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jueves, 4 de junio de 2020

Lola vende cá (2002)




Director: Llorenç Soler
España, 2002, 93 minutos

Lola vende cá (2002) de Llorenç Soler


A Lola (Cristina Brondo) la llaman en el barrio "La Arrecogía", ya que, según se dice, fue adoptada cuando era apenas una recién nacida. Lo cual será motivo de desconfianza por parte de unos vecinos que, pese a que la muchacha se haya criado como una gitana más, se imaginan que la adolescente pudiera ser de origen payo. Hasta el punto de que los padres de Juan no verán con buenos ojos el noviazgo de su hijo con Lola.

Documentalista consumado, el cineasta Llorenç Soler abordó la espinosa relación sentimental entre dos jóvenes de etnia gitana en una cinta que es a la vez ficción y realidad. De hecho, no es hasta transcurridos los diez primeros minutos de metraje que se da paso a los títulos de crédito, después de haber escuchado un buen número de testimonios a propósito de la enorme importancia que los miembros de dicha comunidad otorgan al que la mujer llegue virgen al matrimonio.

Lola (Cristina Brondo)

No obstante, y según esa misma tradición, el rol de las niñas en el seno familiar, sobre todo una vez que éstas llegan a la pubertad, queda supeditado a lo que digan sus padres y, después, su propio marido. Una jerarquía eminentemente patriarcal en la que incluso los hermanos varones se sienten con derecho a preservar el buen nombre de la hermana. Aunque hay, sin embargo, excepciones a semejante regla y Manuela (Mercedes Porras) representa lo que vendría a ser una gitana moderna e independiente (o, en palabras de quienes la consideran un tanto descastada, una gitana "apayá").

Son muchos los momentos de esta Work in progress en toda regla en los que veremos cómo las cámaras siguen a los actores o que éstos, caso de Cristina Brondo, reflexionan, en primera persona y mirando al objetivo, sobre su personaje. A este respecto, el caso de Lola es muy sintomático, puesto que a ella le gustaría seguir estudiando cuando acabe el instituto, pese a que todo parezca confabularse a su alrededor para que no pueda seguir su propio camino.

Cristina Brondo (Lola)

domingo, 17 de noviembre de 2019

Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno (2000)




Director: Llorenç Soler
España, 2000, 56 minutos

Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno (2000)


La voz estentórea de José Sacristán (o, en su defecto, la más neutra de la versión catalana) narra las peripecias de uno de los personajes que mayor peso tuvo en la lucha antifascista: el fotógrafo Francesc Boix —Paco, como lo conocían los suyos—, prisionero en Mauthausen y luego, tras haber sobrevivido a la barbarie de los campos de concentración, figura clave durante los juicios de Nuremberg gracias a su testimonio incriminatorio contra los oficiales nazis.

Concebido inicialmente para ser emitido por televisión, el documental bucea en los orígenes del personaje, natural del Poble Sec, enclave barcelonés en el que nació, un 31 de agosto de 1920, hasta su fallecimiento prematuro en París, con apenas treinta años de edad, el 7 de julio de 1950. Vida breve, por tanto, pero intensa, marcada por dos guerras y el sufrimiento de la derrota republicana, aunque, al mismo tiempo, con la tenacidad de un compromiso político al que Boix, hombre de acción y convicciones firmes, se mantendría siempre fiel.



Si ya la mera supervivencia, dadas las circunstancias, no debía de ser tarea fácil para los reclusos, realizar todas aquellas fotografías en el interior de unas instalaciones fuertemente vigiladas adquiere la dimensión de proeza sólo al alcance de espíritus intrépidos como el de Boix. Y, sin embargo, las instantáneas, prueba definitiva y condenatoria, no sólo se llevaron a cabo, sino que llegarían a difundirse en el exterior tras burlar las estrictas medidas de seguridad: un holandés ahorcado con su propio cinturón, cuerpos acribillados sobre las alambradas, cadáveres esqueléticos apilados a la entrada de los crematorios…

Otros testimonios, supervivientes del mismo horror, como Mariano Constante, dan detalles del saber hacer de Boix con los alemanes, sus dotes como intérprete, su carácter a veces cerrado o en ocasiones incluso excéntrico. Detalles, todos ellos, de un gran valor intrahistórico, en el sentido unamuniano del término, como la célula comunista que se reunió “en pelota picada” en el patio central. O el rol jugado por una señora del pueblo que, además de acoger y cuidar de los republicanos españoles que lograron salir con vida, desempeñó un papel de suma trascendencia al esconder los negativos en un muro de su jardín.


Cincuenta y dos domingos (1966)




Director: Llorenç Soler
España, 1966, 29 minutos

52 domingos (1966) de Llorenç Soler

Soñar con ser torero para huir de la miseria: he ahí el anhelo que albergaron tantísimos jóvenes de extracción social humilde, popularmente conocidos como maletillas, cuando la tauromaquia aún era considerada la “fiesta nacional” por antonomasia. Una figura que la industria cinematográfica de la época se encargó de reflejar en no pocas ocasiones. Como también Llorenç Soler, pionero del cine independiente y amateur, quien se hizo eco de dicho fenómeno recogiendo el testimonio de unos muchachos que a duras penas superaban la veintena.

Son las suyas historias de sacrificio y superación, marcadas por las estrecheces económicas, cuando no por la marginalidad. Al presentarlos, la voz en off de Pepe Antequera revela sin ambages su triste realidad: "Ésta es la historia de unos hombres que en 1966, como hace dos siglos, luchan para escapar de su fatal destino. En su deseo adivinan que otra lucha más cruel y despiadada les aguarda. Y al final, perdidas juventud e ilusiones y, a veces, la vida, vuelven a ser sombras: nada".


El largo viaje hacia la ira (1969)




Director: Llorenç Soler
España, 1969, 26 minutos



Llorenç Soler comenzó su carrera como cineasta amateur a mediados de los años sesenta, siendo sus primeros trabajos filmaciones de carácter documental con un marcado tono crítico, a menudo centrados en el fenómeno de la inmigración, cuyas injusticias, como la escasez o precariedad de la vivienda, denunciaban abiertamente.

Largo viaje hacia la ira (1969) sitúa el foco de su interés en la llegada masiva a Barcelona de población procedente del sur de la Península. "Se llaman Alfonso, Lucas, Manuel o Esteban y vienen de Carboneras, La Puebla de don Fadrique, Baza o Motril", enumera la voz en off mientras los vemos llegar en bandadas a la Estación de Francia. Son hombres de cara curtida o ancianas enlutadas que cargan fardos, con la boina calada hasta las cejas y la misma maleta de cartón, atada con una cuerda, que otros llevarán a Alemania.

Les guía la promesa de una vida mejor, una esperanza vaga e ingenua que, en la mayoría de casos, se desvanecerá con la misma premura que el estrépito vocinglero que inunda las calles de una urbe indiferente y moderna. Su testimonio en primera persona se cierra con una pregunta inquietante que aparece sobreimpresa en pantalla: "¿Hasta cuándo?" Lamentablemente, medio siglo después lo único que ha cambiado es la nacionalidad de los inmigrantes que siguen llegando a Barcelona buscando refugio. La respuesta, también ahora, continúa siendo una incógnita.