta.

¿Qué vaso de leche contendrá el cianuro...?