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viernes, 1 de julio de 2016

La malquerida (1940)




Director: José López Rubio

España, 1940, 84 minutos

La Malquerida (1940) de José López Rubio

El que quiera a la del Soto
tiene penas de la vida:
por quererla quien la quiere
la llaman la Malquerida.

Adaptación cinematográfica del drama homónimo de Jacinto Benavente que se rodó en los estudios Orphea de Barcelona bajo la dirección de José López Rubio. Cuenta la historia de la aldeana Acacia (Luchy Soto), una joven cortejada por unos y por otros y cuyo padrastro (Jesús Tordesillas) la intentará seducir infructuosamente.

Una evidente impronta folclórica, casi pintoresquista, está muy presente a lo largo de un filme que pretendía captar la esencia del medio rural castellano: los vestidos tradicionales que lucen las mujeres en la corrida de toros de Oropesa (Toledo), la serenata que dedican los mozos del pueblo a Acacia o, simplemente, la forma de hablar (y de escribir) de los lugareños son sólo algunos ejemplos que ponen de manifiesto una actitud, por parte de López Rubio, a medio camino entre lo antropológico y el costumbrismo tradicionalista de corte romántico.

Quizá debido a ello, los valores tanto implícitos como explícitos que se desprenden del argumento obedecen a un marcado conservadurismo, según el cual la mujer debe vivir supeditada a los dictados del hombre. De ahí que Esteban (Jesús Tordesillas), quien también ejerce de cacique en la hacienda de El Soto, se sienta totalmente legitimado en sus aspiraciones a doblegar la voluntad de madre e hija. Para lo cual irá tejiendo un complejo entramado con la finalidad de acabar con la vida de Faustino (Carlos Muñoz) y la de Norberto (Julio Peña).

Por eso resulta tan fácil establecer un paralelismo entre la situación concebida por el Nobel Benavente y la de algunos mitos presentes en la tragedia griega: la debilidad del padrastro es equivalente a la de Fedra y el destino, en ambos casos, acabará sentenciando sin miramientos: la sangre de la madre (Társila Criado) adquiere, entonces, un valor redentor que la equipara con Cristo.

En el apartado técnico, merece ser destacada, por último, la música que el compositor Jesús Guridi creó para la ocasión, todo un lujo si se tiene en cuenta la relevancia que el vasco llegaría a adquirir en el ámbito musical internacional.

sábado, 25 de junio de 2016

La canción de Aixa (1939)




Director: Florián Rey

España/Alemania, 1939, 98 minutos

La canción de Aixa (1939) de Florián Rey


Ruiseñor, enséñame a cantar / las ansias de amor / que me hacen llorar. / Todo era en mi vida sombra / y él quien me abrió esta herida / es luz y miel. / Por amor me quiere encadenar / quien hace soñar a mi corazón. / Vida entre la muerte y... / sueño con quererte, pero no sé. / Veneno en la flor / y en el goce, dolor. / Corazón que vive para amar / o aprende a sufrir / o sabe callar...

Es de sobras conocida la actividad que determinadas estrellas del cine español llevaron a cabo en Alemania durante la contienda civil y posterior posguerra, sobre todo desde que Fernando Trueba dirigiera La niña de tus ojos en 1998. Una de las cintas que se rodaron durante dicho periodo, en los estudios E.F.A. de Berlín, fue La canción de Aixa, adaptación de la novela homónima de Manuel de Góngora protagonizada por Imperio Argentina y que dirigiera el que aún entonces era su marido, Florián Rey, en 1939.

A priori el filme no deja de ser una recreación idílica del mundo árabe en la línea del costumbrismo romántico decimonónico. En ese sentido, el objetivo perseguido por sus creadores no iría más allá de situar la acción en un espacio exótico que favoreciese el escapismo de unos espectadores ávidos de evadirse de los horrores de la reciente guerra civil. Sin embargo, el análisis atento del mismo demuestra que eran muy otras las verdaderas intenciones que ocultaba.

Abslam (Manuel Luna) y Aixa (Imperio Argentina)

De entrada hay que tener en cuenta que las tropas del Cuerpo de Ejército Marroquí se destacaron, desde su creación en 1937, por un especial encarnizamiento a la hora de combatir a las órdenes del bando franquista. Por lo tanto, no hay lugar a dudas de que una película como La canción de Aixa perseguía dulcificar la imagen de los cabileños, mostrándolos como individuos nobles, leales, sofisticados y al mismo tiempo apegados a sus tradiciones.

Relacionado con esto último, es importante tener en cuenta que, ya desde la escena inicial en un bar de Tetuán, se hace especial hincapié en lo distintos que son los dos primos Tahibi: si Hamed (Ricardo Merino) viste un moderno esmoquin blanco, bebe alcohol, tiene coche y muestra abiertamente su rechazo por los prejuicios de la forma de vida bereber, Abslam (Manuel Luna) aparece, en cambio, ataviado con turbante y uniforme militar y se escandaliza al ver y oír hablar así a su pariente: "¿Y llamas prejuicios a la fe y a las leyes de nuestros abuelos?" No es casualidad que sea precisamente Abslam, el protagonista y caudillo vencedor del filme, quien lleve a cabo este alegato en favor de las tradiciones: a fin de cuentas, también la España de Franco pretendía ser la "reserva espiritual de Occidente".

Por último, es necesario tener presente que en 1939 Marruecos era un protectorado español: así lo venía siendo desde 1912 y así fue hasta su independencia en 1956. Por consiguiente, no es exagerado calificar La canción de Aixa de filme colonialista, toda vez que procura presentar la vida en aquel territorio como un apacible lugar que sirve de marco a los amoríos de la bella mestiza.

En todo caso, y en vista de que no se trata de una película ideológicamente inocente, si que vale la pena, al menos, destacar la espléndida banda sonora del compositor Federico Moreno Torroba (1891–1982) como uno de los puntales de La canción de Aixa.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Los hijos de la noche (1939)




Directores: Benito Perojo/Aldo Vergano
España/Italia, 1939, 104 minutos

Los hijos de la noche (1939)


Aquello de "Siente un pobre a su mesa" levantó no poco revuelo cuando Luis García Berlanga se permitió caricaturizar dicho lema franquista, destinado en un principio a tranquilizar conciencias, en su comedia Plácido (1961). Muchos años antes, sin embargo, el mismo régimen daba ya muestras de la misma obsesión caritativa al auspiciar el musical cómico Los hijos de la noche, rodado en 1939 en los estudios Cinecittà de Roma en coproducción con la Italia fascista de Benito Mussolini. Saliendo como estaba España de una cruenta guerra civil, eran habituales este tipo de películas fruto de la colaboración con la industria cinematográfica de las potencias del Eje, entonces países "amigos". Suspiros de España (1939) sería otro ejemplo célebre, rodada en la Alemania nazi y parodiada muy posteriormente por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998).

Como se observa en este programa de mano, el film no solo
se ambienta en época navideña sino que se estrenó
coincidiendo con esas fechas


El filme que nos ocupa, adaptación de una comedia de Leandro Navarro y Adolfo Torrado con diálogos adicionales del mismísimo Miguel Mihura, fue protagonizado por Estrellita Castro en el papel de la Inglesita y "el as de la pantalla española" (así reza en los títulos de crédito iniciales) Miguel Ligero. La trama, acompañada por la música de (entre otros) Jesús Guridi, es de lo más simple: Navidad. Mientras los ricos burgueses se regocijan en opíparos banquetes, un grupo de míseros pedigüeños se refocila con lo poco que tiene.

El punto de vista adoptado, sin embargo, es el de los parias: no hay más que reparar en que la película arranca en plena Misa del gallo, con Estrellita Castro cantando una súplica al niño Jesús para que la acorra en la adversidad. Lo cual es una forma, por otra parte, de desmarcarse de la burguesía degenerada y decadente subrayando que la Inglesita y los suyos, aunque pobres, son honrados.

Diez minutos largos transcurren hasta que, tras las dos canciones iniciales interpretadas por los pobretones, se da protagonismo al diálogo, ya en la cena de gala. Y, para mayor contraste, se realiza mediante un brindis que no tiene desperdicio: ahí se hace evidente la mano de Mihura, por lo absurdo de las palabras de don Francisco, que se dirige a la atónita concurrencia diciendo que debe matar un toro (??) o una vaca (???). Charo recibe a continuación una lujosa pulsera de diamantes, pero al espectador le ha quedado claro que don Francisco es un personaje de lo más tronado.

Acto seguido volvemos al otro extremo: seis cabezas menesterosas, filmadas en plano Nadir, se reúnen expectantes en torno a la billetera que ha robado Currichi, dejando patente la voluntad de Perojo de incorporar a su narrativa elementos visuales ligeramente vanguardistas. Pero poco dura la alegría en casa del pobre: el billete que contiene es falso, con lo que, a pesar de la euforia y el chotis, el suculento ágape se desvanece en cuestión de segundos para, acto seguido, ser expulsados de la taberna de Venancio y devueltos a la cruda realidad de chabolas, hambre y chinches.

Piruli y la Inglesita registrando la billetera de don Francisco


Tras un frustrado intento inicial de sustraerle la cartera a don Francisco (Alberto Romea), ambos bandos llegarán a un acuerdo de conveniencia. Tres de los desharrapados se instalarán en la mansión del susodicho con la finalidad de hacerse pasar por sus hijos y así continuar engañando a su hermana doña Irene (Hortensia Gelabert), que ha estado enviándole cuatro mil dólares mensuales a don Francisco desde EE.UU. a cuenta de sus supuestos sobrinos y que ahora regresa al cabo de veintidós años.

Puede imaginarse la cantidad de equívocos que generará esta farsa, con el divertido trío de pícaros intentando aparentar lo que no son y su a marchas forzadas proceso de aprendizaje, asistidos por el mayordomo Severo (nunca mejor dicho, con semejante nombre).

De izquierda a derecha: Pedro Fernández Cuenca (Severo),
Miguel Ligero (Currichi), Estrellita Castro (Inglesita) y Julio Peña (Piruli)


Ya en la imponente mansión de la calle Velázquez, Perojo volverá a dar rienda suelta a su inventiva: uso de la cámara rápida (adelante y atrás, el trío protagonista sube y baja las escaleras), la ropa y los zapatos relucientes que cobran vida y se desplazan hasta acabar colocados en sus nuevos dueños o la imagen de Estrellita Castro reflejada en varios espejos al tiempo que entona una de sus canciones.

En resumidas cuentas, ni en el año 39 estaba el horno patrio para muchos bollos ni Los hijos de la noche es Les enfants du paradis, pero, con todo y a pesar de lo superficial del rancio y paternalista mensaje que de ella se desprende (ni rastro de explicaciones ahondando en las posibles causas de la pobreza: basta una tía ricachona para redimir a los tres hampones), la película alberga sorpresas que están sin duda esperando a ser redescubiertas.